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Algunos breves artículos que en el pasado reciente se plasmaran en la revista a la que dan lectura, tocaban de manera tangencial, y en ocasiones de manera dura y directa, la necesidad de incorporar a la familia a nuestra pasión. Hablamos de pesca con mosca y aire libre. Muchos de los que citamos hacían hincapié en los hijos y en la pareja. Y, sin embargo, todos ellos efectuaban un análisis parcelado, que si bien es cierto propendía a la integración de quienes citamos, no incluían a la familia como el centro. No nos mal interpreten. No es que nos moviera un afán de integrar partes sin observar el todo. No es así. Muy por el contrario. Pero, mirando atrás, detectamos la carencia de abordar aquel todo mágico y maravilloso, que debe representar el centro de nuestras vidas junto a Dios. La familia. En todo su vasto y extenso contenido. Junto a la gran fuerza y alegría de vida que ella nos brinda y regala. Por ello estas líneas.
Alimentar es un verbo que pareciera sólo asociarse a gula y necesidades básicas. Contrariamente, constituye más que ello. Mucho más. Representa la actitud de vida que plasmada en conducta, permite la preservación de nuestra especie en la Tierra. Nos referimos a alimentar con amor y alegría del alma a la familia. Nuestros hijos, pareja, padres, familiares y amigos. Sin esperar retribución alguna. Entregándonos por enteros. Volcando esfuerzo y sacrificio en pos de aquellos que nos regalan con alegría y amor. Y, sin embargo, sólo en ocasiones reflexionamos cuánto de ello real y verdaderamente entregamos. Cuando lo hacemos, comprendemos que aquel amar al prójimo como a uno mismo, muchas veces lo trastocamos. Lo cegamos por conseguir un escape, o bien un momento supuestamente grato. Evadirse. Espacios que en el tiempo, y que invariablemente al mirar atrás, adolecerán de un vacío. Un vacío que sólo la familia como un todo puede llenar. Innegable e invariablemente, junto a un ser superior y eterno. Dios. Luego de años en ríos, lagos, lagunas, y otros menos en mar de latitudes muy distintas, hemos finalmente descubierto que gran parte de ellos, representan momentos de profundo vacío. De soledad. Y entonces, al cuestionarnos el porqué de tal dura sensación de angustia, una única respuesta ha asomado. Uds. ya la habrán descubierto dando lectura a esta editorial. Efectivamente. Carencia de familia y de Dios. Si el descubrir aquello hemos conseguido merced a estas simples líneas, un profundo sentimiento de alegría nos invadirá. Si, por el contrario, aún no lo descubren, los invitamos a una profunda reflexión. Nada más triste que repasar añosos verbos para percibir duro en el alma, vanidad y egocentrismo. Falta de entrega. Hambruna de amor. Y entonces. ¿Cómo alimentar nuestra familia? En nuestra visión muy personal, una buena respuesta a tal dramática pregunta, sólo se obtiene, y con dificultad, al efectuar un análisis de fondo. Uno propio. Aquel que en época de textos y estudios nos mostraran con el nombre de autoanálisis. Sin duda, aquel más difícil e intrincado de llevar a cabo con éxito, y de manera objetiva. Pero, así también, el de mayor relevancia. Buscar lo propio en lo propio. No en lo ajeno. Y crecer con ello. Crecer para y por los demás. Negar la avaricia de hacerlo sólo para uno mismo. La verdad es que hasta ahora, y al dar lectura a estas líneas, pareciera ésta una revista de reflexión. Y la verdad es que eso somos. Y dentro de esta profunda reflexión, caen la asociación y comunión entre familia, pesca con mosca y entorno. ¿Cómo encontrar el justo balance? ¿Cómo conseguir el equilibrio perfecto sin desmembrar alguno de los componentes? Probablemente teniendo presente que todo es perdurable si se alimenta de amor y buena comunicación. Por la familia. Y entendiendo que un amor egoísta y avaro, volcado sólo en aspectos terrenales y ególatras, lamentablemente nos lleva a un mal final. Aquel que observáramos despavoridos en la pantalla grande, en una de las obras maestras del cine del último tiempo. Nos referimos a "Belleza Americana - American Beauty". Un escenario exactamente opuesto al de amor que un pastor regalaba a hijos y familia, en la magistral obra de Norman McLean (llevada al celuloide por Robert Redford), titulada "Nada es Para Siempre - A River Runs Through It". Probablemente se entenderá dónde apuntamos. Así es. Lo hacemos intentando apagar aquel egolatrismo, que sin cuidar consecuencias de largo plazo, aparta hijos y familia, por días, en el río o en el lago. Días, que como citáramos, tal vez representen escape de corto plazo, pero que invariablemente madurarán hasta despedir aires de vacío. Así es. Vacío de familia, en todo su más amplio sentido. Vacío de compartir. Vacío de entrega. Vacío de amor. Y entonces, a nuestra crítica, planteamos una propuesta de un mundo feliz en el que, junto a ellos y sin desplazarlos, entendamos que los verbos alimentar y compartir amor, forman parte integrante del desarrollo de todo buen pescador de mosca o amante del aire libre. Les pedimos un momento de reflexión. Antes, de que como para algunos de nosotros, sea muy tarde. Antes de ello. Aún hay tiempo. Nada más triste que infértiles cursos de agua, por los que no obstante pulular truchas, escasea el amor. Aquello que recordamos, debe ser bueno. Al fin y al cabo, la vida con que se nos regalara en esta Tierra, es eso. Un regalo. Y como tal, debemos cuidarla y alimentarla. Nuestra familia debe ser parte de nuestro goce en pesca con mosca y aire libre. ¿Cómo conseguirlo? No tenemos una respuesta única. Cada uno deberá encontrar su justo balance. De la mano de aquel ser superior que nos brindara la oportunidad mágica del amor. Junto a la familia. La invitación queda extendida. ¡Bienvenidos a nuestra decimocuarta edición! Los Editores.
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