
Era una madrugada muy helada de abril, el reloj aún no daba la ocho, cuando llegamos al río, ubicado entre grandes cumbres de la cordillera central, en las inmediaciones de la gran ciudad. Se trataba de un hermoso río cordillerano de aguas totalmente cristalinas, alimentado sólo por las nieves andinas. Ansiosos recorrimos el sendero que comunicaba el fin del camino para vehículos con nuestro objetivo. El día era perfecto, estaba completamente despejado y prometía alcanzar una temperatura muy agradable. Nos vestimos apropiadamente y armamos nuestros equipos, mientras el río corría cristalino, escabulléndose de pozón en pozón. Al acercarnos para realizar nuestros primeros lanzamiento, nos percatamos que la actividad era abundante, pudiéndose divisar ejemplares de excelente talla. A los pocos segundos de alcanzar mi ninfa el agua, una hermosa trucha se dispuso a tomarla y el zumbido del carrete estremeció mi alma. Era la primera pieza del día, tal vez, la más anhelada, ya que permitía predecir el desenlace de la jornada. Era un espécimen formidable, de excelente talla, y combatió de manera honrosa. Al llegar a mis manos noté que era una robusta fario de aproximadamente un kilo y medio y de colores perfectos, lo que denotaba muy buena alimentación. Así prosiguió la mañana, haciéndonos vivir intensamente. El lugar era perfecto, no habían vestigios de que otros pescadores hubiesen estado ahí en mucho tiempo, no había rastros de basura, no había nada que hiciese denotar la presencia humana, era simplemente un lugar perfecto. Estábamos encantados con el lugar y la pesca había sido extraordinaria. Habíamos logrado un abundante número de piezas y sus tallas eran, en general, excelentes. Las mayores alcanzaban, tal vez, los dos kilogramos. La tarde se sucedió aún mejor, cambiamos los patrones por secas y seguimos deleitándonos con un éxito fenomenal.
Al concluir el día llegamos de regreso al jeep, estaba atardeciendo y el frío hacía sentir la llegada de la noche, mas estabamos encantados y nuestros rostros lo demostraban con una incontenible sonrisa. El día de pesca había sido simplemente perfecto. Así retornamos a nuestros hogares, dejando como vestigio de nuestra presencia sólo las huellas de nuestras pisadas en la orilla del río, las cuales probablemente se borrarían con la siguiente crecida. Los últimos días de abril del año pasado decidimos visitar un hermoso río, ubicado en las cercanías de Santiago. Partimos temprano por la mañana y al llegar el sol ya iluminaba el hermoso paisaje. Estacionamos a orillas del río y notamos que ya se encontraban dos pescadores, quienes, para suerte nuestra, se habían limitado a recorrer sólo unos pocos pozones. Emprendimos nuestra excursión corriente arriba. Pescamos todos los pozones y para el final de la jornada habíamos logrado sólo unas cuantas piezas y todas ellas menores de treinta centímetros. Estabamos muy satisfechos, ya que la población de truchas era bastante escasa. El río mostraba huellas claras de la gran afluencia de pescadores, los cuales fin de semana tras fin de semana lo explotaban indiscriminadamente. Había latas, botellas, harapos y restos de fogatas por todos lados, dejando en claro el poco afán ecológico de sus visitantes. Estos dos relatos corresponden al mismo río, un lugar de "supuesto acceso restringido" (por ubicarse dentro de un fundo privado) a no más de dos horas de Santiago. Las únicas dos diferencias son que en el primer viaje relatado nos internamos por el cajón no más de un tercio de la distancia recorrida la segunda visita y, también, la fecha. El primer relato corresponde al año 1993, mientras que el segundo lo realizamos este año. Creo que después de tan explícita diferencia cabe preguntarnos, ¿para dónde vamos? O, tal vez, ¿qué hemos hecho para evitarlo? La población de truchas en casi la totalidad de los ríos y esteros de la Zona Central ha disminuido considerablemente los últimos veinte años, obligándonos a buscar lugares cada vez más apartados, de difícil acceso, ubicados en fundos privados donde está prohibido el ingreso, lugares cuyo permiso es muy difícil de conseguir. Lamentablemente la realidad es así, los ríos son devastados año tras año por inescrupulosos pescadores que no permiten a la naturaleza mantener su equilibrio, transformándolos en cursos de agua despoblados o con muy poca actividad. No pretendo definir cual conducta es buena o cual conducta es mala, no se trata de que la pesca con devolución es la correcta y las demás están equivocadas, sólo quiero enfatizar que existe una ley que regula esta actividad y que, por lo tanto, hay que cumplir. Tampoco busco el cuestionamiento de ésta, mas esperarías su rigurosa aplicación. Creo que gran parte de la causa de la destrucción de nuestros lugares de pesca se debe a la falta de conciencia, falta de conciencias de pescadores inescrupulosos que arrasan con lo que capturan, falta de conciencia de las autoridades que NO fiscalizan y, por último, falta de conciencia la mayoría de nosotros que no lucha (o no con la suficiente fuerza) por revertir esta situación. Por último quiero reconozco y destaco los esfuerzos de algunas personas y organizaciones que luchan desinteresadamente por cambiar el previsible fatal desenlace de muchos de nuestros lugares. De todo corazón espero que nuestros hijos y nietos puedan gozar plenamente de la espectacular naturaleza que nos rodea, disfrutando de paisajes, árboles, flores y truchas, muchas truchas. |
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