
En los últimos años, el nombre "Campo de Hielo Patagónico" ha empezado a sonar muy fuerte. En especial al hablar de los conflictos limítrofes con Argentina. Uno de estos mantos blancos es Campo de Hielo Norte. Más conocido por ofrecer uno de los ventisqueros más espectaculares. El Ventisquero San Rafael entra al mar en la laguna del mismo nombre, en la región de Aysén. Por otro lado, Campo de Hielo Patagónico Sur es un lugar único en el planeta, donde se encuentra la mayor extensión de hielo (reservas de agua dulce) del mundo fuera de los polos. Campo de Hielo Sur (CHS), en gran parte cubierto por el Parque Nacional Bernardo O´Higgins, se compone de una infinidad de ventisqueros y glaciares, al igual que algunas cumbres de montañas muy famosas como el FitzRoy o el Cerro Torre. Para mí, Campo de Hielo Sur es un sinónimo de "Última Frontera". Es decir, es el lugar que considero más remoto en este país y eventualmente en el continente. Siempre es posible volar sobre él -- lo he visto en vuelos hacia Punta Arenas. Pero es su presencia a nivel terrestre lo que inspira el verdadero respeto por un tierra indómita, donde el hombre aún significa nada. Es un lugar que hay cuidar. El sobrecalientamiento global no está ayudando, pero tengo la esperanza de que esta generación a la que pertenezco, que vivimos en Chile, seremos lo suficientemente sabios para lograr un cambio y permitir que nuestros descendientes, los tataranietos de nuestros hijos, tengan la posibilidad de ver este lugar, tal como lo he podido ver yo. Hago un homenaje de profundo respeto y admiración a cuatro chilenos que en enero de 1999 lograron conquistar el último desafío que quedaba en este planeta. Luego de casi tres meses de dura travesía fueron los primeros seres humanos en cruzar Campo de Hielo Sur en forma longitudinal -- cerca de 450 km. -- sin ningún tipo de asistencia externa. El final del recorrido de estos impresionantes hombres se situó al final del Seno de Última Esperanza, muy cerca de donde el glaciar Balmaceda reparte hielo al mar. Vaya este breve relato en honor de Pablo Besser, José Pedro Montt, Mauricio Rojas, y en especial a Rodrigo Fica a quien conocí como estudiante de ingeniería y lo consideré y respeté como el mejor ayudante de cátedra que me tocó. Hoy, mis respetos a los cuatro, por ser de los más grandes aventureros del mundo.
17 Febrero 1992 Ayer estabamos en Torres del Paine. Hoy, con la Claudia, vamos en un pequeño barco que salió hace unos minutos de Puerto Natales. Nos dirigimos hacia el interior del Seno de Última Esperanza. El día, a mediados de febrero, no da ningún asomo del verano del hemisferio sur. El paisaje es indescriptible. El verde domina, manda, reina sobre la tierra. Son Coihues de Magallanes milenarios, Lengas, y otras abundantes especies. Todo esto se ve adornado por las montañas que se ven a lo lejos, y en especial el color esmeralda oscuro del agua de mar. Éste es territorio de fiordos patagónicos. El místico espíritu de esta tierra se respira en el viento que corre raudo sobre la cubierta de la embarcación. Ya llevamos un par de horas de un viaje que pretende durar todo el día (o la gran parte de éste día al menos). Hemos visto mucha expresión natural: el mar, la costa, los bosques, pequeños ríos que entran al mar. Hace un rato pasamos por una impresionante pared de roca que domina uno de los bordes del seno. Esta pared estaba poblada por una colonia gigantesca de cormoranes. Nunca en mi vida he visto tantos coromoranes juntos. Es un espectáculo impresionante. Incluso el fuerte ruido de sus graznidos aumenta el atractivo. Creo que la atracción por esta visión se basa en la sensación de que la naturaleza realmente está en control. El hombre parece no tener importancia frente a estos elementos, que yacían en estas latitudes mucho antes que los mamíferos pensaran en existir. Hemos pasado mucho rato en cubierta y el frío nos hace entrar a la cabina a ratos. La Claudia está tapada completamente con su protectora parka y guantes, pero el día nublado, el viento y la temperatura clásica de la zona son más fuertes para opinar. Seguimos avanzando. Creo que llevamos cerca de 4 horas de navegación y hace unos momentos cruzamos muy cerca de una colonia de lobos marinos. Eran unos 30 ejemplares, entre los que había algunos machos claramente reconocibles por el tamaño. Muchas hembras, pero no vimos crías. Quizás no es la época. No sé. Este viaje encierra sorpresas en cada avance de la embarcación. Ya podemos ver a lo lejos el final del seno, y medio a medio, en una de las montañas se ve uno de los glaciares de Campo de Hielo Sur. Al igual que el glaciar Grey, en pleno corazón del parque Torres del Paine, estos ríos de hielo arrastran nieve congelada desde antes que ningún ser humano pusiera pie en esta región.
Hace unos momentos pude ver de cerca el impresionante Glaciar Balmaceda. El primero de dos glaciares que visitaremos hoy. Es una vista sobrecogedora. El tamaño impresiona cuando el barco logra acercarse a metros de la orilla. Se aprecia el Cerro Balmaceda dominando la visión, mientras el gran manchón blanco avanza a metros por día hacia el mar. Esta lengua blanca, rodeada de verdes e impenetrables bosques da una ligera noción de lo que significa el dominio de los hielos. Es impactante pensar que un gigantescoa manto blanco, llamado Campo de Hielo, se extiende más allá de esta "minúscula" salida congelada. El mar mantiene su color esmeralda, los bosques su color verde, y el hielo el blanco azuloso. No hay comparación, es un espectáculo único y especial. Unos cientos de metros más allá se ve un pequeño muelle donde nos dicen bajaremos para caminar unos 20 min. que nos separan por tierra del Glaciar Serrano. Mi papá que hizo este viaje hace un mes, me contó que se llega hasta el pie mismo del hielo. Me muero de impaciencia.
Son como las 16:00. Acabamos de volver del Glaciar Serrano. El espectáculo superó todas mis elevadas expectativas. No hay palabras para describir la sensación de pararse junto a murallón de hielo de proporciones impresionantes. Caminamos bordeando un bosque muy hermoso. El frío hizo que muchas personas desistieran y se quedaran a bordo esperando a quienes decidieron conocer en persona al gigante blanco. Salimos del muelle por un estrecho sendero que atraviesa el bosque inmediato. Mucho verde y todo muy húmedo por las recientes lluvias. Luego de unos minutos aparecimos al otro lado, a orillas de la laguna formada por el hielo derretido del Serrano. Ahí empezamos la aproximación a la pared de hielo que descansa sobre el agua. Es un sendero que va por el borde de la colina que separa esta laguna del mar y nuestra embarcación. Eramos unas 15 personas, mayoritariamente extranjeros. ¿Dónde están los chilenos? ... al menos ahí éramos dos maravillados con el imponente tobogán blanco. Al llegar al borde se puede notar cómo el hielo arrastra cualquier cosa que intente detenerlo. Las rocas son pequeños obstáculos para el río blanco. Nos sentamos a la orilla a asimilar lo que nuestros ojos recogían. Esa pared vertical del ventisquero, el cerro en la punta superior y el hielo, mucho hielo, que desciende metros por día para depositar tremendos bloques de hielo en la laguna. Ahora está lloviendo, pero por suerte no cayó agua en el rato que caminamos y estuvimos junto al glaciar. Teníamos la esperanza de ver como un pedazo se deprende y cae a la laguna formada a los pies del glaciar, tal como lo hemos visto en películas de otros lugares. No ocurrió, pero eso no opacó la impresión de conocer y tocar hielos que hace milenios vienen avanzando lentamente hacia el mar. En un rato más emprenderemos regreso para volver a dormir a Puerto Natales, pero la experiencia es tan fuerte que sé que el recuerdo no se borrará. Creo que la Claudia opina lo mismo. Ella está muy callada, pero alcanzo a ver la sonrisa en su congelada cara mientras mira por la ventana. Sé que ella los disfrutó aunque estará junto a la estufa por la próxima hora. Es como si la simple visión de estos "dedos" de Campo de Hielo Sur fuesen suficiente para congelar a cualquiera. ¿Me lo repetiría? ... ¡Por supuesto! |
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