
El Paseo de PescaTexto y Fotos: Emilio Mahias Hace algunos años, antes de que me iniciara en el vicio de la pesca con mosca, pescaba con lo que fuera. Puedo decir en mi descargo que sólo sacaba lo que me iba a comer. Por doctrina no comía truchas que no hubiera pescado, y sólo a la orilla del río.
Más recientemente, dos de mis hijos, Silvia y Emilio sugirieron realizar un paseo en carpa, por varios días, subiendo el río San José, (zona de Chillán a la cordillera) y con la debida antelación nos preparamos para hacerlo. Irían con nosotros además, Javier el pololo de mi hija, y Sebastián, un amigo de mi hijo. Todos llevábamos ferretería, aunque en el último minuto, puse en la mochila una caña mosquera con el respectivo carrete que me había comprado junto con un libro de pesca con mosca, por si acaso y con poca fe. Se inició el paseo un jueves, como a las 7 de la mañana, con una larga caminata por la orilla del río hasta unos pozones transparentes donde se veía nadar las truchas. Armamos los equipos e hicimos los primeros lances. La pesca estaba mala; las truchas no querían nada con los fierros, ni los seguían. Seguimos río arriba y la cosa no mejoró. Como a las 5 de la tarde llegamos a un lugar donde se hace una especie de glorieta entre los árboles y decidimos armar el primer campamento. Después de preparar un almuerzo onces comida, me senté a tomar unos mates a esperar que cayera la tarde, disfrutando del paisaje y del canto del río, cuando se acerco Javier y me dice “Las truchas están saltando en el pozón de arriba”. Sin el vicio aún de la pesca con mosca, y un poco a regañadientes de cambiar la cómoda posición que había logrado para mi adolorido esqueleto, fui a mirar. Efectivamente las truchas saltaban a comerse unas pequeñas polillas de alas blancas.
Me dispuse a armar la caña mosquera y buscando entre las moscas encontré una que tenía las alas blancas, la puse en la línea y dándome el espacio para no dejar la mosca en un árbol, me preparé para hacer mi primer lance, intentando recordar lo que había leído sobre esto. Mal que bien la mosca cayó al agua como a tres metros de distancia y bajo la atenta mirada de todos derivó corriente abajo, cual no sería nuestra sorpresa al ver una trucha saltar y engullirse la mosca. Salió ésa y muchas más. Todos querían pescar con mosca por lo que tuve que entregar el equipo y hacer turno para que todos aprendiéramos, corrigiéndonos unos a otros para lograr distancia. Puedo decir que esto cambió totalmente mi forma de pescar. Nunca he vuelto a pescar en agua dulce con otra cosa que no sea con mosca, y quizás por ésta, la primera trucha, mis preferidas son las secas de alas blancas. Verlas saltar cuando atacan la mosca es algo inigualable en otro tipo de pesca. Con esto se instauró el paseo anual de pesca; vamos todos los años y todos llevan su equipo mosquero. Practicamos el “Pescar y Soltar” porque no es comida lo que buscamos.
Este año me quede pegado en un pozón, porque vi saltar una trucha en una pequeña gruta en las rocas donde asomaban unos hierbajos a bastante distancia y no podía poner la mosca en el interior de ésta. Después de muchos lances logré hacerlo y la trucha picó. ¿Cómo describirles a ustedes la satisfacción que se logra al hacer un buen lance? Hay veces que pican muchas porque se agarra una eclosión. Otras es menos. Pero el paseo siempre es algo especial, las conversaciones en el campamento, las discusiones sobre cuál fue la mejor mosca o cuando me quitan el equipo de atado, para hacer una mosca especial con la que las truchas saldrán del agua a picar. Sólo me queda decir que si les gusta pescar con mosca o si tienen intenciones de introducirse en el vicio, busquen un río de cordillera y hagan un paseo, quédense una noche a la orilla del río, inviten a sus hijos, ustedes y ellos no olvidaran la experiencia. |
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