
Era un soleado día de mediados de Abril y había decidido aprovecharlo en una tranquila jornada de pesca. Anteriormente había descubierto en la Novena Región un bonito río, que más parecía estero, de fácil acceso y plagado de pozones y rápidos. Casi como la estructura ideal. Aquel río, desgraciadamente, distaba de ser un secreto bien guardado. Su cercanía a la ciudad y la relativa facilidad de acceso hacía que, especialmente los lugareños, fuese un curso de agua muy recorrido y trajinado, por lo que las esperanzas de una buena jornada no eran especialmente poderosas. Aún así, la perspectiva de pasar un agradable día vadeando en sus aguas era un aliciente suficiente. Nunca me imaginé realmente el cúmulo de experiencias me aguardaba en aquella jornada. Cuando aún no había llegado a mi destino comenzó mi día. Justo al llegar a la entrada que conduce al sendero para internarse al río, después de una curva, observé una camioneta atravesada en el camino, con las ruedas traseras enterradas hasta el eje en el reblandecido borde. En vista de mis ansias por llegar a pescar, mi primer pensamiento fue seguir de largo y dejar al desesperado chofer a su suerte. Después de todo, nadie lo había obligado a meterse en esa situación y mi esperada jornada estaba recién comenzando. Pero inmediatamente saltó mi conciencia y me vi preguntándome, ¿a quién no le ha pasado algo parecido y siempre hay alguien que lo ayude? Resumiendo el episodio puntual, entre los varios intentos por sacar el vehículo con mi camioneta, el traslado del chofer al pueblo más cercano, el acarreo de gente necesaria para sacar el vehículo y que finalmente permitiese liberar al atrapado vehículo atrapado, pasó la mañana completa. No cabía duda que mi actitud de samaritano me había privado de algunas excelentes horas en el río, pero extrañamente me quedaba la sensación positiva de haber aportado un buen apoyo a alguien. Más tarde, luego de volver a mi planeado recorrido por el río, no pude evitar recordar vívidamente la experiencia ocurrida horas antes, pensando en la clase de mala mañana que habría vivido aquel desconocido de no haberme detenido junto a su vehículo en el momento que lo hice. Así transcurrieron algunas horas de agradable pesca en aquel singular pequeño río. Una vez que el sol comenzó a esconderse tras las montañas en el horizonte, estimé conveniente emprender el regreso a casa. Quizá por distracción o apuro, decidí cruzar el río por un sector donde se vacía un pozón profundo, el que debe tener unos 6 metros o más de profundidad. Aguas abajo, se forma un rápido con mucha corriente. Inicié el cruce del río con el agua a media pierna, pero para mi sorpresa encontré una fuerte corriente y las piedras del fondo sueltas y cubiertas de lama, lo que las hacía muy resbalosas. A medio camino y a pesar de todo mi cuidado, la inestabilidad de mi paso me hizo perder el equilibro y quedé con un pie sin apoyo. Durante unos segundos que me parecieron interminables, quedé como suspendido en el aire, con la esperanza de recuperar el paso perdido. Sin embargo, caí con la rodilla izquierda apoyada en el fondo. Como el agua no estaba muy alta en ese punto, traté de apoyar bien el pie derecho para levantarme, pero la piedra que pisé comenzó a ceder lentamente. Comprendí entonces que la caída era inminente e inevitable. Era como vivir un desagradable incidente en cámara lenta. Cuando caí al agua, gracias a estar utilizando waders de neoprene, floté y la corriente empezó a llevarme en dirección del rápido que se encontraba sólo unos metros más abajo. En el momento pensé que no corría real peligro, pero era obvio suponer que si el río me arrastraba al rápido, terminaría irremediablemente golpeándome con las rocas que abundan en el lecho. En ese momento tomé un papel más activo y luché por retomar estabilidad. Después de luchar con la corriente, logré apoyar mis dos manos en el fondo y después afirmar mis pies. Logré salir finalmente, pero el agua se me había metido por dentro del traje. Mojado y exhausto, descubrí que no había soltado la caña y salvo el chapuzón y el susto, no tenía daños visibles. Una vez pasado el susto, lo primero que hice fue mirar si en el sector alguien había visto mi espectáculo. Afortunadamente, salvo las pancoras y las truchas, nadie más pudo usar ese episodio como fuente de risa. Nada, sin embargo, podría quitarme el sabor del susto por la experiencia vivida hacia un instante. Un pequeño error estuvo cerca de costarme caro. Durante el interminable proceso de sacarme la ropa, estrujarla, y luego volver a ponerme waders, chaleco y demás accesorios y terminar de armar la caña, pude observar como varios lugareños, armados con sus tradicionales tarros, se acercaron al lugar con evidentes intenciones de pesca.
Mi reacción inmediata fue evitar encontrármelos, por lo que me dirigí a un potente rápido que forma un largo pozón. Volví a mi concentración de pescador eficiente, y luego de analizar la situación, tomando como referencia la pesca del día, mi elección para enfrentarlo se basó en atar una tradicional "Adams", una mosca seca genérica, a mi línea flotante. En ese mismo lugar, al que había llegado luego de mi corto "balseo" por el río y luego de alejarme de los lugareños, comencé a lanzar. Pocos instantes después noté de reojo que por mi izquierda se acercaban dos pescadores de tarro, que finalmente se instalaron frente a mí. Pasaron varios minutos en que todos pescamos el sector, desde orillas opuestas afortunadamente. En ese lapso me dediqué a engañar a varias truchas, toda las cuales fueron liberadas ante la atónita mirada de aquellos pescadores. Luego de un rato, cuando mis vecinos comenzaron a apoderarse del sector con sus impertinentes lances en busca de lo que pensaban era la mejor sección, decidí cambiarme de sector, dirigiéndome directamente al rápido. Mientras cambiaba de mosca, para intentar un nuevo enfoque en este rápido, pude observar que, pese a su afán, los pescadores de lombriz no lograban sacar nada. Me decidí por una tradicional "Bead Head Caddis Pupa". La lancé directamente al rápido, un poco antes de la entrada al pozón y cerca de la orilla del frente, que en ese sector es cortada a pique. La dejé derivar con la corriente, hasta que un fuerte tirón me indicó que probablemente la mosca se había enganchado en las ramas de algún arbusto del borde. Al recoger línea para liberar la mosca, sentí una violenta corrida hacia el sector más profundo del pozón. No me cupo duda en ese momento de que una gran trucha se había enganchado, cosa sumamente sorprendente para este río tan recorrido por los locales. Las maniobras de escape de la trucha la llevaron peligrosamente (para mí) al sector de mayor correntada. En ese momento, en mi mente escuchaba "si logra llegar a ese sector, será el fin de la pelea". Olvidándome un instante de que el tippet está fabricado para soportar solamente una presión de 2 Kg, recogí con fuerza y decisión para sacarla de la corriente. La trucha se fue violentamente al fondo, doblándome la caña fuertemente, para luego subir repentinamente y saltar fuera del agua cuatro veces consecutivas, en un espectáculo realmente lleno de adrenalina, al final de una jornada plácida en lo que a pesca se refiere. En una de sus maniobras, logré identificar a mi oponente como una trucha arcoiris de costados plateados y una franja rosácea iridiscente en el costado. Los tirones continuaron mientras yo seguía dándole línea a medida que las carreras lo exigían y recogiendo rápidamente cuando la tensión cedía por unos instantes. Finalmente, después de muchos minutos de lucha, logré sacar la trucha a la orilla. Estaba absolutamente agotada, sin fuerzas ya para escapar. Al sacarle la mosca, la tomé suavemente pudiendo apreciar su impresionante largo de cerca de 50 centímetros. En ese momento estimé por lo bien alimentaba que lucía, que se acercaba a los dos kilos de peso. Pasé mi mano derecha bajo su abdomen y con la izquierda la apoyé a la altura de las aletas y la moví hacia delante y hacia atrás varias veces para darle la oportunidad de recuperar oxígeno al hacer circular agua fresca por sus agallas. La paciencia dio sus frutos, así que unos instantes después, y con un rápido golpe de su cola, salpicó mi cara como despedida, emprendiendo el viaje hacia las profundidades del pozón. Era ya el final de la jornada y prácticamente era el final de mi larga estadía en la zona. Comencé a salir del río con los pasos más cortos que de costumbre. Un terrible dolor en las pantorrillas, producto del esfuerzo en las caminatas por las piedras y por la lucha contra la corriente durante mi caída, me recordó la agitada jornada que había vivido. Pensándolo más detenidamente, aunque nunca se lo he confesado a nadie, asimilé que corrí un serio peligro al ser llevado por la corriente y acercarme a aquel impasable pozón, porque hubiera bastado un golpe en la cabeza para haberme aturdido con las posibles fatales consecuencias. Ahogarme habría sido sólo un cosa de muy pocos minutos. Finalmente, en lugar de sufrir tal fatal destino, fui iluminado con una extraordinaria pelea con una hermosa y fantástica trucha. Quizá, de una misteriosa manera, haber ayudado a aquel desafortunado conductor esa mañana me hizo merecedor de la bendición. De esa suerte inexplicable. A lo mejor, por un segundo, luego de ayudar a esta persona me fui pensando que a lo mejor mañana me tocaría a mí recibir el favor. Sinceramente, no esperaba que fuera de esta manera. Creo que las jornadas de pesca siempre guardan una profunda sorpresa, sin importar si se trata de un lugar secreto de pesca, o un río no tan desconocido ni secreto. |
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