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Durante un buen tiempo pensé que la pesca en Rusia, o Unión Soviética en esos tiempos, no salía de los prehistóricos esturiones beluga del Mar Caspio. Tiempo después se comenzaron a ver artículos de pesca en Rusia y Mongolia en revistas especializadas, con salvelinos o char gigantes tragando imitaciones de ratón en superficie. Todo demasiado exótico, demasiado lejos, y sobre todo, demasiado caro. Años después, por una serie de combinaciones aleatorias, que en este caso llamaremos simplemente suerte, partí a pescar por siete días al suroeste de Alaska. Un privilegio, sin duda, pero lo que de verdad me quitaba el sueño era que pasados esos días estaría sobre un avión ruso en ruta hacia la península de Kamchatka en la porción más oriental de Rusia.
Dejemos lo que ocurrió en Alaska para otro relato y ya estamos en viaje desde Anchorage, Alaska hacia Petropavlovsk Kamchatsky, a bordo de un avión extraño que me hacía pensar en un Lada volador. Minutos antes del aterrizaje, la vista por la ventanilla era espléndida, grandes extensiones de bosque, numerosos volcanes de conos nevados y pequeños asentamientos humanos. Por lo complejo que había resultado conseguir las visas para Rusia, no podía disfrutar del todo estar allí hasta pasar aduana. Por suerte no hubo complicaciones y el pueblo me recibió con su gastada estética comunista, infinitos símbolos desconocidos y conductores suicidas. Al otro día me tenía que subir a un tenebroso helicóptero de la segunda guerra, del que había escuchado los peores comentarios, para llegar al río “Two Yurt”, una extraña traducción del nombre original (que no recuerdo). Al día siguiente, Víctor (cómo no), el encargado de logística, nos movió en un extraño tour por la ciudad, evadiendo los problemas con el helicóptero que ya todos intuíamos. Víctor insistía en esta conducta infantil, hasta que lo presionamos para que nos diera información “de verdad”. Las noticias no podían ser peores, nuestro helicóptero había caído hace un par de días mientras llevaba funcionarios de gobierno a evaluar las instalaciones de un yacimiento petrolífero. Todos habían muerto y el rumor era que la mafia rusa, histórico dueño de todos los oscuros negocios (particularmente en el caso del crudo), había cortado cables en el sistema eléctrico del helicóptero. Todo esto nos parecía tan kafkiano que hicimos lo posible por no obsesionarnos con el tema y comenzar con la búsqueda de un nuevo helicóptero.
Tras dos días perdidos la única opción era un bus que viajaría quince horas hacia un pequeño poblado y desde ahí buscaríamos opciones para llegar al río (había una base de helicópteros cerca del pueblo). El viaje fue tortuoso, el espacio entre asientos era absurdo y además llevábamos un grupo de cazadores que olían peor que el aliento de los osos que esperaban cazar. Llegamos al ínfimo poblado, cansados y obsesionados con estar en el río de una vez. Con nuestras cinco palabras aprendidas en ruso y muchos gestos, dimos con la base de helicópteros, que parecía inactiva desde la segunda guerra mundial. Luego de frustrantes intentos de comunicación, nos prometieron llevarnos al campamento base a la mañana siguiente. Esa noche dormimos con gran ansiedad, y temprano por la mañana, rodeados por una nube de ínfimos mosquitos, nos subimos a un gigantesco helicóptero. Gran parte de su fuselaje estaba cubierto de aceite quemado. Sin decir nada, nos miramos como diciendo “ya estamos acá, que pase lo que tenga que pasar”. Mientras el rotor aumentaba en revoluciones, una escandalosa vibración sacudía la nave. Nada parecía indicar que esa mole se separaría del suelo, hasta que vi los pies del piloto accionar los pedales, inclinar el helicóptero hacia delante y partir.
Grandes extensiones de bosque se observaban desde las pequeñas ventanas circulares. Mientras atravesábamos valles transversales, aparecían grandes volcanes y el terreno se hacía más abrupto. De pronto, el piloto decidió aterrizar sin previo aviso. Según él, había mucho viento. No nos demoramos mucho en entender que lo que quería era chantajearnos para que le diéramos más dinero. Varios minutos de garabatos y gestos incomprensibles que ahora me parecen graciosos y aceptó volver a despegar, pero sólo hasta el campamento tres, lo que presentaba el gran problema de no encontrarnos con nuestro equipo, que estaba en el campamento base, varios kilómetros río arriba. La desesperación por pescar era tal, que hicimos un rápido cálculo de las provisiones que teníamos, y decidimos que de no alcanzar, comeríamos tímalos, que nos habían asegurado eran muy numerosos en el río.
Armamos campamento en unos pastizales junto al río. Todo muy funcional, nada de lujos. Sabíamos que algunos lanzamientos serían la mejor terapia para olvidar los extraños días pasados, así que saltamos al río y nos repartimos lo mejor posible.
El río tenía una pendiente mayor a la ideal, sin grandes pozones y con rápidos bastante blancos, sin embargo, a los costados, los sauces y rocas medianas formaban socavones y bolsillos muy atractivos. Un par de lanzamientos para ajustar la mano, y los piques no se hicieron esperar. Las robustas arcoiris rusas picaban con abandono casi todo lo que probamos. Para mí la mejor mosca fue un híbrido entre una Mickey Finn y un Muddler Minnow, pescada perpendicular a la corriente y con swing largo abajo. Realmente el río se presentaba como un laboratorio en que las truchas aceptaban cualquier error del pescador como una manera nueva de alimentarse. Para mí, la única mala noticia era que no existen las marrones en este río, pero los consuelos eran varios; los tímalos o “grayling” eran numerosos en todos los sectores que no eran evidentemente trucheros. Los tímalos son hermosos salmónidos con una espectacular aleta dorsal, brillos tornasoleados y una festiva vocación por alimentarse en la superficie. Al segundo día ya habíamos seleccionado algunos pozones en que los tímalos eran muy generosos catadores de todo tipo de moscas y técnicas experimentales.
Como con todo lo abundante, pronto deja de ser atractivo (con excepción probablemente del vil metal), decidí buscar los exóticos salvelinos río arriba. Sabía que los coloridos salvelinos árticos o “arctic char” habitaban el río, pero mi obsesión era encontrar una especie endémica que los locales llaman “khundja” y en los libros aparece como “salvelino siberiano de manchas blancas”. Seguramente se trata de un híbrido que ha sabido ser exitoso. Me tomó muchas horas darme cuenta que las arcoiris, seguramente más agresivas y vivaces, desplazaban a los salvelinos a lugares menos ideales tanto en alimento como en protección. La primera sorpresa vino con un sector bajo de corriente moderada, en que el fondo se veía repleto de puntos anaranjados, cuando la luz ayudó a eliminar por completo el reflejo de la superficie, pude ver que se trataba de un gran cardumen de salvelinos árticos, que ignoraron mi pequeña ninfa de principio a fin. Caminé hacia el inicio de la correntada y encontré unos siete u ocho salmones “chum” bastante deteriorados. Como parecía que ya habían desovado, fijé un pequeño huevo de acrílico a mi tippet con la punta de un mondadientes y até un buen anzuelo a una pulgada de distancia del huevo naranjo. Parecía una nariz más entre todos los puntos naranjos, con la diferencia que desaparecía apenas llegaba cerca del fondo. Durante casi una hora me maravillé con los colores de esos bellísimos peces.
Al rato llegó una amigo que usó la técnica con igual éxito, hasta que una violenta tomada lo obligó a correr río abajo, era una gorda arcoiris. Desde abajo me pidió que le sacara una foto, así que deje mi caña sobre el pasto de la orilla e hice lo que me pedía. Al volver a mi caña, resbalé sin posibilidad de reacción en el pasto mojado para aterrizar de cadera sobre mi única herramienta (me refiero a la caña). Justo para presenciar el glorioso momento llegó otro amigo que creyó que bromear al respecto mejoraría mi genio, producto de ver el grafito separado en secciones. Mi consuelo era dedicar el resto del día a la fotografía, pero el ver a los otros avanzar río arriba y llegar a lugares de gran belleza, y pescarlos con diferentes técnicas sin saber qué podría picar, terminó por desesperarme y me obligó a buscar una solución. Recorrí un bosquete de sauces buscando la vara ideal. Seleccioné una bastante derecha, le saqué toda la corteza con una cortaplumas y luego la raspé con agua y arena para sacar el pelillo. Saqué la línea de mi carrete y corté tres metros de la parte delgada de la misma y un metro de backing. Hice pequeños cortes en “v” a o largo de la vara por donde pasaría el backing, para luego enrollarse en el mango. Supuse que si un pez me rompía la vara tendría la opción de afirmar el backing para no perder todo. Todo el proceso me tomó un par de horas y mis amigos observaban sonrientes mi optimismo. Por mi parte, todo lo que pedía era una trucha. Una sola.
El deseo fue concedido al segundo lanzamiento. Mi reacción fue tal, que retrocedí sin mirar atrás para acercar la arcoiris a la orilla, resbalé en una piedra plana y caí en un escénico planchazo al agua. Me levanté tan rápido que casi pude repeler el agua como un ornitorrinco ... y la trucha seguía ahí, saltando por todas partes. Finalmente pude acercarla a una camita de vegetación. Mis amigos, que obviamente no lo podían estar pasando mejor, se acercaron para una foto. Todo ese día fue un gran asombro, y un aprendizaje también. Logré pescar muchos hermosos peces con mi precario invento.
Cuando ya quedaba poca luz, me acerqué a un rápido corto y bastante profundo, el típico lugar de pez agresivo que se gana todo el alimento, la situación obligaba usar la poco aceptada técnica del “split shot” o bolita de plomo. Me esforcé para lograr una pasada profunda y sin arrastre con mi noble vara de sauce, casi al final, un pique sólido y en el extremo de la línea algo que peleaba como una fuerte marrón. Ayudado por la vara, que ya había probado ser equivalente a una caña 8 y no una 4 como había previsto, acerqué el pez grisáceo de unos tres kilos a un banco de arena, al acercarme, complicado, por cierto, al no tener carrete, supe que era mi primer khundja: color grafito, vientre amarillento y grandes puntos blancos. Un pez magnífico. Le quedaba mucha energía y volvió a su oscuro escondite tan pronto saqué el anzuelo de su mandíbula inferior. Terminaba el mejor día de pesca de mi vida.
Durante los próximos días, nos concentramos en pescar arcoiris con imitaciones de ratones. Hasta entonces, yo estaba convencido que este arte era exclusivo de grandes marrones y salvelinos, pero en este insólito río, hasta los tímalos, con sus ínfimas bocas, trataban de hundir esos ratones, y muchas veces con éxito. En la tarde del penúltimo día, las provisiones ya eran mínimas, y partimos a pescar tímalos para la cena. El más grande debe haber pesado unos ochocientos gramos, y al revisar su estómago encontré cuatro pequeños ratones. Obviamente lo comenté al grupo sólo una vez terminado el banquete, ganándome repudio colectivo.
Otro aspecto único del viaje fueron los magníficos osos que vimos a orillas del río. A veces, llegaba a lugares que parecían grandes nidos en el pasto, con salmones masticados al centro y una huella hacia el bosque más espeso, señales de que un depredador de 600 kilos había estado engullendo proteínas hace sólo un momento. Un guía turístico, supongo que tratando de calmarme, me dijo antes de partir: “no te preocupes, sólo uno de cada diez osos es agresivo” o sea, tienes un 10% de probabilidad de morir ... ¡gracias por el dato! Sin embargo, al ver el primer oso, sentado como un rey en una ladera comiendo bayas, no me pareció algo intimidante, y de hecho fue él quien, aterrado por este extraño bicho, escapó ruidosamente río arriba. Ese mismo día, uno de mis amigos llegó al campamento con una historia insuperable: Al no poder llegar a un sector del río que prometía mucho, rodeó un escarpado morro, hasta encontrarse gateando en un denso túnel de vegetación, con grandes montones de excremento humeante bajo sus narices. La idea de encontrarse cara a cara con Ursus arctos horribilis hacía que el corazón le latiera en la boca, por lo que retrocedió como una humilde comadreja y olvidó el bendito pozón definitivamente.
El viaje llegaba a su fin, el helicóptero llegó 20 horas después de la hora acordada, lo cual de por si fue una fuente de adrenalina y otra oportunidad de crecimiento personal que no detallaré. En consecuencia, perdimos el único vuelo semanal de vuelta a Alaska. Ni el operador ni el piloto se hicieron responsables. La opción: vuelo local a Vladivostok, Siberia, de ahí a Seoul, Corea del Sur, luego a Tokio y finalmente Los Angeles. La razón por la cual la pesca era excepcional en esa remota península no podía ser más evidente. ¿Alguien quiere intentar ir? |
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