Hoy es un Día Triste - Eduardo Schwerter P.

Concepción. Domingo 14 de Mayo del año 2000. Hoy es un día triste. Atrás quedan aquellos minutos junto a un río. Inolvidables momentos de compartir un curso de agua con quienes nunca pensé conocer. Con personas que en su mayoría, eran desconocidos. Raro, y sin embargo, no lo parece. O así lo percibo.

Atrás quedaron días de ansiedad previa a una salida de pesca, en que buena parte de mi parafernalia se encontraba preparada desde largo. Aquellas vigilias de atado en lugares de alojo, reponiendo mil moscas perdidas en el lecho del río. O aquellas de las que algún potencial o imaginario trofeo se había hecho. Acompañado, a veces, de un reponedor trago que soltaba risas. De recuerdos y anécdotas de la jornada, mientras que con alardes de destreza se confeccionaba el patrón. Fueron otros los momentos en que en silencio, y más apartado del todo, giraba un hilo intentando que material de atado alguno abandonara su espacio. Cuidando formas y proporciones. Memorias de aquel pasar frente a mi tablero y un par de cartones, procurando dar vida a ese proyecto de fin de año.

Amo lo que estudio y mi trabajo, pero con una mano en el corazón debo reconocer que, a pesar de que grafitos, escalímetros, escuadras, anzuelos, hilos, plumas o cementos, converjan en un mismo punto, siempre habrá tendencia hacia el que imaginan. A pesar de que ambos despierten aquellas emociones más profundas en mi persona. Fueron grandes momentos. De mosca y arquitectura. De arquitectura y mosca.

Esta temporada fue la primera en muchos ámbitos. Sabía, previo a su inicio, que sería muy especial. Con algunos conocimientos adquiridos, incursionaba por vez primera en el mundo del atado. Comenzaba a obtener una noción más o menos clara de la pesca con mosca. Digo clara, por una cuestión de principios. Por haber aprendido a mirarla con otros ojos. Por comprender parte de su mágica esencia. Gran metamorfosis del cambio. Y era hora de ponerla en práctica. Así comenzó ésta.

Ansioso de mojar mis líneas, tomé mis cosas y armé viaje coordinando, no obstante los compromisos universitarios. Me fui al campo. Era en aquel lugar donde debía dar inicio a esta especial temporada. No había otro lugar. Cuestión personal.

Junto al Opapa

El fundo "La Carpa", más conocido por mi familia como "El Campo", era donde se habían dibujado mis primeros esbozos como pescador. Con sólo nueve años de edad, la figura de mi abuelo, el Opapa, había constituido el motor en esto de la pesca. Una que nos llenaba por completo al momento de hablar de "El Campo". Su metro noventa y cinco, y sus 120 kilos, sin duda le ayudaban. Sus historias y aventuras relacionadas con la pesca, convocaban a más de un nieto, hijo, o quien se encontrare rondando cerca, dando espacio a largas charlas que no detenían apetito alguno. Al menos, cuando no era el suyo. Despertaba la inquietud en algunos de nosotros el poder compartir una experiencia de pesca junto a él. Privilegio de pocos, sin embargo. Por nuestra corta edad, no obstante, estabamos atrás. Bien atrás en la fila. Fue así como, sin poder esperar, decidimos aventurarnos solos.

Recuerdo muchas jornadas junto a mi primo y gran compañero de pesca, Claudio, las que corrían de sol a luna. Una botella de jugo y dos sándwichs, representaban toda nuestra provisión para conquistar al Río Hueyusca. La pesca era relativa. Días buenos y días malos. Fuera como fuera, el retorno no era un simple llegar a casa, comer y descansar. Previo, y como pasada obligada, estaba la oficina del Opapa.

"¿Y, cómo les fue? ¿Pescaron algo? Ya no hay nada en estos ríos. No entiendo para que van a pescar, si poco y nada hay. No es como antes. Apuesto que perdieron todas las cucharas que les presté", palabras que aparecían al escuchar nuestros pasos por la galería rumbo a su oficina. Si la pesca era buena, "Unos dos de esos hubiesen estado bien", y si era mala, "¿Ven? Les dije. ¡Si aquí ya no hay nada!". Luego de aquellas parafreasadas, aparecía la historia de rigor.

Aquella casi marcial conducta, nos motivaba a volver día a día al río, en busca de aquel pez que satisfaciera al Opapa. Sin darme cuenta y con el pasar de los años, llegué a pensar que pesca no era más que cobrar la mejor pieza, para luego de darle muerte, exhibirla a sus ojos, deleitándome con su expresión, que de seguro no sobrepasaría de un leve gesto. Más tarde comprendería el significado de fondo de aquello con que el Opapa nos sermoneaba.

Río Hueyusca

Capítulo aparte eran los programados viajes a Llico. Todo un operativo previo encerraba a los mismos. Carreras para allá y para acá. Viajes a Fresia y Puerto Varas. Compras de víveres y todo cuanto se debía llevar. Es que estando allá, ya nada se podía hacer. Lo que se había olvidado, olvidado estaba. Por parte nuestra, nos encargábamos de estorbar, haciéndose acreedor más de alguno, a un buen palmetazo o correctivo. Nunca, sin embargo, del abuelo. Y así, luego de haber molestado un rato... ¡A lo nuestro! Vamos armando carretes y cambiando líneas, guardando las cucharas nuevas y sacándole brillo a las viejas, y husmeando en la caja del Opapa antes de que le pusiera llave. Finalmente, a cargar la lancha, el camión, y a Llico los boletos.

El viaje hasta Maichihue, lugar donde se botaba la lancha, se hacía eterno. Pero entretenido. Todos, atrás en el camión, como animalitos al matadero. Entre ellos tíos, tías, hermanos, primos por "chorrera", y hasta mi padre. ¿Y el Opapa? De copiloto, siempre. Una vez la lancha en el agua, nos esperaba un viaje de tres horas río abajo entre la Cordillera del Sarao, bosques de alerces milenarios y flora nativa, los que se presentaban como anfitriones. ¿Y nosotros? ¿En la lancha? ¡No! Los chicos, en el "Recorrido", lanchón público de mala muerte y con motor de camión, que demoraba dos horas más que la lancha. Con todas las cosas para nuestra estadía, más de alguna vez la invitada de piedra se hizo presente en estos viajes. La lluvia. Con una manta o "Poncho de Castilla", y ya estaba.

La pesca en Llico era diversa. Por ser una barra, brindaba desde corvinas hasta pejerreyes. Algo más arriba, robalos y truchas. Eran sin duda, estas últimas las que ansiábamos. Arcoiris y marrones.

Las mañanas eran duras. En especial, cuando la noche anterior y bajo regaños por parte de los adultos, disfrutábamos hasta altas horas de la madrugada con aquellas partidas de truco en las que el abuelo se lucía con sus versos algo picarescos. Propios de aquel juego. "Anoche te ví María, en las puertas de un quilombo, con una flor en cada teta, y las polleras al hombro". Toda una fiesta y un tronar de risas.

Un leve olor a fritura insinuaba despertarnos a eso de las 7 AM. Era él, el Opapa, sirviéndose el desayuno. Pejerreyes "Al Aguaite". En aquel entonces, el erguirse de cama a suelo era un proceso sigiloso. Tomaba buenos minutos. ¿La idea? No despertar a otro. Mi abuelo hacía sonar caña y caja de pesca. Había que apurarse. De lo contrario, la pelea sería fuerte, y el resultado, terminar pescando pejerreyes en la barra.

En la lancha, sólo podían pescar tres simultáneamente. Una vez dentro de ella, los esfuerzos por conseguir el desembarque eran casi siempre infructuosos. Así comenzaba una jornada de pesca embarcado con el Opapa. La clásica vuelta por la barra intentando tentar a una que otra corvina, representaba el infaltable primer destino. Para nosotros, nada muy emocionante. Luego venía lo bueno. Río arriba era lo que seguía en el itinerario.

Las jornadas mañaneras eran invariablemente acompañadas de largas y variadas historias. Historias que se repetían día a día, y cuantas veces fuere necesario. Un pequeño entremés acompañaba a la pesca. Y así también, los infaltables caramelos y golosinas, que emergían mágicamente de entre su "paletó". Así pasaba la mañana. Con o sin pesca, nunca dejaba de ser un momento especial. Como es dable imaginar, logro máximo era conseguir una captura ante sus ojos. Sus elogios ponían celoso a cualquiera. Debo, sin embargo, reconocer como pocas las ocasiones en que ello ocurrió. Nunca pescamos mucho con el Opapa en la lancha.

Así pasaron los años, y como es lógico, comenzamos a tomar caminos distintos entre los primos. El verano, no obstante, siempre nos reencontraba. Fue así como un día decidí aventurarme en la pesca con mosca. Con ideas más que vagas y una que otra referencia de mi abuelo, adquirí mi primer equipo. Comprendía que como poco y nada conocía de mosca, debería entregarme por completo a merced del vendedor. Así fue. Hoy me doy cuenta que aquel tipo debe haber dominado el tema menos que yo. Contento y con una sonrisa de oreja a oreja, me retiré de aquella tienda, junto a mi flamante y primer nuevo equipo de pesca con mosca.

No sería otro río que no fuese el Hueyusca donde mojara la línea por vez primera. Escribo mojar, pues no creo que se le pueda llamar casting a eso. Sin embargo, como aquel curso de agua me había visto crecer, conocía hasta el más mínimo tronco que yacía en su lecho. Gracias a ello, mis capturas no fueron efímeras. No obstante, al no contar con asesoría técnica alguna, la impotencia de no poder adentrarme ni tres metros río adentro con la línea, me embargaba por completo. Por momentos y angustiado, sustituía moscas por fierros, y seguía con la pesca. Con el tiempo fuí mejorando, y a la vez, pasando más tiempo con la caña de mosca que con la de fierros.

Así transcurrieron dos temporadas. Hasta que en el receso de la última y por motivos ajenos a la pesca, obtuve un computador. Paralelamente y gracias a buenas ofertas en el mercado, conseguí tres meses de internet gratis. Fue entonces cuando husmeando, descubrí a Ríos y Senderos ® en la red. Con su contenido logré alcanzar una noción más clara y completa de lo que era la pesca con mosca, percibiendo que iba mucho más allá de donde vez alguna pensé podía llegar. Adquirí mucho de lo que hoy confieso saber. Y entendí el sentido profundo de las palabras de mi querido Opapa.

Me sentía parte de la mosca. Quería experimentarla pronto. Sin embargo, algo me hacía sentir incompleto. Algo que estaba dispuesto a asumir, pero que no comprendía en plenitud.

Allí llegué. Al Río Hueyusca. Así es. A inicios de esta temporada. Una muy especial. Mi primera temporada de pesca sin él. El Opapa nos había dejado hacía tres meses. Era duro. Muy duro. Muchas cosas atravesaban por mi alma. Por vez primera, río y entorno, no eran lo suficiente para consolarme. Fue entonces y junto al río, cuando comprendí que pesca significaba para mí mucho más, de lo que alguna vez había llegado a imaginar. Entendí que pesca era más que capturar un pez para mostrárselo al querido Opapa, porque a pesar de que él ya no estaba con nosotros, yo seguía ahí. En el río. Y de pronto, sin percibirlo como acción conciente, devolvía todas las truchas que pescaba. ¿Por qué?

Hoy, mi querido abuelo está en lo más alto. Y es, y será, testigo por siempre, de toda y cuanta trucha pesque. Exista foto o no la exista. La exhiba o no la muestre. Cada vez que lo haga, estaré con él. Íntimamente. Y lo recordaré. Hablaremos. Y disfrutaremos. En privada comunión.

Fue entonces cuando sentí ser un pescador con mosca de verdad. Probablemente con un aún deficiente casting, y con mucho por aprender. Pero con la esencia de esta práctica arraigada en lo más profundo de mi alma y corazón. Gracias a quien no la practicó nunca.

Me encontraba preparado para abordar otras experiencias. Fue así como en una mágica sesión de aquel cálido chat de Ríos y Senderos ®, comenzó a darse forma a un viaje por la X Región de Chile. Uno que prometía nuevas experiencias. Aquello fue lo que me motivó a subirme al carro sin pensarlo mucho, dejando en segundo plano el presupuesto y cómo conseguirlo. Era uno de los confirmados para aquella aventura. La emoción incluía conocer en persona a "Vito" y "Jdpx" (hoy "Jota"), con quienes había compartido largas sesiones de chat, las que en ocasiones se extendían hasta altas horas de la madrugada. A "Tallo" ya lo conocía, pero no dejaba de ser un gran placer el volver a verlo. Éramos todos los que éramos.

El viaje fue todo un éxito. Visitando lugares maravillosos, compartimos como si de años nos conociéramos. Además hubo pesca con mosca, y de la buena. Señalo además, por una cuestión personal. El sólo hecho de haber podido reunirnos en aquellos ríos, disfrutando con lo que más me gusta, el haber puesto en práctica todo lo adquirido, el haber compartido momentos con mi abuelo en lo más profundo del silencio y del entorno, dejaban al pique de una trucha, sólo como la consecuencia de haber captado la esencia primordial de la pesca con mosca. El broche de oro para un maravilloso viaje.

Hoy termina esta temporada. No habrán piques ni capturas hasta casi terminada la primavera. Nos espera un largo período de letargo, que finalmente acaba con algunos gruñidos. Malos ánimos que en ocasiones pagan nuestras parejas o seres cercanos. Tiempo que, sin embargo, corre rápido, al atar de nuevos patrones, al dar lectura a innumerables textos, al contemplar nuevos videos, al disfrutar con Ríos y Senderos ®, o al simple recuerdo de la esencia y los gratos momentos en el río o en el lago. Y es que la inactividad y el no estar cerca de un río por largo tiempo, nos pone nerviosos y nos angustia. Es entonces cuando debemos aprender más, y reflexionar acerca de lo adquirido durante la pasada temporada. En mi caso, quizás, más fácil en esta ocasión. Lo adquirido y comprendido en esta temporada, trascenderá por sobre todas las venideras. De ello estoy seguro.

Gracias a tí Opapa, que me regalaste con la luz para comprender la trascendencia de muchas cosas, sobre las que otros aún no recaban ni entienden. Gracias nuevamente. Nos veremos próximamente en el río. Sí. En el Hueyusca.

Y para Uds. los lectores, hasta la próxima temporada en el río, practicando la pesca con devolución.


Estudiante de Arquitectura en la ciudad de Concepción, Eduardo Schwerter se confiesa un devoto de la pesca con mosca, luego de pasados años de fierros e indumentaria pesada. Esta es su primera contribución a Ríos y Senderos ®. En ella destaca la importancia de la familia en el cultivar los valores morales más trascendentes en los niños, y el amor a la misma. Un ávido visitante del chat de esta revista bajo el seudónimo de "Edys", destacan su simpatía, sencillez y calidez. Esperamos verlo con más artículos de la magna talla de éste, en un futuro muy cercano. ¡Gracias Eduardo! A Eduardo puede contactársele en colaboradores@riosysenderos.com


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