
Un día en la Patagonia es siempre un misterio. Cielos azules y radiantes, de improviso cambian a grises nubes, que amenazantes, dejan caer un diluvio en corto lapso. No sólo el clima, sin embargo, forma parte del diario enigma. También lo constituye el impredecible comportamiento de truchas y clientes. Me refiero a mis labores de guía de pesca con mosca en la Patagonia, las que desempeño desde hace un buen tiempo a esta parte, y gracias a las que he conocido los más diversos géneros de la zoología humana. Nunca entendí por qué acepté trocar un día guiando pesca. Me vendí para guiar aire libre, en un hike de largo y duro aliento. Aún recuerdo las palabras de Rodrigo antes de iniciar el viaje. "¿Le miraste las piernas? Te aseguro que es maratonista, o una buena cultora de deportes aeróbicos. Son perfectas y preciosas. Te será difícil guiarla, pero particularmente seguir su paso. Suerte." Rodrigo se lanzaba en mi reemplazo, en una nueva aventura de mosca. Mientras, me iniciaba junto a Robin, una buenamoza, rubia y curvilínea norteamericana, en la aventura de guiarla en uno de los tantos parques y reservas nacionales de la Trapananda. "Chicago es una ciudad alienante", me confesaba Robin, mientras yo conducía el Nissan Patrol a través de una sinuosa Carretera Austral. "¿Es siempre tan caluroso aquí en esta época del año Pablo? Un grupo de amigos que visitó la zona en el pasado, me sugirió sólo ropa de abrigo. Pero este calor, me confunde", terminaba mi clienta, extasiada por el azul profundo del cielo que nos acompañaba, y su contraste con el verde entorno. "No, no siempre Robin. De seguro tu grupo de amigos no tuvo tu fortuna. El clima varía, sin embargo, de manera sorprendente. Es impredecible. Casi como los clientes a quienes guío", apuntaba. Robin reía. "Cuéntame más de tu trabajo Pablo", insistía mi clienta, intentando adentrarse en aquellos aspectos profundos de mi quehacer y personalidad. "Es variado e interesante Robin. Te mantiene en permanente contacto con la naturaleza, y te brinda la posibilidad de conocer mundos distintos", respondía, sin poder levantar mi vista de aquel par de hermosas y bronceadas piernas. Robin bordeaba los cuarenta, pero su sensual y bien cuidado físico, representaba veinte y algo. Natural de la ciudad de Chicago, dedicaba parte importante de su vida a los que representaban para ella una pasión: el trote y hiking. Casada desde hacía casi 15 años, según me enteraría más tarde, su marido era el recurrente trabajólico de moda en las grandes urbes, quien en ocasiones abusaba físicamente de ella. Detenía el jeep a orillas del sendero que invitaba a recorrerlo. Sensual y sinuoso como ella, lo rodeaban exuberantes helechos y nalcas. Un hermoso y húmedo bosque de tepas, coihues, mañíos, ciruelillos, canelos, y un sinfín de otras especies nativas, vestían sus alrededores. Robin miraba atónita, e irrumpía aseverando, "Deseo quedar exhausta luego de este hike". Tal adjetivo me sorprendía. Comprobaría luego que trote y excursionismo representaban parte importante de su vida. Casi como la pesca con mosca en la mía.
Así, iniciaba formalmente mis labores de guía. De "outdoors", para Robin, quien no despegaba paso de mi firme y rápido tranco. Me había vendido para el aire libre en esta ocasión. Con mochila a cuestas y una feble pero rica ración de alimentos y bebidas en su interior, avanzaba casi como si compitiera, por un trayecto que por entre la selva valdiviana, mostraba toda su fantasía y belleza. "Esas flores rojas y rosa, son coicopihues. Cuelgan por lo general de tepas, un perfumado laurel chileno, con el que mantienen una sorprendente simbiosis". Robin observaba con sorpresa e interrumpía, "Avancemos sin detenernos. Necesito estar exhausta". El adjetivo se oía por segunda vez, y comenzaba a formar parte del lenguaje del día. Mi clienta necesitaba agotar energías, y la verdad, se me hacía difícil sino imposible, mantenerme a la par de su ritmo. Quien mostraba vestigios de estar exhausto, era en esta ocasión, el guía. Me detenía nuevamente, procurando hacer una pausa que me permitiera un respiro. El sendero recorría una distancia de 7 kilómetros, ascendiendo desde una elevación de 100 metros, a una por sobre los 1.000 metros de altura. Abrupto y empinado, era considerado de alta dificultad, razón por la que efímeros visitantes del parque se adentraban en éste cada temporada. Hermosas vistas aéreas del Lago Risopatrón asomaban desde la altura. Robin insistía en proseguir con la marcha, y la reiniciaba aventajándome. Las hermosas vistas de selva, aves y cordillera, se complementaban ahora con las de una ninfa, que desplegando sensualidad y líneas, mantenía mis ojos atónitos. Me desconcentraba, y echaba a volar mi imaginación. Robin era, sin lugar a dudas, la más buenamoza clienta que jamás hubiera guiado. Me perturbaba. "¡Que canto tan potente! ¿Qué es eso?", preguntaba Robin, atemorizada y deteniendo la marcha. "Un chucao. Un ave típica del bosque chileno y cuyo canto se asocia a una serie de mágicas leyendas", respondía, mientras el intruso amigo se acercaba a nuestros pies y revisaba. "No te muevas Robin. Así podrás contemplar toda su belleza y prestancia". El chucao rondaba cerca. Se dejaba ver. Exhibía un espléndido carmín y grisáceo plumaje, junto a su estridente y característico gorgojeo. Un par de felinos ojos pardos brotaban de entre las finas facciones de Robin, contemplándolo. Los mismos, volteaban hacia el guía, y se ofrecían. Mi interior se ruborizaba. "Robin, sigamos. Necesitas estar exhausta". Reemprendíamos el paso. La senda corría ahora por entre un bosque abierto y libre de quilas, las que se reemplazaban por frágiles helechos y arbustos en flor. Líquenes, musgos y algas se descolgaban de árboles centenarios. Y la ruta aún trepaba abruptamente en ocasiones. Aparecían las primeras lengas, junto a algunos coihues de chiloé. A poco andar, atravesábamos una meseta situada a mil metros de altura, y cuyos bofedales circundados por ñirres, albergaban buena cantidad de nidadas de aves. Una pareja de canquenes asomaba a orillas de un arroyo que corría por el sector. El aire se enrarecía y adelgazaba. Curiosamente, había recuperado energías y comandaba la marcha. Iniciábamos ahora el descenso al área conocida como Laguna de Los Pumas, arribando a ésta en pocos minutos. Fin del viaje de ida. No de sorpresas. Robin encendía un cigarillo y descansaba exhausta en la orilla este de Los Pumas. Con una olla cercana a los 8 kilómetros cuadrados, la laguna mostraba nevadas cumbres hacia el oeste, que contrastando con el diáfano azul de cielo y agua, dibujaban un paisaje espléndido. Una suave hojarasca cubría la parte superior de nuestra playa, que con limpia arena y gravilla, bajaba con tenue pendiente hacia el interior de la laguna. Me sorprendía el cigarrillo en boca de mi clienta, e inquiría al respecto. "Sí, fumo para relajarme", era toda su respuesta. No podía sino sorprenderme, luego de observar todo aquel despliegue físico en el ascenso. Me decidía entonces a servir la merienda. Descomponiendo mi intrincada mochila, me hacía de un fino mantel, el que extendía sobre el plano. Ubicaba sobre éste parte del almuerzo, y Robin se perdía por instantes. Una zambullida me despertaba de mi aletargada concentración. Volteaba hacia la laguna y descubría con perplejidad, la desnuda silueta de una clienta exhausta que bañaba sus bien dotadas presas en las tibias aguas. El sol quemaba. Robin, con una naturalidad que me enrojecía, invitaba a unirme. Fotografías, moviolas e imágenes, se sucedían en mi imaginación. Una extraña sensación se apoderaba de mi conducta, la que a ratos, parecía desconcertar a mi yo responsable. Un conflicto de intereses enfrentaba dura batalla en mi interior, y me despojaba de mis prendas. Nadaba en la laguna junto a Robin. "El almuerzo estuvo delicioso Pablo. El día no pudo habernos acompañado mejor. El sol es aquí glorioso.", anotaba mi rubia y sensual compañera, quien se abría a sus conflictos, y me ofrecía un beso. "Eres un buen guía. Lamento no haberte dejado oficiar la labor que desarrollas en el ascenso. Es que... necesitaba llegar rápido...", arremetía una boca que ofrecía otro beso, casi como disculpándose. Y nadábamos nuevamente. Robin se desempeñaba como profesora de niños deficientes mentales, en la antaño gangsteril ciudad de Chicago. Con un doctorado a su haber, se mostraba una mujer inteligente y culta, con la que temas de las más diversa índole eran abordables. Simpática y sencilla, su sonrisa era francamente contagiosa. Unos delineados rojos labios contrastaban sobre una tez bronceada y tersa, junto a finas facciones. No muy espigada para los estándares del país del norte, las bondades de su esbelta y bien formada figura, tendían a acentuar aquellos felinos y profundos ojos pardos. Robin era una mujer atractiva a los ojos de cualquier mortal. Una hembra cautivante con su guía, a quien lograba embrujar por momentos, y con pausas. Por largos e interminables minutos, que flotando entre destellos de un sol sin cubierta de nubes, iluminaban verdes, azules y rojos.
"Tomaré un baño de sol desnuda", me indicaba Robin, con una naturalidad asombrosa. "¿No te importa Pablo, no es cierto...?" "Eh, eh... no... por supuesto que no. Adelante. Yo en el intertanto identificaré algunas especies de aves y árboles", respondía. "No, no", arremetía Robin, "Siéntate a mi lado y conversemos. Cuéntame más de este hermoso santuario y de tus labores". Su apetito por lo exhausto y desconocido parecía insaciable, y el cliente era quien obligaba en esta ocasión. Quien embrujaba. "Estamos en la Cordillera de Los Andes. En el llamado cordón montañoso central o valle intermedio, el que sólo aparece en esta zona de Chile, y que da origen a infinitos fiordos, islas, lagos y ríos en la llamada zona de canales. Es una cordillera joven y caprichosa. Que brinda por lo mismo, y en virtud de los movimientos de las capas que la conforman, sismos de manera frecuente", y continuaba, "Las especies de flora y fauna que aquí observas, son por tanto endémicas, aunque algunas también las encuentras en la Argentina. Los mamíferos terrestres aquí presentes son de difícil observación. Su timidez y la densidad de la selva por la que vagan, contribuyen a tal dificultad. No obstante ello, estamos en área de pumas, güiñas, culpeos, chillas, pudúes, quiques y chingues, y por qué no decirlo, también huemules. Esta última, especie de muy difícil observación. Sólo he visto un par en mi vida Robin", terminaba. "¿Huemules? ¿Qué son los huemules?", preguntaba maravillada Robin. "Es un ciervo chileno de buena altura y estampa, hermosísimo. Identificado científicamente como Hippocamelus bisulcus, sólo habita en Chile y Argentina, y pocos cientos quedan en la faz de esta tierra. Diría, algo similar en aspecto al que tú conoces como mule deer, aun cuando, muy distinto en hábitos, desarrollo y taxonomía. Otra especie", acotaba, mientras mis ojos paseaban sueños y fantasías sobre un cuerpo perfecto, que enseñando al sol dos perfectos senos, me mantenía aún perturbado. Robin se acercaba con sigilo y me abrazaba. "Gracias otra vez por tan magnífico día Pablo". Sentía nuevamente la adrenalina recorriendo mi cuerpo y el sol pegando con inusitada fuerza sobre mi piel. Las palabras cesaban, y un lenguaje físico daba paso a la fantasía. El guía desaparecía reemplazado por fuerza y apetito que brotaba desde el bosque y su hojarasca. Locura del austral sol de verano. Palabras que susurraban en mi oído confidencias íntimas y un nuevo baño, me indicaban que era el momento de regresar. No puedo mentir. Anhelaba que ese sol, aquel radiante y fogoso sol, se detuviera en su zénit, permitiendo disfrutar de esta magia y hechizo que la Trapananda ofrece en ocasiones. Y recordaba a Rodrigo junto a sus labores en el río, y su comentario, "... Son perfectas y preciosas. Te será difícil seguir su paso..." ¿A qué paso se refería? ¿Tal vez, a su embrujo? "Robin, despierta. Es hora de regresar". Era primera vez en mi vida de guía, en la que el encanto de mi cliente, había conseguido descalibrar la estructura de la que me he vanagloriado por años. Me recriminaba. Me felicitaba. Volaba y aterrizaba. Estaba confuso. Muy confuso. Una extraña pero placentera sensación me invadía. Reiniciábamos la marcha, esta vez, pausada y junto a un guía que se explayaba al por doquier en flora, fauna, geología e historia de la zona y sus alrededores. Casi como disculpándose. A medio camino, Robin se acercaba y me besaba nuevamente, botándome sobre grandes helechos "costillar de vaca", sobre los que soportaba por largos minutos, tal delineada figura. El sol ya no quemaba, pero aún filtraba sus cálidos rayos por entre elevados coihues y tepas. La humedad del sotobosque mantenía una suave cubierta vegetal, sobre la que Robin me aprisionaba. Sin poder contenerme, nuevamente arremetía con mi descalibrada estructura. Mi curiosidad no se compadecía, y exploraba aquella figura que con su magia y hechizo, debo confesar, lograba trastornarme. Una frondosa y húmeda selva nos envolvía, mientras un inocente hued-hued contemplaba desde un roído coihue, inaceptables escenas en la labor de un guía. Casi como si me condenara. ¿Lo hacía? La labor de un guía de aire-libre que se precie como tal, debe circunscribirse a lo meramente profesional. No es aceptable mezclar sentimientos en el desarrollo de las mismas. Su conocimiento del área que visita, debe desbordar hacia los clientes, intentando conseguir en ellos, una total simbiosis con el entorno que los rodea. El trasvasije de alegría, debe formar parte de su cometido. Y así también, una atención personal y dedicada. ¿Era mi trabajo el adecuado? No lo creo. Sin embargo, no me arrepiento. Los errores enseñan. Pero más que eso, este no era un día trivial. Era, tal vez, un regalo o un sondeo, que la Trapananda y su universo, ponía sobre mis hombros. Dura prueba de salvar, y en la que había caído a límites que siempre califiqué de inaceptables. Era, una ocasión especial, que estaba seguro, no se repetiría. Y no me arrepiento. Bordeábamos las 7 de la tarde, y habíamos alcanzado el jeep, sobre el que conducía de regreso a casa. Robin abría todo su interior, y me confesaba que previo a su viaje a la Patagonia Chilena, había presentado los papeles de divorcio a su esposo. Éste, asombrado, no entendía el por qué. Robin lo confesaba. "No me presta atención. Me olvida. No me acompaña ni se me une. Es un extraño en un mundo unipersonal". Me era difícil seguir la conversación, pues aún flotaban en mi interior, conflictos e intereses. Reanimando mis labores de guía, inquiría, "Pero eso es manejable. Es un problema de comunicación. ¿Por qué no intentar otra vez?" Y Robin ponía punto final al tema, "Pablo, no puedo aceptar que mi marido me golpee...". Me limitaba a cerrar la boca y mirar sus pardos y felinos ojos. Un nuevo y explosivo beso no se hacía esperar, iniciando el ataque. Hoy, Robin se encuentra divorciada. Aún reside en Chicago y continúa con sus labores pedagógicas. Y el trote y hiking representan, al igual que en el pasado, una sólida razón por la que vivir. Similar a la pesca con mosca en mi interior, bajo otro ángulo. Nos escribimos a menudo, gracias a la magia del correo electrónico. No tan a menudo, nos reunimos en "chats" virtuales, y en más de alguna ocasión el teléfono ha sonado con su voz por la línea. Tal vez la visite algún día en su ciudad, para recordar, el que sin duda, ha sido el más grato e inolvidable día en mis labores de guía. Curiosamente, sin profesionalismo y sin pesca con mosca. No lograré olvidarlo. Un día en la Patagonia es siempre un misterio. Cielos grises y oscuros, de improviso cambian a un sol radiante, que con cálidos rayos, dejan caer un hechizo en corto lapso. No sólo el clima, sin embargo, forma parte del diario enigma. También lo constituye el impredecible comportamiento de guías y clientes. Me refiero a mis labores de aire libre en la Patagonia, las que desempeño desde hace algún tiempo a esta parte, y gracias a las que conocí a una inolvidable Robin. |
En este relato, Pablo destaca que todo guía sigue encontrando innumerables sorpresas muy humanas en cada jornada. Comentarios a: |
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