
Pescando VisualmenteSoy de la idea que, dentro de las posibilidades que un pescador con mosca se enfrenta en una jornada de pesca, la pesca con mosca seca ofrece una de las experiencias más emocionantes. La segunda, y posiblemente para muchos la primera, es la pesca visual – o por su término en inglés: “Sight Fishing”. Si más aún sumamos la posibilidad de ubicar visualmente los peces para lanzarles una mosca seca, estaríamos en la combinación perfecta. En una gran mayoría de situaciones y lugares las condiciones de pesca nos hacen focalizarnos en la lectura de aguas, intentando identificar los lugares más prometedores del lago (o río) al examinar la estructura, las profundidades, y también la presencia de actividad en superficie. Sin embargo, en aquellos días en que la superficie del agua está tranquila, ausente de viento y el agua se presenta cristalina, ver algunas truchas rondando sectores de poca profundidad, en franca cacería de pequeños organismos para hacerlos parte de su dieta, es una de esas situaciones irresistibles para el pescador con mosca. En varios lagos la presencia de sectores bajos, particularmente en horas y días más soleadas, ofrece la no-tan-frecuente posibilidad de ver algunas truchas en franca actividad. En mi caso, fue en mi primera temporada como guía, cuando estaba explorando uno de los puntos a los cuales debería llevar cliente un tiempo después. Se trataba de un relativamente corto trecho de aguas, de origen subterráneo, que formaban un spring creek de corriente muy lenta, prácticamente quieta, que ofrece un ambiente increíblemente prolífico para las truchas. Llegué temprano a empezar la jornada, un día soleado de noviembre, en que el viento estaba precisamente ausente, dándome la posibilidad de observar a la distancia todos los canales rodeados de vegetación y buscar algunas de las truchas de 2, 3 y 4 kg que habitan ese lugar. Comencé por una de las puntas, caminando por la orilla y observando con detención. Fue así que las vi. Unas tres grandes truchas, presumiblemente marrones o farios, se movían lentamente entre las paredes de vegetación acuática. Iban y volvían con mucha calma. De vez en cuando se veía a una de ellas dar un avance rápido y abrir la boca, pero nunca estuve lo suficientemente cerca para poder ver qué estaban comiendo. El primer reflejo es casi obvio: me agaché y me escondí tras un arbusto para poder observar con algo de camuflaje y evitar ser detectado. Así me quedé, a pesar de la creciente impaciencia, por cerca de 10 minutos. Finalmente decidí avanzar para poder tener un ángulo de lanzamiento y optar a capturar a alguna de estas hermosas truchas. Salí agachado, moviéndome muy lento hacia la derecha, siguiendo lo que pensé, sería una línea de arbustos que estando detrás de mí, me ayudarían a no ser notorio ante las truchas. Avancé unos 5 metros hasta un punto donde tuve espacio suficiente para lanzar, manteniéndome aún a unos 7 u 8 metros de donde se veían las truchas. Me la jugué lanzando una ninfa de libélula con un largo líder afinado en 4x, y una línea flotante para mi caña #4. El primer lanzamiento cayó dos o tres metros cortos. Bastante malo el cálculo, pero no alcancé a reclamar mucho cuando una de las truchas, que pensé se encontraba al menos a un metro y medio más adentro, levantó la cabeza y se lanzó con decisión a la mosca que apenas se había sumergido 20 cm. La picada me sorprendió tanto que casi no levanté la caña para clavar. Posiblemente mi fanatismo por la pesca con mosca me permitió desarrollar esos reflejos a nivel de la médula, porque no recuerdo haber tomado la decisión consciente de clavarla. El punto es que la trucha, al sentirse clavada, comenzó una pelea descontrolada, que dentro del poco espacio que dejaban las murallas de algas resultó ser un desafío excesivo para el tippet (o para el torpe pescador) que finalmente se cortó la mosca y la trucha desapareció junto a las otras. Ese fue sin duda uno de los comienzos más adrenalínicos que he tenido en alguna jornada de pesca y me tomó al menos 15 min recuperarme de la impresión para continuar lo que finalmente fue un increíblemente memorable día de pesca.
Tal como comenté al comienzo, la pesca visual es una de las experiencias más atractivas dentro de la pesca con mosca. Lograr el éxito requiere dos puntos esenciales: ubicar visualmente a la trucha, para lo cual los invito a leer “detectando truchas visualmente”, donde se mencionan varios elementos y estrategias para poder ubicar a los peces que esperamos engañar con nuestras imitaciones. En segundo lugar, hay que conocer los aspectos físicos de la física óptica que están relacionados a observar objetos en el agua, cuando nosotros miramos desde afuera. Aquí, la palabra clave es refracción. La refracción es el efecto que se produce en los rayos de luz cuando pasan de un medio a otro, cambiando la densidad de éstos. Tal es el caso del agua al aire. De tal manera, la refracción afecta cómo ubicamos a los peces que están en el agua, así como la manera en los peces nos detectan fuera de ésta. Muchas veces tenemos el reflejo de pensar que los peces nos observan de la misma manera que nosotros los vemos y es precisamente este concepto de la óptica el que altera esta idea. La visión del pescadorEl primer concepto es entender que cuando el pescador visualiza una trucha nadando en el agua a cierta profundidad, la trucha no está en la posición exacta que nuestro cerebro computa. El efecto de refracción cambia el ángulo de la luz al pasar del agua al aire o viceversa, de modo que cuando ubicamos a la trucha en cierta posición, ésta seguramente se encuentra más cerca de lo que pensamos y a mayor profundidad. Este fue precisamente lo que me ocurrió en la oportunidad del relato anterior. Cuando pensé haber lanzado muy corto para la posición de la trucha, tuve la suerte de que en realidad ésta estaba en la posición exacta en la que cayó la mosca. Por el contrario, de haber logrado una precisión mayor en mi lanzamiento hacia el punto en que pensé se encontraba la trucha, seguramente habría fallado por un par de metros y habría perdido la oportunidad de oro que ofrece ese primer lanzamiento clave.
En la figura anterior se grafica este fenómeno de refracción, explicando que la posición real del pez es distinto al que nuestra visión nos indica pensar. Dada la geometría de los rayos de luz ante este fenómeno, mientras más cerca de la superficie se encuentre la trucha, menor distorsión existirá en nuestra percepción. De tal manera, son dos los aspectos que deben influir en nuestra estimación de la posición de un pez sumergido. Primero, obviamente, observar el pez en forma normal y reconocer la dirección general en la que éste se encuentra. En segundo lugar, hacer una estimación de la profundidad a la que se encuentra, lo cual puede ser apoyado por la identificación de ramas salientes del agua, troncos, rocas y otros objetos que al aparecer fuera del agua pueden dar una noción de profundidad. Estos dos factores, bien evaluados en nuestra mente, serán suficiente para lograr una estimación más precisa de la posición real del pez al que estamos acechando y así evitaremos perder esa oportunidad incomparable. La visión del pezPor su parte, el pez tiene una particular manera de rastrear los objetos visualmente en su mundo acuático. A diferencia de los seres humanos, las truchas tienen sus ojos a ambos lados de la cabeza, lo cual les ofrece un campo de visión mucho más amplio que el que manejamos nosotros. Esta división del campo visual se traduce en que hay áreas de la visión de los peces en que se manejan con una visión monocular, otras en que ambos ojos permiten una visión binocular y por ende, tridimensional del espacio, y finalmente, un área ciega. Tal como lo explica Paul Johnson en su libro “The Scientific Angler”, en el cual expone una serie de estudios que realizó como buceador en el ambiente de los peces, si buceamos en el mismo ambiente de los peces nos resultará complicado poder observar lo que sucede en la superficie o en los extremos laterales si mantenemos la cabeza en una posición relativamente normal para la posición del cuerpo: de frente y hacia abajo. Ni hablar de poder mirar hacia atrás. Por eso nos resulta a veces sorprendente ver que una trucha que avanza en una dirección particular, sorpresivamente se voltea y ataca con decisión algo que para nuestros parámetros, debería haber estado fuera de su campo de detección. De la misma manera, nos sorprende la capacidad que tienen para reconocer hasta el más pequeño insecto que se encuentra en la lámina superficial y comerlo sin mayor esfuerzo. Por su parte, el chileno Gonzalo Cardemil, en el artículo "La Visión de las Truchas", explica que las áreas de observación monocular de las truchas se encuentran en los lados, por lo que aún cuando no tengan la ventaja de procesar la imagen tridimensionalmente, lograrán detectar objetos y movimiento a sus costados con enorme facilidad. El área al frente y sobre sus cabezas será el que ofrece la mejor percepción visual para estos peces, al darles la ventaja de detectar objetos y movimiento con ambos ojos. Finalmente es hacia atrás de la trucha en que se encontrará el área ciega, y por ende, nos dará la oportunidad de acercarnos sin ser detectados. Paralelamente, retomemos el concepto de refracción, al incorporar en el espectro de visión del pez los objetos que están fuera del agua … particularmente, nosotros los pescadores. Seguro más de alguno de los lectores se ha visto sorprendido por la capacidad de una trucha de detectar el acercamiento o el mínimo movimiento de una caña inclinada para evitar ser tan notoria, aún a cierta distancia. “¿Cómo me vio?” Incluso al mantenernos agachados la trucha es capaz muchas veces de detectarnos. En más ocasiones de las que queremos admitir, aún haciendo acercamientos dignos de un escuadrón de comandos, la trucha en realidad nos puede ver. Pero para nuestra fortuna, al menos en cuanto a las truchas vírgenes que aún habitan las aguas que frecuentamos en el sur de Chile y Argentina, los peces deciden ignorarnos por no considerarnos un peligro. No es que no nos hayan visto. Es simplemente una decisión del pez el no reaccionar ante nuestra presencia. Por ello, un acercamiento correcto se basa en evitar movimientos bruscos – tener cuidado cuando se comiencen los lanzamientos en falso con la línea – y jamás correr o saltar.
Mejor estrategia es combinar el acercamiento con cautela, con la profundidad de los peces. Por un lado, los peces, mientas más profundo nadan, mejor percepción tienen de lo que ocurre afuera del agua. Por lo mismo, mientras más profundo se encuentran, estarán menos temerosos y por ende, menos dispuestos a arrancar ante la primera señal de amenaza. Por el contrario, los peces que se encuentran cerca de la superficie apenas manejan una pequeña ventana de visión sobre ellos. Si bien, esto permite acercarnos con mayor tranquilidad y a menor distancia, esta condición también los pone en sobre-alerta. Por ello, cualquier disturbio, ruido o movimiento extraño los lanzará rápidamente a sectores más profundos, perdiendo incluso la posibilidad de lanzarles la mosca la primera vez. Sacando conclusionesPor las razones expuestas, un pescador vadeando o embarcado cerca de un pez que se encuentre a poca profundidad e inquieto es fórmula casi segura para espantarlo. El pez a mayor profundidad será más confiado en los acercamientos, pero a la vez será más difícil de calcular su real posición y en muchas ocasiones, será más difícil llegar con una mosca adecuada a la ubicación y profundidad precisa. Ciertamente la pesca visual ofrece innumerables desafíos, pero son esos mismos los que hacen que esta alternativa de pesca sea una de las más motivantes y apreciadas por los mosqueros, quienes siempre se encuentran dispuestos a resolver los enigmas que imponen las siempre enigmáticas truchas. Bibliografía
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