La Evolución del Pescador

Texto: Enrique Alberto Costanzi

Transcurría el mes de marzo del año 1970, con mis amigos del alma, Alfredo Antonsich y Eugenio Feher, fuimos a pescar truchas al río Aluminé; en aquella época nosotros pescábamos haciendo spinning, y lo usual era matar todas las truchas que obteníamos. El "catch and release" para nosotros no existía.

Una mañana, mientras me encontraba pescando, observé a la distancia a un pescador desconocido y como mi pesca era mala me fui acercando. El estaba tan concentrado en su tarea que no se percató de mi presencia. Utilizaba la técnica del fly-cast y yo por mi parte era la primera vez que veía en acción a un fly-caster. Me entretuve casi una hora observándolo, sus lances se me asemejaban a movimientos de ballet. Luego, cuando logró prender una trucha, me agradó toda la sutileza que empleaba para capturarla, pero mi mayor sorpresa fue al ver que la liberaba suavemente sin el menor daño. Por timidez, no tomé contacto con este pescador, pero sin embargo el interés que despertó en mí resultó ser el disparador para qué, a partir de ese instante, emprendiera mi evolución hacia la pesca con mosca.

La nuestra fue una época de pioneros, seguí todos los pasos del aprendizaje: el roll-cast, double-haul, el atado de moscas, etc. etc. Pero también logré aprender y comprender el excelso encanto del "catch and release", asimismo me propuse entre mis metas enseñarles a mis amigos que lo desearen la filosofía del fly-cast, con toda su implicancia.


Río Gallegos al Atardecer

El año pasado, a fines del mes de marzo, con algunos de mis ex-discípulos, hoy eximios pescadores, entre ellos mi hijo Nicolás (29), mi sobrino Claudio (36), y mis amigos Tato (57), su hijo Ignacio (24), y Gastón (31) fuimos a pescar al Río Gallegos, provincia de Santa Cruz, en la zona llamada "Puente Blanco", famoso por sus marrones migratorias (sea-run brown trout) qué al regresar del mar para su ciclo de desove, presentan una atractiva combatividad y excelente peso. También habitan hermosas truchas residentes de las variedades arco iris y marrones. No me canso de dar las gracias a nuestros amigos Chilenos qué, según las mentas, fueron los que las introdujeron.

De la unión de los ríos Penitente y Rubens nace el Gallegos, río de suaves corrientes y meandros continuos, tiene barrancas con pozones poco profundos, un ancho promedio de unos cuarenta metros, el fondo de grava fina y arenilla, en sus orillas no hay árboles ni arbustos, la estepa patagónica es surcada casi siempre por fuertes vientos que enturbian el agua y dificultan los lances. Comprenderán que resulta muy difícil leer el agua, pero con las debidas precauciones es posible vadearlo para tener una ubicación favorable con respecto al viento y lanzar hacia las barrancas y pozones donde residen las truchas más grandes.

Eran las 12.30 del mediodía, teníamos previsto comer un corderito a la parrilla, y el encargado de asarlo era Nicolás. Llevábamos tres días pescando con muy buenos resultados, era abundante la pesca de migratorias entre 4 y 6 Kg., y marrones residentes de bellas tonalidades, vistosas y muy peleadoras.


El Sueño de Alberto

Recuerdo muy bien ese instante, Nico me dijo que en media hora más estaría listo el cordero, todos los integrantes del grupo se encontraban rodeando el fuego, aprovechando el reparo que ofrecía una pronunciada barranca del río. El día se presentaba nublado, el viento y la baja temperatura resultaban difíciles de soportar, sin embargo preferí aprovechar ese tiempo haciendo unos lances en una pequeña corredera en curva con agua muy oxigenada, que se encontraba a unos treinta metros del lugar. En mismo sitio Claudio había logrado en la mañana sacar varias marrones residentes de hermosos colores.

Con la vista puesta en mi estratégico lugar, descendí de la barranca, con tanta mala suerte que tropecé con un pequeño tronco que me hizo dar una voltereta en el aire terminando de cabeza en el suelo. Este acto circense provocó las carcajadas de todo el grupo, gracias a Dios no rompí la caña ni los waders, y por suerte, con mi humanidad a salvo, llegué a la orilla del río. Los lances eran muy dificultosos por el viento cruzado de frente, de derecha a izquierda. Para continuar con mis actos cómicos, en el primer cast clavé la mosca en mi gorro, por supuesto, continuaban mis éxitos y las risotadas del grupo se escuchaban a los cuatro vientos.

Ante la adversidad se imponía la perseverancia, es así que casteando con la caña casi horizontal conseguí entrarle al viento, la línea se desplazaba a menos de un metro del agua, gracias a este método lograba tirar unos veinte metros que eran más que suficiente para situar la mosca en el sector indicado. Mi equipo estaba constituido por una caña Sage RPLX 890, línea teeny 300, reel battenkill 8/9 con doscientos metros de backing, leader cónico 2X y una mosca (cuándo no) woolly-bugger #8 gris que trataba de imitar a las crías de lampreas que en este río son muy abundantes.

En el tercer cast, mientras recogía suavemente con pequeños tirones, sentí una frenada en la línea, pensé que había enganchado la mosca en una piedra, pero súbitamente, la "piedra" dio un salto fuera del agua, era una trucha impresionante, sentí la exclamación de todo el grupo. Su tamaño me asombraba, en su primera corrida sin detenerse y a toda velocidad, sacó unos ciento cincuenta metros de backing, con mi reel ejecutando un solo de chicharra a toda orquesta.

En su corrida la trucha se situó sobre la orilla opuesta, dio dos saltos consecutivos tratando de desprenderse. ¡Qué belleza! mi corazón quería escaparse del pecho y el ¡uuugghh! de mis amigos aumentaba mi ansiedad. Me alertó el grito de mi hijo: -¡Papá, empezá a correr, porqué si no la perdés!. La trucha continuó un lento desplazamiento río abajo sacando más línea, con la caña curvada al límite que me permitía el leader, comencé, casi corriendo, a trasladarme por la barranca que se extendía por unos cientos de metros y hacía prácticamente imposible su arrime. De esa forma conseguí recoger varios metros de reserva, pero en ese instante la trucha se vino a toda prisa hacia el pozón de mi lado. No me daban las manos para conectarme de nuevo con la "Bestia", creí que la perdía, pero de pronto se instaló en un pozón a unos diez metros, parecía incrustada en el fondo, me resultaba imposible moverla. Así permaneció durante varios minutos que parecieron horas, yo no sabía como proceder, pero gracias a Dios, recordé el consejo de un gran pescador, maestro de maestros, Jorge Donovan, que en casos análogos, le arrojaba piedras por delante para incitar su movimiento. Empleando esta artimaña logré moverla nuevamente hacia las correderas por donde continuó desplazándose aguas abajo, en su nueva corrida se alejó unos cincuenta metros.

Nico, con su video cámara venía registrando todos los pormenores y yo proseguía con mis ruegos y promesas a todos los santos del calendario para que intercedieran y me ayudaran a lograr semejante trofeo. Anhelaba que la trucha estuviera más cansada que yo, que a esta altura ya no sentía ni el frío, ni el viento y estaba con los brazos doloridos y acalambrados. Por fortuna, llegamos al fin de la barranca y al comienzo de una zona playa donde lentamente logré arrimarla, tomándola por la angostura de su aleta caudal la varé suavemente en la orilla, allí pude admirar su tamaño descomunal ¡mi record! una hembra hermosa, bien plateada, la pesamos con una malla de algodón especial para estos menesteres y registró algo más de nueve kilos.

La pelea había durado aproximadamente cuarenta minutos. Se había cumplido la promesa:
 . . ."Dios mío, hazme sacar un pez tan grande que no tenga necesidad de mentir" . .

En mis más de treinta años de mosquero he sacado varios trofeos, algunas en la "Época dorada del Llanquihue" de hasta 7,5 Kg. pero ésta resultó inolvidable. La trucha estaba inmóvil, la introduje en el agua y comencé los movimientos para oxigenarla, pero no reaccionaba, mis manos estaban entumecidas por el frío, no daba más, entonces fue Nico el que continuó con la reanimación, pero en ese instante vimos de sus agallas salir hilos de sangre que enturbiaban el agua. El gran esfuerzo la había dañado seriamente. El sangrado aumentó y luego de 20 minutos de intentar reanimarla sin respuestas, resolvimos sacrificarla. Me dolió muchísimo tomar esa determinación.

En toda felicidad siempre hay un dejo de sinsabor. En este viaje pude capturar y soltar numerosas truchas, pero siempre recordaré con dolor, el no poder reconfortar a mi gran trofeo con su merecida libertad y soñar con que todavía sigue creciendo y esperando volver a capturarla con algún kilo de mas el año siguiente.

Sinceramente, creo que el mejor final para un gran trofeo es verlo partir rumbo a las profundidades con gran vitalidad y no embalsamado en la pared de alguna cabaña o lodge. Espero que cada día seamos más los que compartamos este pensamiento.

Buena pesca.

Enrique Alberto Costanzi
Ciudad de Buenos Aires
Argentina


Esta historia fue enviada por Enrique Alberto Costanzi con motivo del Concurso 2003 de Historias de Pesca, organizado por RiosySenderos.com.


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