
Corrían los últimos días de marzo del 2000, y el clima quería probar que el calentamiento global no es un evento muy preocupante en la Patagonia. Junto a dos buenos amigos, guiábamos a un grupo de seis norteamericanos en la zona de fiordos y canales del área de Aysén. La lluvia nos azotaba cada día, por lo que los ríos que regularmente visitábamos estaban tremendamente crecidos y turbios. Ello no obligaba a intentar sólo cerca de bocas, con medias y bajas mareas. La pesca no era sólida y sin embargo, mis clientes conseguían piques feroces, al menos un par de veces por día. Era evidente que las truchas se encontraban hambrientas, porque perseguían hasta la superficie los patrones más grotescos de entre nuestras cajas de moscas. El streamer más exitoso era una engendro Zonker-Sculpin, con al menos 15 centímetros de largo. Me costaba aceptarlo, pero... no era el momento para volverse purista. Ninguna trucha subiría por un gran bloque de agua oscura en busca de una pequeña recompensa. Además, al ver una marrón de larga cabeza seguir el patrón que cito y hasta los pies de mi sorprendido cliente, me tragué todas aquellas ironías anteriores respecto de esta anguila-roedor. La semana terminaba y el agotado grupo volvía a su país. Sólo quedaba un cliente para cerrar la temporada. Arribó al lodge sin problemas, luego de lo cual nos sentamos a atar algunas moscas y a elaborar un plan para los próximos días. Joe era un tipo tranquilo y muy educado, que de inmediato notó lo complicado de la situación a raíz de las lluvias. Me señaló en que no era un sado-masoquista, y que por tanto si las condiciones no eran buenas, prefería quedarse en el lodge y descansar. La siguiente mañana el diluvio continuaba con tal fuerza, que difícilmente se distinguían los relieves de la geografía más cercana. Por primera vez cancelé una salida. El pronóstico señalaba lluvia por tres días más. Necesitábamos urgente un cambio de planes. Decidí combinar todo lo que teníamos disponible en el lodge -- camionetas, kayaks, float-tubes -- y buscar cuerpos de agua que resistieran toda la lluvia derramada. Revisando el mapa, noté el salpicadero de pequeñas lagunas en el valle de Lago Verde. La idea era escoger aquella que tuviera mejor acceso, y rogar al cielo porque tuviera pesca. Contaba con algunos antecedentes provenientes de las pocas visitas que había realizado, pero la mayor fuente de información provenía de experiencias compartidas por algunos de mis otros amigos, y el guía jefe de la operación -- en aquel entonces con una rodilla fracturada -- quienes habían recorrido con mayor detención las mismas. Algunas de esas lagunas tenían salmonídeos. ¿Pero cuáles de ellas? Ni idea. Llegamos a la que pareció más amistosa. Aún así, el acceso era complicado en extremo. Debíamos cruzar una tranquera, un lomaje de pasto mojado, y un denso bosque con mucho declive, hasta aquellos mallines que servían de antesala a la laguna. Bajamos el kayak y lo cargamos con el equipo, para luego comenzar a inflar el tubo. A Joe no le gustaba verme trabajar, por lo que intentaba ayudarme con más voluntad que conocimiento. Yo agradecía su actitud, pero la verdad es que hacía todo más difícil. Repentinamente tomó la bolsa que contenía la pepa de la válvula, sin recabar en la posición de la bolsa, la que se abrió por completo al levantarla. La pepa cayó en una maraña de hojas, pasto y tierra. Me hizo recordar la famosa historia de una aguja en un pajar. Eso era el fin de todo. No podía dejar a un cliente pescando solo en aguas desconocidas. Sin esperanza, me incliné sobre el pasto y entre las disculpas de Joe, metí mi mano por entre los brotes, moví un par de hojas, para con sorpresa y asombro descubrir que allí estaba. ¡Era el comienzo de un día de suerte!
Arrastrando el kayak por el pasto y la selva, quebrando ramas y troncos podridos, más emulábamos una expedición del National Geographic en búsqueda de gorilas en la montaña, que una de pesca con mosca... ¡y con guía! Finalmente entramos en la laguna. Mi cliente transpiraba como un caballo, y dejaba en claro que era la primera vez que flotaba en un tubo. Era incapaz de coordinar un pateo normal, y menos aún girar. Tampoco se ubicaba en diagonal en relación a la pared de junquillos para cubrir los segmentos más productivos de la laguna. Me acerqué en el kayak y le recomendé un par de cosas. Luego lo arrastré hasta una pequeña bahía que se veía muy bien. Comenzó a pescar con una realista imitación de libélula con brillos azules, e insistió en que yo pescara para descubrir si la laguna tenía o no pesca. Accedí por cuanto en una laguna es poco lo que hay para guiar, y me acerqué a unos troncos cerca de la orilla para armar el necesario equipo. Mientras lo hacía, observé cómo pequeños peces mordisqueaban raíces contra la pared de barro. Se mostraban en tonos café claro, algo traslúcidos. No eran alevines de trucha. Hasta hoy pienso que eran peladillas, pez endémico de Chile y de Argentina, y bastante escaso hoy por hoy. Representaban un alimento contundente, y si allí había truchas, definitivamente eran gordas.
Abrí mi caja, donde destacaba un invento atado la noche anterior que había bautizado como Atomic. Decidí creer en aquel engendro, combinación entre un Wooly Worm, un Yuk Bug, y una serie de otras cosas, el que mojado asemejaba una de esas suculentas peladillas. Sentía que algo bueno estaba por pasar. Era uno de esos días en que uno siente tener un talento especial. Comencé a remar con fuerza. De pronto me detuve y observé la orilla. No era el lugar. Avancé otros veinte metros y seleccioné una península de junquillo que detenía la brisa que producía relieve en el agua. Se divisaba una buena masa de algas que garantizaba alimento. Revisé los nudos y el running de la línea de hundimiento. Un tanto sorprendido de mi propia concentración, hice el primer lanzamiento. Atomic tocó el agua con cierta delicadeza y en el lugar preciso. Dejé que se hundiera por unos 15 a 20 segundos, otorgándole un poco de acción mientras lo hacía. Presentía el pique. Comencé a recoger con un stripping arrítmico y enérgico, que aumentaba en frecuencia junto con mi pulso.
Por primera vez sentí que leía las aguas de una laguna. Murmuré un "¡Vamos!", el que fue seguido por una brutal mordida. Algo grande sacudió su cabeza en la profundidad, y se desató una corrida majestuosa. Típica de aguas abiertas. Los detalles de lo que siguió son un recuerdo vívido. Quince minutos en que una hermosa marrón derrochaba energía con su lomo sobre la superficie, dando saltos de longitud y no de altura, para volver a la profundidad hundiendo el último segmento de mi caña sin que yo pudiera evitarlo. Cuando la tuve cerca, Joe, que había escuchado los gritos del carrete, pataleó por primera vez en toda la mañana, y documentó esa fario dominante y salvaje. Ver ese cuerpo color cobre volviendo a la profundidad completó nuestro día. La improvisación de aquella jornada valió la pena. Joe estaba agradecido. La Patagonia nos regalaba otra gran aventura. La primera para Joe en Chile. Fotos y truchas capturadas: Rodrigo Saelzer |
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