
Angustia de fin de temporada es el calificativo con el que muchos pescadores de mosca describimos la sensación que nos invade a fines de cada período de pesca. El fin de temporada 1995 - 1996 no sería la excepción para otorgar dicho adjetivo a nuestra última salida. Esta vez el itinerario se centraría en Chiloé Continental, lugar donde visitaríamos hermosos ríos y canales, y uno de sus más conocidos fiordos. Concretar la captura de hermosos ejemplares de arcoiris y más de algún maduro salmón, constituían nuestro principal objetivo. Descubriríamos asimismo, nuevos destinos para la práctica de la pesca con mosca. Claudio, Eduardo y el Conejo de la Suerte, formaban el grupo de avanzada. A éste nos uniríamos junto a Ignacio -- debido a nuestras labores en Santiago -- el último fin de semana de mayo. Tanto él como Eduardo incursionaban por primera vez en la práctica de la mosca... Avanzada la noche del jueves 2 de mayo y aún en Santiago, recibía un llamado telefónico del Conejo de la Suerte desde Chiloé, quien me comunicaba de la captura de un pesado chinook de 9 kilos a orillas del Río Cholgo. La faena había tomado más de una hora, junto a una Woolly Bugger negra vestida con abundante flashabou y un gold bead en su cabeza. ¡Constituía su récord personal con mosca! El relato no terminaba ahí. Habían logrado, tanto en el Cholgo como en el Lenca, un importante número de arcoiris por sobre un kilo de peso. Eduardo por su parte, había conseguido sus primeros ejemplares de arcoiris con mosca. Difícil sería reconciliar el sueño a partir de tan notable reporte. Era -- ¡finalmente! -- mayo 3 y hora del despegue. Un Ladeco dejaba la loza de Arturo Merino Benítez cerca de las 14:00 horas. El servicio de almuerzo de a bordo consistía sólo en un sandwich... Junto a Ignacio comentábamos de la pobre calidad en atención al cliente y de la esbelta figura que lucía nuestra buenamoza jefa de vuelo. El último ejemplar del Fly Rod & Reel me acompañaba con la lectura, aunque, debo reconocer, la aeromoza despegaba a ratos mis ojos de dicha revista. Puerto Montt se encontraba cubierto y frío. Reconfirmamos nuestros pasajes aéreos en El Tepual, para luego automóvil en marcha, conducir destino a Hornopirén. A tiempo preciso para alcanzar el transbordador. Cerca de las 20:00 horas nos encontrábamos con el grupo de avanzada. Un brindis, buena comida y a preparar los aparejos para un nuevo día de pesca con mosca. El insistente e irritante sonido del fatídico despertador nos ponía de pie. Espesa niebla se difundía en el aire. Un apetitoso desayuno se entremezclaba con el vaivén de las olas. El mar se encontraba calmo y la visibilidad escasa. De madrugada navegábamos rumbo a Quintupeu, tierra que nos depararía más algún embrujo. Una vez en el río que vaciaba su cauce en el fiordo, y la marea comenzaba con sus estragos. La sorprendente velocidad con que avanzaba nos obligaba a vadear con cuidado extremo. Varias arcoiris caían en el intertanto, presa de Woolly Buggers, Marabou Muddlers, y la sorprendente y ya descrita creación del Conejo de la Suerte. En tamaños 4 y 6, y colores negro, oliva o blanco. Con abundante flashabou. Todas nuestras cañas se cargaban con shooting tapers, a excepción de la que Eduardo controlaba, quien prefería una Sinking Tip III fabricada por Cortland. Me preocupaba Ignacio. Era ésta su primera aventura con mosca. Notaba cómo con perplejidad contemplaba la danza de la cola de rata por el aire. Y cuán difícil le parecía su movimiento. Inalcanzable. Imposible. A mis espaldas escuchaba disparos fotográficos. El paisaje sobrecogía. Grandes y escarpadas laderas depositaban una frondosa selva húmeda sobre la superficie. Algunos picachos nevados y gran profusión de siempre verdes coihues. Era ésta parte de mis numerosas visitas a Quintupeu y su maravilloso río. Primera para Eduardo e Ignacio, quienes lentamente se reponían de la impresión por las vistas con que madre natura los regalaba. Me confidenciaban: "Es éste sin duda, uno de los parajes más hermosos de todos los que hemos visitado a lo largo y ancho de Chile..." El Conejo de la Suerte concretaba a su haber y a pocas horas de haber arribado - de ahí su apodo - sobre una docena de ejemplares de arcoiris. Varios por sobre los tres kilos de peso. Y Claudio a la siga... Marea alta. Tiempo para regresar al bote e intentar remontar algunos metros por el Río Quintupeu - El Salto. Y para explicar a Eduardo e Ignacio que junto con la subida de marea, harían lo propio no pocas truchas. Ancestral hábito migratorio. Esta vez, producto de la cercanía de la vegetación a nuestras espaldas, reemplazábamos largos back casts por cortos y precisos roll casts. Y continuaban los piques de grandes ejemplares color plata, engalanados por ocres y rojos vestidos nupciales. El Conejo de la Suerte conseguía el trofeo del día. Una hermosa arcoiris por sobre cuatro kilos. Claudio hacía lo propio junto a Eduardo, quien anotaba su récord personal con una arcoiris de dos kilos. Ignacio caía al agua... y yo aún no conseguía un pique. Un no despreciable número de prendas ofreceríamos al pobre calor del tenue sol de mayo. Almorzábamos Eduardo, Ignacio y Don Otto, nuestro capitán. Buena cantidad de truchas subían en busca de grandes mayflies color oliva -- similares a las americanas Green Drake -- las que eclosionaban cerca del mediodía. Tomaban emergentes. Se interrumpía la eclosión, sin embargo, con la llegada de un segundo bote. Aceleraba y rugía su motor. Poco educada y sorpresiva compañía, dos desconocidos iniciaban los lances de mosca sin respeto a nuestro espacio. Rememoraba la buena educación con que norteamericanos y europeos dan práctica a este deporte. Su silencio y cortesía. El reconocimiento del lugar y todo su entorno. Claudio y el Conejo se mantenían río arriba en una fiesta de piques, protegidos por la sombra de amplios pangues. Los restantes decidíamos subir al bote, intentando desde éste hacia el río. Ignacio cogía su primera trucha. Y la segunda. Finalmente llegaba mi turno. Y otra vez. Y otra vez. Eran pocas las ocasiones en que me había enfrentado a peces con tanto vigor. Sorprendían. A Eduardo también. Particularmente, luego que clavara mi mosca en su mejilla. No recordaba otra ocasión igual en todos mis años de mosca. Una fuerte dosis de adrenalina y los gritos de dolor de mi "presa", provocaban algo más que temblor en mis manos. Afortunadamente ésta se encontraba sin rebarba. Eduardo me consolaba: " Siempre existe una primera vez". Mi Bunny Leech caía graciosamente desde su mejilla al río... ¡Qué espectáculo! ¿Y si ésta hubiese tenido rebarba? Hora para sentarse y reflexionar respecto de la angustia de fin de temporada. Otra vez todos reunidos junto al bote, emprendimos el regreso río abajo. Nos encontrábamos con media marea, la que descendía raudamente. Eran nuestros últimos lances hacia los canales que aparecen con baja mar. Conseguiríamos otra buena cantidad de ejemplares, los que invariablemente regresaban al azul intenso del profundo fiordo Quintupeu. Ignacio y Eduardo no sólo se habían iniciado en la mosca, sino en la práctica del catch & release. Aparición de profusa niebla nos anunciaba la hora del regreso. Acompañados por juguetonas toninas y un inolvidable atardecer lavanda, regresábamos finalmente a puerto. Al calor de la leña, el recuerdo del día, y una apetitosa cena, celebramos un glorioso paseo de pesca con mosca. Confieso que soñé con mi Bunny Leech... Amanecía y algunos nubarrones oscurecían el cielo. Amenazaban con lluvia. Se iniciaba el último día de pesca de la temporada. Coincidíamos en preferencias; repetiríamos un buen destino del grupo de avanzada. Nos dirigíamos al Río Cholgo. En éste nos dividiríamos en dos grupos. Eduardo, Claudio y El Conejo de la Suerte recorrerían el tramo alto del mismo, poco afectado por la cambiante marea, y con una no despreciable población de Ephemeropteras - mayflies - y Trichopteras - caddisflies. Junto a Ignacio en tanto, trabajaríamos una larga profusión de canales y pozones en su tramo bajo, muy cercanos al mar. Estos últimos con una buena cantidad de pancoras, alevines de salmonídeos y pequeños pejerreyes chilenos. Nos enfrentaríamos en dos tramos del mismo río, a muy disímiles condiciones de hábitat y alimento. A poco andar, ya habíamos cobrado un gallardo ejemplar de arcoiris cercano al kilo en peso. Nuestros patrones imitaban pequeños alevines. Esta vez el Cholgo se ofrecía limpio y transparente, por lo que llamativos colores no eran necesarios. La profundidad no excedía de un metro, y en algunos lugares el río corría extremadamente fuerte. Ello hacía el vadear, en ocasiones complicado, debiendo mantener sumo cuidado al hacerlo. Ya casi en la boca del río y enfrentando un sonoro cauce que fluía al mar, una fuerte y vigorosa arcoiris caía presa de mi artificial. Utilizaba una Sinking Tip. Al cabo de algunos minutos, y habiendo enmarañado en más de una ocasión la línea con el carrete, la hermosa pieza cedía producto del agotador esfuerzo. Cuatro hermosos kilos regresaban a las aguas del Cholgo. Recordaba a Lee Wulff: "Un pez que lo entrega todo por librarse de un anzuelo, es muy valioso como para ser pescado sólo una vez..." Ignacio se encontraba a medio camino y sin pique alguno. Claudio, Eduardo y El Conejo de la Suerte corrían mejor suerte en el tramo superior. Habían conseguido una apreciable cantidad de arcoiris por sobre uno y dos kilos. Casi dragando con sus moscas, curiosamente sólo attractors, el lecho del río. Decidí regresar y unirme a Ignacio. Así éste lograba su primera arcoiris del día. Pequeña pero juguetona. Pocos instantes después, y luego de atar una ninfa de caddisfly tamaño 14, obtenía un interesante pique bajo una larga correntada - riffle. Esta vez utilizando una Cortland Sinking Tip III junto al popular método dead drift. Nuestros leaders eran cortos, nunca superiores a 7 ½ pies, junto a breves tippets. Cerca de 3 kilos de peso regresaban al Río Cholgo. Eduardo e Ignacio reunidos, habían decidido emprender una corta pero reponedora siesta a orillas del río. El cielo se encontraba gris y amenazante. Debíamos emprender el regreso dentro de una hora. Remonté el río hasta encontrar al Conejo de la Suerte y Claudio. Extasiados por las numerosas capturas y fortaleza de los ejemplares cobrados, me fue difícil hacerlos entrar en razón. El Conejo de la Suerte cerraba la temporada con una hermosa arcoiris de un kilo. Finalmente descendíamos... Con rapidez conducimos camino al transbordador. La ruta se mostraba con abundante tráfico. Comenzaba a sentir angustia de fin de temporada. Aún rondaba por mi cabeza una mosca en la mejilla de Eduardo... pero esta vez, acompañada con la posibilidad de malograr nuestro cruce en transbordador. Presionaba con insistencia el acelerador. No podíamos perder nuestro vuelo de regreso a Santiago. Junto a Eduardo e Ignacio teníamos compromisos importantes e impostergables el lunes siguiente. El Tepual era finalmente nuestro. Esta vez un Lan, proveniente de Punta Arenas, nos reintegraría al smog y stress capitalino. Vuelo placentero, acompañado de una buena cena y vino, más de alguno dormía junto al sonido de las turbinas. A ratos nos fastidiaba un trío de maleducados, los que con grueso lenguaje y altos decibeles, vociferaban estupideces. Nuestra Jefa de Cabina anunciaba que nos encontrábamos prestos al aterrizaje. El trío continuaba con su ordinaria verborrea, iniciando recorridos por el pasillo, haciendo caso omiso a la señal de cinturones abrochados. La tripulación montaba en cólera, recriminándoles por los altavoces e instándoles a seguir las normas correspondientes. Sentía cómo bajaba el tren de aterrizaje. Observaba por mi ventana cómo aparecían los flaps. El avión descendía y nos encontrábamos sólo a metros de la pista... cubierta por una más que densa niebla... ¡El 737 había rehusado el aterrizaje...! ¡Nos encontrábamos en una loca y circular carrera por conseguir mayor altura! "Señoras y Señores, lamentamos comunicar a Uds. que debido a las inestables condiciones climáticas que se presentan en estos momentos en el Aeropuerto Arturo Merino Benítez, nos vemos en la obligación de dirigir nuestro vuelo a la próxima ciudad de Mendoza, Argentina... ", indicaba la Jefa de Cabina. Ignacio adquiría un tinte azul en su piel... Me confidenciaba: "Nunca me ha gustado volar en avión. Menos en estas condiciones". Lo consolaba explicándole que ésta no era la primera vez que terminaba en Mendoza luego de abordar un avión a Santiago. Claudio y El Conejo de la Suerte aún no recababan en el hecho de que pasaríamos esa noche en el vecino país. Eduardo se lamentaba de sus compromisos del lunes siguiente. La loza del aeropuerto de Mendoza se encontraba infestaba de aeronaves chilenas. Siete al menos. El Capitán de la nuestra abandonaba la cabina para informar a los locuaces y maleducados compañeros de avión, que no serían conducidos de regreso a Santiago. Se escuchaban aplausos... Pasaría más de una hora para que pudiésemos finalmente descender e ingresar a inmigración. Un solo funcionario era el encargado de más de 600 inmigrantes chilenos... Un ómnibus nos transportaba, enlatados como sardinas, a algún hotel que la aerolínea hubiese escogido -- de su cargo -- para que pasáramos la noche. Primera parada: Hotel Plaza. De dudosa reputación y cayéndose a pedazos. Pasada una confusa hora en su interior -- con una turba de pasajeros que bramaba por una habitación -- un despreciable botones se dirigía a quienes aún no conseguían la propia, indicándonos a viva voz que el hotel se encontraba completo así es que debíamos hacer abandono del lobby de éste y regresar al ómnibus. ¡Qué educado! Segunda parada - cerca de las 3 de la madrugada: Gran Hotel Mendoza. ¡El Plaza era lujoso en comparación a éste...! ¡Sin comentarios! En fin, habíamos encontrando donde desvelarnos aquella noche. Llamadas telefónicas iban y venían. ¿Dónde están? ¿En Mendoza? ¿En Argentina...? ¿Qué les pasó? ¿Qué m..... hacen ahí? Ignacio bajaba por la escala -- el ascensor se encontraba malo -- desde la habitación que en el séptimo piso se nos había asignado. Contemplaba, a esa altura disfrutaba, su indignación, cuándo luego de consultar el nombre del encargado de nuestra habitación, le gritaba: "¡González... González! ¡Nuestra habitación no tiene toallas ni jabón! ! ¿Dónde c... está el jabón?! Angustia de fin de temporada. ¡Y en exceso! El día siguiente viajaríamos a Santiago, luego de más de cuatro horas de espera en el aeropuerto de Mendoza. Aún sueño con la mejilla de Eduardo y mi mosca... ¡y con González...! |
Pancora es un aventurero pescador con mosca. Esta es su
primera colaboración a Ríos & Senderos. |
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