
"¡Pablo! ¡Pablo!", exclamaba abrazándome, mi buen amigo Francisco Rodríguez. Junto a sus dulces esposa e hijas, visitaba Chile de vacaciones. Era una de esas mañanas lejanas y solitarias. Aquellas en que la fuerza de mi alma ansiaba, con deseo de padre, compartir junto a mis hijas. Llovía sobre Santiago y ellas me habían sido negadas. Intentando soñar con mi eterno cariño por Claudia y Francisca, acompañaba a mi buen amigo Rodrigo Sandoval y su dulce Javiera. Una exposición en la hoy remozada y cultural Estación Mapocho introducía en aquel fantástico y remoto mundo de enormes saurios. Padres e hijos. Lloraba por dentro, y al igual que en mis días en el río como guía, representaba el papel sonriente, al que a tantos, alguna vez he acostumbrado. "Nos sorprende tu manera alegre de encarar los problemas", es algo que he escuchado a menudo. Confirma aquellas dotes histriónicas de todos quienes laboramos como guías. Francisco y Macarena, y sus hijas, aparecían sorpresivamente. Cuatro años, largos y de lejanía, habían transcurrido desde nuestro último abrazo. Hoy lo repetíamos. Obra y gracia del destino. En mi interior renacía una vieja y profunda amistad. Brotaba con fuerza y alegría. Junto a los entrañables Rodrigo y Javiera, habían conseguido borrar, momentáneamente, huellas de lamento y tristeza. De rabia e impotencia. De dolor. La vida de un guía de pesca corre solitaria, sacrificada y triste. Transita por corredores a veces oscuros y poco gratificantes, que ocasionalmente muestran hermosas pero efímeras luces de felicidad y triunfo. Una aureola de lejanía mueve a todos quienes guiamos. Nuestros verdaderos amigos, aquellos del alma, lo representan todo. Todo. Son ellos quienes junto a nuestros hijos, mueven nuestro espíritu. Alimentan toda la fuerza que en ocasiones parece escurrirse por entre frágiles dedos. Largos y duros años han corrido desde que desempeño labores como guía de pesca con mosca. Al vaivén de olas y danzando junto a los embates de la naturaleza. Y del desprecio de muchos, que pareciera con burda ignorancia, desmerecen cariño y esfuerzo, en una labor de esmero y sacrificio. Una labor al alero de nuestra querida e incomprendida naturaleza. Evitando bloques de hormigón y ruido, y el diario y rutinario vivir de tantos. "¿Guía de Pesca con Mosca? ¿Qué es eso?", son preguntas que escucho con inusitada frecuencia. "¡Bien relajado tu trabajo!", es la respuesta inevitable que sucede a una explicación simple de las labores de guía. "Si... relajado...", asiento casi recurrentemente, intentando evitar controversias. Intentando casi como por costumbre, crear una sonrisa. Y luego observo como, a veces, casi maquiavélicamente, aquellos rostros dibujan enmascaradas figuras de desprecio y asombro. Enmascaradas porque no consiguen transmitir abiertamente sus sentimientos. De desprecio, porque aun en una sociedad que se tilda a si misma de abierta y desarrollada, sólo aquellas labores de oficina y "tradicionales" son consideradas por la gran masa como "aceptables". De asombro y en ocasiones envidia, porque para muchos, lo que proyectamos, representa magia. Magia eterna y simple. Alquimia de deseos, anhelos y sueños. Así, forman ya parte del pasado, ingratos recuerdos de familiares, que por destino no electo, aparecieron como políticos alguna vez en la vida, predicando con insolente locuacidad de la necesidad de ejercer aquellas labores "aceptables". Hoy no existen. Han pasado al triste olvido. Junto a su inmoral y ofensiva prédica. Aquella montada sobre una filosofía sustentada única y exclusivamente en aspectos de reconocimiento material y "de la masa". Forman hoy parte de un pasado oscuro. Durante largos años me vi envuelto en la vorágine capitalina. Aquella en que elegantes pero falsos trajes y corbatas, vestían cuerpos que en su interior vagaban sobre la rutina. Figuras que, mañana a mañana, iniciaban su afán material, pateando piedras. Formas que lastimosamente parecían no percibir el medio que las rodeaba. Los horrores de sobrevivir. El cansancio de vivir para los problemas y por ellos. Un mundo en que el norte se dibujaba difuso y confuso. Sin trazos sólidos bajos los que se sustentara una real filosofía de vida. Tales años, hoy y al igual que aquellos repugnantes parientes políticos, forman parte del pasado. Abandoné trajes y corbatas. Me felicito. Hoy soy Guía de Pesca con Mosca. Modesto pero orgulloso. Alcancé lo que ansiaba con fuerza: una filosofía de vida.
Todos quienes llevan dentro pesca con mosca y naturaleza, quienes vibran junto a ellas, comprenden, con mayor o menor profundidad, pero lo hacen, el trabajo de un guía. Su dedicación y profesionalismo. Su esfuerzo. La permanente "cuerda floja" sobre la que danza y a la que se enfrenta. Lo imprescindible que en ocasiones se torna. Entienden que no es sólo la necesidad de pesca la que lo demanda, sino además, la de alegría. La eterna búsqueda por disfrutar, gracias a su entrega, con el mejor día en el río o en el lago. Por formar parte de éste y del entorno que lo rodea. La capacidad de hacer parecer lo trivial como único. De transformar ilusiones y sueños en hechos reales y concretos. Largas horas de preparación son mudos testigos del esfuerzo que precede al trabajo. Así, casi de improviso, asoman textos y requerimientos de cultura. Duro entrenamiento físico y práctica en técnicas de presentación. Días eternos de exploración sobre selva, a veces, impenetrable. Nuevas y remotas aguas, que limpias u oscuras, ofrecen júbilo o frustración. Bagaje de idiomas y relaciones públicas que demandan, prudencia y ejercicio. Necesidades de flora verde y fauna viva. De mecánica, primeros auxilios, cocina y servicio. Pruebas y errores. Y asoman días duros, fríos y sofocantes. Viento, lluvia, sol y oleaje. Agotamiento físico. Días interminables, insufribles y planificados. Sin embargo, sonrientes, sin importar su estructura. Brindo por todos quienes laboran y han desarrollado labores de guía, y a quienes, la fortuna y providencia del correr del tiempo, me han permitido conocer. Brindo por la labor de crear sueños, no obstante lejanía, dolor y soledad, nos acompañen a menudo. Celebro aquella alquimia, fabricante de fantasía y clase, que aflora en todos los que desarrollan aquella, para algunos, poco "aceptable" labor de Guía de Pesca con Mosca. Mi humilde pero sentido reconocimiento a Rodrigo Saelzer, Jim Adams, Eduardo Otárola, Jim Repine, Claudio Diet, Tim Foote, Fernando Abarca, Ed Engle, Sebastián Letelier, Jim Brungardt, Carlos Bretón, Juan Manuel Castro, Roberto Gray, Arturo Redlich, Claudio Castro, Kate Casey, Francisco Barrena, Cristián y Marcelo Dufflocq, Francisco Salas, Rex Bryngelson, Aldo Merello, Fred Yule, Adrián Dufflocq, Andrés González, Jorge Barrientos, John Jenkins, Monte Becker, y tantos otros que inmerecidamente olvido. Brindo muy en especial por mi gran amigo, compañero de aventuras de vida y antaño guía, Rodrigo Sandoval. Y por su preciosa hija Javiera. Brindo por el gran Francisco Rodríguez y su familia, sin quienes no hubiera conocido de la inspiración para estas palabras y gracias a cuyo afecto, olvidé por momentos, penas y lejanía. Junto a mis hijas. Soledad. Aquella que suele rondar por caminos en ocasiones pedregosos y duros. Por aquellas rutas que conducen a crear felicidad. De nosotros los guías. Brindo por la "aceptable" y entrañable labor de Guía de Pesca con Mosca. La de todos ustedes amigos guías. La mía también. Humildemente. |
A veces, la evolución personal lleva a algunos a gozar de la naturaleza como fuente de trabajo. Pablo Negri ha elegido ese camino. Comentarios a: |
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