
A la luz de la oscuridad y en un rincón sin salida, un desgarbado y humilde hombre, curvaba su espina mientras hurgaba el interior de negras bolsas plásticas que reunían lo que parecían desperdicios. De casa vecinas. Con angustia y acompañando en automóvil a alguien quien prefiero olvidar en el relato, observaba cómo abría una a una de ellas, con una prolijidad que mostraba un hábito. Una necesidad. Y así, en penumbra y a un costado de un viejo triciclo, seguía aquel hombrecillo, joven y de tez raída, indagando. Por alimento, abrigo. Tal vez por entretención. O algo que revender. Por un sueño. Una mágica sorpresa. Aquella que hemos leído en cuentos y con las que ilusionamos en ocasiones, el dormir de nuestros hijos. Razón de encontrarme en tal eventualidad. Regresaba de celebrar el séptimo cumpleaños de mi hija preciosa hija mayor. Hace algún tiempo cambié de casa, casi por obligación. Es que labores en la pesca y matrimoniales, muchas veces no se entienden. Incomprendidas es el término con que las definen algunos. Comunicación es la relamida frase que utilizan psicólogos y psiquiatras. Desde entonces y hasta este relato, he abusado de la hospitalidad de otros. Así, he vivido junto al aire libre. A veces añoro ese hogar familiar, estable y propio. El futuro dirá si obré bien. Así lo espero. Las labores de un guía de pesca son complejas. No tan sólo en el agua. Una dura batalla por sobrevivir emerge y eclosiona cada invierno. Clases y actividades esporádicas intentan batallar en la dura epopeya por flotar, en un mundo que demanda. En el que el dinero intenta regularlo todo. Donde la bondad parece haber desaparecido bajo un mundo congestionado y gris, que enfermo, ciega su visión a lo básico. A lo esencial. A aquello que representa el espíritu que debería alimentar nuestra alma. Y así, aparecen deudas, consumismo y aceleración. Brota el demonio del mercado y la competencia. Y la terrible visión del deber de someterse a ellas. Sin desearlo. Un día en el río rejuvence nuestro espíritu. Lo acerca a Dios. Al Dios que de una u otra forma todos buscamos. A lo fundamental. Sin embargo, visiones de lo gris y oscuro, perturban dicho renacer. En ocasiones lo destruyen. Nos hacen meditar de la necesidad de incorporar el altruismo y generosidad, sin importar las consecuencias. En seguir adelante en una lucha con molinos de viento abominables, que quijotescamente intentamos apaciguar. E incorporamos el dolor a un quehacer difícil y duro. Y lo transformamos, en un teatro griego, en alegría y gratas imágenes. Donde húmedos bosques, aves, montañas y peces, representan los roles estelares. En los que cañas, líneas y moscas multicolores, visten el escenario y su glamor. Una suave y pequeña mosca seca, deriva libremente sobre un flujo terso. Danza con delicadeza sobre cabezas de truchas que con cautela la observan. Algunas, caen presa de su encanto. Otras, astutamente, la ignoran. Y un servidor atiende laboriosamente a un pasajero. A quien, sumido en esos grises y oscuros negros gran parte del año, el río le provee con destellos de magia y escape. Aquella de la que disfruta el guía, cuando no rememora el olvido por lo intrascendente. Aquello que pareciera haberse adueñado de quienes pululan en las grandes urbes. Y que destruye toda la fascinación de tal obra y sus actores. Que aniquila sueños y alegrías, y representa una ceguera por la debilidad y la pobreza. Las convierte en triviales. No se perciben en tal vorágine. Es difícil guiar en pesca con mosca. Es intrincado. Requiere de temple, esfuerzo, y preparación. Pero, particularmente, de la a veces inalcanzable capacidad de disociar aquellos fantasmas diabólicos, para sensibilizar nuestra alma. Con naturaleza, niños y viejos, sencillez, bondad y pobreza. Quienes intentamos desarrollar la labor de guía en pesca con mosca, vagamos tras la búsqueda de tales valores. Sin importar las consecuencias. Aquellos eran desperdicios para algunos. Savia para otros. Luz de esperanza por un futuro mejor. Tal vez un sueño. Con cautela y desde el interior del automóvil, descendí. Casi escondido. Y vacié algunos pocos pesos del crudo invierno, entre los oxidados resortes bajo el asiento de tal triciclo. Era el mejor regalo de cumpleaños que podía brindar a mi hija. Sin que ella lo supiera. Representaban toda la bondad de un niño. Y el pequeño hombre me miró sorprendido. Bajé mi cabeza y sentí el peso de la vorágine. Con una mirada esquiva y sorpresiva, él agradeció. Me alejé sin decir palabra, ante la mirada curiosa de mi tierna y hermosa hija. Aún creo en la magia de los niños, nuestros hijos, y la pesca con mosca. Me sensibilizan y conducen a sueños. Son ellos quienes trizan y quiebran esquemas, y quienes cambiarán la vorágine si se los permitimos. Brindan bondad. Fabrican alegría. Aquella que late fuerte en el corazón de un guía de pesca con mosca. Abrazo a mis hijas. Hoy y para siempre. Abracen a los suyos, e invítenlos a la aventura de la bondad y la alegría. A la de la sencillez. Vuelvan a lo básico. Nunca es tarde. A la luz de la luna, la que muchas veces brilla entre la triste y amarga oscuridad, sin que la percibamos. Aquella luz que brota fuerte y hermosa de entre nuestro hijos y sus misterios. |
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