Un día muy lluvioso estábamos pescando la desembocadura al mar de un río de la Patagonia, sin mayores logros que algunos róbalos y una que otra trucha de tamaño menos que regular para las que habíamos visto en otras ocasiones en ese lugar.
Como hacía muchísimo frío yo me escapaba de las labores de la pesca y me refugiaba en las cercanías del bote que usábamos para desplazarnos. En eso, el grito de uno de mis compañeros me sacudió. Afortunadamente no se trataba de un accidente, sino de la picada de un pez de muy gran tamaño. Entumecido y con pocas ganas de moverme, me vi forzado a dejar mi escondite y acercarme al lugar del "suceso". Después de una ardua pelea, mi compañero levantaba orgulloso una sea run brown espectacular de unos 75 centímetros y que debe haber pesado al menos unos 6 ó 7 kilos. Tomando la más perfecta pose para inmortalizar el momento y esbozando una sonrisa de logro, el feliz pescador me dijo: "Ya. Tómame la foto ahora". "No traje la cámara", le contesté. "Claro, como llovía tanto y la cámara no es mía, no quise arriesgarla y la dejé en el lodge". La sonrisa desapareció, dando paso a una bocanada de palabrotas que ya no recuerdo. Yo creo que hasta la trucha se asustó, pensando que podía ser utilizada como un mazo para darme en la cabeza. No se si le sirva de consuelo a mi amigo... pero, soy testigo presencial del hecho y puedo jurar que la vi y que era tal cual como él la describe hasta hoy. ¿O no? |
Pablo Sotomayor Lemaire |
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