Un Hermoso Regalo de Navidad - Patricio Brown Trout

¿A mis seis años? ¿O tal vez cuando estaba por cumplirlos? La verdad es que no recuerdo bien. Recibí entonces mi primer regalo de pesca. Corría Navidad. Mi padre, un avezado pescador, había contado las horas para que yo enterara aquella edad, en que junto a él, pudiera compartir vivencias de pesca. Como todo niño, había solicitado para aquella fecha y como único regalo, un equipo de pesca. Es que acompañando a mi padre ocasionalmente y como vigía, el tema me había logrado entusiasmar. Soñaba con una linda caña y un hermoso carrete. Sin embargo, mi mayor anhelo era un canasto de pesca. No cualquiera. Deseaba con ansias aquél que había visto en manos de un buen amigo de mi padre, que cargaba hacía varios años en sus hombros. Tenía características especiales; era pequeño pero a la vez espacioso, y su forma se adaptaba de manera perfecta a la cintura, gracias a su curvatura. Nada parecido se ofrecía en Chile. Éste, provenía de su natal España.

Los meses transcurrieron y se perpetuaron las salidas de pesca con aquel amigo. En cada una de ellas, y cuando me era posible, me ofrecía a cargar el canasto. Y así, por pálidos instantes, abrazaba al más hermoso y delicado canasto del mundo. Con el correr del tiempo y al conocerme más profundamente, el amigo de mi viejo me tomó gran cariño. Y notó la fascinación que rodeaba a mi rostro cada vez que cargaba aquel canasto.

Navidad era el gran día. Era el pequeño de la familia, por lo que mucho, tal vez todo, giraba en torno a mí. Y así, entretenido y soñador, discurría historias respecto del tamaño y forma de aquellos grandes paquetes. En ocasiones osaba tocarlos, lo que me era prohibido. El Árbol de Navidad se levantaba precioso. Colmado de luces que destellaban y una gran estrella en su zenit, y en sus pies, multicolores regalos. La gran familia se reunía en una mesa, la que por sus proporciones me era difícil alcanzar, y sobre la que se disfrutaba de manjares, con los que mi madre junto a mis hermanas, nos habían aquella nochebuena regalado. Y el reloj marcó la medianoche. Aquella que en Navidad brinda magia y esperanza, y anuncia el nacimiento de Jesús. Aquella que, además, marca el estampido de niños al Árbol de Navidad. Me encontraba nervioso e impaciente, y aún recuerdo la helada transpiración que corría por mi cuerpo. Parte de la emoción que me embargaba en aquel instante.

Se iniciaba así, la tan conocida repartición de regalos con agradecimientos al "Viejito Pascuero". Recuerdo haber recibido muchos regalos, pero no haber mostrado interés por ninguno de ellos. Sólo deseaba mi equipo de pesca. Y con fe, aquella que en Navidad abunda, esperaba. Para de pronto escuchar un golpe en la puerta principal y el característico "Jo, Jo, Jo". Atónito, tal vez perplejo, miraba a unos y otros, para luego gritar, "¡Es el Viejito Pascuero!". Desconsoladamente y luego de abrir la puerta, comprobé que ya no estaba. Se había ido. Le faltaban regalos por repartir. Sin embargo, y al bajar la vista, grande fue mi sorpresa al descubrir un largo y aguzado paquete y un segundo, que asemejaba en forma a un zapallo. No dudé en que era mi equipo de pesca, y así lo era. Grande era mi alegría.

Abrí cada regalo, tan rápido como pude. Y me encontré al destapar aquel largo y aguzado envase, con una hermosa caña para truchas. Que aún cuido y conservo. Y luego abrí aquel segundo paquete. El zapallo. Aún lo recuerdo. Estaba seguro. Era un canasto de pesca. Y lo era. Pero mi sorpresa fue mayúscula cuando percibí que el canasto era idéntico al del amigo de mi padre. En su interior yacía un set de cucharas y un carrete. No cabía en mis zapatos. La emoción era grande en demasía. Era ESE canasto. Aquel mágico canasto de historias de pesca y amistad. Aquel canasto que había, con honor, cargado tantas veces. Un canasto construido con hebras de fibras naturales, que al igual que el heno que cobijó a Jesús aquella noche, me envolvía a mí en esta ocasión. Nunca pense que llegaría a poseer ese preciado canasto. No era el canasto lo que ansiaba. Era todo su significado y magia.

Y así, con el correr del tiempo, me fue confesado que aquel canasto, aquel mágico canasto, me lo había obsequiado aquel celestial y veterano amigo de mi padre. Sin embargo, seguía sin comprender cómo, dónde, y en qué forma lo había obtenido. Es que ESE canasto no se fabricaba en nuestras tierras. Y pasó aún más tiempo para que me fuera revelado el secreto. Pertenecía a un hijo de aquél, el que mucho amaba, y que por cosas de la vida había perdido.

El canasto, aquél canasto, forma parte de lo que lo conservo y siempre conservaré. Por ende el espíritu amable y sincero de ese español bondadoso, quien según he sabido, fue un gran pescador y formador de muchos de los amigos actuales que tiene mi padre. En ese tiempo era conocido como "DON PACO CARO".

Deseo transmitirles esta vivencia, muy personal, para de alguna manera dar las gracias a ese hombre ejemplar, que cubierto de bondad y simpleza, me hizo feliz durante años. El canasto aunque lo dejé de utilizar bordeando los 15 años, aún me recuerda los valores esenciales del hombre. Y me acerca Navidad tras Navidad, a la búsqueda de aquella bondad que reina en muchos.

MUY FELIZ NAVIDAD

Patricio Brown Trout


Patricio recibe el apelativo de Brown Trout, en virtud de su fascinación y éxito con aquellas truchas del mismo nombre. Habiendo visitado Chile y el extranjero junto a su caña, en todas sus aventuras desborda aquella bondad y simpatía que nos relata en esta hermosa historia.

Patricio puede ser contactado en pbrown@riosysenderos.com



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