El Maule y sus Afluentes - Jorge Wahl

Una verdad que no requiere ser demostrada es que la pesca en el río Maule, y especialmente en su laguna, no es hoy en día lo que en el pasado fue. El tiempo permitirá juzgar con mayor acierto los costos y beneficios de las obras hidráulicas llevadas a cabo. Por ahora, puede percibirse su impacto negativo en el paisaje y los trastornos inmediatos para nuestra querida cultura de la pesca deportiva. Así, al mismo tiempo en que extensos tramos del río pasan la mayor parte del año secos, en que se han levantado infranqueables represas y bocatomas - con sorpresivos golpes de agua y alteraciones en la temperatura, turbiedad y oxigenación -, en los nuevos lagos de Colbún y Machicura - por nombrar sólo los conocidos - no es raro capturar truchas de gran talla. Cuan deportiva sea la pesca que se cultiva en esos lugares, cuales sean las perspectivas futuras de esos "habitats" artificiales y cuan correcta sea la política de sembrar ovas al por mayor, renunciando a cuidar el desarrollo natural de las poblaciones de truchas silvestres, son preguntas que podrán responder personas más autorizadas. Pero, existen razones para preferir la pesca en esos ríos de montaña que todavía abundan en la Región del Maule, que no huelen a barro ni a concreto y en que las huellas del plástico son más esporádicas, aunque desgraciadamente no inexistentes.

Nuestra generación no vivió la experiencia de pescar en la antigua Laguna del Maule, pero - en tiempos de exclusiva "ferretería" - pudimos pescar en las magníficas correntadas y pozones que desaparecieron bajo las aguas de Colbún o dentro de los túneles y canales de Pehuenche, Curillinque y Loma Alta. Años más tarde, la entrada del Maule a Colbún - en Paso Nevado -, así como otros sectores que sobreviven dignamente a las intervenciones sufridas, fueron escenario de mi descubrimiento y definitiva fascinación por la pesca con mosca. Más alejadas de esos parajes precordilleranos, las inmediaciones del puente Maule en la Ruta 5 guardan otras experiencias de pesca, más frecuentes por su cercanía con el Chile urbano y con aquellos canales de regadío en que algunos tuvimos nuestra primera experiencia de pesca, siendo aún niños. Este último sector, tributario de todas las perturbaciones de aguas arriba, ha proporcionado estupendas temporadas de pesca, pero - pasando por años con interminables crecidas por deshielos - también ha conocido abundantes y cada vez más frecuentes períodos estivales de bajo caudal, aguas tibias, exceso de algas y - por ende - nada de truchas.

A pesar de estos inconvenientes y de la omisión consciente de toda mención a la pesca antirreglamentaria, para ahorrar evocaciones amargas, no puedo dejar de reconocer que debo mis más gratificantes experiencias de pesca al Maule, en sus tiempos actuales y pasados. La oportunidad de visitar diversos lugares del sur de Chile, con difundido - y personalmente comprobado - prestigio como buenos ríos y lagos trucheros, no ha disminuido en grado alguno los méritos del primero.

El Maule

Una aclaración debe ser hecha - eso sí -, hablar del Maule, de su pesca y de la belleza de sus montañas y volcanes, de sus sorprendentes bosques nativos, de sus recónditos valles cordilleranos, de ese aire fresco, seco y puro que corre por las noches, del cielo colmado de estrellas - visto a unos pocos pasos de la fogata y de la tertulia nocturna -, es también hablar de muchos de los afluentes de su hoya hidrográfica.

El Achibueno, rodeado de una frondosa vegetación y con su siempre cristalino descenso a través de rápidos, pozones y remansos, está asociado a esas animadas caminatas y acampadas emprendidas en los años 80 entre Monte Oscuro y Cerro Pelado. Detrás del Nevado Longaví y recibiendo las aguas de los esteros Las Ánimas, La Gloria (ubicado éste al pie de los farallones y glaciares del nevado del mismo nombre), Potrillo y Los Patos, el Achibueno esconde sus más hermosos rincones, aunque - salvo notables excepciones - estén éstos sobrepoblados con truchas de escaso valor deportivo.

El ajustado presupuesto de esos años y las ocupaciones del presente, han impedido explorar con la profundidad que se quisiera los más lejanos ríos San Pedro y Guaiquivilo. El primero - al menos en su curso inferior - aporta su característica turbiedad al Melado, en tanto que el segundo, de aguas generalmente claras, discurre serpenteando a través del profundo valle que desagua la codiciada Laguna del Dial. Más al norte, por el camino a la Laguna del Maule destaca el río Puelche, cuyo cajón se inicia en la escarpada garganta a través de la cual vierte sus aguas en la ribera norte del Maule. Si el caudal es abundante, no es fácil pescar en este trecho, marcado por rápidos, angosturas de roca y uno que otro pozón. En el mismo sector y contrariando a las apariencias, los esteros de El Colorado, La Plata y El Valle han sido una buena alternativa, en ocasiones en que el Maule no se ha presentado propicio para una buena pesca.

Otros blancos posibles para una escapada por el día - desde Talca o Linares - o por el fin de semana, son los ríos Longaví, Ancoa, Claro y Melado. Los dos primeros, de la zona de Linares y de fisonomía similar a la del Achibueno. La relativamente escasa reserva de nieve en las fuentes del Ancoa, se compensa en el verano con las aguas destinadas al riego que recibe a través del túnel del Canal Melado. A pesar de ser bastante accesibles, ambos ríos cuentan con cuencas de respetable cubierta vegetal. La pesca en pleno verano no depara grandes sorpresas; aparte de concurridos, estos ríos son objeto de una intensiva explotación para el regadío. A esas alturas de la temporada el Claro y el Melado ofrecen mejores oportunidades para una excursión, sea ésta de pesca o no. El primero, bajo la imponente presencia del volcán Descabezado Grande, ofrece interesantes correntadas y pozones con aguas que, salvo curiosas excepciones -caracterizadas por el acarreo de gran cantidad de piedra pómez -, hacen gala al nombre del río. Aunque se ubica a mayor altitud que los anteriores de la zona de Linares, su cajón cuenta con una cubierta de bosques más significativa de lo que se anticipa en un primer golpe de vista desde el camino público.

No es tan fácil llegar al Melado y no han sido tantas las oportunidades de pescar en sus aguas. En las dos ocasiones que cuentan para los efectos de este relato, este río - formado a partir de la confluencia del San Pedro y el Guaiquivilo - ha presentado sus aguas turbias, de un color amarillento al que quizás corresponda atribuirle su nombre. Sin embargo en la última visita, el Melado destruyó dos de los mitos más arraigados en la fe del carbonero con que algunos nos iniciamos en la pesca. Tras una calurosa tarde de enero, sus aguas turbias - bullentes de eclosiones - y una esplendorosa luna llena apareciendo tras los cordones que flanquean el valle, fueron el telón de fondo de una irrepetible jornada de pesca con mosca seca.

Tras visitar estos lugares y constatar los primeros efectos de nuestro improvisado turismo cordillerano, un primer sentimiento invita a ocultarlos y apartarlos de la mirada y el alcance de las masas. Sin embargo, cada vez son más evidentes e inevitables los cambios tecnológicos que ponen al alcance de todos estos rincones de nuestro territorio que, hasta hace poco, eran considerados de difícil acceso. La falta de cultura a la hora de emprender una excursión no es cuestión de recursos económicos ni tampoco de políticas estatales, sino de responsabilidad y solidaridad, versus el cortoplacismo y egoísmo de quienes no perciben nada más allá del pasatiempo de unas horas o días que tienen por delante, en un lugar al que - creen - no volverán. Al difundir estas inolvidables experiencias en sitios tan cercanos a nuestras grandes ciudades, se espera contribuir a un mejor conocimiento y a sumar fuerzas entre quienes valoran verdaderamente estas riquezas. Ante la destrucción es preferible cerrar los accesos. Pero, quizás la explotación privada y sustentable de las reservas ecológicas - recurso escaso y apetecido -, resulte a la postre más rentable que la madera, el carbón y la ganadería. Claro está, la explotación actual no sustentable matará a la actividad forestal, a la ganadería y al turismo, aún cuando los propios propietarios afectados no se den cuenta.

por Jorge Wahl Silva

Agosto de 1999


Esta es la primera colaboración de Jorge Wahl S., un santiaguino muy viajado por la región del Maule, quien disfruta de la pesca de la zona central de Chile hace ya varios años.

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