
Hace algunas décadas fui con mi padre a pescar a lo que hoy es la Reserva Nacional del Río Clarillo en Pirque (hoy está prohibida la pesca en ese sector). No recuerdo por qué razón en particular, pero el hecho es que llegamos al río bastante tarde y era muy poco el tiempo que tendríamos para pescar. Me apuré a armar el equipo y partir al río, donde en los primeros lanzamientos ya tuve unas picadas interesantes. A los pocos minutos, me apropié de un pozón que prometía y al primer lanzamiento, enganché una hermosa trucha de unos 50 centímetros, la que con bastante trabajo logré acercar a la orilla. Cuando me disponía a tomarla, sus sacudidas repentinas desengancharon el anzuelo y la trucha se perdió nuevamente en las aguas. Mi frustración fue grande, dada esa necesidad de "mostrar el trofeo", típica de la inmadurez y la inexperiencia de la niñez. Había perdido el premio mayor del día. Recuerdo que mi padre y su amigo que lo acompañaba se me acercaron para darme ánimo y bajarle el perfil al momento con un par de bromas. "Me como una vaca entera si saco otra trucha como esa en el próximo pozón", sentencié con la firme determinación que da el tener casi 12 años. Imaginen mi sorpresa cuando al primer lanzamiento en el siguiente pozón, una fario similar tomó violentamente mi señuelo, esta vez sin soltarse. ¡Glup! ¡Tendría que cumplir la promesa! Veinticinco años atrás aún se podía encontrar truchas de más de dos kilos en Pirque, ¡qué recuerdos! Por cierto, la vaca me la comí en cómodas cuotas mensuales durante varios años. |
Pablo Sotomayor Lemaire |
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