Aventuras en la Patagonia Chilena

En ocasiones, el nombre de mi columna coarta mi libertad. Mis estimados editores me han hecho ver que puedo permitirme variaciones de forma y estilo, pero me imagino que los que leen mi columna lo hacen porque tienen algún cuento con la Patagonia; ¿se sentirán estafados si cambio de entorno geográfico y relato una aventura de zona central? Confío en que no, truchas son truchas, y estoy seguro que las de Chile central son más astutas, considerando que el interminable acecho de los "gusaneros" (verdaderas lacras de la vida al aire libre) las obliga a alimentarse selectivamente y protegerse ante cualquier insinuación de peligro. Bueno, aquí va la aventura (estoy haciendo un sincero esfuerzo por acortar mis introducciones).

Corría el 24 de diciembre de hace un par de años (sé que el cliché es insoportable, pero no quiero alterar una fecha real) y me adentraba por la precordillera central junto a mi buen amigo Rodrigo Sandoval y mi Volkswagen Gol, estábamos dispuestos a llegar hasta donde el auto soportara. Dejamos atrás un par de ríos de aguas turbias, que eventualmente albergaban truchas pero no lograban motivarnos. Rocas con hermosas inscripciones del tipo "Albo Campeón" junto a latas de cerveza nos producían urticaria, pero no perdíamos la esperanza, seguimos camino con mapa en mano, un embalse aparecía como una posible salvación.

Rodrigo y yo habíamos leído recientemente un muy buen libro de Ed Engle "Pescando Ríos de Embalse" (Fishing Tailwaters), por lo que no teníamos ningún tipo de prejuicio frente a ese tipo de aguas, de hecho, intuíamos que algo bueno estaba por ocurrir. Frente a la pequeña represa, nos alegramos al ver que la compuerta estaba cerrada dejando una salida menor de agua que alimentaba en forma ideal al río saliente. Ansiosos, preparamos el equipo a una velocidad impresionante y nos lanzamos por la empinada y árida ladera en dirección al río. Nos reímos al comentar el estado de demencia momentánea que puede provocar la pesca. Frente al primer pozón de agua cristalina, nos concentramos para percibir cualquier signo de actividad. En la cabeza del pozón, observamos pequeñas farios rompiendo la superficie, estaban tomando emergentes. Todo bien hasta el momento, sin embargo, los intervalos entre apariciones eran más bien extensos. No se trataba de una eclosión masiva.

Creí que lo más inteligente era usar una pequeña "Soft Hackle" y trabajar con swing. Rodrigo pensó algo diferente y anudó una "Royal Wulff" ínfima a un líder 7X, el mismo que yo usaba. Después de unos minutos el resultado era expresivo: 6 truchas de 20 centímetros y muy enérgicas fueron por la Royal ... yo y mi "Soft Hackle" ¡nada!

Cambié a una "Parachute" oliva del 18, esas voraces farios dejaron muy en claro que lo que querían eran insectos atrapados en la lámina superficial. Momentos más tarde, la actividad decrecía, me pareció buena idea un cambio radical y presenté una "Hare's Ear Bead Head" sobre los costados de una fuerte correntada. La línea frenó bruscamente y al clavar, sentí el peso de una trucha mayor, que aunque bordeaba el medio kilo, no dió gran pelea. Al liberarla, noté que le faltaban escamas y estaba bastante magullada. No estábamos a más de 400 metros de la compuerta y la respuesta era obvia, esa trucha había quebrado un record de velocidad recientemente.

Sentimos que ese pequeño río ya nos había regalado lo mejor que tenía, aún no era mediodía y decidimos continuar la búsqueda. Bordeábamos un hermoso embalse turquesa coronado por cumbres de granito y desde el estrecho camino veíamos truchas alimentándose muy cerca de la orilla. La imagen era estimulante, pero la presencia de "gusaneros" en cada recodo terminaba con la magia.

Las aguas ya se veían en el retrovisor (más cerca de lo que aparentan) y no supimos hacia dónde seguir. Estábamos cerca de un río de color ceniciento y con escasa estructura, lo más sensato era preguntar a un lugareño que parsimonioso, reunía sus cabras. Estirando su curtido brazo, señaló un valle lateral, al que podíamos acceder por una huella poco visible. Era imposible adivinar la presencia de un río. De pronto, un arroyo complicaba nuestro avance, no sólo por el agua, sino porque su cauce estaba sembrado de grandes rocas. "Esto puede ser una muy buena señal", comenté a Rodrigo, "ni siquiera un 4X4 pasa por aquí". Estacionamos, y caña en mano, comenzamos a trotar en la dirección señalada por el viejo.

Luego de unos veinte minutos, pensamos que el anciano, cansado de los pescadores, nos había mandado a cualquier parte. De pronto, observamos un corte en el plano perfecto del terreno. El trote se convirtió en carrera, e incrédulos, vimos aparecer un manantial bellísimo. Con un ancho promedio de tres metros, sus aguas serpenteaban entre camas de vegetación acuática e infinitos recodos, produciendo corrientes circulares e importantes cambios de profundidad. Lo mejor de todo, oscuras farios descansando sobre el fondo pedregoso. Era un privilegio estar allí. No dijimos nada. Los cortos tramos del cauce y las truchas pegadas al fondo dejaban en claro la técnica necesaria: un patrón realista pescado con derivado natural y cerca del fondo. Con los primeros lanzamientos, sólo logramos ahuyentar a esas tímidas truchas, pero pronto afinamos presentación y técnica y la primera trucha salió de las algas determinada a picar. Poder observar toda la secuencia era lo máximo, no podíamos creerlo y sonreíamos nerviosos. El ejemplar era tan hermoso como el río, marrón oscuro, vientre amarillo y aleta adiposa completamente roja, igual que los círculos del cuerpo. Mientras la temperatura subía, la actitud de las truchas cambió, comenzaron a moverse por todo el bloque de agua. En ocasiones subían por la ninfa tan pronto ésta tocaba el agua.

Esos vientres amarillos se curvaban en la superficie, tensando la línea. Todo era perfecto, a excepción del viento, que apareció con fuerza de un momento a otro. Una ráfaga violenta y repentina, desvió la trayectoria de mi línea y estreyó la mosca con Bead Head en mi ojo, ¿Porqué no usaba lentes?, por idiota, supongo. Rodrigo me tranquilizó al ver que era mi párpado el que se amorataba rápidamente. No sé si los reflejos o la suerte salvaron mi ojo. Ambos, creo.

El viento había cobrado real violencia, decidimos resguardarnos detrás de un promontorio, al hacerlo, vimos una pequeña laguna alimentada por uno de los brazos del manantial. Un ojo de agua cristalina de singular belleza. Pusimos las líneas de hundimiento rápido al ver cómo se crispaba el agua con las desordenadas ráfagas. Con un lanzamiento inverso, Rodrigo envió un ninfa de libélula con brillos azules, para recogerla enérgicamente a lo largo de la cama de algas. En pocos segundos, la punta de la caña se hundía en el agua. Una picada salvaje. Más tarde, la fario de medio kilo y tonos cobrizos se recuperaba para volver a sus dominios. Era mi turno, no sentí ganas de innovar y repetí la operación. En el tercer lanzamiento, sentí un nuevo martillazo en la caña, una pequeña carrera hacia las algas y un salto espectacular. Esa trucha también aparecería días más tarde en una bien lograda fotografía. Decidimos irnos de ese lugar en la gloria, abusar de ese lugar habría sido disonante con nuestra manera de entender la pesca.

En el camino de regreso, se cayó el tubo de escape y se rajó un neumático. No dejamos de sonreír ni un momento. Feliz Navidad.


Rodrigo vibra junto a la pesca desde su infancia. Sólo pasados los veinte inició sus labores de guía de pesca con mosca y aire libre.

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