Las Aventuras de Pablo Sotomayor

"Aún tenemos truchas, señores"

Hace algunas temporadas atrás visité un río de la sexta región que tiene un pequeño estero tributario de aguas muy cristalinas y heladas que “aparecen” de entre los cerros a través de una suerte de "gruta" que se puede remontar por algunos minutos metiéndose al agua y vadeando. Este esterito cristalino siempre ha sido interesante de pescar y la simple idea de entrar a esa “gruta” constituye, por sí sola, una aventura que vale la pena.

Junto a uno de mis inolvidables compañeros de aventuras y “aperado” con una caña No.2, leader 6X y una ninfa con bead head y pluma CDC (cuyo nombre nunca recuerdo) nos internamos por entre los murallones probando suerte en los diferentes pozones que encontramos.

A pesar de que en el exterior la temperatura superaba los 30 grados y el día estaba despejadísimo, en el ensombrecido interior de la "gruta" hacía bastante frío y el wet wading se complicaba cuando el nivel del agua alcanzaba ciertas partes de nuestra anatomía masculina, protegidas sólo por unos ligeros shorts de baño.

En un sector muy estrecho de la “gruta” se formaba un pool largo pero angosto y relativamente profundo, pegado a la muralla opuesta a donde yo me encontraba. Decidí probar suerte ahí. Con incomodidad y falta de espacio, tuve que arreglármelas para lanzar con aceptable precisión corriente arriba y dejar derivar libremente la mosca.

Mi sorpresa fue realmente mayúscula. Una gran fario, de unos 50 cm tomó mi mosca con violencia y se apostó en medio del pozón, contra la corriente, perfectamente visible desde mi posición y de la de mi compañero que ya se había acercado con mi gritería.

La trucha prácticamente no se movía y, consciente de que en esas circunstancias trabajarla y perseguirla río abajo era inviable por lo accidentado del terreno y sacarla a "la fuerza" tampoco resultaría por lo frágil del leader, me conformé con sostenerla y mantener unos momentos la tensión de la línea sintiendo la emoción al comprobar que aun quedan piezas hermosas en los depredados ríos de la zona central.

Mi compañero me miraba impresionado y se encogía de hombros. También se daba cuenta de que la trucha sólo esperaba el momento que más le acomodase para deshacerse de mi ninfa y de nuestra molesta presencia.

Después de admirarla por unos minutos, magnífica en medio del pozón e impasible frente a nuestras figuras, decidí tomar la iniciativa y tensé un poco más la línea con la caña, como diciéndole "terminemos esto de una vez". El resultado era evidente.

Sólo dos o tres segundos después mi frágil tippet cedió a una vigorosa sacudida de la fario, que se perdió de mi vista rápidamente en el pozón.

Entumecidos, pero con una enorme sonrisa de satisfacción salimos de entre aquellas murallas naturales, comentando la experiencia y rogando para que ejemplares como esos no cayeran en manos de los cientos de depredadores domingueros que diezman estos cauces cordilleranos de la zona central, dentro y fuera de temporada.

Veremos si esta temporada vuelvo a buscarla otra vez.


Pablo Sotomayor Lemaire



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