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Siempre me ha atormentado el decaimiento de la pesca en la décima región chilena. Zona de los Lagos, paraíso de la pesca de salmonídeos. Y es un paraíso, nadie lo discute, pero los paraísos requieren cuidado, y no hemos cuidado el nuestro como corresponde. Sin embargo, y para los que pensaban que este artículo sería un deprimente recuerdo de lo que otrora ofrecía la región, aún hay lugares que merecen admiracíon por la resilencia que han demostrado frente a la intensa depredación que los agobia. Uno de estos lugares es un hermoso afluente del Río Bueno, desagüe del Lago Ranco. El río es el Ignao. De tamaño medio, generosa vida acuática y cama de piedra, el curso es una caja de sorpresas. El vadeo corriente arriba debe hacerse obligadamente a lo largo de las orillas, ya que el terreno aledaño es parte de grandes fundos ganaderos. Tengo la suerte de tener una parcela cercana a la localidad de Río Bueno, a una media hora del río mencionado. Los hijos de mi vecino, Carlos y Alvaro, de 18 y 16 años, respectivamente, son aficionados a la pesca y buenos amigos (debería escribirlo al revés) y tuvieron la gentileza de acompañarme en mi primera visita al Ignao. Les agradecí profundamente que no llevaran lombrices o pancoras, más que por la legalidad, por el respeto que demostraron. Ellos crecieron en un ambiente que no sólo valora, sino que enaltece la habilidad de los que pescan durante época de desove, con ganchos, redes y carnada viva. A diario ven como botes cargados de pequeñas truchas flotan las aguas del Rio Bueno, y aún así, mostraban ese saludable interés por aprender algo diferente.
Manejamos mi viejo jeep hasta el lugar. Yo armé una caña pequeña, y ellos sus cañas con grandes cucharas. Las primeras horas de pesca, aún cuando el río se mostraba fantástico, no produjeron nada. Ocasionalmente, pequeñas marrones atacaban con celo las cucharas de mis amigos, sin ninguna posibilidad de engullirlas. Decidimos subir lo más rápido posible, esperando llegar a zonas más sombrías con menor tempertura de agua. Por cierto, era verano y hacía bastante calor. Tras varias caídas en los resbalosos bolones del río, llegamos a un pozón largo y hermoso, con troncos sumergidos y corrientes circulares, formadas por el choque del agua contra un gran paredón cubierto de raíces y helechos. Parecía el hábitat perfecto, y me pareció feo romperlo con la caída de una gran cuchara en su superficie. Seleccioné un par de streamers lastrados de mi caja y se los ofrecí a Carlos y Alvaro. Me miraron con cierta curiosidad y anticipación, así que los ataron al final de sus nylon. El lanzamiento sería la parte mas compleja, pero con talento pocas veces visto, se las ingeniaron para sujetar varios metros de nylon en sus manos y luego lanzar la mosca con una sacudida de la punta de la caña.
Yo miraba todo desde la rama de un arrayán junto a la orilla, hasta que de pronto, la mosca aterrizó muy cerca de la pared de piedra. Mientras se hundía, lentamente, un cuerpo plateado subió con majestuosa lentitud a engullir limpiamente ese streamer, ofreciendo una pelea potente y magnífica. Me llamó la atención la habilidad de Carlos para mantener la trucha en el pozón, cambiando los ángulos y manteniendo presión constante. Cuando la trucha estuvo a nuestro alcance, pensé que la arcoiris saltaría al ver nuestras sombras, pero me vió acercarme sin mayores sobresaltos. La tomé con cuidado, y al observarla con mayor detención, me di cuenta de lo equivocado que estaba. La trucha era una marrón, macho, con grandes puntos, completamente negros y con brillos azules sobre cabeza y lomo. Debe haber pesado unos tres kilos, y mientras la admiraba con respeto, recordé la naturaleza de la situación. Carlos nunca antes había soltado una trucha, y en su casa a todos les gusta comer una trucha fresca. Particularmente, estaba el interés por demostrar que había pescado algo grande. Pero también sabe que yo trato de no matar nada, y no quiere ofenderme. Entonces me mira subiendo las cejas y pregunta: ¿La mato? Tratando de no perecer autoritario, pero sí convincente, respondo: “hay más arcoiris que marrones, y por el color de esta trucha, parece que ha salido al mar por bastante tiempo; me sentiría mal matando un pez que ha pasado por tanto, y que además puede fecundar miles de huevos”. Carlos piensa por un segundo, sonríe levemente y me dice a media voz: “la voy a dejar ir”. La trucha parece entender, y nada lentamente hacia su escondite junto a la roca. “Respeto lo que hiciste” - es lo único que atino a decir, y me suena algo cursi. Siento que todos aprendimos de diferente manera, y mientras miro el dibujo del bosque de tepas y arrayanes que se descuelga desde el farellón de roca hacia el pozón, me doy cuenta que ha desaparecido toda mi rabia, y me lanzo al pozón para celebrarlo. |
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