"Primero buscamos conseguir una trucha con mosca. Posteriormente intentamos pescar muchas truchas con mosca. En una tercera etapa intentamos por una gran trucha con mosca. Pero al final, siempre regresamos a lo básico. Una trucha con mosca", es una aseveración cliché, en boca de numerosos pescadores y textos que versan sobre el tema. La misma, sin embargo, es verdadera y falsa a la vez. Así es. Lo que conocemos como paradigma. Razón que seguramente llevó a Tom Dorsey, propietario y diseñador de la firma Thomas & Thomas ®, a otorgar dicho adjetivo a su modelo de elite en cañas, Paradigm. ¿Tal vez? Quién sabe. ¿Paradigma? Hay variadas razones que justifican dicho calificativo. El artículo al que Ud. da lectura, es de mi puño. Y por lo mismo, reseñaré mis razones para tal adjetivo, las que no obstante, pueden diferir de las suyas. Más de seguro. La aseveración que analizo, para luego llegar al tema de fondo, adolece del defecto de citar a las truchas genéricamente. ¿Qué truchas? En mi caso personal, las llamadas marrones, las que representan el desafío máximo. Y estoy seguro ésta opinión es compartida por muchos guías de pesca con mosca de truchas, sino todos. Sin embargo, no por todos mis clientes en el río o curso de agua, así como por quienes no ejercen tales labores. ¿Por qué marrones? Por su elusividad, agresividad e inteligencia. En resumen, por la gran dificultad que por lo general presentan en su captura. Y por su hermosura. Aquellas de gran tamaño, léase sobre 20 pulgadas de largo, sin embargo, son las que ejercen esa mágica atracción. Muy en especial. Me cautivan. Los trofeos. De manera adicional, la aseveración omite a otros peces que son de mi interés, y tal vez, no del suyo. Destaco a las siguientes: bonefish o macabí, tarpon o sábalo, permit o pompano, snook o robalo, pike o lucio, dorado y tucunare. He desarrollado durante este último tiempo, una particular atracción por las especies de agua salada tropical. La misma se ha manifestado fuerte, en atención a los maravillosos parajes donde la he llevado a cabo, amén de las duras pruebas que dicha pesca impone a un pescador de mosca, el tecnicismo requerido en ésta, y el vigor que dichos peces muestran al momento de percibir un anzuelo en sus fauces. Así también, no puedo dejar de desconocer mi interés por la pesca de los hermosos dorado y tucunare, en aguas tropicales y subtropicales. Pesca aún desconocida para mí. Ya vendrá su momento.
El paradigma, no hace, además, justicia con otra gran familia de peces en una mosca: los salmones. Peces en extremo prolíficos, por lo general de buenas dimensiones y talla, y cuya forma de vida sigue representando un enigma de la naturaleza. Su incomparable acrobacia y potencia los han hecho preferidos por muchos. Aquel proveniente del Atlántico, al que se ha dado en llamar Salmo salar, tal vez sea el mayor acróbata del circo que circunda a un río. Tal como lo citara hace décadas el gran Lee Wulff. Los demás, aquellas hermosas y voluminosas especies, tales como el king o rey, sockeye, silver, coho o plateado, chum o perro, humpback, pink o rosa, amén de aquellas especies nativas de otras latitudes y longitudes, distantes de Norte América. Y cómo olvidar a los que llamamos peces anádromos o sea run. Esas maravillosas bestias que viviendo por años en agua salada, ejecutan esforzadas subidas por ríos en los que difícilmente logran situar su organismo apropiadamente, para luego regresar a su origen de agua dulce, y así, viceversa. Steelhead o Cabeza de Acero, Sea-Run Browns o Reos, y Sea-Run Dolly Varden, por nombrar algunas. Pesca que demanda un acabado conocimiento de tales corridas, amén de técnicas de irritación. Todo lo que se traduce en observación en el tiempo. O en su defecto, en contratar al mejor guía del área. Y así, la aseveración que cito en el párrafo primero, no hace honor a esta colección de apasionantes peces, su técnica, vida, y la gran recompensa personal que representa el desafío de intentar por ellos en pesca con mosca. Sin embargo, las truchas -- y me refiero a algunos Oncorhynchus, un Salmo y varios Salvelinus -- son aquel más puro sentido de tal término. Las que tildamos de arcoiris y marrones, amén de otras que ocasionalmente incluimos, como brook o de arroyo, cutthroat, golden, char, y un buen sinfín de éstas, que por lo habitual, representan un atractivo mayor y generalizado. ¿Por qué? No tengo una respuesta única, pero tal vez sea por herencia, distribución geográfica, hermosura, y por qué no decirlo también, desafío que representan en un entorno habitualmente mágico y verde. Y me vuelvo a confesar. Marrones de buen tamaño, en mi caso. Trofeos. Así es, marrones trofeo que durante largos años busqué y que me fueron, por una u otra causa, elusivas. No por ello, sin embargo, fascinantes, apasionantes, desafiantes, y cautivantes. Casi una obsesión, que en incontables oportunidades, estuve a segundos de materializar. Oportunidades que, sin embargo, fueron eso. Una muestra de la astucia e inteligencia por la que las diferentes subespecies de la especie Salmo fario, son mundialmente conocidas. No dejo de olvidar aquella en que estuve más cerca, y aún no me lo perdono. Se pasea casi como una pesadilla por mis sueños de invierno, época en que una mosca sólo cabe dentro de la ilusión respecto de truchas en este hemisferio: el sur. Río Puelo es un río de buen caudal y gran profundidad. Precisa razón por la que empresas hidroeléctricas, desde hace un buen tiempo a esta parte, lo tengan en su mira. El disparo aún no se ha sentido, y espero, no escucharlo jamás. De lo contrario, seremos muchos miles, no sólo de Chile sino también de la Argentina y otras naciones hermanas, quienes clamaremos por misericordia y justicia. Yo lo haré por esa marrón, entre otras cosas. Por aquel precioso ejemplar que vaciara mi bobina, casi por completo, en una corrida río abajo en el sector denominado Las Hualas. Espacio hoy frecuentado por tantos, y que en aquel entonces era casi desconocido. Aún recuerdo la mirada perpleja y atónita del gran Dave Hughes. Corriendo a mi lado junto a su cámara fotográfica, retrató buena parte de la adrenalina que me fluyó a borbotones, por más de 300 metros. Luego de batir varios récords de velocidad sobre piedras, y al acceder al último tramo del sector que cito, aquél donde una poza de aguas tranquilas y someras asoma, un grueso y café lomo efectuó su aparición en la superficie. Una aleta dorsal café cobrizo, con gran profusión de puntos, y que por momentos intimidaba, fue grabada en video. El mismo, aún lo conservo, y en ocasiones, lo reproduzco. Tal vez corresponda a un comportamiento masoquista para algunos. Es para mí, sin embargo, fuente inexorable de recuerdos de un trofeo que pudo ser, pero que no fue. Luego de interminables minutos de angustia, llevé el ejemplar que se suponía cobrado, al sector bajo y calmo del río. No deseaba extenuarlo. Nunca lo he deseado con los peces por los que pesco, y tal vez por ello, haya perdido tantos, de los que, sin embargo, no he tomado su vida. Sin poder controlar caña, carrete, línea, y ejemplar a la vez, entregué mi caña a un buen amigo que me acompañaba. Mientras, Dave contemplaba con angustia. Tomé del leader delicadamente, por cuanto no había red que le soportara, e intenté acercar al pez. Así sucedió, hasta que un sorpresivo, inevitable y brusco cabeceo, dio la faena por terminada. Aquél corte y patrón en boca de un pez, eran nuestra panorámica, junto a una marrón que permaneció por varios segundos en la poza, espacio de tiempo en que el grupo reunido guardó largo silencio. Lamenté el corte y la mosca en su quijada, pero aún más lamenté el no haber tocado ni acariciado su gallardía. Aquella marrón sobrepasaba los 10 kilos y era un ejemplar residente. Nunca he visto nada igual. Dudo que lo haga. Se convirtió en una pesadilla que por años me persiguió. Dicha jornada y otras que le han sucedido, me han brindado una larga lección. Aquellas marrones trofeo no sólo habitan profundidades, como tantos equivocadamente nos han intentado hacer creer por años. Sus hábitos no son sólo crepusculares, como también se ha dado en señalar. Y así también, no se alojan sólo en los llamados prime lies, aquellos espacios en el río donde protección, cobijo y buena alimentación de pequeños insectos se provee y en abundancia. Una marrón trofeo, caza y acecha a su presa, la busca y se mueve tras ella, y lo hace en aguas someras o de una profundidad menor, a la que por años se nos enseñó debíamos buscarla. Lo hace de día, de noche y en horas del crepúsculo, lo que depende fundamentalmente de su necesidad por alimento. Y aquellas apetitosas ninfas y adultos de insectos con desarrollo acuático, que formaron parte de la carta cuando jóvenes, dejan de formar parte relevante del menú, para ser sustituidos por grandes crustáceos, alevines de otras especies, un fuerte canibalismo, e incluso pequeños batracios y roedores. Con frecuencia, si somos pacientes y buenos observadores, las veremos a flor de agua, y en espacios que desecharíamos para presentar una mosca, acorde a lo que obtusamente consideramos norma. Siempre, me refiero a trofeos, esto es, a todos aquellos ejemplares de marrón que exceden cuatro o más kilogramos de peso, y a la pesca de los mismos, con mosca y en un río. No cuento con pruebas científicas que hubiere llevado a cabo y que comprueben lo que señalo, pero puedo señalar disponer de varios cientos de horas de experiencia, buena o mala, pero experiencia al fin y al cabo, en los ríos de la Patagonia de Chile, amén de unos pocos en el territorio de Montana en Estados Unidos. Asimismo, cuento con la invaluable experiencia de guías y amigos, cuyos reportes dan prueba irrefutable de lo que cito precedentemente. Finalmente, estudios recientes efectuados en Estados Unidos, corroboran y de manera completa, mediante estudio y análisis científico, lo que señalo. Están disponibles para quien por ellos se interese. Volvamos a la experiencia. Es con la que vibro. Hace sólo un mes atrás y pocos días luego de la celebración del nuevo año, me encontraba en el agua en uno de los tantos y hermosos ríos que vacían su cauce en los incomparables Fiordos de Aysén de la Patagonia. Aquel corazón verde de mi querido Chile. Mi cliente era un francés amable y sencillo. Un hombre ameno y divertido, que junto a buenas historias, disfrutaba cada minuto en el río y cada nuevo lance. Avecindado al otro lado de la Cordillera de Los Andes, practicaba un curioso pero efectivo casting. El propio y personal.
Corría media tarde y el sol brillaba fuerte. Bajo aguas blancas, y en aquel pozón con corriente opuesta que por lo general le sucede, había cobrado instantes previos, un hermoso y fresco coho cercano a los seis kilos. Vadeando río abajo, por la misma y pedregosa orilla, le sugerí intentar en aquellas aguas que reiteradamente nos han señalado como improductivas. Aquellas en que, supuestamente, sólo pequeñas truchas habitan. En mi mundo, esas en que marrones trofeo salen a la caza de truchas pequeñas. Sin disimular su asombro e incredulidad, mi cliente presentó aquel gran y oscuro streamer, el que le insistí recogiera con rapidez y de manera irregular. Casi como si jugara. Repentinamente y a centímetros de las someras y para muchos improductivas aguas de la orilla de enfrente, una gran marrón se hizo de la imitación e intentó despedazarla. Luego de asomar una gruesa y descomunal espalda al aire, casi como un torpedo, dio inicio a una loca e imparable carrera. Corriendo y brincando sobre piedras, la seguimos por casi doscientos metros curso abajo, contemplando con horror, cómo vaciaba casi por entero el backing de la bobina. Finalmente y luego de interminables diez minutos, un único y acrobático salto en aguas someras, dio cuenta de aquella mosca. Nos miramos junto a mi cliente, sin pronunciar sílaba alguna. La historia se repetía. Le invité a tomar asiento para analizar qué había hecho mal. No encontramos respuesta. Se trataba de una marrón trofeo y residente, que estimo por sobre los 10 kilogramos de peso. La segunda. Aquella que nunca esperé encontrar. Esta vez, sin embargo, no en mi caña sino en la que yo guiaba. De regreso al lodge y meditando respecto del día, decidí volver a efectuar un análisis de la situación. Anoté detalle a detalle, para comprobar que todo se había hecho bien. Dicho estudio, sin embargo, ratificó todos aquellos postulados que he señalado precedentemente, y que guardan relación con profundidad, alimentación, y horas de hábitos de depredación. Uno a uno se confirmaron, y en terreno. La pesca en aguas algo someras, utilizando un patrón de gran tamaño que imitare un alevín. El correr hacia también aguas someras al verse atrapada, y el conseguir el pique en aguas con buen movimiento, y no en aquel profundo pozón que tanto nos han relatado en una tras otra historia. Y el hacerlo a horas de pleno sol. ¿Tendría una tercera oportunidad? Jamás. Así lo pensé. De regreso a Santiago indagué por mi correspondencia, para encontrarme con la agradable sorpresa de aquellos libros que hubiera encargado semanas previas. "Modern Streamers for Trophy Trout" de los autores Bob Linsenman y Kelly Galloup, se encontraba entre ellos. Lo devoré en horas para curiosamente verificar, uno a uno, aquellos puntos que señalo en la pesca de marrones trofeos. Sin excepción. No contento con ello, me dirigí a la biblioteca de pesca con mosca que he cultivado por años, para releer "Brown Trout Flyfishing - A Practical Guide" del autor Chris. J. Francis. Conjugando ambos textos junto a la experiencia, rememoré ocasiones pasadas. Durante fines de la temporada 1998-1999, y en un día de lluvia incansable, la pesca había sido escuálida. Junto a dos buen amigos y guías, habíamos literalmente agotado toda técnica de búsqueda, por las hasta entonces, ausentes truchas. Tanto arcoiris, como en especial, marrones trofeos. Un hermoso y buen río, cuyo femenino nombre guardo en reserva por razones de todos conocidas, se encontraba con un nivel de agua muy por sobre el habitual, haciendo la pesca difícil y agotadora, amén de escuálida. Luego de evaluar la situación, decidimos regresar a la embarcación que nos transportaba, no sin antes permitir a Tim Foote probar aquella última técnica que urdimos. Recordando la pesca en aguas del Yellowstone River, río en que ubicábamos grandes y pesados streamers en aguas someras de cada orilla, para luego recoger con rápidos y erráticos strips, técnica que Tim llamaba turbo retrieve y que brindaba grandes marrones invariablemente, decidimos optar por la misma. Bastó sólo unos pocos minutos de aplicarla, para que una hermosa y gruesa marrón trofeo emergiera desde algún lugar del río, y acosara a la presa. Curiosamente, en aguas someras que rodeaban un pozón de gran profundidad, sobre el que habíamos intentado infructuosamente por horas. Luego de cobrarla y regresarla con delicadeza al río, nos dirigimos al bote y emprendimos el retorno al lodge. El análisis posterior, reveló las mismas conclusiones que ya he expuesto. Como cité en un comienzo, uno de aquellos inalcanzables sueños en pesca con mosca lo encarna una marrón trofeo y residente, de grandes proporciones, hermosa figura, buenas espaldas y tonalidades oro viejo y cobre. Deseablemente un macho reproductor, que con mandíbula prominente y amenazante, acecha por alevines en un río pequeño, de cauce suave, aguas transparentes, lecho de rocas multicolores, junto a un paisaje sobrecogedor. Todo ello en un destino remoto y virgen. Así sucedió hace sólo algunos días. Me encontraba entrenando en ríos de aquella región de los Fiordos de Aysén, a un nuevo guía de pesca con mosca. Y como en cuentos, para mi gran sorpresa, el sueño se hizo realidad. ¿Una tercera oportunidad? Así fue. Lluvia a cántaros y fuertes rafagales provenientes del norte, se habían hecho presente desde temprano en el sector. Por momentos, debo admitir, me motivaban a dejar todo de lado y regresar al grato calor del verano de la Costa Central de Chile. Hacía algunas horas habíamos abandonado el lodge, embarcados por canales que con olas punzantes y agudas, hacían el navegar, a ratos, angustiante. Finalmente nos encontrábamos en destino, luego de una derrota dura y difícil. Aquel río que cristalino y sobre un fondo de redondas y amarillas piedras, había brindado a nuestros clientes en el pasado, más de alguna buena marrón trofeo. En mi retina se encontraban aquellas cobradas en mi primera incursión en la zona, así como las de otros guías y clientes, entre ellas, varias por sobre los 4 kilos de peso. Así también, recordaba mi última buena marrón, en un río cercano a Villa O'Higgins, del que también me reservo el nombre, y cuya talla había superado las 25 pulgadas. Mientras explicaba al guía la conformación del río y su boca, amén de la importante influencia de mareas en el mismo, no perdía el tiempo y enseñaba moscas a los peces junto al nuevo alumno. Lo hacíamos insistentemente, cubriendo de manera sistemática todo y cada espacio posible. Semanas previas a esta visita, y mientras acompañaba a otros guías que se encargaban de un grupo de clientes, había cargado un on-top sea kayak sobre la nave madre. Con éste había recorrido la totalidad de aquella boca que ahora pescábamos, incluidos todos sus bajos e incluso buen sector del angosto fiordo donde este desaguaba. Con sorpresa había comprobado, cómo en aguas someras y salobres, algunas marrones residentes y de gran talla, engullían un no despreciable número de robalos infantiles, junto a dibujar aquella característica "V" sobre la superficie.
Luego de una mañana vacía y sin piques merced a una alta marea, reingresamos al sector de la boca del río junto al nuevo guía, esta vez con baja mar. Un canal central asomaba nítidamente, en el que se mostraban algunas marrones y robalos todos de pequeña talla. Mientras el aprendiz se movía a tierra firme en busca de un refresco, aproveché de vadear río abajo, intentando analizar el movimiento de aquellos peces pequeños. Muchos de ellos ingresaban ocasionalmente en aguas someras, por lo que cambiando el espacio cubierto, me decidí a recorrer los llamados bajos. Bastó un segundo cast, trabajo en swing, para al iniciar un violento recogido, percibir una tomada que difícilmente olvidaré. Una Woolly Bugger que años antes había atado con apreciable cantidad de flashabou y marabou en tonos oliva oscuro, había sido engullida por algún pez que emulaba un tren de alta velocidad en su loca carrera aguas abajo. Por espacio de casi cinco minutos, no supe distinguir qué se encontraba al final de mi línea, para luego de un acrobático brinco rompiendo aquella cristalina superficie, comprobar que una marrón oro y cobre, de forma perfecta y con al menos 8 kilos, se encontraba en juego. Grité al alumno por una cámara fotográfica, pero esta se había olvidado en el lodge. Una nueva ocasión debería esperar para retratar a una de aquellas marrones trofeos. Fueron casi 45 interminables minutos los que tardé en cobrar al ejemplar. Sus corridas, como en todas las ocasiones pasadas, fueron a aguas bajas y con movimiento, incluído un riffle en tal derrota. Recordar que un tippet 3X atado a un anzuelo sin rebarba, eran toda la resistencia que me unían con aquel ejemplar, me aterrorizaba. No obstante su poder, mi rígida y potente G. Loomis GLX # 6 de 9 pies, no era en ocasiones capaz de cobrar la línea que requería para acercarlo a mis manos. Ángulos laterales y elevados, me permitían por momentos, quebrar aquella dura resistencia, para luego sentir cómo buena cantidad de backing se vaciaba de mi flamante Abel Super 6, no obstante ajustar milimétricamente el fino drag por el que tales carretes son mundialmente conocidos. Finalmente, y al centro de aquella boca donde una pequeña isla asomaba, lo cobraba y hacía mío. Tal como en sueños, se trataba de una marrón trofeo y residente, de grandes proporciones, hermosa figura, buenas espaldas y tonalidades oro viejo y cobre. Era un macho reproductor, con mandíbula prominente y amenazante, que mostraba aquella curvatura entre cabeza y lomo, que algunos damos en llamar "zapato chino". Jamás había observado a un pez de tal envergadura, con tan hermosos colores y línea. Era perfecto. Aún recuerdo los puntos que destellaban de entre sus escamas, muchos de ellos rojos y naranjas, que contrastaban con el dorado. Curiosamente, poca pigmentación negra se encontraba presente. Sus colores me recordaban aquellos de las hermosas Yellowstone Cutthroats. Tomando carrete y caña para dimensionar sus proporciones, nos asombrarnos con la envergadura de espalda y volumen. No obstante ello, la forma que lo definía era perfecta y atlética. La de un pez que al acecho en aguas bajas, caza por pequeños alevines y algunos crustáceos, y en ocasiones por pequeños batracios y roedores. Muy ocasionalmente por aquellas ninfas y adultos de insectos con desarrollo acuático, que histórica y equivocadamente nos han repetido son los que debemos imitar al intentar por ellas. Sin antes contemplar toda su belleza, gentilmente lo regresé al río, en el que estoy seguro sigue al acecho y caza por alimento. Aquel que conocemos como forrajero. Ud. lo sabe. Ha dado lectura a ello. Es una marrón trofeo lo que busco. Es ése y no otro mi último desafío. Deseablemente habiendo avistado el pez con anterioridad. Para conseguir este objetivo, si Ud. lo comparte, recuerde aquellas técnicas y comportamiento que he citado precedentemente. No lo olvide. Toma paciencia y tiempo. Días, meses e incluso años. Pero si Ud. privilegia calidad por cantidad, créame, obtendrá sus frutos tarde o temprano. Sólo es materia de tiempo y perseverancia. Pero muy en especial, el saber aceptar un técnico y duro desafío. Pescar marrones trofeo. No ocurre a diario, pero cuando sucede, alegra cientos y cientos de días de esfuerzo en al agua. ¿No es eso pesca con mosca? ¿Un desafío con uno mismo? |
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