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Fue sólo hace algunas semanas que nos aventuramos, una vez más, por la Décima Región de Los Lagos de Chile. Constituyó la oportunidad de visitar un lugar que hacía buen tiempo estaba en nuestra agenda. Se trataba de un sector cuya atracción representaba un hechizo. Ello, desde que le conocimos por medio de un texto. El mismo, curiosamente, de un autor norteamericano y fotógrafo de naturaleza, quien le había recorrido junto a su esposa y un buen amigo. Su visita se había celebrado en un rincón de aquella región, en el que había descubierto nuevos y sorprendentes árboles. Se trataba de alerces de una dimensión sorprendente. Nos preguntábamos cómo existían árboles de tal factura, tal como los mostraba el texto, sin que constituyeran una atracción popular. ¿Sería la ignorancia masiva de su existencia lo que permitía que se mantuvieran en tan primitivo y natural estado? Es bueno agregar que la caminata requerida para poder llegar al punto de encuentro con tan majestuosos árboles, exigía un buen y sólido estado físico. Definitivamente, concluimos, éste era el factor que había alejado a un buen número de visitantes. El lugar geográfico que alberga a aquellos maravillosos especímenes de Fitzroya cupressoides, es nada menos que el Parque Nacional Alerce Andino. Ahí lo tienen. Ya no es secreto. La foto adjunta, ayuda parcialmente a delatar el espectáculo de encontrarse con aquellos gigantes del bosque chileno. Reiteramos, ya no es un secreto. Hoy se ofrecen algunas guías turísticas que los mencionan tangencialmente. Sin embargo, el punto va más allá de aquel secreto, no tan secreto, de unos hermosos alerces. Se trata de ese concepto latente de necesitar mantener un lugar o una maravilla, con bajo perfil, de tal forma que éste logre sobrevivir a la presión de un mundo donde nada es demasiado lejos como para ser deteriorado, abusado y destruido.
Hemos podido disfrutar de la sensación de conocer un lugar maravilloso, mágico, e inspirador de numerosas emociones, por lo que afloran los deseos de compartir dicho descubrimiento. Sin embargo, y desgraciadamente de manera simultánea, aflora la sensación de que su divulgación llevará en breve a su destrucción. ¿No ocurre lo mismo con ríos y truchas? ¿Cuántos secretos debemos mantener como tales con la finalidad de proteger aquellos tan especiales espacios? Basta con leer en esta edición aquel artículo titulado "En Busca de Trofeos", donde el autor debe omitir los nombres de aquellos lugares donde es posible cobrar las que él llama, marrones trofeos. ¿La razón? ¿Es egoísmo cree Ud.? ¿O es un egoísmo bien comprendido? Creemos firmemente, representa subdesarrollo. Y reiteramos el hecho de que mientras el mismo no se haya erradicado de mentes que incorporan el verbo destruir y matar dentro de su léxico, el egoísmo protector persistirá. Afortunadamente. De manera reiterativa hemos escuchado historias que datan de hace no más de 10 ó 20 años, y que dan cuenta de fabulosas capturas de truchas en zonas aledañas a la tumultuosa y contaminada ciudad de Santiago. Y así también, maravillosos cuentos de bosques milenarios y zonas puras e intocadas, donde la palabra basura era algo ajeno y que pertenecía a las grandes urbes. Viajando más al sur, varios sectores de la larga y hermosa Carretera Austral, o aquellos de la llamada zona de los grandes lagos, por citar otros. Así también, y luego de ascender por horas de dura caminata, hemos constatado cómo en lagos rodeados de araucarias, algunos descerebrados han hermoseado rocas aledañas a un lago inserto en una Reserva Nacional, haciendo mención a conocidos candidatos políticos o equipos del balompié nacional. Sumado a ello, descubierto cómo pseudo empresarios, con supuesta cultura, se han dedicado a diezmar poblaciones de truchas residentes en la casi inaccesible región de los fiordos de Aysén. Son ellos sólo algunos ejemplos dentro de miles. Si se trata de secretos, sabemos de muchos. Exactamente aquel lugar donde se yergue un coihue estimado en casi 2.000 años y de dimensiones aún más impresionantes que la gran mayoría de los alerces que conocimos aquel fin de semana. Así también, de ríos y lagos en Chile donde cobrar ejemplares de gran calidad e infinita cantidad, es sólo materia de acceso. Así es. Por lo mismo, y en pleno comienzo de este siglo, aún existen secretos que parecen querer mantenerse como tales. Desgraciadamente así perdurarán, e intentaremos que lo hagan. La necesidad de consumar la muerte y destrucción de manera egocéntrica, se encuentra ajena de nuestro espectro. Y creemos firmemente, del de todos Uds. Esperamos fervientemente, nunca llegar a ver el día en que debamos mojar líneas y moscas en piletas de hormigón provistas de truchas provenientes de pisciculturas. Y así también, monumentos al hormigón exclusivos y aplastantes, en torno a lugares que madre naturaleza dotara con una gran fortuna. Aquellos que aún existen. Y que seguirán siendo un misterio para muchos, mientras aquellas mentes descerebradas y mononeuronales, no desechen la idea de aniquilar. Les invitamos a reflexionar en este tema, como así también a la lectura de nuestros nuevos artículos. Durante abril del corriente sufriremos algunas modificaciones de interés para todos Uds. y que sin lugar a dudas, nos acercarán aún más a nuestro objetivo. En el intertanto, disfruten de la presente, y estén atentos a todos lo nuevo a agregarse a mediados del mes de marzo del 2000. Buena suerte en el río y en el sendero. ¡Y bienvenidos a nuestra edición de marzo del 2000! Los Editores.
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