
Ese año era el tercero que estaba trabajando para la aerolínea. Ya estaba más que acostumbrado a los largos vuelos internacionales, y las excusas de la oficina para no dar vacaciones. Como tripulante de cabina, andaba siempre entre Chile y todo el resto del mundo, muchas veces Nueva York, Miami, Los Angeles, Madrid, etc. Incluyendo todas las paradas nacionales, lo que significaba días completos en el aeropuerto para cumplir con vuelos que duraban 45 minutos. Sé que suena divertido, pero después de dos años sin parar prácticamente más que por un par de días, la diversión tiene cierta tendencia a desaparecer. Un día me encontré llegando de Nueva York, donde solía pasar el tiempo en las tiendas de pesca con mosca, y de donde traía todos mis equipos y los de todos mis amigos. Me sentía cansado, como si me hubiesen apaleado, particularmente después de tratar de hacer entender a una señora que si sentaba a su bebé en el regazo y se abrochaba el cinturón por sobre el pobre infante, en el caso de que el avión se salga de la pista y frene de repente, todo su peso se iría sobre el "pequeñín" y lo "partiría en dos". Literalmente. No se imaginan lo que cuesta hacer entender a una mujer, con poco oxígeno en el cerebro, que su idea, lejos de proteger a su hijo, lo iba a convertir en dos mitades de hijo. Tal vez quería tener gemelos y no estaba segura cómo. Al llegar a mi casa, tras estar más de una hora en una van y cuando me disponía a tirarme con ropa sobre la cama y tratar de dormir, sonó el teléfono. Genial, pensé, a lo mejor quieren que les haga otro vuelito hoy aprovechando que ni siquiera me había alcanzado a sacar la corbata (unas verdaderas sanguijuelas, les digo). Por suerte era el Cote, mi viejo compañero de pesca del colegio, ahora médico. Tras una corta charla, me dice - para mi asombro - que para principios de febrero voy a caer con una otitis galopante, producto del stress acumulado, y que mi única salvación es ir a verlo. Y ya que el iba a estar en Coyhaique de vacaciones podía aprovechar de hacer la atención médica por allá. Qué puedo decir. Me habían dicho que él tenía una excelente capacidad diagnóstico, pero nadie me había dicho que además era vidente y un devoto doctor dispuesto a atenderme en sus vacaciones. Como médico estoy seguro que entiende esto de la salud mucho mejor que yo, así que acepté la cita. Tomando en cuenta que era recién diciembre me pareció un poco extraño que fuera para febrero, pero ¡qué diantres! Los médicos deben tener una tabla con la temporada de epidemias y todo eso. Mi madre me dijo algo diferente cuando le conté, pero era una idea tan genial que ya ni me acuerdo lo que dijo. Un par de días antes de la profética enfermedad empecé a notar una molestia en uno de mis oídos. Lo que trajo a mi mente lo mucho que ha avanzado la ciencia médica con esto de poder diagnosticar hasta con más de un mes de anticipación. Dentro de poco las enfermedades van a ser cosas del pasado. Fue la primera vez que voy a mi cita con el doctor viajando a Coyhaique con un montón de equipo de pesca y cañas. Pero no todo el mundo entiende los conceptos de aire puro y que mientras más lejos de Santiago más puro y cómo contribuye esto a la recuperación. Llegando al aeropuerto de Balmaceda, me estaban esperando el Cote, el Pipe y sus abuelos, con los que salen de vacaciones todos los años. Una vez instalados en la camioneta partimos rumbo al río Baker a unas buenas 5 horas al sur de Coyhaique. Está demás decir que apenas aterricé, mi oído ya estaba casi sano y casi ni me acordaba que todavía lo tenía pegado a la cabeza. Raudos partimos hacia el sur, pasando el lago General Carrera para llegar a media tarde a Puerto Bertrand, donde rápidamente buscamos una cabaña, instalamos a los tatas, tomamos nuestros equipos y nos fuimos a pescar el río Baker.
Para enfrentar este río que a primera vista parece un mar por lo ancho, optamos por equipos livianos #4, líneas flotantes y moscas secas en anzuelo 18 y 20, siendo las más exitosas la Grifitt’s Gnat, a escasos centímetros de las orillas. Tuvimos unos días muy productivos en el Baker, sacando truchas grandes y peleadoras. El Baker es un río grande y productivo, lo malo es que no tiene variación en sus escenarios lo que después de un par de días lo hace algo monótono. Por lo que decidimos volver a Coyhaique y gastar allá nuestros últimos días de pesca, o más bien los míos. Coyhaique es un pueblo pequeño, como Pucón pero al contrario de éste último, se ve más antiguo, dándole el aire de lejano oeste, rodeado de montañas con acantilados de roca cortados a pique y cruzado por ríos, entre ellos el Simpson. Este río da una imagen clara de lo que deben haber sido los pueblos de Montana hace unos 50 años y sus alrededores como se ve en la película "Nada Es Para Siempre". Tal como en la película, Coyhaique esta rodeada de una variedad de ríos, que hace a esta parte de Chile, uno de los lugares mas variados y con mejor pesca del mundo, comparado con Alaska y Nueva Zelanda y sin nada que envidiarles. No es necesario ir muy lejos para encontrar lugares que tengan características particulares para el gusto de cada pescador. Nosotros decidimos ir, en lo que sería mi último día de pesca, al río Simpson. En la noche dejamos todo preparado, equipos, sándwiches, etc. y decidimos salir a la mañana siguiente a eso de las 6:30am para estar pescando a eso de las 7:30 u 8:00 a más tardar. Cerca de las 9:00 de la mañana el Cote y Yo le estábamos pateando el colchón al Pipe, quien dormía imperturbable. Como en todos nuestros viajes de pesca, los nervios lo agarran y cae con una gripe que lo inutiliza y el Cote le tuvo que dar un bufete de pastillas de todos colores para evitar que quede en cama mientras nosotros pescábamos. Cuando lo logramos parar de la cama, se quedó babeando y tambaleándose hasta que reaccionó. Una vez en la camioneta, el Cote manejando, Yo de copiloto y el Pipe en el asiento de atrás, éste último decidió ponerse a discutir, en un camino lleno de curvas y a varios metros de altura sobre el río.
A lo que el Cote se da vuelta olvidando por completo el angosto camino.
El Cote se da vuelta y toma de nuevo la dirección de la camioneta.
El Cote se da vuelta y toma el control nuevamente.
Una vez terminada la discusión el Cote me mira y me pregunta con cara de extrañado.
Al poco rato habíamos llegado al sendero que llevaba al río. En lo que me demoré en bajar de la camioneta, estos dos ya tenían puestos los waders y se abrochaban los zapatos. Y según ellos el fanático de los tres soy yo. En cuestión de minutos corríamos sendero abajo, para llegar a un río maravilloso, con bosque cerrado a ambos lados y un río cordillerano de corriente tranquila, lleno de pozones y correntadas cual sacado del mejor de los sueños de un mosquero. Tenia escrito en cada rincón "Ninfas y secas". Armados con nuestros equipos #4 el Pipe y Yo, y el Cote con su equipo #0 (regalo del Pipe en uno de sus viajes y hoy discontinuado), tomamos posesión del río, o más bien tomaron posesión del río dejándome a mi, para variar, los pozones más alejados río arriba. Decidí empezar en un hermoso pozón pegado al cerro, que se separaba del río principal por un brazo, dejándolo aislado, pero lo suficientemente profundo como para que se oculten unas truchas grandes. Tras elegir una Twenty Incher con un indicador, empecé por la parte de atrás del pozón para pescarlo río arriba.
Después de unos pocos lanzamientos el indicador se hunde casi imperceptiblemente, clavo y siento al otro lado de la línea un tirón como de una Ford Explorer con todo y carro para lanchas. Una hermosa arcoiris de más de dos kilos salta en el aire con mi mosca en el hocico. Tras una pelea larga y sin tregua la logro acercar a la orilla para tomarla. Llamo a gritos a mis amigos que corren a ver, la primera trucha del día. Tras poner todos el mismo patrón, nos fuimos pescando los pozones siempre uno cerca del otro, bromeando a gritos y celebrando cada trucha, mientras avanzamos río arriba, prácticamente limpiando el río. Avanzada la tarde almorzamos y decidimos empezar a bajar los varios kilómetros de río que ya habíamos recorrido para re-pescar todo de nuevo, pero con mosca seca. Todas las truchas que habíamos sacado con ninfa y algunas más, las volvimos a sacar con imitaciones de caddis. Tras rematar el día en los pozones cercanos al sendero que nos llevaría de vuelta a la camioneta, el Cote nos llama, con la caña ya desarmada para irse, cosa que hace solo cuando esta satisfecho con la pesca, y dice:
Dicho y hecho, mientras cruzábamos la corriente para llegar al sendero de salida, una roca rueda bajo mi pie y ejecutando medio flip-flap y un clavado que me habría valido al menos una medalla de plata en las últimas olimpiadas, me voy de espalda al agua y lo único que queda medianamente seco es mi sombrero que se va flotando río abajo y que tengo que nadar a rescatar. Una vez en la pensión en Coyhaique, nos reíamos a carcajadas de las anécdotas del viaje, coronadas por Enrique Iglesias que le lanzaba la gaviota al público en el festival de Viña. Al día siguiente tomaba el avión para volver a los viajes, encerrado en la lata de sardinas acompañado de los pasajeros, con deficiencia de oxígeno en el cerebro … y esperando a ver cuándo llamaría de nuevo el Cote con uno de esos inspirados diagnósticos y remedios que pocos médicos tienen el talento y el don de prescribir. |
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