Una conversación con mi padre hace un mes me produjo una serie de emociones y recuerdos que tengo guardados en mi mente desde hace mucho tiempo, los que gracias a una muy buena memoria, puedo compartir con Uds. Recuerdo casi con lujos y detalles la primera vez que mi padre me llevó de pesca. Yo tenía 4 años y nos encontrábamos de veraneo en Reñaca, V Región. El organizó una salida con los cuidadores de la parcela y unos amigos suyos. A mí me invitó de rebote porque lo encontré preparando sus cañas y aparejos, siendo mi insistencia en acompañarlo imposible de ser rechazada. Nos fuimos al río Aconcagua y mi primera experiencia con la pesca fue un tarrito con un poco de nylon y al final de la línea una tuerca (claro que para mí era un artificial ideal para pescar). Las rabietas que me daban los enredos todavía los recuerdo, pero para mí fue el inicio de mi vida de pescador, como asimismo una gran cantidad de aventuras junto a mi querido padre. Sin embargo la mejor aventura que he tenido con él fue cuando tenía seis años y ya era todo un pescador. Mi padre organizó, desde mi punto de vista, la mejor aventura de pesca. Fue una semana entera al sur en carpa. Ibamos un trabajador de la oficina de mi padre, Mario Peña (que más adelante se convertiría en mi mejor compañero de aventuras) mi padre y yo. Eso era lo más importante, tendría a mi padre sólo para mí durante toda una semana. En aquellos años de 1971, mi padre tenía una citroneta que era muy aperrada, la que de hecho nunca nos dejó botados, y como se podrán dar cuenta, el sólo salir en citroneta ya era por sí una aventura. Recorrimos los lagos de la Décima Región: El Ranco, Puyehue, Villarica, Lican Ray, dos o tres ríos cuyo nombre no recuerdo, donde aprendí entre otras cosas a armar la carpa, hacer fuego, comer porotos en tarro, remar y muchas cosas que hoy, después de 30 años, les estoy enseñando a mis hijos. Ahí aprendí mi primera gran lección: mucha paciencia, pues no pescamos nada, absolutamente nada. Claro que me tocó ver como a un pescador ya mayor se le escapaba su trucha de unos 2 kilos al tratar de subirla al bote, lo que me produjo una gran impresión. Yo nunca había visto tan cerca una trucha de esas proporciones. Mi segunda gran lección también la aprendí en ese viaje: el cuidado de la naturaleza, pues yo lo único que quería era tener un loro que se veía junto a una gran bandada, siendo negado absolutamente por mi padre, quien haciendo caso omiso a mis rabietas y gritos me señalaba que esas aves había que protegerlas, ya que si las pillábamos se morirían en cautiverio. Pues bien, ya transcurrido unos 4 años desde esta aventura, mi padre decidió no salir más de pesca, lo que a mí me produjo una gran frustración: Mi compañero de pesca me había fallado. La razón que me dio fue incomprensible para mí. Me dijo que ya no le gustaba matar. Esto por supuesto que no lo entendí, y como ya dije, comencé a salir de pesca con Mario Peña, el trabajador de la oficina de mi padre. Ya han pasado muchos años desde aquella vez en que mi padre dejó de salir conmigo de pesca, y por esas cosas de la vida, hace aproximadamente 6 años entendí la razón por la cual mi padre no salió más de pesca. Fue al pescar mi primera trucha de más de 5 kilos y observar a mi hijo Diego como la miraba. Comprendí en ese instante que si continuaba matando todo lo que pescara, Diego nunca podría tener la posibilidad de pescar. Pues bien, como les decía al comienzo de este relato, cuando recordábamos con mi padre nuestras aventuras, le dije: "Papá, yo sé como tu puedes pescar sin necesidad de matar a la trucha". Esto produjo gran interés en mi padre, y le comenté de la pesca con mosca y la posibilidad de devolver la trucha sin causarle daño. Al explicarle el procedimiento de pesca y liberación de la trucha a mi padre, yo lo miraba y veía en sus ojos aquella luz de alegría que recordaba en esos ojos bondadosos cuando pescábamos en el sur, y le prometí enseñarle a pescar con mosca. El mes de enero de este año ha sido el elegido para enseñarle a mi padre a pescar con mosca, y así en un corto período volver a salir de pesca con él. A estas salidas, de seguro, incluiremos a mis hijos y podré ver en acción al abuelo y nietos pescando juntos con mosca y devolviendo con alegría al río todas aquellas truchas que en el futuro pescaremos. Lo bueno es que, y para mí lo más importante, volveré a estar junto a mi querido padre en medio de un río y con una caña en la mano. Sin duda, que trataré de enseñarle lo mejor posible, pues es el momento de DEVOLVER LA MANO. |
Víctor Fuenzalida, a quien agradecemos por compartir esta maravillosa experiencia con nosotros, es un pescador que lleva años en la mosca, y actualmente es el presidente de NuevoCaudal, una organización que busca proteger nuestros recursos. Comentarios a nombre de Víctor: |
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