
Esta contribución corresponde a una versión extendida y más detallada de un artículo con igual nombre, que fuera enviado a la revista "Ambiente y Desarrollo" para su posible publicación, y que se encuentra en proceso de revisión editorial. IntroducciónLa pesca deportiva o recreacional de truchas y salmones constituye una sana entretención para un creciente número de compatriotas. Además, representa una alternativa de desarrollo interesante para varias regiones del país, pudiendo convertirse en una atractiva fuente de divisas, ya que hay pescadores extranjeros que están dispuestos a pagar altos precios para practicar este deporte en ambientes de calidad. Las especies salmónidas son originarias del Hemisferio Norte, y fueron introducidas en aguas chilenas a fines del siglo XIX. Desde entonces, su distribución se ha ampliado dramáticamente, encontrándose hoy desde el río Loa hasta Tierra del Fuego. En un inicio, la calidad de la pesca se consideró extraordinaria, pero ha decaído en algunos sectores por causa de los severos impactos ambientales producidos por diversas intervenciones humanas. Además, la gran mayoría de las aguas sufre una excesiva presión de pesca furtiva. Las introducciones de especies exóticas han causado también un fuerte, aunque muy poco documentado impacto sobre los peces nativos. A pesar de la evidente degradación de muchas pesquerías fluviales, Chile aún tiene un enorme potencial para desarrollarse como uno de los destinos favoritos de pescadores internacionales, como ya lo han hecho Nueva Zelanda y Argentina. Desgraciadamente, pareciera no tenerse una clara conciencia de esto, puesto que muchas intervenciones en nuestros ríos, tanto por parte de entes privados como gubernamentales, sólo aceleran la espiral de degradación ambiental de los sistemas fluviales, y de sobrepesca de los recursos de agua dulce. En virtud de su valor económico y recreacional, y por el hecho que potencian el desarrollo local, en Chile debieramos gestionar mejor las pesquerías deportivas de salmónidos. Este artículo presenta una serie de recomendaciones generales que apuntan en tal dirección, y se espera que contribuya a fijar el marco global de referencia que debe seguir una gestión seria, sobre una base científica, de los recursos piscícolas de aguas dulces. Se propone también mecanismos mediante los cuales podría financiarse las ideas propuestas. Tras detallar los requerimientos que deben cumplir los sistemas fluviales para sustentar pesquerías, tanto desde la perspectiva del pescador como de los peces, se comenta los principales impactos ambientales que han redundado en una disminución de la calidad de la pesca en aguas dulces chilenas. Se critica la actual normativa que regula la pesca deportiva, así como algunos mitos y hábitos fuertemente arraigados en Chile respecto de la gestión de pesquerías. Se concluye proponiendo una serie de medidas que permitirían lograr una real protección de ríos y lagos, de modo de potenciar el desarrollo de la pesca deportiva como actividad económica. Hábitat para PescadoresLos ríos y lagos donde ocurre acción de pesca deben proveer ambientes adecuados para las especies explotadas, así como para sus presas. Sin embargo, también deben poseer características que los hagan atractivos para el pescador, según las motivaciones que éste tenga, las que pueden ir mucho más allá que las simples cantidades y tamaños de las capturas. Por ejemplo, es evidente que los requerimientos en cuanto a calidad de la pesca y del paisaje no serán los mismos según se pretenda satisfacer a un joven local, sin licencia de pescar, que saca todas las presas que pueda, o a un pescador norteamericano, que ha desembolsado unos US$ 4000, más los pasajes aéreos, para venir a pescar una semana en el sur de Chile, con guía, soltando todas sus capturas. Desde esta perspectiva, se propone una tipología que representa a grandes rasgos las diferentes motivaciones de los pescadores de salmónidos que puede encontrarse en las aguas continentales chilenas (ver recuadro). En Chile, suele asociarse las artes de pesca con el estatus del pescador, pero esto no debiera ser así. La actual normativa refleja profundamente esta visión elitista de la pesca deportiva, ya que sólo permite practicarla con señuelos artificiales, para el caso de las especies salmónidas. Existen técnicas de pesca con carnada que pueden ser tanto o más difíciles de dominar que la pesca al lance. Desde esta perspectiva, la normativa vigente es bastante discriminatoria. Ahora bien, hay razones poderosas para restringir la pesca con carnada en aguas de calidad, ya que por ser significativamente mayor la tasa de mortalidad, es incompatible con la práctica del “pescar y soltar”. Sin embargo, esto no debiera ser razón para prohibirla por decreto, puesto que la regulación de “pescar con devolución” no puede ni debe aplicarse en todos los ríos y lagos del país. En los hechos, el prohibir legalmente la pesca con carnada sólo representa una invitación a que se burle la Ley. En conclusión, diferentes tipos de pescadores buscan distintas aguas para la práctica de la actividad. Además, se verá a continuación que no todos los tramos de ríos tienen la misma calidad (o potencial) para la pesca de especies salmónidas. Lo anterior sugiere claramente que la gestión de pesquerías no puede hacerse de un solo pincelazo para todo el territorio nacional, como es el caso con la actual normativa de pesca deportiva, sino que debe efectuarse localmente, por tramos de ríos o sectores de cuencas, considerando la realidad de cada lugar. Hábitat de Peces SalmónidosTodas las especies tienen un hábitat, el lugar donde viven, donde puede encontrárseles. Truchas y salmones requieren de hábitats adecuados para alimentarse, crecer, protegerse, y reproducirse. Tales lugares proveen condiciones idóneas de velocidad de la corriente, profundidad, abrigo contra predadores, tipo de material del lecho, etc., que le permiten a los individuos comer y descansar, protegerse de la corriente y de los predadores, y desovar con éxito. Todos estos factores son necesarios en un sistema fluvial; si escaseara cualquiera de ellos, habría limitaciones ya sea al tamaño de la población o de los individuos, o bien en su condición (estado físico). Los requerimientos de hábitat pueden ser radicalmente distintos según el estadio vital que se esté considerando. Por ejemplo, una hembra que desea remontar a desovar esperará caudales de crecida, de modo de tener profundidades adecuadas para saltar las caídas de agua. Sin embargo, cuando ya esté sobre su nido, querrá caudales bajos, aguas sin sedimentos finos, y un lecho de grava limpia para depositar sus ovas; si ocurriese una crecida ahora, podría remover el fondo del cauce, destruyendo las ovas. Cuando emerjan, los alevines buscarán zonas poco profundas y con fondo fino, que no son de interés alguno para los juveniles nacidos el año anterior, y menos para los adultos, que tienen necesidades distintas. Por ende, no basta con proveer un solo tipo de hábitat, sino que debe haber un rango de variabilidad, que le permita prosperar a todos los estadios vitales de los peces, así como también a sus presas. Esto explica porqué ríos homogeneizados, por ejemplo al canalizarlos, no sustentan grandes pesquerías ni una fauna acuática diversa: no poseen suficiente diversidad de hábitat. En la cuenca de un río inalterado, procesos climáticos, geológicos, y biológicos determinan el régimen de caudales (flujos de agua) y de sedimentos (las arenas, gravas, etc., transportadas por el río). Estos interactúan con el lecho y riberas del cauce, y con la vegetación ribereña, creando una gran diversidad de formas fluviales, como pozones y rápidos, socavones en torno a troncos caídos, brazos laterales, lagunas abandonadas, etc. Por ello, es importante permitirle a un río que tenga crecidas, de modo que pueda seguir creando la diversidad de hábitat que requieren los salmónidos, y todas las demás especies que conforman el ecosistema fluvial. En países desarrollados, cuyos sistemas fluviales han sido degradados por siglos, existen variadas técnicas para aumentar o restaurar el hábitat en ríos pequeños y esteros, principalmente para mejorar la pesca de truchas adultas. Estas costosas obras probablemente no servirían en chile, por las fuertes pendientes y enormes variaciones del caudal. En grandes ríos, usualmente basta con restituir los patrones naturales de caudal y sedimento, y permitirles que ocupen su planicie de inundación, para que vuelvan a presentar una diversidad de hábitat similar a la original. Es probable que algunos ríos chilenos requieran ser restaurados, pero tal vez sea más relevante proteger o preservar los sistemas fluviales que aún muestran condiciones ecológicas saludables. Es sin dudas difícil aprender de la experiencia ajena, pero tanto por razones económicas como ambientales, deberíamos seriamente intentar no repetir en Chile los errores incurridos en otras partes del mundo. Además de entregar un hábitat adecuado, un río debe tener alimento en suficiencia para permitir el crecimiento de los peces. En general, esto depende directamente de la concentración de nutrientes en las aguas, determinada por la geología de la cuenca de drenaje. En Chile, al igual que en Nueva Zelanda, la mayoría de los ríos tiene pocos nutrientes, debido a la naturaleza de las rocas que conforman los paisajes, y por ende tiene una baja productividad biológica. Esto no significa que la pesca tenga que ser mala, ya que la baja biomasa puede estar concentrada en unos pocos peces de gran tamaño, o bien los peces pueden elegir preferentemente lugares específicos, aumentando así las posibilidades de éxito del pescador que sepa encontrarlos. De hecho, tanto Chile como Nueva Zelanda ostentan algunas de las mejores pesquerías deportivas de salmónidos en el mundo. Es fundamental comprender que ya sea la disponibilidad de hábitat, o la de alimento, limitarán el tamaño de la población de peces. Muchos plantean la posibilidad de “mejorar” los ríos, incrementando la oferta de hábitat, de alimento, o ambas, de modo de tener más peces. En verdad, exceptuando esteros menores, es básicamente imposible alterar estos dos factores de manera apreciable. La gestión de la pesquería debe entonces optimizar la calidad de la pesca (la cantidad y tamaño de las capturas) con medidas de regulación.
Impactos Ambientales sobre las PesqueríasEn muchas partes del mundo, lagos, ríos y esteros han sufrido una fuerte degradación debido a cambios antrópicos causados por la polución, la construcción de represas y obras hidráulicas para riego o energía, la sobre-explotación de organismos acuáticos, las extracciones indiscriminadas de caudales y áridos, la rectificación de cauces, la introducción de especies exóticas, la ocupación de las planicies de inundación, el mal uso del suelo en laderas, etc. Tales impactos han causado que una gran cantidad de especies dulceacuícolas estén extintas o en peligro de extinción, en una proporción mucho mayor que las terrestres. Además, se ha visto disminuido el valor ecológico, recreacional, estético, y económico de muchos cuerpos de agua. Chile no ha sido ajeno a esta tendencia: algunos ríos son verdaderas alcantarillas a tajo abierto, otros son secados cada verano para regar campos, o a diario para generar hidroelectricidad, se rectifican los cauces naturales con bulldozer, convirtiéndolos en meros canales trapezoidales, se alteran los niveles de lagos, etc. Lo anterior ha redundado en continuas pérdidas de ambientes de calidad, que sostenían pesquerías de excelencia que hoy ya desaparecieron. La Laguna del Maule y el Río Laja son tal vez casos emblemáticos. En el verano de 1952, el canadiense Roderick Haig-Brown fue invitado por el gobierno chileno a investigar la pesca de truchas desde el Maule hasta el Petrohué, experiencia que plasmó en su libro “Fisherman’s Winter”. En el capítulo sobre la Laguna del Maule, titulado “The Lake of Big Rainbows”, puede leerse como, además de constatar que “una represa para riego estaba siendo construida en el desagüe”, Haig-Brown pescó en dos días varias docenas de truchas arcoiris entre 2 y 3.5 kg, siendo la más grande un ejemplar de 70 cm de largo y 4.5 kg de peso. Concluye con “no creo que haya jamás visto truchas arcoiris tan hermosas, anchas, firmes, y brillantes...”, y sentencia, premonitoriamente, que “es bastante probable que la represa tendrá un efecto negativo sobre la pesca.” Efectivamente, al peraltar los niveles del agua en la laguna, la presa destruyó las zonas de desove, así como las áreas litorales más productivas, poniendo fin a la pesquería “de las grandes arcoiris”. Haig-Brown pescó luego en el Laja, cerca de Tucapel, por cinco días. A pesar de que el río venía muy crecido por los deshielos, “lo que sin lugar a dudas nos impidió sacar más peces, y peces considerablemente más grandes”, capturó diariamente varias truchas que promediaban entre 1.5 y 2 kg, además de soltar innumerables ejemplares de 1 kg y menores. Plantea que “hay grandes cantidades de peces entre 1.5 y 2 kg, y si uno devuelve todo lo que mida menos de unos 43 cm, el promedio de las capturas está en torno a 1.6 kg.” Hoy en día, el Laja en Tucapel sigue teniendo aguas muy limpias, pero hay cuatro centrales hidroeléctricas ubicadas aguas arriba, que alteran notoriamente su régimen hidrológico. Además, hay varios canales de riego, dentro de los cuales destacan el Laja y el Laja-Diguillín (en construcción), los que en conjunto extraerán del orden de los 80 m3/s en los meses de mayor demanda. En años de sequía, ya es común que el río quede con muy poco caudal bajo la Bocatoma Tucapel, lo que impone condiciones de hábitat a penas tolerables para las truchas. Hoy, pescar una trucha de 1 kg en el Laja es raro, y una de 2 kg constituye un acontecimiento, que sólo le ocurre a los pescadores furtivos que abundan en sus aguas. ¿Qué sucederá cuando entre en operación el canal Laja-Diguillín? Haig-Brown muestreó escamas en todos los peces que capturó, para determinar sus edades. Encontró que las arcoiris de la Laguna del Maule tenían el mayor crecimiento de todas las que pescó en Chile, con peces de dos años (es decir, en su tercer año de vida) con pesos de 2.5 kg, peces de tres años con 3 kg, y peces en su quinto año de vida con más de 4 kg. A su vez, el Río Laja produjo las truchas café de mayor crecimiento, con peces de dos años entre 1 y 1.5 kg, y peces de tres años entre 1.5 y 2.5 kg. ¡Estas tasas de crecimiento son fenomenales! Estos ejemplos muestran como dos de las mejores pesquerías del país, ubicadas en ambientes entre los más productivos, fueron destruidas para dar lugar a obras de desarrollo de riego e hidroelectricidad. Si se considera la construcción de las represas Pangue y Ralco en el Biobío, y los proyectos del Embalse Punilla, sobre el Ñuble, del Canal Victoria, que prácticamente secaría el Cautín, y de Alumysa, que construiría tres enormes represas cerca de Puerto Aysén, se ve que aún no estamos cerca de detener este tipo de amenaza. Por cierto, todos estos usos del agua son muy importantes, pero uno podría preguntarse ¿cómo mejoraría la salud ecológica de los ríos, y sus pesquerías, si se intentase siquiera mitigar los impactos de estas obras? En una famosa enciclopedia de pesca de los años sesenta, una de las fotos acerca de Chile muestra un botero y un turista extranjero pescando con mosca las aguas del Laja, desde un bote nombrado “Huépil”. ¿Qué valor económico habría tenido la permanencia de una pesquería de tal calidad para los habitantes de Tucapel, Trupán y Polcura? Por suerte, por falta de recursos para seguir destruyendo y por tener amplias zonas con baja densidad de población, Chile posee aún bastantes ríos en buen estado de conservación. Es primordial conservar la integridad de estos ecosistemas, evitando la proliferación de obras hidráulicas ambientalmente ofensivas, la destrucción de sus bosques ribereños, la degradación por acceso libre de ganado a las orillas, las extracciones de áridos sin control, etc. Lo anterior requiere cambiar urgentemente la actitud prevaleciente en Chile, de que como somos un país en vias de desarrollo, no podemos darnos el lujo de invertir en protección ambiental. Al revés, lo más probable es que nunca tengamos los recursos suficientes para poder restaurar nuestros ríos degradados, así que lo mejor que podemos hacer es comenzar a cuidar aquellos que aún están inalterados o en buen estado. La Experiencia Chilena en Gestión de Pesquerías de Agua DulceUna pesquería fluvial implica una interacción entre una población de peces, los hábitats que requieren para vivir, y los pescadores que los persiguen. Por ello, su gestión se basa no sólo en ciencias como la zoología, la ecología, la morfología fluvial, y la hidráulica, sino que debe también incluir una serie de factores económicos, culturales, y legales. En Chile, no existe tradición ni escuela en lo que concierne a la gestión de pesquerías de aguas dulces, una disciplina con más de cien años de historia en Europa y los EE.UU. Si bien se lleva a cabo investigación biológica básica acerca de algunas especies, falta muchísima información de carácter ecológico, sobre todo aplicado, y no se ha dado la integración necesaria entre las ciencias biológicas, físicas y sociales. El resultado ha sido un desconocimiento casi absoluto de la enorme experiencia adquirida en otros países acerca del manejo de pesquerías de salmónidos (son particularmente relevantes para Chile los casos de Montana y Nueva Zelanda), así como la aplicación sistemática de preceptos que no guardan ninguna relación con una gestión científica de estos recursos. Incluso, en muchos casos, las regulaciones han tenido más que ver con la capacidad de algún empresario de convencer a las autoridades de turno, o con algunos mitos que circulan entre los pescadores y los encargados de los programas de siembra, que con las reales necesidades de las pesquerías. Por ejemplo, la normativa vigente plantea básicamente las mismas regulaciones para todo el territorio nacional, sin considerar la diversidad de pescadores que usan las distintas aguas, ni su valor paisajístico, como tampoco su latitud y altura (que determinan a grandes rasgos los períodos de desove), su productividad, la cercanía a centros poblados, etc. El tamaño mínimo es de 30 cm, sin importar si se trata de un pequeño estero de montaña, de frías aguas y baja productividad, donde casi ninguna trucha alcanzará ese tamaño en vida, y de todas formas nunca pesca nadie, o bien de una excelente pesquería fluvial, que debe protegerse debido a su importancia económica, y donde tal vez un pez de 30 cm ni siquiera ha tenido la oportunidad de desovar una vez. Los períodos de veda son larguísimos, y son los mismos para enormes extensiones del territorio nacional (varios estados del oeste de los EE.UU. ni siquiera aplican vedas a la pesca deportiva; sólo restringen la captura de peces sobre sus nidos). Más recientemente se ha planteado la necesidad de usar anzuelos sin rebarba en algunas aguas, ya que parece lógico suponer que esto resulta en una menor mortalidad de los peces que son devueltos. Sin embargo, toda la evidencia científica indica que no existe diferencia alguna entre distintos tipos y tamaños de anzuelos, cuando se pesca con señuelos artificiales o moscas. En la pesca con carnada viva, el pez intenta tragar el cebo, lo que causa una mayor mortalidad, que aumenta aún más si se usa un anzuelo pequeño. También, una y otra vez, el poco dinero asignado por el Estado a la pesca recreacional se invierte en sembrar alevines en ríos y lagos, a pesar que toda la evidencia indica que, en la enorme mayoría de los cuerpos de agua de Chile, la reproducción natural de los salmónidos es excelente. Lo anterior implica gastarse la mayor parte del presupuesto en tirar a los ríos una cantidad irrisoria de alevines, si se compara con la producción natural. Invertir ese dinero en proteger zonas de desove, para evitar que los reproductores sean sacados con ganchos o redes desde sus nidos, sería lejos más rentable (esto ocurre en muchas partes del país, ya que la gente local sabe dónde ocurren aglomeraciones de peces en temporada de freza). Las siembras deben dejarse sólo para aquellos lugares donde los peces no puedan desovar, como lagunas pequeñas sin tributarios, o ríos sin un lecho adecuado. Cualquier análisis sumario, pero entendido, de la situación chilena indica que la mayoría de los recursos disponibles debiera usarse en fiscalizar el cumplimiento de las regulaciones de pesca, una vez que el país cuente con normativas modernas para la pesca deportiva, acordes con los principios aceptados en países con mayor experiencia. Otra porción debiera invertirse en formar personal idóneo para gestionar la pesca recreacional, así como en estudiar las distintas pesquerías, de manera de adecuar las regulaciones a las características locales de crecimiento de los peces, productividad, épocas de desove, tipos de pescadores, calidad del entorno, etc. Propuestas para Mejorar la Calidad de la Pesca de Salmónidos en ChileMuchos de nuestros ríos, en particular desde la VI Región al sur, no han sido aún demasiado alterados por el hombre. La calidad del agua puede ser deficiente en algunos sectores aguas abajo de ciudades e industrias, pero esta es una situación propia del subdesarrollo, que debiera mejorar al incrementarse el ingreso nacional. También hay cauces afectados por la extracción de caudales y áridos, y por obras para riego, generación de energía, o protección contra crecidas, cuyos diseños y operación no han considerado los impactos ambientales. Por ello, debe tomarse medidas para mitigar estos impactos, por ejemplo, requiriendo caudales ecológicos para la mantención de las pesquerías. Además, para evitar que esto siga ocurriendo, debe incorporarse la dimensión ambiental en la toma de decisiones respecto de proyectos de aprovechamiento de recursos hídricos, y en el caso de obras que afecten directamente a ríos y lagos. En un río que ha aparecido en portadas de muchas revistas y libros especializados en pesca con mosca, y que es visitado por cientos de turistas extranjeros al año, que dejan ingresos netos al país por varios cientos de miles de dólares, ¿vale más que Vialidad instale una planta de áridos para mantener una senda de penetración, o es preferible proteger la pesquería, de reconocida calidad mundial? A pesar de estos impactos, hay aún muchos ríos que presentan un excelente hábitat, y tasas de reproducción natural muy buenas, pero tienen una pesca mediocre debido a la constante actividad de pescadores furtivos. En tal caso, no tiene sentido mejorar el hábitat, fertilizar las aguas, o sembrar alevines; lo único que se requiere es fijar regulaciones efectivas, adaptadas a cada situación, y que se hagan cumplir. Éstas no podrán establecerse si no existe información de base, por lo que también será menester invertir en estudiar los sistemas hídricos. No sólo se requiere datos biológicos y de calidad de la pesca, sino que información acerca del tipo de pescador que visita las aguas, y sus motivaciones para hacerlo. También debe aprovecharse estos catastros para hacer una tarea de conservación de los peces nativos, identificando cuerpos de agua donde no hayan sido introducidas especies salmónidas, o donde éstas no hayan podido llegar, por ejemplo aguas arriba de saltos infranqueables. Tales áreas debieran protegerse cuidadosamente, ya que son pocas las oportunidades que quedan de estudiar las comunidades nativas de nuestros ríos en ausencia de especies introducidas. Las aguas que sostienen pesquerías debieran clasificarse en unas tres o cuatro categorías, según su potencial recreativo, incorporando aspectos como la calidad del paisaje, la cercanía a ciudades, y la demanda por pesca, además de su valor como pesquería. Esto permitiría aplicar las regulaciones localmente, por sectores, lo que evitaría conflictos, además de facilitar la fiscalización. En efecto, si se aplica a gran escala regulaciones como “pescar y soltar”, o “sólo pesca con mosca”, muchos las considerarán como expropiaciones de sus aguas favoritas, en beneficio de pescadores extranjeros y empresarios del rubro, y tenderán a desacatar la Ley. Por otra parte, si se clasifica ciertas aguas como “de excelencia”, debido a su carácter prístino, su lejanía de áreas pobladas, o el tamaño de las capturas, entonces éstas pueden protegerse con regulaciones más estrictas, pero siempre que otros tramos (tal vez más alterados, más cercanos a la ciudad, o con mayor cantidad de peces pero de menor tamaño) tengan regulaciones más liberales, que permitan, por ejemplo, usar carnada natural y sacar varias piezas por sobre algún tamaño mínimo. Así se puede satisfacer a una diversidad de pescadores, y todos sienten que han ganado y han sido respetados en el proceso (una situación "win-win", como dicen en EE.UU.). Se requiere urgentemente una nueva legislación para regular la pesca deportiva en Chile que, entre otras cosas:
Para financiar estas propuestas, puede utilizarse los fondos que hoy se destinan a programas de siembra, ya que el impacto que éstos pueden tener es muy limitado. También debe invertirse parte de los fondos recaudados por concepto de ventas de licencias. Para no disminuir el retorno para el fisco, podría incrementarse notoriamente los precios de las licencias de pesca para turistas extranjeros. Chile debe ser el único país del mundo que no tiene una estructura de precios diferenciada según el pescador sea residente o turista, y el valor actual de la licencia es ridículamente bajo si se compara con los de otros países con oportunidades similares de pesca. Por ejemplo, en Nueva Zelanda y en Montana, la licencia diaria puede costar entre US$ 5 y 10, mientras que en Chile vale apenas unos 3 a 4 dólares por año. Se propone que un valor razonable sería del orden de los US$ 100 a 150 por una licencia mensual para extranjero, de los cuales un 80 a 90 % podría usarse para financiar las propuestas mencionadas. Las licencias se venderían sólo en las regiones donde ocurrirá la acción de pesca, y parte de los fondos quedaría en la misma región, mientras que otra fracción podría ir a un fondo común, que financie iniciativas relativas a pesca deportiva en aquellas regiones menos visitadas por turistas extranjeros. Hace ya varios años que algunos empresarios turísticos relacionados con la pesca deportiva intentan “privatizar” los ríos, de manera que sólo sus clientes puedan tener acceso a las aguas. Es cierto que en la actualidad, muchas aguas cercanas a “lodges” de pesca mantienen una buena pesquería, debido en gran medida al hecho que sus dueños velan constantemente por el cumplimiento de las regulaciones, mientras que otras aguas sólo tienen pesca mediocre, ya que nadie fiscaliza. Por esto, muchos pescadores deportivos prefieren ir a pescar cerca de los lodges, accediendo así a mejores capturas, lo que impacienta a estos inversionistas. Si se siguieran algunas de las directrices articuladas en esta propuesta, la pesca podría mejorar en amplios sectores sujetos a una fiscalización más estricta, lo que aliviaría inmediatamente la presión de pesca en las aguas vecinas a “lodges”. El que las riberas de ríos y lagos sean bienes de uso público permite igual acceso a todos los ciudadanos a un pasatiempo sano y entretenido. El autor volvió a chile cuando tenía quince años de edad, después de llevar años pescando furtivamente la trucha en ríos y esteros privados en un país europeo, y le pareció sumamente democrático el sistema chileno. De hecho, en algunos estados de los EE.UU. donde los ríos son privados, los gobiernos regionales invierten grandes sumas de dinero para comprar o arrendar accesos públicos a los sitios de pesca, garantizando así la práctica libre del deporte. La idea de que haya que pagar varios cientos de dólares al día para poder disfrutar de la pesca es extremadamente elitista, significa una regresión respecto al régimen actual, y no se condice con nuestra condición de país republicano y democrático. En Inglaterra, se desalienta la devolución de las capturas, ya que la pesca se considera un deporte venatorio ("blood sport"), al igual que la caza, donde debe matarse a la presa. Además se desprecia -¿por esnobismo?- el capturar truchas que ya han sido pescadas antes por otro pescador. Como las capturas son sacrificadas, entonces el sustentar la pesquería implica necesariamente restringir severamente la cantidad de pescadores, lo que se hace en base a su capacidad de pago. El modelo Norteamericano de gestión se centra en regular la pesca en vez de limitar el acceso, lo que permite satisfacer números mucho mayores de pescadores, ya que cada pez, sobre todo si es de gran tamaño, puede ser pescado varias veces, lo que aumenta el valor económico de la pesquería. Este paradigma es el que ha permitido que el Parque Nacional Yellowstone, cuyas aguas estaban seriamente sobreexplotadas hace medio siglo, tenga hoy una de las mejores pesquerías del planeta, pero soportando a la vez una cantidad mucho mayor de pescadores (más de 400.000 días-pescador al año), que devuelven el 95% de las capturas con vida. Este modelo maximiza el valor económico y recreacional de la pesquería, ha sido aplicado con éxito en muchos otros países, y es el que debe guiarnos en nuestros intentos por recuperar o mantener la calidad de las pesquerías en Chile. Para el bien común, la solución al creciente colapso de pesquerías recreacionales en Chile pasa entonces por regular activamente los recursos, garantizando el libre acceso, y no por privatizarlos, sobre todo si esto último se hace en beneficio de extranjeros y de unos pocos compatriotas más privilegiados. Tipología de los Pescadores de Aguas Dulces Chilenas
Nota de los Editores: Agradecemos profundamente el aporte de Claudio Meier y su autorización a publicar este artículo en nuestro medio. Además, los invitamos a leer las observaciones de Claudio al Proyecto de Ley de Pesca Recreativa, en proceso durante junio-agosto del 2002. |
|
![]()
|
Copyright
1999 - 2005
RiosySenderos.com ® |
|