Rumbo a "El Alto" - Texto y Fotos: Rodrigo Sandoval

El otoño se respiraba por todos lados. Afortunadamente algo de lluvia hace dos días había aplacado una muy seca temporada en la zona central. El jeep corría por la carretera rumbo a Talca. Era sábado muy temprano por la mañana. De hecho la hora de salida de casa fue en la oscuridad.

El viaje originalmente iba a empezar el miércoles con un destino más austral, pero los compromisos de nuestra vida real nos mantuvieron en Santiago hasta el viernes. En reemplazo del viaje original, la idea de subir a la Laguna El Alto, en la Reserva Nacional Altos de Lircay, resultaba cada vez más atractiva, al punto de opacar los planes iniciales.

Sólo una parada a llenar estanque y otra para el desayuno (el otro estanque) interrumpieron el expedito traslado hacia la zona de Alto Vilches, unos 60 km. al Este de Talca. La zona impresionaba por los colores otoñales de muchos árboles que cubrían casi todas las laderas de los cerros que bordean el camino.

Al llegar a las instalaciones de Conaf, que marcan el inicio de la zona protegida, nos registramos adecuadamente, indicando nuestro destino pretendido y hora estimada de regreso para el domingo. "Mañana, tipo cuatro de la tarde estamos de vuelta". La frase fue contestada por el guardaparque: "en general no ha llovido mucho este año, pero la laguna tiene un buen poco de nieve". Volvimos velozmente al jeep a buscar nuestras mochilas. Pocos minutos después habíamos despedido el vehículo y caminábamos hacia la entrada oficial con nuestra compactada carga a cuestas.

El día se mostraba con cierta nubosidad que, a pesar de eso, dejaba pasar algunos fuertes rayos de sol. Este efecto ayudaba a destacar los impactantes colores de la montaña a nuestra derecha y el bosque que la flanquea. Cada recodo del sendero, que bordeaba a distancia el Río Lircay, invitaba a una nueva foto. A medida que avanzábamos, con Paul íbamos sintiendo que la elección del destino era la correcta. Él había estado sólo un par de semanas antes en la zona, aunque no había intentado la ascensión al sector conocido como El Enladrillado y la laguna que hoy nos motivaba a movernos.

Las primeras dos horas por el sendero fueron bastante agradables. Nada nos apuraba y podíamos darnos el gusto de disfrutar del colorido paisaje y especular sobre lo que nos esperaba al final de la jornada. Los robles destaban impresionantemente por el rojocolor de sus hojas, aún abundantes en sus ramas. A su lado, algunos menos abundantes coihues se distinguían por su permanente verde.

Llegamos al letrero. "El Enladrillado y Laguna el Alto (flecha a la derecha)". El amplio sendero que seguíamos era cortado por este segundo sendero, mucho más angosto, que evidentemente trepaba por el cerro que teníamos a nuestra derecha. Sin meditar ni un segundo, nos internamos en el bosque más espeso, sabiendo que comenzaba la ascensión. El relajo del primer trecho se vio muy lejano a medida que tomabamos altura por este serpenteante sendero.

El Valle del Río Lircay en Otoño - Rodrigo Sandoval

Varias decenas de minutos después, bastante más cansados y callados que en el primer sector, logramos alzarnos por sobre el nivel del bosque. El valle se veía imponente desde la altura y apuntando hacia arriba, se veía que el trecho faltante prometía esfuerzo. Los colores rojizos de las copas de los árboles comenzaron a transformarse en los verde-amarillo del coirón de precordillera, y a lo lejos, las montañas nevadas empezaban a percibirse en nuestra horizontal.

Algunas paradas para descansar, ingerir, y evacuar nos demoraron en este tramo de subida. Sin embargo, con el sol muy en alto apenas traspasando la alta capa de bruma, llegamos a la punta Este del cerro que intentábamos rodear para alcanzar nuestro destino. Algunos manchones de nieve comenzaron a darnos la bienvenida. la sensación fue indescriptible ... saber, sentir, asimilar que son mis propias piernas las que me colocaron en ese mágico e impresionante lugar. El blanco de las cumbres montañosas del fondo. El amarillo de la ruda vegetación que nos bordea. El oscuro gris de la roca, materia de montaña andina. La fresca sensación de la nieve que en porciones nos muestra la entrada al dominio de la montaña.

Casi una hora después, a media tarde, sobrepasamos la línea de vegetación entrando al sector de roca pura. La nieve mutó de manchones a grandes mantos que cubrían principalmente las caras Sur de las lomas que usábamos para trepar a la cima. El volcán Descabezado Grande, a cierta distancia, comenzó a imponerse en el horizonte. En la mañana me preguntaba cuánto habría que subir para verlo ... ya tenía la respuesta.

La sensación térmica cambió bruscamente y se hizo necesario aperarnos de nuestras capas protectoras. El viento se transformo en protagonista, y el débil sol, que se asomaba por la capa nubosa, desapareció cuando las nubes se pusieron densas. Es como si en un lapso de treinta minutos hubiésemos cambiado de dimensión. Las condiciones, sin ser extremas, se esmeraron en comprobar nuestro ánimo y condiciones físicas. Seguimos la ascensión. Sólo que ahora nos apuraba un poco llegar a destino con adecuada luz. El tramo en la ladera noreste nos había demorado más de dos horas. La luz se pondría a las 6 de la tarde.

Seguimos avanzando en subida. El día comenzó a oscurecerse en parte por la hora y en parte por las nubes, que comenzaban a concentrarse para impedir la pasada del sol. Después de otros minutos llegamos a un sector más plano, aunque lleno de rocas. Fue agradable. De pronto avanzabamos con más ánimo y casi descansados. Alcanzabamos a ver un sector del valle y se volvía cada vez más imponente, destacando los oscuros colores.  

Me adelanté a mi cansado compañero como para estimar el trecho faltante. Sabíamos que íbamos bien dirigidos, pero el cansancio y el clima acentuaban la inseguridad y en especial alteraban los pronósticos de hora de llegada. Rápidamente subí a la meseta inmediata con la idea de divisar a lo lejos alguna señal de acercamiento. ¡Mejor aún! Apenas llegué al borde, divisé en el valle de abajo, la Laguna El Alto. ¡Éxito! Y recién son las cinco de la tarde ... queda una hora para llegar a la orilla y armar campamento. ¡Pan Comido!

Con Paul pronto nos dimos cuenta que no era tan fácil. El pequeño valle cuyo centro es este cuerpo de agua, estaba con bastante más nieve que lo que encontramos en el trayecto de subida. En vista que no teníamos calzado para hielo, sólo nos restaba ubicar una ruta de bajada por rocas. Fue más difícil de lo que pensamos al inicio y nos llevó 50 min. llegar a nivel del agua de la Laguna El Alto. La luz empezaba a retirarse.

Luego de unos segundos de admiración del lugar, pudimos sentir el alivio del esfuerzo físico finalizado por hoy y el espectáculo de agua estática en un lecho oscuro, rodeada de blancos mantos de nieve. Una liebre corría a lo lejos con la última luz de sol. Parecía una bienvenida de otro mundo.

Sólo unos 5 minutos nos llevó armar la carpa en un pequeño espacio descubierto de nieve. Rápidamente instalamos la cocinilla y nos dispusimos a calentar nieve para una sopa como primer envión y unos reponedores fideos como segundo envión y final. El cansancio de la subida nos hacía evaluar la posibilidad de entrar en el saco a la brevedad.

Paul Schulz (izq) y Rodrigo Sandoval (der) con la laguna El Alto de fondo

Un rato después, la calma del ambiente nos llegó profundo. Nos sentamos a admirar el cielo, aún cubierto y la blanca silueta de la nieve, apenas distinguible en la oscuridad de la noche. Silencio absoluto, profundo, sobrecogedor. El viento no penetraba en ese cajón. No daban ganas de encender la linterna ... sólo para monitorear el progreso de la cocinilla.

Luego de alimentarnos y acomodarnos, nuestros sacos parecían un lujo de primera clase. Se mantenía la mística sensación de saber que éramos los únicos seres humanos en varios kilómetros a la redonda, y que estabamos en pleno dominio de la naturaleza casi intacta. La primera sorpresa fue comprobar que la temperatura ambiente bordeaba los cero grados. Mucho más cálido de lo que esperábamos. La segunda ... el ritmo corporal asumido en el esfuerzo del día, junto a la alegría de estar en esos parajes no nos dejaba conciliar el reponedor sueño. Hubiese pensado que caería "en coma" al poner la cabeza en la almohada. Pasaron varios minutos hasta que me desconecté.

El despertar fue tanto o más mágico que la noche anterior. La luz aún no se asomaba. Eran las 6:15AM. Suficiente descanso. Me salí del saco rápidamente para comprobar que la temperatura había descendido otros grados en las últimas horas. No tuve alternativa que volver a adosarme capas de polipropileno en el cuerpo para salir a preparar desayuno. Paul despertó de inmediato, pero meditó 5 minutos más antes de asomarse a la intemperie.

Una leche caliente, galletas, cereales. Fueron una excelente alternativa de ingestión matinal. Muy reponedor. Llegó el momento de sacar fotos del amanecer. La luz se asomaba por el cielo, pero aún permanecíamos en oscuridad por los cerros que rodean y encierran esta hermosísima laguna. Algunas fotos con trípode y 2 segundos de exposición lograron captar la transformación luminosa de la plácida laguna (ver foto del título).

Rodrigo (izq) y Paul (der) al pasar por una pequeña laguna congelada en el cordón montañoso El Enladrillado.

A medida que la luz comenzaba a asomarse decididamente por el cerro por el que entramos, desarmamos campamento. En unos minutos estabamos con mochilas en la espalda y adecuadamente vestidos para asumir el regreso al vehículo, planeado para media tarde. Casi no daban ganas de irse. Este lugar, que transformamos en hogar por cortas catorce horas, parecía prometer más sorpresas a quienes lo visitaran más largo. No podíamos. Nuestra vida real aguardaba al comienzo del siguiente día.

Comenzamos la ascensión del cerro inmediato intentando encontrar una mejor ruta de salida que la elegida al entrar. No lo logramos. Nos tomó una hora de trepada por la nieve alcanzar la meseta superior de donde tomamos una última instantánea de la maravillosa laguna.

Apenas llegamos arriba, el Descabezado Grande volvió a dominar el horizonte. Desde nuestra posición, la presencia de nieve parecía ignorar los reportes de sequía que corrían por los medios de comunicación. Aún así, sabíamos que era poca cantidad para la época.

La sensación de satisfacción por el viaje logrado sólo se veía opacada por las 4 horas de camino que nos restaban. El día parecía de ensueño. Ni una sola nube manchaba el azul cielo. La misma ruta de bajada, que usamos al subir parecía ser otro lugar ... muy lejano de aquel griscáceo escenario de la jornada anterior. El sol pegaba, pero el viento impedía deshacernos de las capas superiores de ropa.

No fue hasta un par de horas después, cuando estabamos en el límite entre bosque de otoño y  el esporádico coirón que nos cambiamos de ropa por algo más fresco y comimos algo para impulsar el último trecho de dos horas hasta el vehículo.

Los colores de otoño en los árboles del valle del Río Lircay - Rodrigo Sandoval

Los colores del bosque se multiplicaron desde la subida del día anterior con la nueva luz, libre de nubes, que nos bendecía esa tarde. No había palabras para describir el estímulo a la retina que producían esos cuadros tricolores que nos impactaban en cada recodo del sendero.

El cansancio comenzaba sentirse y las exigidas extremidades comenzaban a mostrar los efectos del esfuerzo de la bajada. Llegamos al sendero principal con un espíritu renovado, pero con el cuerpo con señales de querer terminar el viaje pronto.

La conversación mantuvo un tono alegre y jovial mientras recorrimos las dos horas entre el bosque y nuestro vehículo. La satisfacción de salir por esas 36 horas y disfrutar de un recodo maravilloso de nuestra cordillera eran superiores al esfuerzo físico. Eran superiores al frío y el viento de la tarde anterior. Eran superiores a la sensación dormida en las manos al trepar por esas laderas congeladas. "Qué excelente viaje de "consuelo" me dijo Paul irónicamente refiriéndose a los planes originales que no resultaron. A veces el "Plan B" resulta ser el mejor.

Estabamos de vuelta en la guardería de la reserva anotando nuestro exitoso regreso en los registros de Conaf. Nada podría borrar la sensación de agrado de haber aprovechado ese viaje. El valle del Lircay nos recibió con una agradable temperatura y los vistosos colores del día anterior. Entramos al auto y sin desarmar mochilas, emprendimos el regreso a casa.

Al día siguiente la urbe nos rodeaba en nuestra diaria rutina, pero la poderosa experiencia del fin de semana fueron superiores y mantuvieron el espíritu de aventura muy en alto, mientras entre reuniones y otras labores comenzábamos a maquinar la siguiente aventura ...

 
Si Ud. planea ir:

La Reserva Nacional Altos de Lircay está ubicada en el sector de Alto Vilches, al interior de Talca. Está administrada adecuadamente por Conaf y con gusto pudimos comprobar que mantienen medidas muy estrictas en el control de los visitantes y de las normas cuidado del ecosistema. Es por esto que no se permiten fogatas y se dan recomendaciones para manejar basura y desechos orgánicos. Es importante llevar suficiente agua si la nieve está ausente, aunque hay algunos arroyos en el bosque.

Cooperemos a conservar este impresionante santuario natural.


Según Rodrigo Sandoval, una de las ventajas de recorrer con mochila esta tierra es que cada rincón ofrece una impresionante sorpresa visual. En especial si el espíritu de aventura acompaña.

Mientras este artículo es publicado, una nueva aventura viene en camino.

Se puede contactar a Rodrigo en: rsandova@riosysenderos.com

 



Copyright 1999 - 2005 RiosySenderos.com  ®
El nombre "RiosySenderos.com" y su logo
son marca registrada de Ríos y Senderos S.A.

Chile Hecho en CHILE
por el Web Team de RiosySenderos.com

Página optimizada para resolución de pantalla 1024x768