
El sol aún no se levantaba, pero la débil luz de madrugada que se filtraba a través de la lumbrera, sugería que lo haría pronto. Pensé en que debía ubicarme en aquella borda donde el sol hiciera su aparición. Belice ofrece, sin lugar a dudas, las más bellas amanecidas y atardeceres de que tenga memoria. Hermosas tonalidades rojas y naranjas, son difícilmente duplicables. Luego de asir una taza de café de la cocina, y aún no despierto del todo, me movilicé a la cubierta de popa. El colorido horizonte, fue ciertamente lo suficiente como para aclarar my visión aún borrosa y adormecida. Absorbí los alrededores luego de sentarme en el salón de descanso. Nos encontrábamos a bordo del Cristina, yate de 58 pies de eslora en el que habíamos iniciado nuestra derrota desde el puerto de la ciudad de Belice. Este sería nuestra base de operaciones, toda la semana. Durante esta mañana, el Cristina se encontraba confortablemente fondeado en una caleta de manglares, cerca del Cayo Hicks. Las pangas de 22 pies usadas en nuestras excursiones diarias, se hacían firmes a popa. Charles Westby, capitán de nuestra embarcación, aseaba una de ellas. Charles, nativo de Belice, individuo carismático y un meticuloso capitán. Así también, un excepcional guía de pesca con mosca. Durante este viaje, Charles era asistido por Pedro, un excepcional guía de pesca, por derecho propio, y quien posee un largo historial pescando y buceando las aguas de Belice. Su conocimiento del área nunca terminó de sorprenderme, así como su agrado al compartir dicha preciosa información. Carlos, nuestro chef y ayudante, completaba el trío que reunía a la tripulación. Preparaba de la nada, todas nuestras comidas diarias, ofreciéndonos alternativas Belicinas, Mexicanas y Norte Americanas. Pescar las aguas de Belice en yate es una experiencia relajante y a la vez intensa. Es relajante por naturaleza; se vive sobre el agua, se respira aire marino, y se tienen todas las necesidades cubiertas, gracias a una tripulación competente. El día de la semana se torna una pregunta sin relevancia alguna. Es intensa, en cuanto a las posibilidades de pesca. Se puede pescar desde amanecida hasta ocaso y aún más, y hacerlo desde una base móvil permite un máximo de eficiencia. Aquellas largas navegaciones en bote, que por lo general acompañan a aquellos lodges situados en tierra, aquí no existen. Aún más. Se cuenta con la opción de pescar una gran variedad de aguas del litoral. Existen aguas bajas que albergan bonefish (macabí), permit (hacha) y grandes tarpons (sábalo); las raíces de las islas de manglares y canales proveen resguardo a snooks (robalo), snappers (cubera) y pequeños tarpon; y la gran variedad de especies que prosperan en el ambiente de arrecifes. Una semana estándar a bordo de la nave madre es lo que uno desee. Diseñada a medida y por Ud. para cumplir con todos sus objetivos.
Este viaje, en particular, eran vacaciones en familia. Mientras mi padre y quien escribe pescábamos como primera prioridad, mi madre y hermana tenían otras ideas; bucear, descubrir playas, y descansar en un yate de primer nivel, se encontraban al tope de su lista de prioridades. Otras opciones incluían un día de viaje a una isla desierta estereotipo, junto a playas de arena blanca y bosques de palmeras. Cayo Rendezvous, ubicado exactamente en la barrera de arrecifes al este de Cayo Middle Long, es un paraje remoto e idílico el que se encuentra rodeado de aguas excepcionales para el buceo. La barrera de arrecifes que corre paralela a la costa, es la segunda mayor del planeta y provee un medio espectacular para el buceo. Mientras la familia se reunía alrededor del desayuno, discutíamos nuestras posibilidades para el día. Junto a mi padre deseábamos empezar con algo de pesca de tarpon, mientras mi madre y mi hermana optaban por bucear el Arrecife Gallows Point. Luego de una rápida comida, nos encontrábamos listos. Pedro enfilaba la proa de su panga, junto a mi hermana y madre a bordo, hacia el arrecife. Junto a mi padre y guiados por Charles, anhelábamos algunos de los grandes tarpon que acechan los bajos cercanos a Cayo Hicks. No tardaríamos mucho en encontrarlos. "¡Tarpon!", exclamó Charles. Esta vibrante exclamación nos tomó de improviso. Habíamos recién llegado a los bajos y aún no nos poníamos de pie. Charles había apagado el fuera de borda y detenido el bote con su pértiga. "A las doce. A cien pies. ¡Rápido!" A medida que mi padre se preparaba para el lance, mis ojos rápidamente descubrieron las tres oscuras formas, lejos de la proa, moviéndose afortunadamente lento y hacia el bote. Fue una visión bombeada de adrenalina. El lance de mi padre se depositó cerca de cinco pies previos a los ansiados peces, los que sintieron la tensión. Uno de ellos, relajado, avanzó e inhaló la mosca. Luego de una dura clavada del anzuelo, el tarpon se embarcó en una de las más rápidas corridas de las que haya sido testigo, completada con la esperada pero siempre grandiosa acrobacia aérea. El carrete aullaba ofreciendo resistencia, mientras vestigios de humo aparecían desde las entrañas del freno. Sin haber visto esto antes, exclamé profundamente, "Papá, te quemaron." Él, observó el carrete. "¡Wow!" ¿Qué otra cosa podría decirse? Ambos habíamos pescado tarpon cercanos a las cien libras, pero aún nos restaba ver una "quemada". Recabé en el hecho de que esta era la razón de fondo por la que carretes de excelencia tenían un precio tan elevado. Al parecer, era tiempo de ir de compras. Independientemente, todo se mantuvo en orden, y cuarenta y cinco minutos más tarde, mi padre atracaba al bote un pez de 90 libras. Casi tan pronto como cuando liberamos el pez, Charles proclamaba, "¡Vamos por otro!" Parecía fácil. Me tenía confianza. Pero tres horas más tarde, aún me encontraba parado en la proa con la caña en una mano y la mosca en la otra, esperando por algo a lo que efectuar un lance. Algo. Nada había. Algunas veces parece tan fácil; generalmente no lo es. Decidimos regresar al Cristina para el almuerzo. Mientras Carlos servía deliciosas tostadas, compartíamos sabrosas historias de nuestra reciente mañana. Tenía poco de qué conversar, así es que adulé el cuento de mi padre respecto de la pelea entre un pez y un hombre. Mi madre y mi hermana hicieron el intento de enumerar todos los diferentes tipos de peces de arrecife que habían observado, para finalmente comprobar, que eran demasiados como para saberlo. Habían, además, pescado dos grandes barracudas al trolling cuando regresaban desde el arrecife, y recolectado algunas hermosas conchas. Desde 1987, hemos efectuado más de una docena de viajes en yates, pescando los bajos a lo largo de la costa y canales de los manglares de Belice. Nuestros posibles destinos de navegación, eran por lo tanto, familiares. Normalmente, planeamos visitar dos o tres medio ambientes de pesca distintos, durante nuestras siete noches embarcados. Comenzamos nuestro viaje con una agenda potencial en mente, ajustándola a las oportunidades de pesca, a medida que éstas se presentan. Han habido viajes en que no nos hemos movido de nuestro primer sitio de fondeo, porque los objetivos se cumplían, y no existía, por tanto, la necesidad de buscar nuevas aguas. Para éste, habíamos planeado pasar unos pocos días en las Islas Turneffe.
Coordinando las actividades durante aquella tarde, barajamos muchas posibilidades con nuestro capitán. Con el objeto de cambiar de escenario, éste sugirió mover al Cristina a una serie de cayos situados veinticinco millas al sur de nuestra actual posición. Aquí podríamos disfrutar con pesca de permit de media tarde. Sonaba tentador. Si deseábamos navegar por mar abierto a las Islas Turneff, durante la siguiente tarde, el cruce sería más corto desde aquel lugar de fondeo. El único mar, potencialmente grueso, en un viaje a bordo de un yate y por las aguas de Belice, se encuentra si se desea navegar con derrota a las Islas Turneff. El estrecho ubicado entre la barrera de coral e Islas Turneff, es mar abierto. Durante el resto del tiempo, el yate se fondea cobijado por cayos o bien navega al interior de la barrera, por lo que el andar es calmo y placentero, al igual que los fondeos. No existe riesgo alguno de mareo, del cual soy extremadamente susceptible. El Cristina es el mayor y más lujoso de los yates que operan como naves madre en Belice. Posee dos camarotes. El primero, dotado con una cama queen size. El segundo, en tanto, provisto con dos camas singles. Cada uno de ellos con su propio baño y ducha. Las acomodaciones son aseadas y mantenidas a diario por la tripulación. El aire acondicionado es un elemento bienvenido en el paquete, especialmente en aquellos días extremadamente calurosos, cuando un fresco relax luego del almuerzo, provee la sublime oportunidad para "recargas las baterías". Todas las aguas de la costa de Belice y las Islas Turneff, pueden cubrirse en un crucero a bordo de una nave madre. Sin embargo, una de las grandes ventajas de una vacación a bordo de un yate, es la posibilidad de trazar rumbo a todas aquellas aguas inaccesibles para los lodges situados en tierra. Navegando al norte de la ciudad de Belice, los bajos alrededor de los Cayos Hicks y Largo, pueden proveer con pesca de calidad mundial de tarpon. Si se continúa más al norte, se encuentran los Cayos Ambergris, con una fuerte presión de pesca. Navegando al sur, se presentan una serie de cayos y pequeños arrecifes que se suceden por aproximadamente 75 millas al sur y hasta Placencia. Es esta última, la más bahía más productiva para la pesca de permit en bajos, a lo largo y ancho del mundo. Luego de una placentera navegación al sur y después de asegurar el ancla, todos nos dirigimos en direcciones separadas. Mi hermana decidió disfrutar de un poco de rock & roll en el yate, mientras mis padres decidieron explorar en busca de "colas" de permit -- expresión usada cuando estos peces ramonean aguas bajas, mostrando parte de su aleta caudal -- junto a Charles. Eso nos dejó junto a Pedro, con la posibilidad de practicar una intensa pesca en los bajos. Sin perder un minuto de tiempo, brincamos dentro de una panga para dirigirnos a tentar suerte en los bajos que se ubicaban en los alrededores de donde fondeábamos. Luego de un corto recorrido, Pedro apagó el fuera de borda y comenzó a empujar el bote con la pértiga, recorriendo la orilla de un bajo cubierto por delicadas algas. De pie en la proa y sin poder ayudar, sentía, casi sedado, como aparecía un estado de relajo físico y mental, provocado por la belleza del entorno que nos rodeaba. Mis ojos derivaron libremente hacia el horizonte, hundiéndose en el azul profundo del agua hasta encontrar el cielo. Enfocando de regreso en los bajos, disfruté con las variadas cabezas de coral y sus vibrantes tonalidades, a medida que flotábamos sobre ellas. Era simplemente un lugar divino. A los ojos de Pedro, debo haber parecido preparado y listo. Ahí, de pie en la proa y escaneando el bajo. Mis ojos soñadores de aquel día, se encontraban cubiertos por mis anteojos polarizados. Sin embargo, mi respuesta cuando susurró "permit", no fue sino falta de preparación. "¿Dónde?", repliqué. "A las once, 70 pies, nadando hacia el bote." "No lo veo." "¡Se viene hacia nosotros! ¡60 pies!" Fijé mi vista en el agua frente a nuestra panga, pudiendo ver sólo verdes algas y pasto. Nada más. "Aún no puedo verlo", fue lo mejor con que pude responder. "¡Ahí está! ¡Se está alimentando! ¡50 pies ahora!" Esto sonaba a una oportunidad única; me encontraba listo a participar en ella. ¿Dónde se encontraba el maldito pez? De pronto y abruptamente, el permit se dejó ver frente a mí, a menos de 40 pies del bote. Debía actuar rápido, pues aún había algo de tiempo. Ejecuté sólo un lanzamiento en falso e impulsé la mosca. ¡Juac! Casi sentí mareos luego de comprobar que mi Merkin Crab se enrollaba a sí misma, alrededor del tramo medio de mi caña. Para nada un bonito espectáculo. Al parecer al permit tampoco le agradó, por cuanto raudamente nadó en busca de nuevas aguas. "Engancharemos el próximo", comentó Pedro. Me encontraba momentáneamente enojado conmigo mismo. No estaba ni enfocado ni preparado. Estaría listo para una próxima oportunidad. Luego de haber cubierto una serie de otros bajos y sin haber visto un solo pez, nos decidimos a revisar una última área, previo a regresar al Cristina. La marea se encontraba descendiendo, por lo que el tiempo productivo en los bajos, se encontraba próximo a su fin. A medida que iniciamos el avance junto a la pértiga, Pedro descubrió casi de inmediato un permit "coleando" en las aguas profundas, cercanas al borde del bajo. Yo también lo vi. Me encontraba en ésta. Luego de un par de falsos lanzamientos, envié mi mejor lance, ubicando gentilmente la Merkin Crab a sólo dos pies de la cabeza del permit. Luego de efectuar un recogido corto, el permit se movió hacia mi patrón y lo engulló, sin dudar un instante. La puntera de mi caña se movió hacia arriba, y limpié la línea sobre la cubierta, mientras el permit arrancó fuera del límite del bajo. Se encontraba en el carrete y el freno comenzó a chillar. "¡Vamos! ¡Adelante!", vitoreó Pedro. Emití un exaltado grito por mi cuenta. Casi como una indicación, la línea quedó floja. Con gran desagrado, dibujado en mi rostro, recogí la línea. Luego de revisar el deshilachado tippet, se hizo aparente el que el permit había encontrado algo con un afilado borde, donde partir la línea. Por el momento, acepté la noción de consuelo de haber movido al pez a tomar mi mosca, lo que por lo general constituye gran parte de la batalla. "Necesito una cerveza", fue mi comentario. Pedro destapó una helada Belikin y la pasó hacia la proa. El fuera de borda comenzó a sonar y nos movimos hacia el santuario del Cristina. De regreso en el yate, rápidamente leí el rostro de mi padre, sin que cruzáramos una sola palabra. "¿Pescaste un permit, no es cierto?" Fue más una proclamación, que una pregunta. "Si", procediendo a escuchar todo sobre ello a la hora de la cena. Mi madre también se encontraba orgullosa de anunciar la pesca de un bonefish con mosca, algo que rara vez intenta. Por todos lados, había sido un día exitoso, aun cuando debía definir mi éxito en términos distintos a número de piezas cobradas. Luego de la cena, Charles recomendó un canal en los manglares situado a pocos minutos del yate, donde pensó, podríamos conseguir alguna acción con tarpons usando poppers para una caña de mosca. Fue fácil enganchar; el resto del grupo optó por un juego de cartas. Sabía, por experiencias pasadas, que Pedro ocuparía con agrado mi lugar en la mesa de juego. Por tercera vez en el día me encontraba a mí mismo, en la proa de una panga, embarcado hacia una nueva aventura. Charles condujo el bote, a la luz de la luna y con gran confianza, a través de un serpenteante canal en los manglares. Era una noche clara y hermosa. Una luna casi llena iluminaba los alrededores. Luego de cortos pero entretenidos minutos, arribamos a nuestro destino. "Lanza hacia la boca y recoje en contra de la marea", me explicó Charles. La marea corría fuerte en el canal, sonando casi como un río. Creaba un área perfecta de alimentación. Oasionalmente, escuchaba pequeños pececillos saltando sobre la superficie, sin duda, intentando arrancar de un depredador con aletas. "Suena como una escuela de jacks", señalaba Charles. Tan pronto terminaron sus palabras, y un enfiestado jack de ojos separados martilló mi popper. ¡Picó! Me sentí feliz de tener ese pique. Sentí correr las frustraciones del día, a medida que el jack doblaba por buen lapso mi caña. Luego de una serie de nuevos martillazos, cobré y regresé el pez. Terminé enganchando un par más, entre cinco y ocho libras, antes que la marea llegara su fin y la acción terminara. Estaba satisfecho. "¡Regresemos a casa!", indiqué a Charles. El fuera de borda cobró vida corriendo rápidamente de regreso al Cristina. Sonreía durante todo el viaje. Mientras reposaba en mi litera aquella noche, mis pensamientos navegaban hacia atrás revisando los eventos del día. Que gran día había sido: tarpon con un tamaño trofeo, permit que coleaban, bonefish que navegaban, barracudas con grandes dientes, agresivos jacks ; y eso era sólo bajo una visión de pesca. ¡Tantas experiencias! Todas en un medio ambiente pristino, donde no pudimos observar otro pescador deportivo. Estaba cansado. Buena cosa, de otra manera la anticipación del día siguiente me hubiera mantenido despierto la noche entera. Don Permit |
Don Permit acostumbra viajar por el mundo con caña. Esta es su primer colaboración a Ríos & Senderos. Es contactable en: |
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