
Parte ICorría la Primavera del '99. Era el mes de noviembre y se iniciaba una nueva temporada de pesca. Mi idea era regresar lo antes posible a Coyhaique, más precisamente al Río Príncipe Guillermo, donde el verano pasado había dejado ir un Gran Trofeo. Ese verano había quedado grabado en mi mente: después de haber recorrido el río desde la madrugada, mi guía y yo habíamos llegado ahí, donde vivían. Un cañón profundo, que el agua había tallado durante siglos, flanqueado por dos murallones y una pared de piedras al fondo que formaban una U, la que nos impedía seguir por su orilla. El río, como una vertiente, pasaba apenas entremedio de las piedras, formando un gran pozón de agua verde, transparente y fresca. Nos acercamos con cautela para que no nos vieran, nos ubicamos arriba de las rocas, desde donde se veía hasta la última piedra del fondo del río. Luego, bajamos a la playa y pudimos ver algo. ¡Asombroso! Al fondo sobre una saliente lisa, con apenas un hilo de agua, estaba una familia de truchas reunidas, 3 ó 4 chapoteando al sol, acostadas, frotando su cuerpo contra la arena y el agua, subían y se deslizaban como por un resbalín. Jamás había visto algo igual. "Seguramente es un lugar de desove", dijo Gastón. Preparamos nuestras cañas y empezamos a lanzar hacia el interior del cañón, tratando de alcanzar la saliente, pero era imposible. Estaban por lo menos a unos 40 metros de distancia. Gastón subió a la gran roca desde donde se veían todos los movimientos, y desde ahí me indicaba hacia donde debía lanzar. De improviso, una gran trucha café cruzó hacia la orilla contraria siguiendo mi mosca, y al llegar a ella, dio una gran salto y se perdió hacia el fondo. Quedamos paralizados. Era grande, preciosa, y salvaje. Seguro iba a ser difícil atraparla. Seguimos intentando con distintos patrones, hasta que Gastón sacó a Madame X, su mosca preferida, que tenía unas patas blancas muy llamativas. - "tómala", me dijo, con esta picará. Bastó un lanzamiento en el lugar adecuado, y ... ¡¡zas!! Desde lo más hondo del río, saltó la gran trucha, tomó mi mosca, y emprendió una veloz carrera hacia el fondo del cañón, mientras mi carrete rechinaba cediendo hilo a la escapada. - "¡Levanta la caña! ¡Tensa el nylon! ¡Suelta el freno! ¡Que no se meta bajo los troncos!", me indicaba Gastón. De repente dejó de tirar, y una tensa calma reinó en el lugar, yo recogía mi línea a toda velocidad tratando de sentirla de nuevo ... hasta que ... ¡¡paf!! De nuevo sintió el dolor de mi anzuelo, y voló por el aire mostrándonos su bello cuerpo pintado de grandes aureolas negras. Así, una y otra vez, nos mostraba que ella mandaba en el agua. Saltaba, corría río arriba o se escondía en el fondo, sin poder controlarla durante unos 20 minutos. De nuevo vino la calma, mi línea estaba tensa y sentía su peso. Una vez más salió disparada aguas arriba, pero esta vez pegó un salto más grande y... ¡paf!, se cortó el líder y se escapó. - "¡¡¡Nooooooo!!!", grité. - "Ya, tranquilo, te felicito fue una linda pelea", dijo Gastón. - "¡Pero se me fue!", dije amargado - "De eso se trata, que los peces tengan una oportunidad". - "Intentémoslo de nuevo", dije apresurado - "No, no ... esa gran trucha no volverá a perseguir una mosca en mucho tiempo", sentenció Gastón. No me podía convencer, que ese GRAN TROFEO se me había escapado. Seguimos pescando río arriba hasta el atardecer, y aunque sacamos varias truchas, y el paisaje era maravilloso, no me podía concentrar en lo que hacía, mi mente volvía a recordar ese fantástico momento. Ya había anochecido, guardamos las cosas y emprendimos el regreso a la ciudad, lo que nos llevaría alrededor de una hora. - "Prepárate para el show de las liebres", dijo Gastón ... "aquí son una plaga". Y apenas recorrimos unos primeros 500 metros, se cruzó una liebre colorada, de grandes orejas, del tamaño de un perro pequeño. - "¡Qué grande!", dije, "nunca había visto una así". - Sonrió y dijo: "espera a ver el resto". Así, una tras otra, encandiladas por las luces de la 4x4, aparecían por todas partes, lo que hizo del regreso un espectáculo especial. ¡Llegamos a contar 38 hasta llegar a Coyhaique! Había sido un día lleno de emociones, que recordaría por largo tiempo.
Parte IIMi ansiedad no me dejó conciliar el sueño y antes que sonara mi despertador ya estaba en pie. El vuelo fue tranquilo y a la llegada a Balmaceda me esperaba Gastón. - "Hola amigo, como estás, qué gusto verte de nuevo", me dijo. - "Hello, Mr. Guide, el gusto es mío. ¿Todo listo?". - "Todo OK, vamos". La lluvia y el viento arreciaban con toda la fuerza de esa zona de la Patagonia chilena. Nos montamos en su camioneta y en 45 minutos llegamos al Lodge. Almorzamos y dedicamos la tarde a planificar los próximos 3 días de pesca, donde el segundo sería el más importante: sería el de mi revancha. Al día siguiente el temporal no cedía en su intensidad y los ríos venían turbios, por lo que preferimos no salir y quedarnos compartiendo con otros pescadores. La noche se llevó la lluvia y dejó ver algunas estrellas. Partimos de madrugada y llegamos amaneciendo. No había tiempo que perder. Nos pusimos los trajes, armamos las cañas y sacamos nuestra selección de moscas para la ocasión. - "Ponle una hopper!", dijo Gastón. - "¿Estás seguro?" - "Seguro. Estuve aquí la semana pasada y me dio excelentes resultados." - "¡Si señor!", dije. Bajamos al río. Si. El mismo: El Príncipe Guillermo. - "Tú sabes por quién vengo", le recordé. - "Sí ya sé. Ten paciencia. Tómatelo con calma. Hacia el medio día llegaremos a tu pozón." Era un día frío y muy húmedo, el sol salía a ratos entre las nubes blancas y el cielo se dejaba ver azul radiante. El río serpenteaba, subía y bajaba, se hacía ancho y otras veces angosto. Las truchas picaban en todas partes: en la corriente, en los recodos, detrás de la piedras, en las orillas sombreadas; un kilo, kilo y medio, farios, ¡todas fario!, salvajes y peleadoras. - "Sácale el anzuelo con cuidado. Tómala de la barriga. Ponla de nuevo en el agua ... calma ... que vuelva a respirar ... ¡ahora! ... suéltala". Eran las instrucciones de Gastón, que yo seguía al pie de la letra. Y volvía a predicar ... - "Hay que cuidarlas para que estén la próxima vez que vengamos." Seguimos nuestra ruta, y al medio día, por reloj, llegamos al pozón. - "Tranquilo ...", dijo Gastón. "Subamos a la roca y miremos si hay actividad en el agua." Nos sentamos a observar y durante un rato no pasó nada, pero ¡de repente una sombra enorme remontó el río raudamente! - "Ahí está tu trofeo", dijo. Y agregó, "las truchas son territoriales y ésta es la dueña de este lugar". - "¡Bajemos, bajemos!", dije. - "No, no. Calma. Estudiemos sus movimientos", dijo. - "OK, Mr. Guide", dije, asintiendo con la cabeza. Seguimos observando durante una media hora, y la Gran Trucha, que calculábamos de unos 6 kilos, cada 3 ó 4 minutos salía de atrás de una piedra y tomaba una mosca en la superficie, o una ninfa en el fondo, cumpliendo su rutina a la perfección. - "Ahora sí", dijo Gastón. "¡Bajemos!" Sus palabras fueron un resorte para mis pies. Dejé mi lugar de observación y baje rápidamente. Una vez en la playa, pregunté: - "¿Seguimos con la hopper ó usamos a Madame X?" - "Yo creo que ella prefiere a Madame X", aseguró. - "Amárrala bien. Revisa la línea. Cualquier error nos puede costar muy caro." - "OK. Lanza hacia arriba, hacia la orilla contraria y déjala que flote paralela a la orilla, hasta que llegue en frente de su piedra." - "Bien. Está todo listo, ahí voy." Uno ... dos lances y al agua ... tiro perfecto ... comienza a flotar río abajo ... se acerca a la piedra, "¡ahora! ¡ahora debería salir!". Silencio. Nada. Pasó hacia abajo ... no picó. - "Recoge", dijo Gastón. "Repite el lanzamiento, pero ahora sepárala un metro de la orilla." Ahí voy de nuevo, uno ... dos ... y al agua. Otra vez perfecto. Comienza a flotar río abajo. Está frente a su piedra. - "Salió, salió, ¡ahí viene!", dijo Gastón. Se formó un remolino en el agua, y abriendo su gran boca ... ¡zas!, tomó la mosca con fuerza. Levanté la punta de mi caña, mi línea se tensó y un pequeño shock en mi corazón me dijo que la había pinchado. Mi carrete otra vez sentía el poder de tan espectacular pez. Se fue al fondo y se quedó quieta, de pronto se movió hacia unos troncos hundidos y empezó a rascarse contra ellos para sacarse el anzuelo ... estaba demasiado calmada. - "Es muy inteligente", dijo Gastón. "Trata de sacarla de ahí." - "Calma ... está bien pinchada, la siento segura", dije. - "No te confíes, todavía no ha peleado nada." La tiré lentamente hacia el centro del pozón, y ya no aguantó más. Dio un salto tremendo y se lanzó hacia el fondo del cañón. Mi carrete entregaba varios metros de línea sin poder detenerla: 20, 30 ¡40 metros! Se fue la línea completa y ahora me sacaba la de repuesto o backing. -"¡qué hago!", le grité a Gastón. - "Para la salida de línea con la mano y camina hacia atrás para que gire la cabeza y venga de vuelta." De a poco la fui controlando con las instrucciones de mi guía, pero estaba agotado y la adrenalina me hacía transpirar mas de la cuenta. De nuevo al fondo ... y luego, la calma. La perdíamos de vista, pero la sentía en la caña, era un juego psicológico. - "Debe estar cansada", dijo Gastón. "Ahora recoge lentamente pero con fuerza." Poco a poco empecé a sacarla de su escondite. Parecía mas una piedra que una trucha. Estaba durísima. - "¡Ahí está, ahí viene!", dijo Gastón. - "Sí, ahí se asoma, ya la veo." Venía lentamente hacia mí, sin antes dar sus últimas arremetidas, y remover la superficie del agua como una lancha, tratando de escapar de este par de monstruos que querían tomarla. Finalmente, mostró su barriga rosada y abrió su boca mostrando a Madame X a un costado. La acercamos a la orilla y pudimos apreciar lo bella que era. Una hembra fario o marrón de casi 6 kilos, fuerte y vigorosa. UN GRAN TROFEO. Le sacamos el anzuelo que la había hecho sufrir tanto. La tomamos de su ancha cola, la oxigenamos dentro del agua, y antes de soltarla nos sacamos las fotos de rigor, que serían el testimonio de tan fantástica lucha. Después de un par de minutos recuperó energías y nadó de vuelta al lugar de donde había venido. - "¡grande maestro!", dijo Gastón. - "Ha sido increíble", contesté, mientras golpeábamos nuestras palmas, una contra otra. Esa fue la una experiencia memorable, la mejor, y la más anhelada por todo pescador. No he vuelto al Príncipe Guillermo, pero por lo que me ha contado Mr. Guide, Gastón, mi GRAN TROFEO sigue allí y no se deja tomar por nadie. Quizá está esperando por mi regreso. |
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