
Junto a Harry Piper hurgueteábamos al interior de nuestras mochilas indagando por algún binocular. Una pareja de enormes y momentáneamente desconocidas bestias que asomaban en el horizonte, nos mantenían algo más que perturbados. Por cerca de cuatro horas habíamos recorrido el First Meadow del Slough Creek en búsqueda de cutthroaths. Nos encontrábamos al interior del más antiguo parque nacional del planeta, Yellowstone - Estados Unidos, lugar donde un pedregoso y empinado sendero nos había conducido en más de una y media hora de afanosa caminata, hasta los márgenes de este hermoso, cristalino y productivo arroyo. Un típico limestone creek, dotado con la más pura y concentrada población de truchas cutthroat del planeta. Rodeado por tersos pastizales a lo largo de su sensual y sinuoso curso, una aplastante variedad de pinos y cipreses en los alrededores, y las imponentes Absaroke Mountains como marco de fondo. ¡Qué más pedir! El día había nacido temprano, en la cercana ciudad de Bozeman - nombre heredado de uno de sus fundadores - estado de Montana, con detención en Livingston, a no más de veinte minutos en automóvil de la primera, gracias a que el estado de Montana había derogado recientemente los límites máximos de velocidad en carretera... Nuestra primera parada había de ser George Andersons Yellowstone Angler, local especializado en pesca con mosca, y con gran prestigio internacional por su extraordinaria belleza y excelencia en atención. En el mismo recibiríamos los últimos reportes de pesca y hatches del Slough Creek, que a su vez nos permitirían adquirir los patrones más adecuados para el festín. No había tiempo para montar moscas... El día se encontraba, extrañamente, frío y cubierto a la vez. A ratos, una ligera llovizna hacía su aparición en tierra de Shoshones. Jim Adams - uno de los calificados guías de pesca de la zona - y Jim Brungardt - jefe de local de Yellowstone Angler - sugerían algunas buenas imitaciones de hoppers y algún stimulator para el mediodía. Tarde y atardecer se encontraban propicios para cambiar a patrones que imitaren pequeñas Baetis (Mayflies), en pequeños tamaños 20 y 22. La recomendación terminaba indicando tippets de entre 6X y 7X y presentaciones... ¡downstream! Esto último evitaría que nuestras amigas las cutthroat distinguieran los delicados tippets utilizados... aun cuando su diámetro no sobrepasara 7X. Cerca de siete años habían transcurrido desde que Harry Piper había visitado por última vez el First Meadow del Slough Creek. Guardaba gratos recuerdos de aquella última aventura. Considerado un notable pescador con mosca de la hermosa y apacible Bozeman, Harry se encontraba disfrutando de su Año Sabático. En momentáneo olvido yacía el negocio de corretaje de propiedades para uso agrícola y de esparcimiento en el territorio llamado Big Sky Country. La narrativa de historias y cuentos de pesca con mosca constituían hoy parte importante de su diario quehacer. Al igual que las visitas de pesca a ríos y lagos de la zona. Situación envidiable... ¡Por cierto! Habíamos dejado Yellowstone Angler y nos encontrábamos rumbo a Mammoth Hot Springs, entrada norte del Parque Nacional Yellowstone. La ruta avanzaba por medio del amplio y hermoso Paradise Valley, bordeando el Yellowstone River, el que por gracia del otoño se cargaba con caducas y amarillas hojas provenientes de cercanos cottonwoods y uno que otro aspen. Despedían el verano e informaban a la vez, de una nueva parada. Una nueva estación. A medio camino aparecían, Nelson, Depuy y Armstrong Spring Creek, quienes vaciaban su fértil y prodigioso cauce en las aguas del Yellowstone River. Armstrong, virtualmente destruido como consecuencia de las importantes crecidas experimentadas por el río Yellowstone durante la pasada primavera. Depuy, lamentablemente deteriorado, pero recuperable. Numerosas cutthroaths, arcoiris, marrones y cutbows, habían visto desaparecer su preciado hábitat. Vagaban. Me volvían imágenes del gentilhombre Juan Manuel y una hermosa cutthroat latiendo sobre sus manos. Un Whitlock hopper, presentado por espacio de más de dos incansables horas, había conseguido dar frutos el año anterior. Difícil de reanimar. Como de costumbre, Mammoth Hot Springs se encontraba con saludable cantidad de turistas. Me incluía. Sorprendente era el número de visitantes provenientes del país del sol naciente. Un único y hermoso Elk macho vigilaba su piño de hembras en las cercanías del correo. Disparos fotográficos por doquier. Según Harry confidenciaba, abandonaban el bosque en busca de pasto verde y tierno. Y con certeza, para exhibir aquella esbelta y distinguida figura ante cientos de cámaras y lentes de remota procedencia. Refrendaban nuestro heroico huemul, antaño presa de inescrupulosos y arrogantes cazadores. Hoy... extinguido al simple observador. ¿Cuántos me habían regalado con la alegría de observarlos... ? Wayne Gratz con The Green Room desplegaba virtuosidad, melancolía y reflexión por la radio... En el aire... tristeza. "¿La licencia de pesca? Diez dólares para diez días." Dos verdes billetes que mostraban la imagen del gran Abraham Lincoln, daban mi licencia por pagada. "Guardo gratos recuerdos de Chile", mencionaba el Ranger. "¿Sabe Ud. cómo practicar catch & release? Le enseñaré las reglas que rigen para Yellowstone... Aquí tiene el folleto explicativo que resume lo que recién le señalé. Bienvenido. Buena suerte. Y saludos a Chile." Mi licencia era la número 54134. Humeantes calderas nos despedían de Mammoth Hot Springs. Tierra sacra para los Shoshones. Profanada por el hombre blanco. Aparecían en imágenes la sabiduría de la joven y pequeña Sacajeawa, cargando a un hijo de semanas, abriendo la puerta del oeste norteamericano junto a Lewis & Clarke. Un tributo a la unión del hombre y la naturaleza. A la tribu Shoshone. Cerca de nuestro arribo, una sinfonía de mamíferos y aves se mostraba al visitante. Búfalos por doquier. Y más de alguna Bald Eagle símbolo del escudo norteamericano. Un cielo gris y amenazante nos recibía al estacionar el todoterreno en el llamado parking lot. Iniciábamos la travesía con destino final al first meadow. Algo de cansancio y sudor nos acompañaban a lo largo del sendero. Mi visita anterior se había circunscrito a las aguas más bajas del Slough Creek. Aquellas colindantes con el parking lot. Recordaba la magnífica eclosión de Gray Drakes que habíamos presenciado alrededor del mediodía. No en esta ocasión. Rayos del tibio sol de septiembre se encontraban por ahora, ausentes. Nos hallábamos en el first meadow. Corría suave y sin perturbaciones. Serpenteante y con una profundidad que en su tramo máximo no superaba los dos metros. Mantenía una temperatura cercana a los 11 centígrados y un ancho que no excedía de quince metros. Amplio, descubierto y extenso, con un lecho de gravilla y arena, el que en ocasiones se volvía fangoso. Dotado con una fértil vegetación acuática, ofrecía el hábitat perfecto para insectos con desarrollo acuático. En su mayoría era un gran pool en movimiento, aun cuando en ocasiones presentaba pequeños runs y riffles. Limpio, cristalino y con adecuada oxigenación. De fácil acceso. Parecía increíble encontrar en él tanta actividad y concentración de cutthroats. Decenas de ellas, sin embargo, se desplazaban por su curso. Rememoraba lo leído del gran Charles Brooks, mi amigo Dave Hughes, y Charles Meck, Greg Hoover, Chuck Fothergill, Bob Sterling y otros más. Próximo a Harry, iniciaba los primeros lances. Cortos, delicados y precisos. Una suave caña Scott # 5, se acompañaba del hermoso carrete Abel que L. A. García me había obsequiado el año anterior durante mi visita a Denver. Cargaba una nueva línea de la serie Teeny Professional. Era una weight forward floating diseñada por Gary Lafontaine, color oliva, especialmente propicia para enfrentar truchas tímidas y recelosas. Empleaba un leader con un largo de diez pies y grosor 6X. A éste había atado un tippet 7X, y una Royal stimulator tamaño 12 en su extremo. Vigilaba la superficie buscando rises. Uno que otro, pero esporádicos. No estábamos en presencia de algún hatch de importancia. El attractor debía funcionar de maravilla... Me cuestionaba el porqué de tan efímera pesca con mosca seca en Chile. ¿O era que pocos intentábamos con ella? ¿O la desconocíamos casi por completo? Difícil respuesta. Una cobriza y delicada cabeza emergía súbitamente desde el fondo tomando mi mosca. Harry apuntaba con la cámara. ¡Era una distinguida e inconfundible cutthroat! Cercana a las 18 pulgadas de largo, libraba una fiera disputa arroyo abajo. Luego de algunos minutos lográbamos cogerla para regresarla a su medio. Nuevos y numerosos piques animaban la fiesta. La temperatura ambiente había caído a un nivel desagradable. El termómetro indicaba tres grados bajo cero y comenzaba a nevar copiosamente. Montana mostraba un comienzo de otoño muy distinto al chileno. Sentía frío en mis manos y mis pies. Las cutthroat se mostraban alegres y revoltosas. Cientos y cientos de delicados rises aparecían en la superficie sorbiendo los adultos. Como por arte de magia. Era hora de las Baetis. La eclosión de miles de ellas nos mantenía asombrados. Y continuaban los rises que rompían con la pasividad del terso curso del Slough Creek. Ya habíamos montado buenas imitaciones de Baetis adultos... en tamaño 22. Los lances los ejecutábamos cortos y arroyo abajo, procurando que los diminutos y casi invisibles patrones no dragaran sobre la superficie. Difícil tarea. ¡Casi imposible! Harry conseguía una, dos, tres y muchas más, mientras yo contemplaba con angustia. Finalmente lograba el cometido. Comenzaba a adquirir la necesaria... experiencia. La blanca lluvia había cesado. No así, el frío y las Baetis... Un visitante de Australia se detenía a nuestras espaldas e inquiría sobre la pesca. Su slang era poco comprensible, aun para Harry. Se quejaba de la dificultad para conseguir piques. Y del tamaño de patrón necesario para conseguir engañar a una cutthroat. Eran sin duda más astutas de lo que pensábamos. ¡Y más selectivas! El australiano que se despedía, y un último pique me contentaba por lo que restaba del día. En tanto, a no más de trescientos metros notaba dos grandes sombras que se movían. Había olvidado mi par de binoculares. Llamaba la atención de Harry quien buscaba los propios. Sólo doscientos metros nos separaban de los desconocidos visitantes. Dudaba en la posibilidad de una pareja de grizzlies - osos grises - por cuanto no más de trescientos poblaban todo el extenso Parque Yellowstone. Llevaba los binoculares a mis ojos, y comprobaba con horror entre los matorrales, que se trataba de una pareja de grizzlies ... ¡madre y cachorro! Nos encontrábamos en una situación de peligro. Afortunadamente el viento soplaba hacia nosotros, por lo que no percibían nuestro aroma. De una y media hora a sólo veinte minutos reduciríamos el tiempo de regreso. Nos encontrábamos a salvo, y exhaustos. Caía la noche. Sudábamos entre los waders. Era tiempo de regresar a Bozeman, no sin antes reportar el encuentro, a la más próxima estación de Rangers. Aún me pregunto qué suerte habrá corrido el australiano. Y en sueños rememoro aquella pareja de grizzlies. Yellowstone siempre depara sorpresas. |
Siendo un apasionado por aguas chilenas, Pablo Negri ha viajado a aguas del norte varias veces. Su lugar favorito en esas latitudes sigue siendo el Parque Yellowstone en Wyoming. Pablo es contactable en: |
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