EL SUSTO DE MI VIDA - Alvaro Bustamante

EL SUSTO DE MI VIDA, por Alvaro Bustamante

Mi nombre es Alvaro Bustamante, soy chileno (y muy orgulloso de serlo). Me encuentro radicado en Canadá (provincia de Alberta) desde 1976. 41 primaveras de edad, divorciado, dos hijos (mi hijo Daniel es un mosquero fanático). 

Muchos de nosotros, los aficionados a la pesca con mosca compartimos una gran admiración por la naturaleza. Creo que los años me han enseñado a apreciar aún mas las cosas que me rodean. Mantengo muy vívidas las memorias de mi Chilito: desde los preciosos campos del sur de mi tierra natal, hasta la aridez de la arena que Antofagasta, donde viví parte de mi juventud. Encontrarme en estas tierras tan lejanas a mi patria me ha introducido a una diversidad de paisajes que de no estar radicado acá, dudo hubiese tenido la fortuna de admirar.

Creo siempre haber sido respetuoso de la naturaleza y este gran deporte que es la pesca con mosca me ha permitido ensanchar mis horizontes y busco cada día algo más para admirar: el vuelo de un ave atravesando un cielo azul o el correr de un ciervo en una ladera. Es un hecho relacionado con esto justamente, la vida salvaje, que me ha invitado a compartir con ustedes algo recién vivido, algo que entonces fue (y aún lo es), muy traumático.

En ocasiones que los he encontrado en el salón de chat o luego de haber publicado algo en el panel, se me ha preguntado si tengo alguna historia de algún encuentro con un oso que compartir. Hasta hace unos días atrás mi respuesta a esta interrogante había sido afortunadamente negativa, no tenía ninguna historia al respecto. A partir de un par de viernes atrás (4 de Octubre del 2002), mi respuesta a esta pregunta ha cambiado, a continuación un relato de una experiencia muy desagradable que acabo de vivir.

Estos días me encuentro trabajando el turno de medianoche. En la fecha mencionada arriba, al salir del trabajo, pregunté a mi hermano si estaba de acuerdo en acompañarme a pescar; le expliqué que yo pensaba dormir por un par de horas y luego salir a disfrutar la tarde a la orilla de un río. Visto que mi hermano (quien también pesca con mosca) tenía otros compromisos, declinó mi invitación. Yo, al llegar a casa, carente de sueño, decidí cambiar los planes: salir a pescar en la mañana y dormir a mi regreso.

Llegué al estero Stauffer (mejor conocido como el North Raven) distante mas o menos a una hora de la ciudad donde vivo, cerca de las 9:15 a.m. El Stauffer es un arroyo que goza de buena fama, aunque muy pequeño. Produce una gran cantidad de truchas de muy buen tamaño (hago el alcance que a mí nunca me ha ido bien en este lugar), lleno de vueltas, zigzagueante cada veinte metros mas o menos; sus orillas cubiertas de arbustos lo hacen muy difícil pescar. Cada vez que he visitado este lugar, con gran delicadeza he depositado una contribución de patrones en las ramas de estos arbustos, suficientes para llenar varios chalecos, es esta la razón principal por la cual yo no lo pesco con frecuencia. Con calma me puse mis waders, el chaleco con mi alias “Saltamontes” bordado en la espalda y preparé mi caña Sage. Pasé el primer cerco y procedí a seguir la ruta de alambre púa que corre paralela al arroyo y que me llevaría a cierto pozo que quería pescar donde en ocasiones anteriores había tenido algo de suerte. Después de haber intentado una variedad de “streamers” sin obtener resultados favorables, decidí probar una ninfa. Acostumbro cargar todas mis cosas en el chaleco, esta vez puse una caja de ninfas recién atadas, mis cigarros y las llaves del auto en el bolsillo de pecho de mis waders.

Esa madrugada había nevado por primera vez desde el invierno pasado, y debido a la cercanía del estero con las montañas, la cantidad de nieve que se había acumulado en este lugar era mucho más grande que la que recibimos en la ciudad. Con el sol, esta comenzaba a derretirse y las ramas de los árboles, cargadas de nieve se movían una vez que esta derritiéndose se deslizaba de ellas.

Me encontraba al borde del arroyo decidiendo que ninfa usar, tal vez una Prince, una Hare’s Ear o una Pheasant Tail cuando vi la rama de un árbol no muy lejano sacudirse intensamente, a esto no le di mayor importancia pues estaba concentrado en elegir “la mosca” que sin duda habría de producirme grandes resultados. Enseguida escuché un ruido extraño que provenía de no muy lejos. Era una mezcla entre un gruñido y el sonido que hacemos cuando tenemos algo atorado en la garganta. Esto despertó mi curiosidad y di una media docena de pasos hacia mi izquierda, entonces lo vi, en la orilla opuesta se encontraba un oso inmenso, color canela. El sol que intentaba penetrar el follaje de los árboles hacía que la humedad de su impresionante nariz “gelatinosa” brillara como un espejo, moviéndose de arriba abajo y de lado a lado sin parar, olía “algo” extraño. No más de 25 metros nos separaban. Mis ojos aumentaron su tamaño considerablemente de tal manera que creo en un momento llegaron a igualar el tamaño del carrete G.Loomis que sostenía mi línea.

Quedé paralizado, mis ojos fijos en él, los suyos siguiendo esa nariz gigante ... buscándome. Nuestras miradas se cruzaron, la mía sin duda mostrando horror, la de él, curiosidad o tal vez rabia por el intruso que invadía su territorio. Giró su cuerpo hacia mí y calmadamente empezó su caminar, acercándose a este “Saltamontes” que no podía creer lo que estaba ocurriendo.

Amigos, les puedo recitar de memoria las reglas a seguir al encontrarse con un oso: caminar hacia atrás (jamás darle la espalda), nunca demostrarle miedo (aunque tus calzoncillos digan lo contrario), NUNCA CORRER (ya que esto despierta sus instintos naturales de cacería), etc. Confieso haber olvidado instantáneamente todas estas instrucciones. Sin vacilar di media vuelta y empecé a correr, tenía que alejarme de la bestia. Atravesé el estero tomando un atajo. Al llegar al extremo opuesto, con terror, alcance a voltear y le vi corriendo detrás de mí, azotando el agua con sus patas, moviendo su enorme cabeza de lado a lado mientras atravesaba el estero él también. Estaba enfurecido, persiguiéndome ... y su correr, mucho más rápido que el mío, acortaba con cada paso la distancia que nos separaba.

Continué mi fuga, atravesé el estero una vez más, escuchaba su gruñir cada vez más cerca. Delante, divisé el cerco que debía cruzar y al acercarme a este arrojé mi caña al borde del estero, miré por encima de mi hombro derecho y con horror vi que el animal se encontraba a no mas de cinco metros de distancia, di un salto impresionante sobre la cerca, de magnitudes olímpicas (he recreado este momento muchas veces y no me cabe ninguna duda que bajo las mismas circunstancias lo pudiese haber hecho con un elefante en brazos). Al encontrarme al otro lado del cerco, en la distancia divisé mi auto y comencé a correr hacia el. No había dado más de veinte pasos cuando dirijo mis ojos hacia el cerco a mi derecha y veo el alambre púa moverse de arriba a abajo, yo, sigo corriendo, vuelvo a mirar y el cerco aún se mueve, que horror, estaba viviendo mi propia versión de Jurassic Park.

Las lágrimas se deslizaban por mis mejillas, mi voz no brotaba, ni siquiera tenía energías para gritar, sentí mi estómago recogerse, mis piernas no podían mas, iba a desplomarme pero la adrenalina me impulsa a continuar, no eran mis músculos sino el miedo que me insiste y empuja a seguir, "ya falta poco, ya llegaré" me dije mientras observaba el alambre del cerco. Continuaba moviéndose.

Sin darme cuenta ya estaba al lado del auto, ahora, las llaves, debía subirme. Al revisar mis bolsillos, no las encuentro, sigo buscándolas, no las tengo. Me percaté que al haber arrojado mi caña al borde del agua, antes de saltar el cerco, en la misma mano que tenía la caña, tenía los cigarros y las malditas llaves. Exhausto, trato de calmarme, me encuentro parado detrás del auto, miro a través de las ventanas cubiertas en polvo de los caminos de tierra que me llevaron a este maldito lugar, no veo al oso, observo mis alrededores. En un extremo del estacionamiento veo una letrina pública de madera, ésta sería de gran ayuda si me tuviera que proteger de un conejo o de un Poodle Francés, pero jamás de un oso.

Me senté en el suelo por unos instantes, pensando que hacer. Es un río con buena fama pienso, “alguien ha de venir a pescarlo hoy”. Transcurre el tiempo y me doy cuenta que por muy bueno que sea el arroyo, es viernes de día, por lo tanto, todo el mundo está trabajando. Nevó, las condiciones no son propicias para pescar y llego a la conclusión que sólo un fanático loco por el amor al arte, se encontraría pescando un día como ése.

Con cierta vacilación, decido regresar para buscar las llaves. Mi “vara mágica Sage” que me ha acompañado a tantos viajes es importante, pero si no logro recuperarla la puedo remplazar, por el momento lo más importante es mi llavero, con él puedo subir al auto y alejarme de este remoto lugar. Ha pasado más de una hora, no he visto rastros del oso; lentamente me dirijo a rescatar mis llaves. En las púas del alambre veo pelos que sin duda pertenecían a la bestia que me había perseguido, los cuales seguramente perdió al frotar su cuerpo contra el cerco al correr tras mío; con mi mano alcanzo unos de éstos y los guardo en mi bolsillo.

El tramo que había que recorrer se demoraría cinco o diez minutos a buen paso, pero al paso que voy, quizá treinta o cuarenta. Doy un paso, me detengo, observo, tiemblo. Un paso más y me detengo nuevamente. Tiemblo cada vez más. Así continúa mi trayectoria, un paso, una mirada y un corazón que siento en cualquier momento se ha de arrancar de mi pecho. Finalmente me encuentro frente al lugar donde salté el cerco. La hediondez que envuelve el aire es muy potente, fétida, putrefacta, imposible de ignorar. Me aproximo al cerco y diviso mi caña, está cerca, a medio metro de ella veo el brillar de mis llaves con el sol. Respiro profundamente y deslizo mis noventa kilos bajo el cerco y tomo la caña con mi mano derecha. No deseo acercarme un centímetro más al oso.

Para evitar alejarme más del cerco, procedo a deslizar la punta de la caña a través de la argolla del llavero, después de un par de intentos lo logro, alzo la punta de la caña y veo mis llaves deslizarse en ella; el tintinear del llavero me pone nervioso, pero lo mas importante es que tengo las llaves en la mano, intento evitar hacer ruidos. Nuevamente deslizo mi cuerpo bajo el cerco y me pongo de pie. Con llaves ya en el bolsillo, nerviosamente empiezo a desarmar mi caña, es entonces cuando una vez más oigo ese horrible gruñido tan escalofriante, es el oso y está cerca, no lo veo pero sólo nos separan un grupo de matorrales.

Con caña en mano empieza mi carrera y de alguna manera logro el esfuerzo necesario para movilizarme a una velocidad que Colin Montgomery o por lo menos Forrest Gump habrían estado orgullosos de lograr. Por fortuna fue así, sin otro percance que logré llegar a mi auto, sano y salvo.

Sentado en el auto con cámara en mano esperé que este magnífico ejemplar se asomara y me permitiera tomarle una foto de recuerdo, lamentablemente y afortunadamente esto no ocurrió. Ese animal que me hizo pasar un susto tan horrible desapareció en el bosque y los únicos recuerdos que tengo, están grabados en mi mente.

Al animal no le deseo ningún mal, sé que solo reaccionó de la forma que la naturaleza le ha enseñado para preservar su existencia. Mi papel en esta historia consistió en sentir una fuerza muy difícil de describir, pero sin duda muy fácil de admirar. La lección estaba de años ya aprendida, y esta experiencia me ha ayudado a valorar aún más lo precioso que es la vida, no solo la mía sino la de todas las maravillas que me rodean.

Amigos, ésta es la primera vez -y espero sea la última- que me ha tocado vivir algo tan increíblemente aterrorizante. Sólo espero que esta experiencia no cambie mi forma de pensar o altere esa pasión que me envuelve al encontrarme al borde de un río con aguas prístinas disfrutando de un día de pesca con mosca. Me consta que seguramente tendrá que pasar un poco de tiempo antes que me sienta cómodo en un lugar salvaje y aunque lo ocurrido no es algo que ocurra con frecuencia, por el momento tendré que conformarme con atar moscas, y si me atrevo ... a pescar lagos y lagunas.

Espero no haberles aburrido con mi relato, yo sé que para mí, el haber compartido esta experiencia con ustedes ha sido una forma de terapia.

Alvaro Bustamante (Saltamontes)
Alberta, Canadá

 


Desde que fue introducido a la pesca con mosca a fines de los noventa, Alvaro practica este "arte" por lo menos 150 días del año, aprovechando el invieron para atar moscas. Luego de estudiar tres años de sicología, hoy Alvaro es supervisor de la oficina de correos, cargo que ocupo de hace ya 15 años. Aparte de la pesca con mosca, una gran afición es la lectura de personajes como Gibrán, Gandhi, Neruda y Gabo, y también de la escritura (en inglés).

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