Aventuras de un Guía en la Patagonia Chilena - Grande - Rodrigo Saelzer

Tres frazadas, dos sacos de dormir extendidos, y me despierto tieso de frío.

Las paredes de tela se inflan y luego golpean con fuerza. Ha sido lo mismo durante toda la noche. El viento arrachado inspecciona el campamento como un guardia estricto.

Ya es mi segunda semana guiando el Río Grande, en territorio Chileno.

Cuesta levantarse, la hierba congelada cruje bajo mis pies. Decido recolectar ramas de arbustos secos y líquenes colgantes (barba de viejo) para improvisar un fuego en la carpa comedor.

En total, tenemos seis carpas dormitorio, otra para cocina, y la octava es el comedor. Somos tres guías, seis clientes, un cocinero y Alejo, encargado de la logística.

Gracias a la rápida combustión de los líquenes, la pequeña estufa comienza a calentar el comedor. Al rato, aparece el cocinero, y casi por acto reflejo, empieza a prepara café y tostadas francesas. Atraídos por el aroma aparecen los clientes. La carpa temperada dibuja leves sonrisas en sus rostros y todo el escarchado terreno parece más amistoso. Todos piden tocino antes de decir “buen día”, y por primera vez, me parece buena idea comer grasa al desayuno. Es el día más frío desde que estoy aquí.

Una vez fuera de la carpa, observo la vasta geografía. El Río Grande asemeja un flujo de mercurio, rodeado por lengas humilladas por el viento y siluetas de guanacos sobre orillas erosionadas.

Igual que cada mañana, ruego por que las marrones anádromas hayan llegado a los pozones cercanos. El nivel del agua es el más alto registrado en 30 años, aseguran los locales. El fenómeno ha tenido un marcado efecto sobre la corrida de este año.

Hemos estado pescando marrones residentes, bellas y fuertes, pero los clientes han venido por las Sea-Run, y hasta ahora sólo han visto una.

Todos han vuelto a sus carpas para afinar sus equipos. Mientras tanto, decido que partir con tres clientes a un nuevo sector es la mejor idea. La única, por cierto.

Al llegar a la meseta desde la que se observa una gran porción del río, el viento nos sorprende. Azota el jeep con furia y levanta remolinos de tierra y hojarasca. Sólo la vegetación más densa y rala se mantiene inmóvil.

Llegamos al sector. El viento recoge hielo de la cordillera Darwin, al sur, y sentimos que nos muerde la cara. Me siento un niño de ciudad mientras pienso en lo que soportaban los nativos del sector, viviendo en chozas y cubiertos en pieles de guanacos. Nosotros tiritamos aún con múltiples capas de la mejor fibra.

Una vez en el pozón, se hace evidente que los clientes no pueden con el viento.

Sus líneas trazas figuras imposibles. Si no estuviéramos bien cubiertos, ya tendríamos más de un anzuelo clavado en las orejas. Los clientes, anulados por el clima, no esconden su frustración.

Propongo seguir corriente arriba, cerca del lugar donde el río corta la ruta principal. A pocos metros del agua, los ojos calvados en una prometedora corriente circular, vemos un lomo oscuro, potente, rompiendo la superficie. Es la conducta esperada de truchas anádromas activas. No lo hacen para alimentarse, simplemente, disfrutan del agua fresca. El cliente más acelerado lanza su pesada línea con la gracia de un mamut. Usa un señuelo verde brillante, que en forma, imita a una stonefly.

Acostumbrado a tímidas truchas de río, doy ésta por perdida y miro al cielo. Pero todo se interrumpe con un grito agudo del carrete y otro aún más intenso del pescador. La caña se dobla al máximo y una trucha gigante salta pesadamente. Puedo ver como la mosca se desprende suavemente de su mandíbula inferior. El cliente, furioso, azota su caña contra el agua.

Sonrío con la esquina de la boca. “Mucho para tí, viejito”.

Durante horas, los clientes barren el sector; el resultado, dos truchas residentes. Suben un poco la moral, pero no es lo que vinieron a pescar.

De vuelta en el campamento, la sopa y el vino hacen bien, e invitan a los clientes a dormir. Aprovecho de atar algunas moscas. La sinusitis molesta al tener la cabeza inclinada, y decido dormir un momento. Una hora más tarde, despierto nervioso, pero al mirar afuera, me queda claro que todos se han tomado el día para leer y descansar. El viento sigue intratable.

Sabiendo que ya no es necesario guiar, mi cuerpo exige que la siesta continúe. Ni siquiera las violentas ráfagas pueden despertarme, hasta que uno de los guías abre el cierre de la carpa y grita descaradamente: “Tienes que venir a ver el pozón. Esto es una señal”. No sin esfuerzo vuelvo a ponerme el wader, y al salir de la carpa, el cielo está amarillo, todo saturado de fina garúa y con un gran arcoiris que parece caer directamente sobre el pozón. La belleza escénica es tal, que parece uno de esos cuadros baratos con colores que rayan en el absurdo.

Al llegar al pozón, Larry Tullis, gran guía y escritor, me mira con ojos desorbitados y moviendo la cabeza, dice: “Acabo de pescar la trucha más grande de mi vida, más de veinte libras, no puedo creerlo”.

Pocos minutos después, John, el guía más joven, logra levantar una gran hembra para la foto. Tiene unos tonos morado claro, preciosa.

Muy pronto, la acción se detiene. Ya me he dado cuenta que mi línea no es suficientemente pesada para llegar al fondo, donde están los gigantes.

Además, estoy limitado a usar mi caña 5. Mi muñeca, quebrada hace meses, no me permite usar las cañas más pesadas. El frío, por cierto, no ayuda en nada.

Decido hacer algo tan radical como horrible. 6 plomos equidistantes muerden ahora mi leader. Trato de lanzar y hago el ridículo. La pequeña caña no puede frenar la inercia de la línea. Tras varios intentos fallidos, opto por ensayar enérgicos “roll casts”. Me asombra el buen resultado.

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Río Rodeado de Queso
Muerte de una Marrón Gigante
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Truchas Dominantes

Los demás han dejado de pescar, y se cobijan del viento y el granizo entre unos troncos de lenga.

Repentinamente, algo grande asoma al medio del pozón. Una trucha activa. No puedo desperdiciar la ocasión. Mentalmente reviso nudos, anzuelo y mosca. Mi tippet es 4 X. Lanzo igual para no perder el momento. No me gusta la distancia. Recojo velozmente y repito el movimiento, ahora con más convicción.

Cuando creo alcanzar profundidad suficiente, tenso la línea y entro en un pesado swing. Sobre el final del mismo, siento el esperado tirón. Decidido y potente. Ya no hay duda. Mi caña 5 se dobla ridículamente. A correr se ha dicho. Quedarme parado con 4X sería suicida. La tensión es impresionante. Frente a cada nueva corrida de la marrón, extiendo mis brazos, tratando de amortiguar los fuertes cabeceos. Cuando pienso que ya se ha cansado, parece escucharme, y nada furiosamente hacia mí. Por suerte estoy sobre terreno despejado y alcanzo a correr en reversa. Justo lo suficiente para no perder la valiosa tensión de la línea.

En la penumbra, me sorprendo al ver que la gran trucha ha quedado semi varada sobre el fondo pedregoso. Ayudado por mis guantes, la tomo desde la base de la aleta caudal, y cuidadosamente deslizo mi otra mano hasta topar en las aletas pectorales, con cuidado de no tocar ojos ni agallas.

Un pez magnífico. Fuerte, pesado, grande.

Texto y fotos: Rodrigo Saelzer


Rodrigo es un apasionado de la pesca desde su infancia. Sólo pasados los veinte inició sus labores de guía de pesca con mosca y aire libre. Hoy reside entre Osorno, sur de Chile, y la costa Este de los EEUU, cerca de Wahington DC, y forma parte estable del staff técnico de Ríos y Senderos.

Puede contactársele en:
saelzer@riosysenderos.com



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