Tucunarés - René Botelho

Al norte de Bolivia, en la región del Beni, hay varios lagos y lagunas denominadas las Huatunas, donde se puede pescar al valiente Tucunaré, una pesca invernal no apta para cardiacos.

Tucunarés

El Tucunaré, también conocido como Pavón y como Peacock Bass, es una especie de aguas más bien tropicales, de comportamiento muy agresivo, de imponente coloración, por lo cual se ha transformado en la última década en uno de los peces deportivos más apreciados en las cercanías del Ecuador.

El aspecto de este pez es bello, colorido en extremo, destacando los colores amarillo y verde y en especial la llamativa mancha de la cola, que simula un ojo para confundir a los depredadores. Existen cinco a seis variedades de Tucunarés, siendo el más corriente el “azul”, así como el “paca”, que presenta manchas blancas en los flancos. Carece de dientes grandes, presentando unos pequeños y muy filosos, que parecen más papel de carpintero, pero luego de agarrar varios de ellos (se los toma del maxilar inferior) uno queda sin piel en los dedos.

Mi propia Aventura con Tucunarés

La pequeña avioneta comenzó a descender, hasta donde se podía ver en el horizonte, solo habían llanuras interminables, matizadas por densa vegetación situada bordeando los cursos de agua, el sol se escondía con un color extremadamente naranja producto del humo reinante por la quema de los pastizales.

Cuando la avioneta giró nos permitió ver el lugar escogido para pescar, un lago grande y azul que no distrajo en ese momento la sensación de temor, ansiedad y preocupación: la pista de tierra parecía algo irregular, momentos complicados para quienes estamos acostumbrados a descender sobre pistas de cemento con todo tipo de señalización y aviones grandes.

El piloto preguntó al dueño de la estancia (fundo) cuál extremo era el más firme y, siguiendo sus instrucciones, pasó volando bajo para espantar a algunas reses que pasteaban en la pista. Cuando tomó contacto con el suelo la avioneta sintió lo desigual del terreno incrementando mi sufrimiento y cuando paró tomé una bocanada de aire pues durante la tensión creo que casi no respiré.

El viaje se había iniciado en horas de la mañana en La Paz, con dos amigos: Ernesto Hug (asiduo concurrente de Onamonte-Rio Grande) y Juan Carlos Asbún (también conocedor de esos lares) con quienes compartimos numerosas anécdotas y recuerdos de pesca, en mi caso, de Chile.

Volamos hasta Santa Cruz, la floreciente ciudad del oriente boliviano (más cerca del Brasil). De allí seguimos curso hasta Trinidad, pequeña ciudad localizada al norte del país en las llanuras del Beni, que corresponden al Amazonas. Una vez ahí cambiamos a una avioneta con destino a Santa Ana del Yacuma, donde nos esperaban unos amigos pescadores junto al dueño de la estancia donde tentaríamos a los Tucunarés. En las comunicaciones que realizamos para organizar el viaje nos dijeron: no traigan líderes delgados, porque no sirven. Esto alentó mucho más nuestro deseo de realizar la pesca.

La Estancia es extremadamente simple. Cuenta con lo mínimo necesario y contrasta con el calor humano existente a tal extremo que el segundo día. Cuando se enteraron que uno de los amigos no comía carne de cerdo, simple … ¡mataron una res!

El entorno natural en que se encuentra ésta era simplemente impresionante. En el primer atardecer, pasaron por encima nuestro, a vuelo rasante, lo que parecían miles de pequeñas aves. Pensé “están recogiéndose a sus dormideros”. Pero el vuelo era muy irregular. Puse atención y ¡vi que eran murciélagos!

El amanecer llegó lento para las ansias contenidas. Primero el desayuno, y … camino al lago. Lo peor para un citadino como yo fue subir al caballo, hecho que detesto en extremo, ya que el año anterior en una experiencia similar, cuando retornábamos de la pesca, cargaron a mi potro con unos cuantos Tucunarés y alguno no muerto clavó su filosa aleta dorsal al animal que en dos brincos y me lanzó a tierra. Me dolió como dos semanas y el orgullo el … Incluso hasta hoy.

La selva se hizo más cerrada, anunciando agua en las proximidades. Hasta que avistamos el lago, tranquilo y de orillas pantanosas. Había un casco grande (lancha de unos 8 a 10 metros hecha de un solo tronco al que se le excava la parte central). En él podrían pescar 4 ó 5 personas. Yo decidí, con un amigo, inflar el pequeño bote que trajimos.

El calor es intenso, más esta pesca se la realiza en invierno, cuando uno comienza a extrañar a los salmónidos.

Pescando Tucunarés

Ya en el lago, con una profundidad de unos 2 a 3 metros como promedio, las cañas alistadas – para la ocasión usé una N°8 con una WF 8 de hundimiento II, leader corto de 150 cm y tip de 10 libras – comenzamos la pesca, que al principio fue lenta hasta que hallamos la técnica.

Ésta consiste en orillar a unos 20 metros de los juncales. Lanzar y, sin esperar casi nada, recoger rápido los streamers, simulando un pescadito asustado. Cuando el Tucunaré ataca, es digno de verse. Abre la boca como para tragarse todo cuanto pueda y con una rapidez y fuerza brutales hace desaparecer su presa. No hay que dejarlos tomar mucho ya que “tragan” la mosca hasta el esófago, dificultando la extracción de la mosca para su liberación.

Una vez clavado, da brincos tras brincos. Cuando no se sueltan, comienzan a jalar buscando protección, a tal extremo que arrastraban nuestro pequeño bote hasta la vegetación de la orilla, donde se metían entre los juncos enredando y rompiendo las líneas.

Es un pez extremadamente beligerante: elemento que le pase cerca será tragado irremediablemente. A las pirañas se las come fácilmente. Sólo el hombre y los caimanes pueden con él.

 

Las Moscas

Los lugareños emplean un anzuelo de unos 10 cm, al que le amarran una cinta de tela roja y … ¡listo!

Una vez satisfecho por las innumerables capturas, decidí cambiar a línea de flote, empleando poppers (patrones flotantes, muy vistosos) de unos 5 centímetros, las respuestas no tardaron. El Tucunaré sube a la superficie con igual fuerza, a extremo tal, que si toma a unos metros del bote, nos dejaba mojados. A la vez, resulta increíble verlos parados a pocos centímetros del popper, inmóviles, como tratando de entender ¿qué es esto? ¿será comestible? Por eso es muy productivo lanzar, esperar a que desaparezca toda señal de la caída, y luego dar tironcitos cortos muy espaciados. Incluso los vi salir fuera del agua lanzándose tras libélulas.

Al cabo de un par de horas, uno queda con el abrazo adolorido, casi sin ganas de continuar hasta la tarde. Recuerdo ocasiones que cinco lanzamientos me brindaron igual cantidad de peces. El promedio de captura fue de unos 3 kilogramos. Los más grandes son escasos. Vimos uno pasar bajo el bote que calculamos 5 ó 6 kilos, pero no pudimos tentarlo, ya que se asustó.


Ciertamente fue una aventura increíble. El entorno, la experiencia y la actitud irrefrenable de estos indomables depredadores del agua, hicieron de ésta, una experiencia inolvidable. Sólo queda ver cuándo será la próxima vez que retorne por esta latitudes, en busca de los bravos Tucunarés.


René Botelho Perpich. Médico boliviano, especializado en Santiago, donde aprendió a mosquear, guarda entrañables amigos y recuerdos de Chile (su primogénito nació en Chile).

Permanente concurrente y aportante de RiosySenderos.com. Escritor de artículos en la Revista Cazar y Pescar – Chile, Pesca Esportiva- Brasil, Weekend-Argentina.

Pesca y siembra truchas en todos los ambientes de su país, donde esta formando un grupo de mosqueros y en invierno va tras los Tucunarés, Dorados y otros peces deportivos

Extraña Chile y siempre que puede se da una “escapadita”.



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