
Casi 15 años han corrido desde aquella primera oportunidad con Alessandro. Apareció de improviso en lo que en aquel entonces era una muy pequeña tienda de pesca, ubicada en uno de los cuartos de una antigua casa de calle Lira. En Santiago. No puedo olvidar la particular sencillez de su vestimenta. Un chaleco de alpaca artesanal, raídos jeans, y algo parecido a unas ojotas, algo más sofisticadas. Más tarde aprendería que esta sencillez en vestir, no terminaba allí. Era un rasgo más de este hombre bueno y generoso. Viviendo desde hacía algún tiempo en el hermoso Lago Rupanco, su sueño era iniciar un lodge de pesca. Por esos años, quien escribe, también daba sus primeros pasos en convertir una actividad favorita en algo más. Por lo mismo, mis contactos con el mundo de la pesca con mosca eran efímeros. Aún así, me animé a efectuar llamadas telefónicas, las que para bien se concretaron con clientes para este nuevo destino. Todos los que visitaron aquel castillo levantado a pulso y coraje, gozaron de una acogida que hasta hoy rememoran. Buenos comentarios de la hospitalidad del anfitrión no se hicieron esperar. Y es que Alessandro se entregaba por completo en la atención de sus amigos pescadores. Amigos, así es, porque bastaban breves minutos a su lado para que aquella relación de cliente se esfumara y diera paso a la primera. Aquella gran cualidad de hacer sentir bien a todos quienes le rodearan, era algo que Alessandro desbordaba. En aquel tiempo, el lodge era una pequeña cabaña que integraba una cocina al comedor, incluía un dormitorio y baño en planta baja, y un altillo donde este incomparable anfitrión dormía. Tan particular distribución permitía a los huéspedes sentirse como en casa, sólo breves instantes después de su arribo. Cenas italianas de excepción unidas a campestres asados a orilla del río, complementaban con magia y calidez aquella hospitalidad. Pescar junto a Alessandro era algo entretenido y sin protocolo alguno. Horarios y sistemas dependían de factores muy diferentes a lo establecido. La relevancia de levantarse al alba para la pesca no tenía en su esquema sentido alguno. En particular, luego de aquellas entretenidas y trasnochadas sobremesas, abultadas y engalanadas con historias y cuentos de pesca. La pesca con Alessandro era más que técnica, muy intuitiva. No dejo de recordar una tarde con nula actividad y mala pesca. Nos encontrábamos sentados casi al llegar a la barra del Río Gaviotas, rodeados por una legión de miles de colihuachos. Minutos antes habíamos terminado el almuerzo de un exquisito asado, el que indudablemente incluía aquellas gordas salchichas preferidas por nuestro guía y amigo, y que lo hicieran famoso. Todo, debidamente condimentado con hierbas de su huerta. De improviso, Alessandro se levantó y dio caza a muchos de aquellos detestables colihuachos. Luego de haber reunido un par de docenas, vadeó río adentro, para finalmente parapetarse a un par de metros de un hermoso pozón. Este último, en la última curva del río antes de morir en el lago y bajo gran coihue. Una vez bien ubicado y con parsimonia ejemplar, lanzó uno a uno todos aquellos colihuachos, de tal forma que flotaran exactamente por sobre aquel pozón. Al correr de cortos minutos apareció la primera subida; luego vino otra y otra más. Alessandro nos llamó e indujo a presentar moscas. Así lo hicimos. Y pescamos varias y hermosas truchas. Alessandro no era un gran creyente de aquellos cánones que abundan en pesca con mosca; pescaba cuando su instinto se lo indicaba. Y sin duda, pescar representaba una pasión sin límites. Conocida era su dificultad en guiar a clientes sin tomar una caña. Abstenerse de hacerlo representaba un gran y duro esfuerzo, el que, sin embargo, cumplía a cabalidad por respeto a sus huéspedes. No puedo olvidar su silueta contemplativa y fuera del río, sin pescar. Aquella expresión en su cara, terminaba por invitarlo a unirse en lances. Hoy que en esta Tierra nos ha dejado, sin duda extrañaremos aquella singular silueta pescando en la barra junto a sus amigos. Estimado amigo. Dios es justo y bueno. Tu gran capacidad de amor fue dirigida hacia Él. A través del cariño y atención que entregaste a tu familia, a amigos pescadores, y a la naturaleza, junto a bosques, ríos y lagos. Hoy te encuentras en el cielo de los pescadores, pescando libre. Sólo para tí, esta vez. Nosotros que tuvimos la suerte de conocerte nunca te olvidaremos. Gonzalo Cortés De la Cerda |
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