
Mis primeras experiencias con la mosca seca fueron bastante desastrosas, aunque no siempre eso significó que no pescara. En la primera salida a pescar "en serio" me aposté en medio de un conocido río del primer tramo de la Carretera Austral, agua hasta las rodillas, con unas condiciones que no podían ser más ideales para la pesca con secas. En pleno hatch, con un hervidero de truchas tomando en la superficie, un día soleado que terminaba con una magnífica puesta de sol, varios compañeros de pesca alrededor y yo... haciendo el más perfecto loco con mis lanzamientos, que más parecían los latigazos de un domador de leones. Mi presentación era terrible y las pocas tomadas me sorprendían tratando de dominar la línea, sin lograr enganchar nada excepto mi gorro, el chaleco de pesca o darle uno que otro arañazo a mi oreja derecha. Un verdadero desastre. Por suerte, una trucha de buen corazón decidió apiadarse de mí y tomó mi mosca cuando ésta cayó a mis espaldas y yo trataba de desenredarme la línea que se me había metido entre las piernas. Fue una sorpresa (en realidad, casi un susto) sentir su pelea cuando recuperé la tensión de la línea como un minuto después. En medio de las risas de todos, me sentí un iluminado. "Entendí" que la providencia me indicaba cómo debía lanzar esa tarde para poder pescar... hacia atrás (que hasta ese minuto era lo mejor que lograba). El resto de la tarde fue memorable. |
Pablo Sotomayor |
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