Alaska - Rodrigo Saelzer

Yo le echo la culpa a “Colmillo Blanco” de Jack London. Desde que leí ese libro a la edad en que todos los textos escolares se odian (excepto éste en mi caso) que las imágenes de Alaska son una colección de fotos en mi cabeza. Osos cazando caribúes y atrapando salmones en ríos pedregosos, jaurías incansables de lobos persiguiendo alces, águilas calvas observando todo solemnemente...tierra boreal de animales grandes y noches de aurora.

En fin, todo un imaginario que no calza en lo más mínimo con el momento en que pones el primer pie en el aeropuerto internacional de Anchorage en Alaska. En la principal sala del aeropuerto te recibe un halibut gigante; embalsamado, por cierto. Un pez muy similar al lenguado. Una mole de varios cientos de kilos que comparte la pared con otro récord, un oso polar que se yergue amenazante sobre las cabezas de los turistas.

La ciudad es grande, y tiene el formato habitual de las ciudades norteamericanas. Todo es muy caro y yo sólo quiero partir a ver lo que vine a ver, bosque boreal, animales, salmones, alces. Tengo que pasar una noche en un tradicional hotel, que obviamente, está custodiado por un ejército de animales que alguna vez caminaron, volaron, nadaron o se arrastraron y ahora se limitan a estar emabalsmados. Al parecer, Alaska es el gran imperio de la taxonomía.

Al día siguiente, un pequeño avión turbohélice nos espera en el aeropuerto para volar al poblado de Iliamna, junto al lago del mismo nombre, al suroeste de Anchorage. El Mitsubishi Metro demuestra muy buen temple al ganar altura entre nubes espesas, y tras un vuelo agradable, aterrizamos en Iliamna. El lago es grande y alimenta gran parte del sistema de aguas del sector, de hecho, el lodge de destino –Rainbow River- se encuentra sin acceso terrestre en uno de los lagos tributarios al Iliamna, que a su vez es nutrido por el Copper River, uno de los famosos ríos “etiqueta azul” de Estados Unidos. Esta categoría es otorgada sólo a los cursos de agua que han mantenido poblaciones estables de peces y gran calidad de pesca por largo tiempo.

Ahora cubrimos el tramo final en un clásico y poderoso hidroplano, un Beaver, que localmente se conoce como el “caballo de trabajo de Alaska”. Sobrevolamos Intricate Bay (bahía intrincada), un sector del lago con bellas bahías y canales, para luego sobrevolar el Copper River, donde la primera imagen me deja pasmado: Un cardumen de miles de salmones Sockeye que cubren el fondo del río como una rasgada alfombra escarlata. Mi reacción, bastante infantil y ridícula, es preguntar al piloto: “puedo pescar uno de ésos?”, la cara con que me miró cobró sentido esa misma tarde. Ese era día de recambio en el lodge, y los guías descansaban, sin embargo, Larry Tullis, guía, escritor, fotógrafo y buen amigo, me ofreció pescar un par de horas. La idea era pescar las selectivas arcoiris que engordan cada temporada con las ovas de los salmones. El truco está en no enganchar los salmones y tratar de identificar los lomos verdosos de las truchas en los pocos espacios libres que quedan entre los cardúmenes de sockeye.

La técnica habitual para pescar arcoiris en Alaska es fijar un huevo de acrílico perforado al final del leader con la punta de un mondadientes. El diámetro y color del huevo o “bead” varía según la especie predominante de salmón, y se coloca a una pulgada de distancia de un anzuelo curvo y muy afilado. De ésta forma, la trucha toma el huevo y gira. El nylon se desliza por su boca y el anzuelo se fija, normalmente en la esquina de la mandíbula. De ocupar mayor distancia entre huevo y anzuelo, el anzuelo se entierra en partes más sensibles, aumentando la probabilidad de muerte de la trucha. En consecuencia, el departamento norteamericano de pesca considera esta práctica como ilegal, al igual que ocupar más de un huevo en el leader.

Al principio me parecía emocionante ver un sockeye enganchado rompiendo el agua río arriba, pero muchas veces se enganchan de las aletas, y además de la pérdida de tiempo, se rompe mucho nylon, se pierden huevos y anzuelos. Para evitar esto, se vuelve esencial afinar las presentaciones, tratar de ver las arcoiris y no clavar el anzuelo a no ser que el pique sea convincente. Sin duda, esto se traduce en la pérdida de algunas arcoiris, que rodeadas de comida, se dedican a succionar suavemente las ovas sin que uno sienta un pique convincente.

Un aspecto notable de la pesca en Alaska es la transformación de las truchas a raíz del nivel proteico que reciben de las ovas. Sus colores se vuelven muy hermosos y la potencia por gramo de pez es exponencialmente mayor a la de cualquier trucha de lago. Digo “de lago” porque la gran fábrica de truchas en Alaska son lagos como el Iliamna. Así, y por razones aún no establecidas, no todas las truchas pueblan los ríos al llegar los salmones sino que algunas permanecen en los lagos. En ciertas desembocaduras y desagües, es posible pescar ambas truchas. Las diferencias, sobretodo en potencia y agresividada son muy marcadas.


Trucha residente capturada en lago.


La mayor potencia de una come-huevos

En algunos lugares costeros, el salmón predominante es el pink o salmón rosado. Muy similar al coho cuando recién entra a agua dulce, y parecido a nada cuando está a punto de desovar. También se conocen como “humpies” (jorobados) o incluso “humpies from hell” (jorobados del infierno), por la apariencia grotesca y gótica de los machos maduros. En éstas situaciones, seleccionar salmones coho o plataedos de entre el cardumen de humpies y con pequeñas ninfas es muy entretenido. Los coho son además mucho más combativos que sus primos.


Al final de la semana, tras muchas horas de buena pesca, fuimos a un río pequeño “The Morraine”, donde el estado de descomposición de los salmones estaba avanzado. Pescar todo el día con ese olor me hacía pensar en daño cerebral.

En las orillas, la masa descompuesta formaba un líquido espeso conocido como “Salmon Soup”, nada agradable, pero la presencia de grandes siluetas gris verdoso en medio de las correntadas te hacen olvidar el resto.

Esas truchas eran grandes y estaban tan llenas de huevos, que con frecuencia saltaban sólo para acomodar los huevos en sus estómagos repletos. Atinadamente, Larry Tullis señaló que a veces, cuando hay demasiados huevos en el río y la temporada está avanzada, las golosas arcoiris comienzan a tragar trozos semi descompuestos de carne de salmón.

Un poco de chenille naranjo y cualquier material blanco y esponjoso atado encima fue suficiente para que esas arcoiris salieran del letargo y atacaran con vehemencia.

Las espectaculares peleas no tenían nada que envidiarle a las acrobáticas steelhead.

Por la tarde, Larry (no harry) y su magnum 44 (según él, un menor calibre sólo puede enfurecer más a un oso agresivo), buscaba otras arcoiris río arriba. Mirando el suelo y con la caña apuntando hacia delante, sintió como la punta de ésta se doblaba. Acostumbrado, como todos, a este percance habitual, levantó la vista para alejar la caña del denso matorral. Resulta que el matorral también levantó la vista hasta que sus miradas se toparon. La caña se había doblado contra el monumental pecho de un grizzly adulto. El oso se quedó tan paralizado como él, hasta que Larry, más sumiso que nunca, caminó lentamente hacia atrás. Al oso le pareció que lo más sensato era hacer lo mismo, y desapareció entre los arbustos.


El encuentro con el verdadero dueño de Alaska, marcaba la despedida de un gran viaje.


Rodrigo es un apasionado de la pesca desde su infancia. Sólo pasados los veinte inició sus labores de guía de pesca con mosca y aire libre.

Hoy reside entre Coyhaique y Tierra del Fuego, aprovechando numerosas oportunidades para recorrer los rincones más extremos del mundo en busca de los salmonídeos. Forma parte estable del staff técnico de RiosySenderos.com desde 1999.



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