
Un Río Rodeado de QuesoQuizás lo más sensato al intentar esbozar un relato proveniente de nuestra infancia, sea el hacerlo sobre lo que uno recuerda. No necesariamente sobre aquello que efectivamente sucedió. Quién sabe. Así y todo, contaba más o menos con la misma cantidad de dientes definitivos que años -- no más de seis -- cuando mi padre me mostró la vida al aire libre. Hoy comprendo que él no tenía idea alguna de pesca, pero intuía con ejemplar inteligencia cómo ésta podía motivar enriquecedoras expediciones. Con particular cariño evoco un recuerdo mágico en el Lago Riñihue, específicamente en el nacimiento del Río San Pedro, segmento superior del Calle-Calle. Flotábamos en nuestro Dyer Vega, un bote de fibra color ocre recién estrenado, que hasta hoy forma parte infaltable de los veraneos en familia. El botecito estaba equipado con un motor Johnson Sea Horse de 4 caballos de fuerza y dos cilindros. Máxima tecnología, aunque hoy suene a ruidosa juguera. Mi percepción de niño me decía que mi padre se encontraba algo nervioso. En su momento no le dí mucha importancia, pero los motivos para estarlo eran más que contundentes. No conocía el río. Más aún, sus amigos, aquellos que nos acompañaban en otros botes, no habían ahorrado dramatismo al describir el descenso. La entrada al río me asombró. Turquesa profundo y con grandes peces en el fondo. Creo haber hecho el intento de pasear la cucharilla frente a ellos, naturalmente, sin producir ninguna reacción visible. Tiritaba de emoción. Al poco rato de flotar, la anatomía del río varió, encajonándose y la corriente succionándonos hacia un rápido -- grado diez para la escala de un niño. Allí, el río golpeaba contra paredes de roca blanca que asemejaban quesos gigantes. Dirigiéndonos miradas de falsa confianza junto a risitas nerviosas, liberábamos junto a mi padre, algo de nuestra tensión.
Luego de un recorrido por aguas blancas que debe haber durado unos diez interminables minutos, accedimos a un gran remanso con islotes, paredones de roca, y rápidos por sus costados. Los amigos de mi padre habían tomado los mejores lugares y lograban mantenerse en la corriente, sólo porque sus motores contaban con un caballo de fuerza más. Repetidas veces observé cómo con una "fija" atravesaban grandes truchas que previamente habían pescado, para luego de cobradas, subirlas al bote. Recuerdo que sentí pena. Recuerdo que aquellos amigos de mi padre ya no me parecieron tan admirables, sino más bien brutos. Aquél día también observé la primera trucha marrón de la que tengo memoria. Marrón que uno de estos pescadores mantenía en una especie de cubeta natural tallada en la roca, la que llena de aguas lluvia, la mantenía viva pero asfixiante. Mientras, su captor fumaba un cigarro. Bastante cruel el viejo. Luego de observar todo aquello, recuerdo cómo mi padre terminó de preparar nuestro carrete, para luego ubicar una pequeña cuchara española al final del sedal. En uno de mis primeros lanzamientos sentí aquel anhelado pique eléctrico. Se trataba de mi primera trucha de más de medio kilo de peso. Con buen nivel de nerviosismo e intentando hacer todo debidamente, la subí al bote. El esperable "tate-quieto" vino como reacción natural del fuerte antebrazo de mi padre. Nos abrazamos, por lo que el bote casi se vuelca. A ello, sin embargo, no le dimos mayor importancia. Fue un buen día. No tengo ningún antecedente de la pesca en el Río San Pedro por estos dias. Estará seguramente muy disminuida, producto del cortoplacismo que se está comiendo a Chile. Por suerte nadie puede "meterle mano" a los recuerdos. |
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