Aventuras en la Patagonia Chilena

Tomate y Salame

Mientras comíamos nuestra primera ración de pan con tomate y salame en la Plaza de Armas de Puerto Montt, mi amigo Andrés Gerhard y yo esperábamos ansiosos la hora de nuestro vuelo al pueblo de Futaleufú.

Esto sucedió hace muchos años, siendo ambos simples estudiantes y cuando nuestra historia aún se componía exclusivamente de viajes a lugares muy lejanos con recursos limitados al extremo (como cualquier estudiante, por supuesto). En esta ocasión, la alegría de poder volar hacia Futaleufú, tras una espesa noche en el clásico de Tur-Bus, se sentía como un lujo total para nosotros. Recordando que en viajes anteriores a Futa, necesitábamos de las más insólitas combinaciones logísticas para llegar hasta aquel valle cordillerano en plena Carretera Austral.

“Un Paisaje Pintado por Dios”, era el nuevo slogan turístico que nos esperaba al aterrizar en el precario pero siempre digno aeropuerto de Futa. Nos pareció un poco cursi la frase, pero a los pocos días estábamos totalmente de acuerdo con su contenido.

Creo que era día viernes y Andrés comenzaba su primera práctica médica en el hospital del pueblo el lunes, así que decidimos caminar hasta el camping de Don Aníbal, cariñosamente apodado “Manimal” por nosotros, desde el día en que lo vimos rebanar un grueso alambre a mano pelada y sin mover un músculo de la cara.

Luego de una tortuosa caminata de 7 kilómetros, con los tirantes de nuestros poco anatómicos bolsos cercenando nuestros hombros, llegamos al camping. Jadeando pero contentos.

Instalamos la carpita comprada en un supermercado (sección camping), en una suave loma, bajo una gran rama de coihue. A continuación engullimos una lata de cóctel de fruta Wasil. Ya con la boca sin polvo, fuimos a mirar el desagüe del hermoso lago Espolón. Nuestra disciplinada observación del lugar no alcanzó a durar un minuto y partimos a armar las cañas.

Una vez listos, Andrés anudó su ultima creación: “Irritator”. Una especie de streamer naranjo con brillos robados hace algunos días del árbol de Navidad. (Siempre admiré la capacidad de mi amigo para utilizar como material de atado casi cualquier elemento, sintético u orgánico. E incluso hasta hace poco lo atribuía a su naturaleza curiosa. Exactamente hasta que supe que su mentor había llegado al extremo de mutilar la cola de un gato atropellado en busca del material perfecto.)

Bueno, volvamos al río. Por mi parte, até una Stonefly de dudosa anatomía, pero a las arcoiris del desagüe no pareció importarles, porque la mordieron con vehemencia durante un buen rato. La clave era aguantar el barro y los enredos de línea en los juncales, acercarse al extremo de la plataforma, e ingeniárselas para que, de alguna forma, la mosca derivara cerca de la concavidad de la pared. Disfruté intensamente lo que al parecer era un momento de inspiración, porque Andrés no logró hacer mucho. Sin embargo, a la mañana siguiente, luego del sueño más profundo que recuerdo haber tenido, Andrés me dio una clase en la correntada con el sistema menos ortodoxo que he visto. Con una mosca que me provocó inicialmente una sonora carcajada, comenzó a lanzar perpendicular a la corriente, en una profundidad promedio de un metro utilizando una Teeny T200 (shooting taper de rápido hundimiento en la punta). Suena horroroso, pero cada vez que esa mosca entraba en el swing, podía escuchar la irritante risita de Andrés, vengándose de la noche anterior. Fue tanto su éxito, que salí corriendo del agua hacia la mesita donde teníamos la prensa y algunos materiales. Con hilo negro y una pluma de pavo, improvisé algo similar a la ridícula larva y volví al agua. No sé si el alimento que levante del fondo al salir del agua atrajo un cardumen, pero esas pequeñas truchas apenas permitían que mi mosca tocara la superficie. La atacaron con insistencia, y la risita de Andrés dejo de molestarme.

Esa tarde se desató una lluvia de verano, pero de las que no parar y si mojan. A la mañana siguiente, estábamos chapoteando con los pies. En vista que el río se veía muerto, Andrés decidió volver al pueblo y preparar su semana de práctica en el hospital local con algo más de anticipación. No me alegró quedarme totalmente solo, pero el trozo de queso quedaría para mí y eso ayudó bastante.

Esa noche, en silencio y comiendome un frasco de papilla para bebes, esperaba que la lluvia calmara un poco, pero nada. Me fui a dormir a mi húmedo saco, esperando que la noche pasara rápido.

Por la mañana, me asomé preparado a ver que la lluvia seguía, pero los goterones que sentía en la carpa eran las gotas atrapadas en la rama del coihue. Me sentí reanimado y decidí entrarle al queso para celebrar el acontecimiento. Miré hacia la mesa con los víveres y sólo pude ver una cosa: una gallina picoteando mi comida. Me tomó unos segundos para darme cuenta que el queso estaba convertido en un pocillo amarillo perfecto y hueco. Tras lo que supongo fueron horas de trabajo, la gallina había ahuecado la mitad de mi edam sin dejar más que la encerada cáscara. La sangre me subió a la cabeza como un mazo. Instintivamente, miré hacia un lado y seleccioné la piedra más ovalada en ese metro cuadrado, la tomé y me erguí lentamente. El ave pareció adivinar mi intención, saltó de la mesa y emprendió una veloz carrera. Yo no dejé que esto me desconcentrara. Enfoqué mi furia y cuando el animal estaba a unos quince metros de distancia, solté mi brazo como un látigo. Los que han escuchado este relato me han dicho que miento, pero yo conozco la verdad. Fue tan certero mi disparo, que esa piedra ovalada entró limpiamente por el orificio trasero de la gallina con un curioso sonido, mientras el ave soltaba un misterioso chillido que no creo volveré a escuchar mientras viva.

Satisfecho por mi precisión pero hambriento, comencé a buscar entre mis víveres. Mientras tanto, una Nissan Terrano se estacionaba frente a mi terreno. Tenía vecinos. Socializamos superficialmente, y resultaron ser estudiantes de agronomía en la camioneta de papi.

Durante un rato, observé como armaban una carpa gigantesca, llena de divisiones, y me reí con la perra que habían traído: una labradora en su primer celo que corría por todo el camping. Noté que sus dueños le habían amarrado una bolsa de basura, de manera que formara un calzón con un orificio para la cola. Claramente, no querían que la perra sintiera el ímpetu de un lanudo pastor patagónico en su primera calentura.

Cuando tuve un momento de calma en esa curiosa mañana, fui a mirar el río y vi la imagen más hermosa. Entre las nubes de evaporación y los suaves remolinos del río, estaba lleno de bocas rompiendo suavemente la superficie. Perfecto. Mosca seca.

Armé mi pequeña caña #3 con rapidez, miré la superficie del agua tratando de identificar el insecto predominante. La verdad es que nunca estuve totalmente seguro, pero eran claras y minúsculas. Por primera vez agregué un tramo de tippet 6X a mi leader y até una “simple three hackle” del 20. Todavía mi patrón favorito en seca por su simpleza y versatilidad.

Mi alegría al ver como la mosca desaparecía una y otra vez, en medio de este banquete es un recuerdo increíble.

Cuando la actividad decreció en intensidad, comencé a hundir la mosca, y al final de uno de esos cortos swings, el lomo que rompió la secuencia era diferente a todos los anteriores. Jamás pude acercar esa trucha hacia mí, pero durante largos segundos sentí todos sus movimientos, mientras mi caña se doblaba profundamente. Cuando la bella arcoiris se liberó con un salto, me pareció que era mejor que mirarla de cerca y supe que había aprendido mucho esa mañana.

Ese día dormí una feliz y seca siesta al sol y por la noche fui invitado a una grotesca parrillada con los futuros agrónomos. Durante el festín me dijeron que querían ir al fondo del lago a pescar, y que ya habían hecho arreglos para que Don Aníbal los llevara en su lancha por la mañana. Me dijeron que había espacio en el bote y que podía subirme por poca plata. Yo conocía el fondo del lago, y entre amigos se llamaba “el paraíso”, si eso les da una idea de sus características. Miré las gruesas cañas y los rapalas gigantes, e imagine cosas feas, pero traté de ser un poco más positivo y me preparé para la aventura.

Curiosamente, el día siguiente partimos a la hora, llegando a destino en unos cincuenta minutos. En grupo armamos un agradable campamento y uno de los tipos sacó un disco de arado. Inocentemente, no lo relacione con truchas al disco.

Luego de recorrer los alrededores, me invitaron a pescar a una de las bocas. Uno de ellos, lanzó un gran toby plateado, creo que era la primera vez que pescaba en serio y su cara al sacar una hermosa trucha era increíble, la sonrisa no le cabía en la cara. Por supuesto, no tenía muy claro qué hacer con la trucha. Con mucho pesar, pero resignado a las circunstancias, me acerqué, tomé un palo lijado por el agua y maté a la trucha con un golpe fuerte y seco. Luego pesqué otra e hice lo mismo, y al ver que la tercera quedaba inmóvil en el pasto, dije que eso era mas que suficiente para la comida. Me ofrecí a limpiarlas mientras ellos preparaban el fuego.

Disfrutamos esa comida con vino y buena conversación, hasta que el frió hizo difícil estar afuera. Me fui a mi carpa y pude dormir algunas horas, pero al despertar estaba congelado. Pasándolo mal, de verdad. La carpa de baja calidad sobre el pasto largo y húmedo se había pasado por completo y era imposible entrar en calor. Decidí vestirme con toda mi ropa y volver al lugar del desagüe. Todavía era de noche pero el vadeo hacia el lugar era muy sencillo.

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Con las primeras luces del día me senté en un tronco, esperando un poco de sol. Para mi sorpresa, tras una media hora de ejercicios para entrar en calor, comencé a ver grandes cuerpos plateados moviéndose transversalmente por el cuerpo de agua. Buscando algo, pero aparentemente sin comer. Como primer intento, presenté pequeñas ninfas, ayudado por la suave corriente, pero no hubo ninguna reacción. Revisé cuidadosamente mi caja, donde destacaba un gran bomber color rojizo que había atado en Puerto Varas hace un año, más interesado en practicar la técnica de atar pelo de ciervo que en usarla algún día. Pero en ese momento me pareció perfecta. La lancé pocos metros con un peculiar zumbido, para luego poner más línea sobre el agua con pequeños “Roll Casts”. La verdad es que estaba más entretenido con las curvas que formaba la línea sobre el agua que cualquier otra cosa, cuando uno de esos cuerpos subió lentamente y con descaro succionó limpiamente mi Bomber. La lucha fue intensa, típica de agua abierta, y cuando finalmente la tuve cerca de mis manos, saqué la mosca de la boca del pez sin dificultad y lo liberé sin sacarlo del agua en ningún momento.

El sol ya estaba sobre el tronco y automáticamente me tendí sobre él. Siguió un sueño profundo hasta que las voces me despertaron. Querían saber cómo estaba la pesca y sinceramente les dije: “No sé”.

Volví a mi carpa, ahora seca, y busqué en el bolsillo superior de mi mochila. Sobre el resto de las cosas, estaba un mapa que un gran amigo había trazado el año anterior mientras recorría esa zona con caña mosquera en mano. El recorrido se iniciaba en el mismo extremo del lago en el que me encontraba, para internarse en el valle paralelo al Espolón y salir a Futaleufú tras varios lagos, un par de días de caminata, y muchas aventuras en el cuerpo.

“Yo me quedo aquí” le dije al grupo. “Me voy caminando a Futa”. Me miraron con cara de interrogación. Los ayudé a empacar y partí por mi lado. Todavía me quedaba un pan con tomate y salame.


Rodrigo es un apasionado de la pesca desde su infancia. Sólo pasados los veinte inició sus labores de guía de pesca con mosca y aire libre. Hoy reside entre Osorno, sur de Chile, y la costa Este de los EEUU, cerca de Wahington DC, y forma parte estable del staff técnico de Ríos y Senderos.

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