Son apenas las siete de la mañana. Por la ventana veo como el sol ya comienza a adornar los cerros de enfrente, dándole un aspecto hermoso. Anoche llovió, lo que se transformó en nieve en las cumbres que se asoman por sobre el bosque de coihues. En unas horas más nos vamos de vuelta a Balmaceda, el aeropuerto más cercano, poniendo fin de esa manera a una semana llena de increíbles experiencias, muchas risas, y notables anécdotas. Ahora puedo decir con propiedad que ésta fue sólo una semana más en el Patagonia Baker Lodge y miles de buenos recuerdos me alegran esta última mañana en este rincón de la Patagonia.


Las aguas color esmeralda del Río Baker en sus primeros kilómetros

Todo comenzó un día domingo, aterrizando en Balmaceda, a unos 300 km de aquí. El día prometía paisajes increíbles en el trayecto terrestre hasta el lodge, lo cual se cumplió plenamente. El imponente macizo de Cerro Castillo, adornado con abundante nieve en el portezuelo que cruzamos a pocos kilómetros de viaje, sólo se vio aumentado al encontrarnos con el valle del Río Ibáñez. Luego, cambiamos de valle para seguir a otro curso proveniente de Campo de Hielo Norte, el Río Murta, que cruza pastizales y cañones entre cerros para desaguar en el no menos impresionantemente hermoso Lago General Carrera, conocido como Lago Chelenko en la zona. Aquel lago color esmeralda es seguido por el igualmente hermoso lago Bertrand, dando nacimiento en su extremo sur al maravilloso Río Baker, a cuyas orillas hemos alojado por toda esta semana.

A sus orillas yace este especial reducto, un hotel en plena Patagonia. Nuestros anfitriones, los dueños y su grupo de guías, nos esperaban en la entrada que da a la nave principal, hermosamente decorada para ofrecer una apariencia natural. Al entrar nos dirigimos hacia el bar, promotor principal del ambiente de camaradería del PBL, rodeado por un par de chimeneas, y pequeñas salas de estar que ofrecen la impactante vista del río, los hielos de Campo de Hielo Norte, destacando el Cerro San Valentín. Una buena cerveza y buena conversación fueron parte de nuestra bienvenida. Ya instalándonos en nuestra habitación pudimos sentir más del ambiente acogedor del lodge. Una salamadra en funcionamiento ayuda mucho a evitar el frío de la noche patagónica, mientras que una gran ventana promete una espectacular vista apenas aparezca el sol al día siguiente. Todo lo que nos rodea confabula para darnos una acogida especial en este rincón natural del sur de Chile.

El día siguiente fue marcado como el inicio de la aventura de pesca, lo cual para quienes habíamos pasado el invierno en espera, implicaba por definición un día fantástico. La Patagonia nos regaló cielos parcialmente nublado y una dosis clásica de viento en nuestra visita a uno de los ríos al norte del lodge, elegido como primer destino. El espectáculo indescriptible de un río absolutamente cristalino, encerrado entre cerros que para nuestra admiración escondían hermosos huemules chilenos, de los cuales pudimos avistar un par, gracias a la aguda vista de uno de nuestros guías. La magia experimentada al encontrarnos cara a cara con algunos de estos casi extintos ciervos australes es indescriptible, recordándonos momentáneamente cómo debe haber sido esta tierra en años pasados.

En el agua, enormes especímenes de truchas marrones y arcoiris nos asombraban a medida que las divisábamos establecidas en distintos recodos de aquel precioso río. Nuestro grupo compuesto por 5 pescadores mostraba claros indicios de ansiedad por comenzar la jornada. La primera oportunidad nos situó en uno de los recodos de aquel río, distribuidos por parte de la orilla. Las cañas mosqueras se agitaban con gran esperanza, mientras aquellos enormes peces se movían por un trecho de agua. El primer grito de éxito vino de uno de los pescadores del grupo. Una gran arco iris luchaba al otro extremo de su línea. Unos minutos después, la fuerza de un rápido del río, junto a las rocas de las orillas lograron cortar el fino hilo, liberando al hermoso ejemplar. Poco después fue mi turno, con una trucha de buen tamaño que se abalanzó sobre mi mosca en la cabeza del recodo. Fotos salieron de varias cámaras y felicitaciones de parte de los guías. Varias otras oportunidades más se presentaron durante aquella tarde que culminó con una hermosa puesta de sol, otra de aquellas legendarias escenas de la Patagonia.

El turno del grandioso Río Baker no se hizo esperar. El lodge, estratégicamente ubicado a orillas de éste, el río más caudaloso de Chile, y posiblemente uno de los más hermosos, se adorna diariamente con los bosques de coihues de Magallanes que rodean su cauce, y el impactante color esmeralda de sus aguas. Habitantes de aquel curso incluyen numerosas truchas arcoiris.


Algunas vistas del Patagonia Baker Lodge, tanto sus terrazas, su entrada y su interior.

Desde la acogedora terraza del lodge, mientras un buen vino chileno nos alegró el mediodía, fue posible ver un gran sector del río, e incluso divisar varias de estas truchas mientras se alimentan de insectos cerca de la superficie. El espectáculo aumenta cuando ocurre alguna de las famosas eclosiones de insectos de este río, durante la cual muchas moscas de una especie salen al unísono del agua para iniciar su ritual de apareo. Las truchas saben de estas situaciones y las aprovechan para darse un festín, al igual que una multitudinaria bandada de golondrinas que nos maravilló por largo rato, al ver cómo maniobraban simulando una nube que se acercaba repetidamente a la superficie del río para hacer su merienda de estos insectos. Es realmente la naturaleza en su más potente expresión, haciéndonos olvidar rápidamente las jornadas urbanas.

Nuestro grupo, armado de cañas mosqueras, pasamos más de una jornada disfrutando de las aguas del Baker y la combatividad de hermosas truchas arcoiris que luego de una rápida captura, fueron devueltas a su medio acuático con gran delicadeza. Es éste un lugar tan pristino que no es concebible otra cosa que no sea la pesca con devolución.

No podíamos dejar fuera una cabalgata por estas tierras australes. Así fue como una mañana nos dirigimos en la camioneta del lodge a un hermoso bosque junto a una pequeña laguna. Nuestras monturas nos esperaban, por lo que pronto comenzamos a avanzar por un faldeo que luego de unos minutos nos permitió pasar por un portezuelo, abriendo ante nuestros ojos un redondo lago en el valle contiguo, rodeado de montañas nevadas. Sólo el golpeteo de un carpintero cabeza colorada interrumpió la quietud del descenso hacia el lago, cargado de impaciencia y alegría en nuestro grupo de pescadores. Luego, ese día, unas horas flotando en las aguas, o bien lanzando desde la orilla nos dio interminables peleas con las combativas truchas que ahí encontramos. Una pausa para un buen almuerzo fue la única interrupción, culminando la jornada con el regreso por el mismo sendero, retornando a un valle adornado en dorado por los últimos rayos de sol de aquella tarde. Simplemente perfecto.

Las místicas truchas marrones o fario de la Patagonia no se hicieron esperar en nuestra estadía, así como las arco iris de gran tamaño. Uno de los ríos visitados fue considerado por todos como el equivalente a un acuario. La cristalinidad de sus aguas y el lecho compuesto por troncos y vegetación formaban un escenario impresionante al ver pasar truchas que sobrepasaban los cincuenta cm. de largo. Varios de nosotros pudimos experimentar la fuerza de estos peces al verlos pelear vigorosamente al verse engañados por lo que pensaron eran pequeños peces de los que acostumbran alimentarse, representados adecuadamente por nuestros streamers, moscas de gran tamaño trabajadas a fondo, siguiendo las precisas instrucciones de nuestros guías. Los recuerdos de aquella tarde son reforzados por numerosas fotografías tomadas a sonrientes pescadores orgullosos de sus trofeos. Similar situación vivimos en algunas de las bocas de los grandes lagos de la zona, en los cuales los gritos de nuestro grupo se alternaban entre fotografías y un delicioso y reponedor asado al disco.

Cada jornada de esta semana culminó con nuestro grupo completo sentado a una de las grandes mesas del delicadamente adornado comedor, donde innumerables y suculentos platos nos hicieron reponer la energía gastada en cada sesión de pesca refinando nuestros paladares. Miles de anécdotas volaban por la mesa, mientras que los tamaños de las truchas de la jornada aumentaban con cada minuto. La risa era inevitable. Fue prácticamente imposible no disfrutar aquellas veladas, en las que chistes contados por cada uno de los presentes se alternaban entre delicias culinarias y extraordinarios recuerdos de las experiencias vividas.

Ya tengo mi bolso listo. Un pitío canta afuera de mi ventana mientras observo las hermosas aguas del Baker, el más caudaloso de Chile. Me despido de este paraíso, de esta mágica zona. Sólo confiando en que en el futuro podré volver a este mismo lugar a disfrutar de la Patagonia y por supuesto, a tener una de las mejores semanas de mi vida en este rincón perdido en las tierras australes de Chile.


Si le interesa tener mayores informaciones de este interesante destino de pesca con mosca en el sur de Chile, por favor, contáctenos por medio de RiosySenderos.com a destinos@riosysenderos.com, y le contaremos de los planes y alternativas de visita a este hermoso paraíso en la Patagonia Chilena. 

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