
De niño, háblese de cuando tenia unos siete años, fui introducido al excitante mundo de la pesca. En ese entonces mi hermano y yo no éramos mas que un par de monstruos (como nos llamaba cariñosamente la gente que nos conocía y mucha de la gente que no) en el lago Caburgua, en busca de algo en que ocupar los días de vacaciones durante el verano. Nuestro abuelo un día, probablemente cansado de ver como molestábamos a sus gallinas, nos llevó a mi hermano y a mí al frente de la casa donde había un pastizal, y nos enseñó el viejo arte de cazar saltamontes. Luego de toda una tarde de cacería, nos entregó nuestras primeras cañas de pescar: unas varas de bambú con un nylon en la punta terminado en un anzuelo. Nos condujo por la playa hasta llegar al estero que corría al final de ésta, junto al cerro. Tras una rápida explicación del proceso a seguir para sacar una trucha, nos introdujo a los principios de este deporte y de paso (no sé por qué, pero éste me parece que fue su propósito desde el principio) pasó a librarse de nosotros por la mayor parte de los días, durante muchos veranos. Desde ese primer día, el transporte o más bien la falta de éste se convirtió en un problema. Después de un tiempo el estero ya no bastaba y llegar a otros lugares requería que un adulto nos llevase. Puesto que los caminos a los lugares con buena pesca nunca se han caracterizado por ser los mejores (las truchas no crecen al lado de las carreteras precisamente), estos viajes se hacían en el viejo “falcon” de mi abuelo. Dentro de todos los paseos que hicimos hay uno en especial que perdura en mi memoria como si fuese ayer. Partimos una mañana, rumbo a Tinquilco (Parque Nacional Huerquehue). Tras manejar un buen par de horas por un camino de cordillera enterrado en polvo y lleno de curvas, llegamos. Nos miramos extrañados, puesto que ante nuestros ojos había una pared de arboles y estabamos prácticamente en la cumbre de una montaña. Tomamos nuestro equipo y lo seguimos por un sendero en el bosque, hasta que ante nuestra vista se revelo una imagen maravillosa. Tras caminar por el bosque por unos quince minutos, llegamos a una laguna que se formaba en la concavidad en el tope de la montaña, una laguna larga bordeada por el más maravilloso bosque. Pronto llegamos a la casa de los Bratz, los únicos colonos que vivían en la orilla en ese entonces y de paso los que arrendaban los botes. Para llegar a éstos tuvimos que caminar por un bosque semisumergido, por sobre troncos y tablas, hasta una pequeña bahía de juncos. Una vez elegido el bote (usualmente era el que se estuviese hundiendo mas lento) nos dirigíamos al interior de la laguna. Una vez instalados Hans sacaba sus cucharas y aperos mientras nosotros nos poníamos a cazar la carnada que consistía en coliguachos, ya que en ese entonces, la legislación era aún más incipiente que hoy. En esa época del año los coliguachos nunca escaseaban y no había para qué juntarlos con anticipación. Claro que los adultos no se rebajaban a pescar con carnada viva. Al menos hasta que los niños hubiesen sacado varios y ellos ninguno. Esa noche dormimos en la laguna, sobre fardos de pasto en un pequeño refugio. Desde ese día no se me ocurre que podría ser mejor que estar al aire libre. Años después, mientras cumplía mi condena en el colegio (20 años y un día), conocí al Cote y al Pipe quienes resultaron ser tan fanáticos como yo. En poco tiempo pasamos a ser grandes amigos. Fue en esa época que la pesca con mosca llegó a nuestro conocimiento, gracias a un artículo de Adrian Dufflocq que encontró el Cote por casualidad en una revista. En esos días nuestras cañas eran de fibra de vidrio, gruesas como un pulgar y con la gracia y flexibilidad de un poste de luz. Los carretes eran lo mas barato que se podía encontrar. El término "líder" llega después de un frustrado primer intento en el río de atar una mosca directamente a la línea. El backing demoró una o dos temporadas más. Nuestros waders eran unos shorts y un par de zapatillas viejas, lo que nos hizo llegar a la casa mas de una vez con las piernas azules. Nuestra técnica, si se le podía llamar así, era falta de gracia y sobre todo de coordinación. El pescar cerca de un potrero llevaba manadas completas de vacas a huidas frenéticas. Por suerte con los años nuestra técnica fue mejorando. Nuestro principal problema era llegar a los ríos. Pedir que nos llevasen a la cordillera era lo mismo que pedir el auto para una carrera de demolición. Nuestros viajes se concentraron en la región de Linares donde el papá de mis amigos, el tío Pepe, tenía un pequeño campo, cerca de las termas de Quinamavida. Siempre se caracterizó por tener un corazón de oro y solía poner el auto de la familia en peligro llevándonos a lugares donde nadie metería su auto en su sano juicio, pero gracias a él somos los pescadores que somos hoy. En uno de nuestros viajes a Linares, tras varios años de destruir sus autos, el tío Pepe llegó a la solución que mantendría su pobre auto funcionando y a nosotros en el río (y lejos de la casa). Al día siguiente de llegar a Linares nos llevó temprano a ver lo que salvaría su automóvil de la destrucción y parte de sus días yendo y viniendo por nosotros. Un vehículo alto con suficiente espacio para nosotros tres más nuestros equipos. Alto ahorro de combustible, tracción delantera ideal para caminos difíciles, un caballo de fuerza (después descubrimos que el pobre sufría de tuberculosis múltiple). Una citroneta. El hecho de que haya estado parada por la mayor parte del ultimo decenio no importaba, sólo que al ponerle bencina y una batería funcionara era más que suficiente para nosotros. Después de una rápida revisión para ver que no le faltara nada saltamos a bordo y partimos a nuestra primera salida a pescar por nuestra cuenta. Todo funcionó de maravilla mientras estuvimos en el asfalto, las sorpresas empezaron en el ripio, mejor dicho cuando llegamos a la primera cuesta. Tras empezar a disminuir en el ascenso, empecé a enganchar para que el motor tenga más fuerza (yo era el único que tenía licencia de conducir), tras unos 50 metros el motor se detuvo y no lo pudimos echar a andar, por lo que tuvimos que bajar retrocediendo en medio de la risa de los lugareños que nos observaban. Descubrimos que la batería estaba baja por lo que el Cote y el Pipe tuvieron que empujar para echarla a andar de nuevo. Una vez en marcha ya no corrimos riesgos y empezamos a acelerar en las subidas y a enganchar a altas revoluciones haciendo que el pobre caballo de fuerza suba las cuestas entre gritos y espasmos. En una de estas cuestas nos encontramos con un grupo de gallinas que comían apaciblemente en la mitad del camino. Era claro que no habían visto muchos autos en la zona como para aprender a preocuparse porque uno viniera rugiendo en su dirección con tres sujetos adentro balanceándose adelante y atrás y gritando al unísono:
Al menos ésa es la sensación que nos dieron a nosotros cuando les pasamos por encima y varias de ellas chocaron contra nuestro parabrisas. Después del incidente llegamos al fin a la parte más alta del camino y venía la bajada. Cuando íbamos con el tío Pepe no se veía tan inclinada ni tan larga, pero qué más importaba; ya estabamos por llegar al río. Sin embargo fue en ese momento que descubrimos la otra pequeña falla técnica de la trola. Esta bajada tenia unos 150 ó 200 metros de largo en una inclinación de unos treinta y cinco grados terminada en un puente de madera sin barandas en el que podía pasar un vehículo a la vez. Al iniciar la bajada la trola empezó a tomar momentum, lo que empezó a llamar nuestra atención. A eso de la mitad de la bajada empezó a vibrar como si estuviese a punto de entrar al hiperespacio. Fue en ese momento que descubrí con gran sorpresa que no tenía frenos. Mientras yo trataba de preparar nuestra inminente aproximación al puente y de paso bombeaba sobre los frenos con todas las fuerzas de la desesperación, el Cote y el Pipe llamaban mi atención sobre el echo de estar alcanzando la velocidad de la luz:
Mientras ellos discutían las posibles consecuencias de saltar de un auto en movimiento (no lo hicieron porque íbamos demasiado rápido, de eso estoy seguro; yo no salté porque se trancó mi puerta), yo por mientras rezaba para que no viniera una carreta o un tipo a caballo del otro lado. La bajada y el cruce del puente debe haber durado unos treinta segundos (tomen o dejen unos trescientos años), pero esa experiencia nos envejeció al menos 30 años (nos tomó un buen rato explicar de vuelta en la casa porque nos habían salido canas). El resto del viaje fue apacible y disfrutamos de un día de pesca habitual en la cordillera. Sin embargo algo había cambiado en el camino de vuelta a la casa. Ahora veíamos el mundo con otros ojos, a través de los ojos del tío Pepe. El Cote se ha convertido en un gran jeepero como recurso para ir a pescar a lugares de difícil acceso, sin embargo, dudo que alguna vez vaya a tener una experiencia más emocionante que esa primera salida en la trola, nuestro primer todo terreno. |
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