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"En su imponencia y vulnerabilidad, la ballena franca es una alegoría de la amenaza a la naturaleza prístina..." Claudio Campagna
Hacia fines del 1600, las ballenas francas australes (eubalaena australis) ocupaban los océanos de casi medio mundo, en incontable número. En el 1800, más de 100.000 ballenas francas habitaban el hemisferio sur. Hoy, a fines del 1900 y en los albores del siglo XXI, se estima que aproximadamente 4.000 es todo lo que queda de esta especie. Cada año, grupos de ballenas viajan por los mares hacia una decena de puntos dispersos en el mundo para reproducirse y parir sólo una cría por vez. Uno de estos lugares es Península Valdés, en la Patagonia argentina, que recibe en sus tranquilas aguas a cerca de 400 animales desde abril a octubre.
El inicio de la aventura Animados por relatos, documentales y mitos acerca de estos enormes mamíferos, y con las ganas inclaudicables de vivir emociones nuevas, un grupo de amigos decidimos lanzarnos a la aventura de conocer el mundo a más de dos mil kilómetros de distancia, en el sur de nuestro continente americano.
Nuestro viaje se inició en Santiago, un día de septiembre, y tuvo como primera parada Puyehue. Al día siguiente cruzamos la frontera bajo una nevazón espectacular que nos permitió transitar el bosque bajo un increíble y relajador silencio. Llegamos a Bariloche, y desde ahí seguimos hacia el sur a Esquel. Hasta este punto, el paisaje argentino nos regalaba vistas de lagos, bosques y cordillera nevada. Al enfilar hacia el este, hacia el Atlántico, el paisaje fue cambiando una y otra vez, y nos mostró la otra cara de la Patagonia. Enormes extensiones de tierra casi plana, con vegetación compuesta casi exclusivamente por pastizales y llaretas, habitada sólo por un viento helado que en ocasiones nos movía el jeep. Dejamos atrás los cerros, los caminos con curvas y en pendiente, y nos enfrentamos a una carretera casi recta, en perfecto estado, que a ratos se nos presentaba interminable. Sin embargo, cuando comenzábamos a quejarnos de lo monótono de nuestro viaje, la Patagonia nos regalaba una sorpresa. La primera fue una colonia de unos sesenta flamencos australes (phoenicoperus chilensis) en un bofedal en medio de lo que Darwin llamó "el desierto verde". Luego serían quirquinchos, ñandúes, guanacos, águilas, cóndores... y una puesta de sol inolvidable a nuestra espalda, como si estuviera escondiéndose detrás de la cordillera. La naturaleza tiene esa particular forma de mostrarnos que es fuente inagotable de sensaciones y emociones, y que nada es ella es monótona. Una gran lección. Al final del día, y luego de recorrer casi 600 kilómetros desde Esquel y cruzar literalmente el territorio sudamericano, llegamos a Puerto Madryn, ubicado en las costas del Golfo Nuevo al sur de Península Valdés, a orillas del Océano Atlántico.
¡Ballenas! A la mañana siguiente avanzamos en dirección al norte. De pronto, en el borde del acantilado costero que caracteriza la zona, vimos un grupo de autos detenidos. Curiosos, nos acercamos y pudimos observar a la distancia los característicos chorros de agua en forma de "V" que emiten las ballenas francas. Apenas se divisaban a la distancia gracias a nuestros binoculares, pero la emoción ya era creciente. ¡Ballenas! Seguimos hacia el norte y nos detuvimos en Playa Doradillo, sitio conocido como la "maternidad" de las ballenas. Aquí pudimos ver, para nuestra enorme sorpresa, a ballenas hembras de 13 metros de largo jugando plácidamente con sus crías... a menos de 10 metros de la orilla. Luego de las fotos de rigor, nos sentamos a contemplar este espectáculo gratuito en silencio. Las palabras sobraban en este momento. Ver ballenas no es lo mismo que hablar de ellas.
Nuestro viaje continuo hacia el norte, para ingresar a la Reserva Faunística Provincial de Península Valdés, y llegar a Puerto Pirámides, en el extremo norte del Golfo Nuevo. Este pequeño pueblo de 200 habitantes nos acogió como uno más de la zona, y nos brindó una inigualable sensación de estar en casa. La gente que vive en este puerto ballenero tiene una motivación muy particular para hacerlo. Para ellos, llevar turistas a avistar ballenas o atender un bar es sólo un trabajo. El verdadero objetivo de vivir aquí es vivir la naturaleza y el mar, es dormir cada noche con el ruido de las olas y el cantar de las ballenas, es alejarse del mundanal ruido de las grandes ciudades y encontrarse con una paz interior que causa sincera envidia.
Desde la playa de Puerto Pirámides nos embarcamos en un barco con capacidad para 70 personas y nos lanzamos hacia el Golfo Nuevo a ver ballenas. Nuestra expectativa era repetir la hazaña de divisarlas a unas decenas de metros. Grande fue nuestra sorpresa cuando una ballena se nos acercó y comenzó a mojarnos con el aleteo de su cola y su chorro de agua en forma de "V"... a menos de 3 metros. Mayor fue el impacto de ver como la misma ballena se nos acercó a tal punto que casi pudimos tocarla. Simplemente impactante. Entre disparos de máquinas fotográficas y un masivo "ooohhhhh", la escena se repitió una y otra vez durante la media hora que estuvimos embarcados. Volvimos a puerto con la sensación que "necesitar" volver a vivir la experiencia, pero más cercana y más íntima. Sin 70 personas comentando el hecho, sino en silencio. ¿Cómo hacerlo? La respuesta la tuvimos a los 10 minutos, cuando alguien se nos acercó para ofrecernos un viaje en "gomón". Luego de la explicación que eso era sinónimo de "Zodiac", pagamos y nos subimos junto a otros 4 pasajeros y nuestro guía. A los pocos minutos teníamos a un grupo de 10 ballenas de 10 metros y más de 30 toneladas nadando alrededor de nuestra frágil embarcación. Estábamos a nivel del agua, así es que nuestra sensación de pequeñez era manifiesta. Nuestro miedo inicial al ver que una se nos acercaba decididamente dio paso a un espectáculo absolutamente indescriptible y mágico. Estas simpáticas criaturas jugaban alrededor nuestro, nos mojaban con sus colas y nos movían el Zodiac topándolo y cruzándose por abajo, hasta llegar a levantarnos con su lomo. El broche de oro fue una ballena que decidió saludarnos con su enorme boca, acercándola al bote para que la tocáramos. Simplemente sobrecogedor. Dejamos el agua con la imagen de una puesta de sol y la silueta de una cola de ballena pegada en nuestra retina. Nuestro último día en estas tierras lo dedicamos a recorrer la península. Fue un circuito de mas de 200 km., en los que vimos lobos y elefantes marinos, pingüinos, ñandúes, guanacos, zorros y búhos; entre acantilados, salares, desierto y soledad.
El regreso... Emprendimos el viaje de regreso hasta Esquel, para posteriormente entrar a Chile por Futaleufú. Así pudimos celebrar el 18 de Septiembre a las orillas del Lago Espolón.
El viaje siguió por la carretera austral hasta Chaitén. Nuestra idea era tomar el transbordador que nos llevaría a Quellón, en Chiloé, para luego volver a Santiago. El único detalle fue que el transbordador no llegó a Chaitén por un desperfecto, así es que nos vimos enfrentados a un gran problema. En menos de dos días teníamos que volver a trabajar en Santiago, y estábamos a 1400 km. al sur. La única alternativa, que ciertamente parecía una locura, era volver a Argentina y entrar a Chile por Puyehue. Eran las 11 AM. Nos quedaban 8 horas para el cierre de la frontera, y estábamos a 700 km. Debíamos ser rápidos. Sin más, partimos hacia Esquel nuevamente, luego a Bariloche y finalmente al paso Cardenal Samoré en Puyehue, con breves detenciones para llenar bencina, ir al baño y comprar comida; todo en las mismas estaciones de servicio, para no hacer paradas adicionales. Aunque parecía imposible, logramos la hazaña de llegar literalmente un minuto antes de la hora de cierre, y fuimos los últimos en cruzar la frontera hacia Chile. Esa noche alojamos en Osorno absolutamente agotados. Al entrar a Santiago, punto final de nuestro viaje de más de 5.200 km. en 10 días, nos queda la sensación de haber estado en un lugar fantástico, donde nada se compara a la felicidad de estar frente a algo libre. La dualidad entre la enormidad y la vulnerabilidad de las ballenas nos deja una huella imborrable, y nos reafirma nuestra labor de promover la conservación de estos verdaderos santuarios de la naturaleza para que, algún día, nuestros hijos puedan revivir estos momentos inolvidables. Vale la pena. Artículo y Fotos: Nicolás Varela P. |
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