"Sequía" - Juan Eduardo Lange

Texto: Juan Eduardo Lange

Hace algunos años atrás, cuando el Pipe (*) todavía estaba en la universidad, decidimos salir de pesca por un fin de semana largo en diciembre. "Para descansar de los exámenes finales" dijo. Como siempre, cualquier excusa era buena para escapar de Santiago, y tomar rumbo a la cordillera, cañas en mano. Nosotros siempre hemos sido del tipo de agarrar un auto, sea de quien sea, e irnos de pesca. Por supuesto esta vez le toco al tío Pepe, lo que se estaba volviendo una costumbre.

Como todo pescador experimentado sabe, el mejor auto para ir a pescar, es cualquiera que no sea el propio. Digamos que el pescador experto tiene una camioneta 4x4 con neumáticos de 12 pulgadas, levantada, amortiguación como para trepar árboles, mientras que el novato tiene un hermoso deportivo, rebajado de culata, amortiguación de carrera y todo eso. El P.E. se acercará al novato y le dirá: "Hey, lindo auto para ir a pescar".

Una vez todos los aparejos de pesca, camping, comida suficiente como para alimentar a las hordas de Atila en su raid por Europa, en el auto del tío Pepe, nos dispusimos a partir.

Ese fue el año en que en Chile hubo una sequía tan larga que estaban pensando racionar el agua en Santiago en agosto. Los ríos estaban prácticamente secos. Encontrar donde pescar iba a ser difícil, por no decir un charco que tuviera agua. Decidimos empezar lo más al sur posible, en la zona de los ríos de nuestra niñez: Linares.

Una vez allá, el primer día fuimos a un par de los ríos que nos traían más recuerdos: el Putagán, seguido del Rabones, y terminando metidos en la cordillera hasta donde nos atrevimos a llegar con el auto (no se puede ser totalmente irresponsable con un auto que no es el propio - a no ser que sea robado, lo cual no es la idea, o bien el dueño sea parte de la expedición; es increíble a lo que se puede convencer a un tipo por ir de pesca).

Al final del día, tras descubrir que los ríos habían sido limpiados de todas sus truchas concienzudamente, decidimos tratar suerte en el Lago Colbún, en la casa de un pariente del Pipe. Tras una carrera, al llegar, descubrimos que el lago era prácticamente inexistente. Debido a la hora, decidimos pasar la noche en la cabaña, que había pasado de estar a orillas del lago, a estar en medio de la cordillera.

Una vez instalados en la cabaña, que parecía no haber sido abierta desde principios de los '70, el Pipe descubrió que no éramos los únicos visitantes. Recuerdo que él estaba sentado en el sillón cuando repentinamente dio un salto y un alarido tras lo cual empezó a correr por las murallas de la cabaña aleteando y gesticulando como un maniático, tomando momentum con cada vuelta que daba. Ante la reacción del Pipe frente a este atacante invisible, me paré de un salto de la silla en que estaba y tomando una escoba de detrás de la puerta me dispuse a defenderme, agitando la escoba en todas direcciones, saltando y pateando y dispuesto a vender caro el pellejo. Cuando estaba listo a que nos saltara encima un espectro o algún demonio por el estilo, el Pipe se detiene frente a mi y con un chillido me grita:

"¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡SÁCALA, SÁCALA, SÁCALAAAAAAAAA!!!!!!!!!!!!!"

Para mi sorpresa y alivio, me encontré con que le subía por el brazo una araña peluda, un poco más grande que una caja de fósforos. Aunque no están en mi lista de mascotas para la próxima Navidad, no creí que fuera necesario todo ese gasto de energía por algo más pequeño que una serpiente de cascabel o una cobra (uno nunca sabe que se le puede haber ocurrido introducir al gobierno para combatir los ratones del Hanta).

Después de la cena decidimos tratar de pescar el Maule al día siguiente. En la mañana partimos por la ribera sur de Colbún para llegar a meternos al río, lo cual no nos tomó mucho rato ya que descubrimos que había un cañón al medio de donde solía estar el lago.

Tras llegar al borde, a varios metros de profundidad, en el cual pasaba un río de color chocolate al fondo, decidimos ir de vuelta a la cabaña, tomar nuestras cosas, dejársela a sus antiguos residentes y salir en busca de un nuevo lugar en que no sólo hubiese agua, si no que además contuviera algunas truchas.

Tras un rápido debate de hacia donde correr, optamos por un sector de la cordillera de Curicó, que no habíamos explorado hasta entonces. El Pipe me pidió que manejara para poder irse durmiendo, con lo cual apoyó la cabeza en el respaldo y cayó en Dios sabe qué especie de coma. Tomamos la carretera y tras manejar un buen rato llegamos al sector que estábamos buscando. Lo que nunca me fijé en el apuro de encontrar el nuevo lugar, es que el sol le daba de lleno en la cabeza, cocinando lenta pero eficientemente su diminuto sistema nervioso.

Al llegar al río, nos pareció sacado de un sueño. No podría haber sido mejor; un estero lleno de pozones totalmente transparentes. Decidimos alejarnos lo más posible del camino, para lo cual hablamos en un retén de carabineros de la zona, sobre un camino que se veía por la orilla del río, pero que tenia un portón con un candado y cadena. De acuerdo a los carabineros, el camino es público, pero una señora que compró una porción de terreno en la entrada decidió ponerle un portón y considerarlo privado. Nos dijo que podíamos pasar y que si la señora nos decía algo, la mandáramos a hablar con ellos. Con toda la información que "queríamos" tener (el hecho que nos dijeran que UBICÁRAMOS a la señora iba a ser una demora), partimos rumbo al portón.

Un típico portón de campo con dos bisagras forjadas a cada lado. Cada una con una tuerca soldada en la parte posterior de cada una para evitar que saquen el portón. Pero como dice el refrán "mas discurre un hambriento que cien letrados". Tras una rápida revisión de las herramientas del auto, descubrimos exactamente lo que estábamos buscando (Dios sabrá por qué el tío Pepe tenia un martillo en la maleta). Tras un par de cuidadosos golpes a las tuercas que sujetaban el portón, las soltamos y sacamos intactas (un solo lado).

Mientras mi cómplice manejaba, yo levanté ese lado del portón y lo abrí como una puerta larga. Dejamos pasar el auto. Pusimos el portón en su sitio y le volvimos a colocar las tuercas con un poco de presión para que no se note, dando la sensación de que teníamos llaves para el candado. Acto seguido nos pusimos en marcha. El camino no presentó mayores desafíos, aparte de sacar una que otra roca del paso para que el auto no tuviese que hacer más campo traviesa.

Al llegar a un punto en que decidimos que no solo el auto corría riesgo estructural, (si caíamos por el barranco estoy seguro que nuestra estructura habría quedado en un estado deplorable, por no decir irreconocible), lo estacionamos y procedimos a bajar la empinada ladera con el equipo de camping, sacos de dormir, colchonetas, etc., y procedimos a armar el campamento.

Para cuando estaba todo listo partimos al río con nuestras cañas #4 ansiosos de ver qué tal era. Nos separamos y tras algunos minutos decidí poner un indicador con una ninfa de stone. Después de un par de lanzamientos en un bonito pozón, el indicador se detuvo y con reflejos rápidos como el rayo clavé y ... roca ... ¡¡no, trucha!! Una hermosa arcoiris de un kilito por lo menos. Uno no espera pescar una trucha de ese porte a 3 horas de Santiago.

Cuando volví al campamento ya tarde, me encontré con el Pipe, que había sacado algunas truchitas alrededor de los 30 cm, lo cual era bastante bueno para la zona.

Hicimos una fogata, comimos, planeamos la salida a pescar al día siguiente y de inmediato el Pipe cayo con una insolación galopante. Jaqueca, vómitos, y lo demás, lo que llamaríamos "el paquete completo".

No es fácil tener insolación en una carpa para dos, en un saco de dormir. Hay que levantarse cada 6 a 9 minutos y salir corriendo a través del mosquitero, alejarse de la carpa lo suficiente como para que nadie se resbale en la mañana si toma el camino equivocado. Tras volver un par de veces, me preguntó, en ese tradicional tono de moribundo que le gusta fingir de vez en cuando, es todo un payaso, qué era el ruido que se oía en las hojas secas cada vez que salía corriendo.

  • Yo: " Son las arañas pollito que corren sobre las hojas cuando las asustas. A propósito, tal vez seria buena idea ponerse los zapatos para salir".
  • Pipe: "No había tenido tiempo, pero creo que ahora que sé qué son, me siento mucho mejor"

Tras un par de carreras más, se logró dormir, y a la mañana siguiente estaba como una lechuga. No me considero un experto en botánica, pero he visto lechugas más frescas en un refrigerador descompuesto después de un par de semanas. En todo caso se repuso notablemente.

En el río atacamos los pozones sin separarnos mucho, yo con mi técnica de ninfitas con indicador. De pronto una trucha de unos 40 cm corre con mi mosca. Llamo al Pipe, que llega a toda carrera y saca un par de fotos. La devolvemos, ambos ponemos ninfas con indicador y nos repartimos el río, que por la poca profundidad, lo podíamos pescar por ambos lados de manera muy eficiente.

Por momentos me detenía a ver pescar al Pipe. Él y su hermano, el Cote, son los mejores pescadores que conozco y es un verdadero espectáculo verlos pescar: Siempre pescando río arriba, sacar la línea en un lanzamiento pausado suave hacia atrás, sin apurarlo en lo mas mínimo, con un tiempo perfecto para que se estire la línea, vuelva adelante, suavemente dando a la caña la fuerza exacta para que la línea, el indicador y la mosca se estiren delicadamente para evitar que la mosca se seque y al caer se hunda inmediatamente.

Toma la línea, la pasa por el índice de su mano derecha en un movimiento automático y con la izquierda recoge la línea para mantenerla tensa, siempre a la misma velocidad de la corriente. De pronto el pequeño indicador desaparece y sin prisa, pero con decisión, levanta la caña, clavando a una hermosa arcoiris que salta en el aire a pocos metros junto a el.

UUUUUUHHHHUUUUUUU!!!!!

Se escucha el grito de gusto, el chirrear del carrete, cuando la trucha de 45 cm corre tratando de soltarse.

Pelea con la caña arriba, siguiéndola hasta que se cansa, y la levanta cariñosamente con la mano izquierda. Pone la caña en el suelo y le saca la mosca con delicadeza, mientras la admira y sonríe siempre.

Me llama para una foto y tras un rápido comentario de la picada, la pelea y el tamaño, la devuelve, y volvemos a la pesca entre risas y gritos de alegría. Más tarde llegamos a un lugar con un ruido ensordecedor, y al mirar la ladera cortada a pique en que se encuentra el río, nos llevamos la sorpresa de que las paredes del río son centro de anidación de decenas de loros tricahue, que nos hacen saber su descontento por estar tan cerca.


El autor (a la derecha) y sus inseparables secuaces.

Después de 20 años pescando juntos, lamentamos entre risas que no nos haya acompañado el Cote, su hermano, a quien en momentos como éste siempre echamos de menos. Como nos pasa siempre que la pesca está buena y uno de los tres no está.

Tras varias truchas así, terminamos de pescar en la tarde. Cuando ya es hora de desarmar el campamento para volver a Santiago. En el camino comemos en el Juan y 1/2, para llegar a nuestras casas a altas horas de la noche. Un típico fin de semana de los que recordamos con una gran alegría y nostalgia.

Han pasado algunos años y hoy todos tenemos niños y ya no es tan fácil de organizar ese tipo de aventuras ... pero no imposible. Siempre encontramos tiempo para salir los tres de vez en cuando, volviendo a ser los amigos del colegio, como si nunca nos hubiésemos dejado de ver más de un fin de semana.


Juan Eduardo Lange hoy es un guía de pesca con mosca, apasionado con esta actividad desde su infancia, a la que hoy agrega la de volar aviones. Como adulto cuenta con extensos viajes por diversos parajes en su currículum.

Los invitamos a leer otra historia de Juan Eduardo: "Nuestro Primer Todoterreno".



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