Historia de Pesca con Mi Viejo

Texto: Francisco Werner F.

Ya hace muchos años que ocurrió la historia que comenzaré a narrarles a continuación. Érase una de esas típicas salidas de pesca que realizaba con mi padre y el que en esa época era nuestro compañero de pesca más fiel. Como de costumbre, salimos temprano, seis treinta de la mañana ya con todos los equipos necesarios listos en la camioneta y esperando a que llegara el tío, quién siempre llegaba cinco minutos tarde, mientras calentábamos el motor y pensábamos en que cosa se nos podía haber olvidado.

Partíamos relajadamente, teníamos todo el día por delante para dedicarnos a la pesca. Mientras salíamos de la ciudad, recorríamos las típicas calles por donde a esas horas de la madrugada debería haber algún repartidor de diarios en su bicicleta, para pedirle el "Austral" con las novedades de provincia que no interesan a muchos, pero que todos terminan leyendo. Luego pasábamos por el kilo de hallullas calentitas para acompañar los trozos de pollo que habíamos preparado el día anterior.

Cuarenta y cinco minutos más tarde, nos encontrábamos preparando la lancha con todo lo necesario para pasar un día entero recorriendo el lago. En marcha lenta saliendo del embarcadero se decidía cual sería el itinerario para las primeras horas de la mañana. Dependiendo de las condiciones del tiempo, las salidas de pesca anteriores y lo que los demás amigos pescadores contaban acerca de cómo se encontraba la pesca en el lago, decidíamos los puntos generales de la jornada, cuáles de las zonas recorreríamos y cómo distribuiríamos el día, entre una buena pasada de arrastre profundo buscando un fario que diera buena pelea, o si recorreríamos las desembocaduras para dedicarnos a mosquear.

Esta salida en particular se presentaba con muy buen tiempo, aunque las condiciones de pesca no eran de las mejores, muchos no habían tenido buenas salidas de pesca en las semanas anteriores, pero había que aprovechar el buen tiempo reinante, que generalmente no es el característico en la zona sur de nuestro país.

Salimos del embarcadero con un lago planchado como taza. Comenzamos a preparar las cañas de arrastre para aprovechar la cruzada del lago y el bajo que se encuentra en el medio de éste, cerca de la mayor de las islas. Como era característico, debido a mi corta edad, mi padre y mi tío preparaban las cañas, mientras yo tomaba el timón de la lancha. Mi padre me daba a elegir los implementos que utilizaría, pero él preparaba todo. Obviamente el tomar el control del timón, a esa edad, era un agrado para mí.

Una vez echadas las cañas al agua, venía el primer café de la jornada, mientras se conversaba acerca de las posibilidades de pesca. La mañana transcurrió lenta y calurosa, cada vez más calurosa y con muy poco viento, sin dejar en cuenta que no tuvimos ninguna picada. Rápidamente, al mediodía decidimos tomar curso hacia la desembocadura del río Licán. De esta manera aprovecharíamos para almorzar a la sombra y probar suerte mosqueando, ya que nuestro primer intento de pesca de arrastre no había sido muy fructífero.

Para todos nosotros la pesca con mosca era algo relativamente nuevo, para mi más que nada, ya que hace muy poco que mi viejo me había comprado un pequeño equipo usado para que aprendiera. En esos días mi técnica todavía no existía, por lo que luego de un rato de intentar dominar el arte, terminé lanzando la mosca con la corriente e intentando imitar que la mosca sumergida tuviera, según mi imaginación, un movimiento atractivo para un pez.

Unas cuantas horas probando en la desembocadura, con más enredos en los troncos y ramas sumergidos que picadas, por lo que a mí respecta, y un par de truchas que apenas sobrepasaban las medidas mínimas, y que de no ser por que eran los primeros ejemplares del día se abrían devuelto al lago, por parte de mi padre y mi tío, decidimos probar suerte nuevamente con el arrastre, aprovechando la suave brisa que se había presentado y que nos ayudaría a aplacar el calor reinante.

Un par de recorridos entre las "Chancheras" y la desembocadura del Licán, que más que subirnos el ánimo nos agravió, debido a la desaparición de la brisa y al gran calor reinante que éramos incapaces de capear dentro de la lancha y que nos hizo reconsiderar las condiciones de pesca de aquel día. La verdad es que todos teníamos ganas de volver, debido al excesivo calor reinante, pero la falta de ejemplares, en cantidad y en calidad, no nos permitía, por moral, terminar el día de pesca, teniendo en cuenta que eran las cuatro de la tarde, y teníamos pronosticado hacerlo hasta las ocho de la tarde por lo menos.

Así fue como se decidió cambiar el rumbo hacia la desembocadura del Gol-Gol. Una vez allí, anclamos la lancha a unos diez metros de la orilla, distancia que permitía, desde un lado de la lancha ver un fondo que se encontraba a muy poca profundidad donde se observaban algunas truchas de muy buen porte -entre tres y cuatro kilos- que se encontraban nadando lentamente contra la corriente, lo que las hacía parecer estáticas en un punto fijo del fondo. Esto nos incentivo nuevamente, por lo que rápidamente comenzamos a preparar nuestros equipos respectivos.

Una vez que todo estuvo listo, pase a tomar posición en la proa de la lancha, lugar desaventajado, ya que no tenía la perspectiva de observar los ejemplares que se encontraban junto a la lancha, pero en la parte posterior. Sin más que hacer, que escuchar cómo mi padre y mi tío lanzaban directamente a cada una de las truchas, alegando cada vez que alguna de ellas hacía alguna intención de seguir la mosca, pero sin picarla, me dedique nuevamente a dejar correr mi línea con la corriente, donde afortunadamente la profundidad de la desembocadura hacía menos probable el enredarme con alguna rama sumergida y donde no existían ramas en la superficie. Así me mantuve durante un largo rato, dejando correr la línea que se hundía lentamente tirada por la corriente, algunas veces soltando una buena cantidad de lienza, pensando en que mientras más sé acercase la carnada al fondo -donde yo suponía que deberían estar los peces- más posibilidades tenía de pescar algo.

Durante un buen rato todo transcurrió así, los viejos intentando sin mucha suerte pescar una de las truchas que veían, y yo lanzando placidamente mi línea con la corriente, hasta que ocurrió lo que para mí era improbable, me enganché nuevamente en una rama. Silenciosamente, para no recibir el esperado "¡te lo dije!", comencé a recoger lentamente la línea, de manera de probar si se soltaba o si la rama se rompía y me dejaba libre, sin la necesidad de que mi tío o mi padre se dieran cuenta. Mientras lo intentaba, noté que podía recoger lentamente, ya que la línea venía muy pesada, aunque sin ningún tirón que me indicara que lo que traía podía ser un pescado. Continué recogiendo lentamente, hasta que a la mitad de camino, la línea comenzó a tirar y a dar una gran vuelta hacia el otro costado de la lancha. Mi alegría, inicialmente por que no era una rama, fue en aumento, ¡era mi primera picada del día! Rápidamente le avisé a todos y cambié mi puesto para que la línea no pasara por debajo de la lancha y se pasara a enrollar con el motor. Ya quedando cinco metros de lienza, mi euforia creció a un nivel máximo al saltar el pez totalmente fuera del agua y al escuchar a mi padre decir que era un fario. Me preparé para forcejear un rato, ya que los farios del lago Puyehue se caracterizan por sobre los de otros lagos, por dar la mayor pelea cuando están más cerca del bote. Luego de veinte arduos minutos, logré dejar al fario a un metro de la lancha, donde rápidamente mi padre tomo la línea para lo dentro del chinguillo, un segundo más tarde estaba vuelto loco sobre la lancha y todos lo observábamos con cara de triunfo, obviamente yo en especial. Luego de darle el característico "tate quieto" y sacarle la mosca que se había tragado totalmente, lo colgamos en la pesa, para determinar su peso, el resultado: una hermosa pieza de seis kilos y medio, el fario más grande que yo había pescado hasta ese momento (marca que hasta hoy en día no he logrado superar).

Nuestro júbilo fue tremendo, no sólo por la mala pesca que habíamos tenido durante el día, sino por la hermosa pieza que había conseguido y que nos permitiría volver a casa con la frente en alto.

Ya hace casi diez años que ocurrió la historia que acabo de narrar. Gratos recuerdos que nunca voy a olvidar. Hoy es uno de esos típicos domingos, clásica salida de pesca con mi viejo y un tío.

El tiempo ha pasado para todos, nuestro compañero de pesca ya no es el mismo que el de hace algunos años. Yo ya no salgo tanto a pescar con mi viejo, las condiciones ya no se dan tan apropiadas como en esos días de mi niñez. Los estudios en la universidad y las responsabilidades que eso implica me han distanciado un poco de la pesca, ya no es tan fácil poder ir casi todos los domingos a dar una vuelta al lago. Ahora salgo más con amigos, a lagos y lagunas de más difícil acceso, a pié y con la carpa y el bote inflable en la mochila, un par de tallarines para acompañar la pesca del día...

Pero no por eso dejo de acompañar a mi viejo en las clásicas salidas, aquellas donde aprendí las artes de la pesca, donde por primera vez aprendí a hacer un nudo pescador, donde por primera vez aprendí a lanzar, donde saqué mis primeros salmones, donde perdí infinidad de cucharas, moscas y lienza...

Hoy es uno de esos días. Al mando del timón y con el primer café de la mañana en la mano, sintiendo como la fría brisa de la madrugada me entumece la nariz. Avanzamos rápido, intentando mantener todas las cosas en su lugar, mientras que cada impacto de la quilla con una ola las vuelve a desordenar. Entre ellas está la vieja agenda azul desteñido... la Bitácora, aquel librillo donde están anotados todos los salmones que hemos sacado en el Puyehue, la hora, el lugar, la herramienta utilizada, el tipo de pieza obtenida y quién lo pescó. Ya hace algunos años que dejamos de utilizarla. La razón de ello, me doy cuenta en este momento, que no la sé; pero continúa acompañándonos en cada salida, ya es parte de la historia de la lancha. Dentro de sus páginas está ese gran día, el gran fario. Al mirar la página, recuerdo como si fuera en este momento cuando pesqué esa gran pieza.

Recuerdo con nostalgia aquella salida de pesca... No por ser la de mi récord de pesca hasta el día de hoy, sino por que, como aquella vez, aquí vamos nuevamente con mi viejo, con la emoción de un gran día de pesca por delante. 


Esta historia fue enviada por Francisco Werner con motivo del Concurso 2003 de Historias de Pesca, organizado por RiosySenderos.com.


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