
Desde hace largos años que soñaba con realizar un viaje al Caribe, intentando pescar con mosca, algunas de las especies que conforman el llamado "Grand Slam": tarpon, bonefish y permit. Fantaseaba con patrones en aguas cálidas y transparentes de los flats, y divagaba con corridas de bonefish, astucia de permits, y fieras luchas de tarpons. Casi como por magia, el sueño se hizo realidad. Al cabo de unas buenas vacaciones en México, estuve de paso unos días por Miami, Florida - EE.UU. Desde allí descendí por los hermosos cayos, para al final de mi recorrido arribar al pintoresco poblado de Key West, otrora reducto del célebre Ernest Hemingway. Situado aproximadamente a unos 220 kilómetros al sur de la primera localidad que cito, y en el mismo estado, en dicho lugar me esperaba el guía que había previamente contactado y contratado vía internet: Richard. Con posterioridad a charlar sobre las características de esta particular pesca, y después de haber bombardeado al guía por casi una hora con un buen número de preguntas respecto de la misma, éste me contrainterrogó respecto de qué mano era la que utilizaba para recoger. Necesitaba preparar el equipo adecuadamente. Respuesta entregada, coordinamos la partida para el día siguiente. Luego de ello me dirigí a mi hotel en busca de un buen reposo, el que desafortunadamente nunca llegó. Mi ansiedad e incertidumbre no me permitieron pegar pestaña alguna durante toda aquella noche. ¿Cosas de novato en los flats? ¿Magia del Caribe? Y así, luego de horas de desesperación, finalmente asomaron lavandas y rosas en el firmamento. Gracias a Dios amanecía. Aquella mañana recorrí el pueblo y efectué el infaltable shopping. Al llegar el mediodía, los amigos que me acompañaban -- ninguno de ellos un pescador -- se dirigieron a disfrutar de las playas por las que dicho sector es mundialmente conocido. A diferencia de mis compañeros de viaje, me dirigí al puerto de embarque, lugar donde me reuní con Richard, para luego de abordar un skiff -- bote plano y de gran rapidez utilizado para esta modalidad de pesca -- navegar mar afuera, por espacio de veinte o más minutos. La primera parada la efectuamos en un canal de buena profundidad. El mismo dividía dos hermosos flats color turquesa, cuyas blancas arenas emulando un prisma, reflejaban y refractaban haces de luz que encantaban. Aproximándonos, disfrutamos al percibir cómo en el mismo asomaban numerosos tarpon que jugaban y revoloteaban sobre la superficie. De cuerpo entero. Espectáculo no apto para cardíacos y que en la jerga es denominado rolling. Hábito que dichos peces practican desde épocas inmemoriales, y cuyo objetivo es el airear deficientes vejigas natatorias para no descender a profundidades (Amigos lectores, créanme que los tarpon no toman secas emergiendo en la superficie, ni tampoco las hay en esta aguas salobres). Confieso que aquellos reyes de plata me cautivaron. Y así, luego de detener el fuera de borda y arrimarnos lenta y cuidadosamente a nuestro objetivo -- merced a remos y un largo pole -- Richard me entregó una potente caña #10. Montada con una línea de hundimiento, tenía por objetivo ofrecer vistosos y afilados manjares a los reyes que cito. Luego de algunos buenos consejos, quien escribe paseaba un gran y colorido plumero por los aires y el mar -- patrón del que no tenía recuerdos previos -- intentando seducir a alguno de aquellos rolling tarpon. Lo hice por un par de horas. Nada. Cambiamos de lugar. De línea. De mosca. En ocasiones los observábamos hacer el roll. Y nada. Una serie de otros pequeños peces, muchos de ellos jacks y snappers, aceptaban la invitación. Pero aquellos tarpon rechazaban mis ofertas, y por momentos me desanimaban. Fracasaba en una dura conquista amorosa. Marcador en cero -- por mi parte claro está -- navegamos por otros 15 minutos, adentrándonos en los flats. Aquí la profundidad no superaba el metro. Con claridad se observaban corales de los tipos más variados. Y así también, numerosas especies de peces multicolores que hacían de los primeros su hábitat. Rayas y tiburones de hasta dos metros de longitud asomaban durante la travesía. ¡Espectáculo de fantasía! Me ubicaba de pie en la proa del skiff, y en la posición ready-to-go. Mientras, junto a la pértiga y desde lo alto del castillo de popa, Richard apuntaba la posición de los peces que asomaban a lontananza. Comprendía lo imprescindible que era el contar para dicha faena con un buen par de anteojos polarizados. En mis manos portaba una caña #8, la que cargada con una línea de flote y un leader acorde a la ocasión, suspendía en su extremo un patrón llamado Flexo Crab. Este último, buena imitación de uno de los tantos cangrejos que pululan en el sector, y que cómo sospecharán, representan parte importante del menú de un permit. "¡Permit José! ¡Permit!", anunciaba Richard, indicando un par de ejemplares de esta especie que cruzaban por enfrente, aproximadamente a 25 metros de nuestra embarcación. Lancé la mosca tal como se me había señalado en el aprendizaje teórico previo. Para mi sorpresa, y luego del cast, créanme que observé a dos Ferrari Fórmula 1 que huían en estampida, buscando aguas profundas. Comprendí recién entonces la astucia de estos peces, la que no obstante había leído, y repetidamente, en dos artículos previos de Ríos y Senderos ®: Belice - En Ruta y Permit on a Fly. Este último señalaba textualmente de puño de Pablo Negri: " Fue en julio de 1999 cuando Don Muelrath me extendió una invitación a Belice. ¿El fin único de la misma? La pesca de permit. Aquel elusivo y casi imposible pez en una mosca, conocido en Centro América y el Caribe Latino como "pompano", y en algunas otras localidades, como "palometa". No puedo olvidar las palabras de Muelrath. "Es un viaje del todo o nada. Es probable que en seis días de recorrer y navegar las aguas al sur de Belize City, avistemos muchos permit, pero, sin embargo, no cobremos ninguno. Así es esta pesca Pablo. ¿Estás dispuesto?" Acepté gustoso. La pesca difícil y desafiante es algo que no terminará jamás de apasionarme". Recién ahora entendía a qué elusividad y dificultad, Pablo se refería. Después de recorrer todo el largo flat, y asimismo asustar a varios peces, me concentré en el lanzamiento, logrando capturar dos barracudas, las que no obstante haberme dado muy buena lucha, no me conformaban. Mi objetivo era, ¡un permit! Estando a pocos minutos de regresar, Richard apuntó en la posición de las 10 horas y a unos 20 metros de la embarcación, un gran permit que nadaba hacia nosotros. Me concentré en el casting como no recuerdo haberlo hecho jamás con una trucha. Intenté, a como diera lugar, no hacer false casts en demasía, de tal forma de no asustarlo. Así también, me esmeré en conseguir una delicada presentación junto a la mosca, faena que para mi asombro cumplí adecuadamente al ejecutar un lance en dirección a las 12 horas, estimando de manera correcta la trayectoria del permit. En segundos, aquella Flexo Crab se encontraba a tres metros de nuestra visita, justo enfrente de su nariz. "Cast perfecto", señaló Richard. "Muévele la mosca muy lentamente". En fracción de segundos, el pez varió bruscamente su recorrido, dirigiéndose hacia mí. Mis piernas temblaban. Luego de seguir la mosca por un corto lapso, el amigo la hizo suya. El guía me había indicado previamente que no clavara con la caña, sino por el contrario, con la mano. De esta manera evitaría un anzuelo incrustado indebidamente en sus fauces, lo que infaltablemente significaría perderlo. Y así lo hice. Con fuerza y rapidez, tiré de la línea, y experimenté... ¡Dios que corrida! ¡Un jet ski! Mientras aquel actor -- MI permit -- corría despavorido, yo, al igual que él, espantado miraba el freno de mi carrete. A mi entender se encontraba flojo. Al intentar ajustarlo, Richard gritó a toda voz, "¡No lo toques! ¡Así está perfecto! ¡No lo toques que este permit es grande! ¡Si lo haces... se te va a escapar!". Luego de arrancar por interminables 100 y más metros, aquella maravilla de forma y aerodinámica en el agua, se detuvo. Fue allí cuando comenzó mi sufrimiento. Epopeya que no olvidaré. Lo traía, y creyéndolo mío, me pedía línea como un tren. Nuevamente lo traía, y otra locomotora aparecía. "¡No lo apures!", me señalaba el guía. "Tómate tu tiempo". Después de transcurrir 40 insufribles minutos de adrenalina e hipertensión, mis brazos se encontraban totalmente extenuados. Creí que MI permit también lo estaba. Al tenerlo a centímetros de la borda del bote, éste no se entregó, cruzando por debajo del casco de la embarcación para enredarse en la larga pértiga que se encontraba clavada en aquel fondo de arena. Aterrorizado, le alcancé mi caña a Richard, para luego y por fortuna divina, conseguir desengancharlo de aquel obstáculo. "¡Tú si que eres afortunado!", señaló el guía una y otra vez. ¡Que sufrimiento! ¡La corrida continuaba! Necesité diez minutos adicionales para, sin apurarlo, poder subir a nuestra compañía a la embarcación. Me encontraba total y completamente exhausto, pero emocionado a la vez. No lo creía. Había conseguido hacer mío a este hermoso y plata pez, con que tanto y tanto había soñado. Aquel que a los ojos de los llamados gurú en nuestro arte, representa el mayor y más técnico desafío junto a una mosca. Desafío que con sorpresa y asombro había comprobado. Desafío que me emocionaba. Sueño cumplido. Richard me felicitó con un fuerte abrazo, para a renglón seguido, destapar un no despreciable número de cervezas, las que emulando a un Dom Perignon de excepción, dieron rienda suelta a la alegría y la celebración. Previo a ello, disparamos un buen número de fotografías para su álbum y el de quien escribe. Una de ellas, la que observan junto al título de esta nota. Y así, aquel precioso Trachinotus falcatus, regresó en magnífica forma a su medio. Forma que, por el contrario, no era la mía. Así es, luego de haber guardado equipos y emprender el regreso a Key West, no me fue posible conducir el automóvil de regreso a Miami. Lo entregué a uno de mis amigos. Me encontraba extenuado. Recostado en el asiento posterior del automóvil alquilado, aún en estado de éxtasis y nubes, medité en lo afortunados que somos quienes disfrutamos con aquellos especiales momentos con que nos regala la pesca con mosca. José Antonio Succio - Junio 2000 Nota de los Editores: Señala el gran autor Jack Samson en su magistral obra Permit On a Fly: "Lleva a cierto tipo de pescador con mosca el ir tras la pesca del permit. Lleva a quien no le importa no pescar peces de gran tamaño. Lleva a aquel pescador de mosca en agua salada, que puede gastar días, semanas, y meses, en los bajos del Caribe, junto a un sol que fríe y a un viento que vuela, y muy pocas oportunidades de obtener una recompensa. Este pescador de mosca debe ser un devoto de los detalles: los materiales correctos, moscas que imiten de manera precisa los crustáceos que ingieren, leaders resistentes a la abrasión, nudos que soporten estrés extremo, y la ciencia necesaria para seleccionar la línea, caña, y carrete correcto. Rara vez son los permit avistados, y aún más rara es la oportunidad en que a éstos una mosca se puede ofrecer. Y cuando la rara ocasión en que un permit toma un mosca se presenta, todo debe ser perfecto". |
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