La Magia del OtoñoNo quise hacer una columna muy larga ni muy técnica en esta ocasión. Mi idea se limita a querer compartir con Uds., los lectores, mi apreciación emocional en esta época otoñal, más que intentar dar una cantidad excesiva de datos técnicos, ni de consideraciones. Es bueno, de vez en cuando, recordar cuál es la verdadera esencia de salir a caminar por parajes tan hermosos. Más que una racionalización de qué cosas llevar y qué équipos y técnicas son las más adecuadas. Cuando comencé con mi afición por salir a mochilear, era común escuchar en muchos de mis pares en aquel entonces, y también en sus padres, que la época para hacerlo era primavera y verano, ya que las temperaturas y el clima en general acompañaban de mejor manera al aventurero al aire libre. Esa concepción la tuve por varios años, lo que evidentemente no me motivaba a planear aventuras fuera de esos meses.
A medida que cambié mis recorridos por el norte, por destinos muchos más salvajes, como los bosques australes, esa concepción de preferencia de clima fue cambiando radicalmente. Fueron varias las ocasiones en que estando en el sur, tuve que pasar varios días encerrado en la carpa, mientras el diluvio afuera dominaba el ambiente. Recuerdo uno en particular, cuando sólo tenía 13 años, en el campamento Lager (de los colegios alemanes de Chile), a orillas del Lago Lanalhue. Fueron 48 horas de furia climática, desatada en forma de viento y lluvia. Sorprende que estábamos en pleno febrero, y ni siquiera muy al sur. Está de más mencionar las estadías en carpa en la Carretera Austral, incluyendo la Patagonia Occidental, donde el clima no hizo más que humillarme en varias ocasiones, dejándome encerrado en la carpa en el peor de los casos, o parado en un muelle observando las impresionantes olas de un lago. En fin. Experiencias como aquellas, con el dominante clima patagónico, en pleno verano, cambian la percepción y el grado de tolerancia de cualquier persona. Fue así como me fui acostumbrando a experimentar excursiones donde la lluvia estuviese presente, o donde el frío fuese más dominante. Esa nueva resistencia, sumado al creciente stress urbano producido por mi evolución como adulto dentro de la sociedad (léase, comenzar a trabajar), me hicieron cada vez más buscar más oportunidades para aventuras. En especial, una vez que la temporada de pesca se había cerrado. Llegué así a desarrollar gran parte de las excursiones, tanto en remotas latitudes, como en lugares más cercanos a mi ciudad de residencia, en épocas no tan populares. En particular, otoño e invierno. Es así como hoy concentro una buena cantidad de fines de semana de excursión para los meses entre mayo y agosto.
Pero ahora estamos en la edición de mayo. Es decir, otoño en el hemisferio sur. Poder organizar buenas aventuras en esta época tiene algunas mínimas desventajas en comparación con épocas más cálidas, de clima más benigno, pero en mi opinión son muchas más las ventajas de poder disfrutar de una buena caminata en otoño. Es cierto, hay que considerar condiciones de clima especiales. La temperatura ambiental baja, la luz del día se hace disponible menos horas, la lluvia se hace más presente. Pero estas mismas condiciones climáticas producen un efecto realmente sobrecogedor en el entorno. En particular, en los escenarios que yo acostumbro visitar en esta época. Por un lado, las primeras lluvias se transforman en nevadas en las alturas de la cordillera. Eso provoca que las puntas de las montañas adquieran ese bello adorno de conos blancos. Adicionalmente, la foresta se engalana en forma majestuosa con colores y tonalidades que desafían cualquier retina sensible. Los rojos, ocres, naranjos, amarillos, cafés, siempre acompañados por los árboles siempreverdes. Desde que me dedico a la fotografía, ésta época otoñal ha pasado a ser una de mis favoritas. Me maravilla. Me asombra. Me embruja. Me encanta. A veces, me basta con salir de mi casa en Santiago, un día domingo en la mañana, y dirigirme hacia el sur un par de horas. En la zona de Talca (a unos 250km al sur de Santiago), la cordillera maulina se luce exuberante en colores realmente impresionantes, destacando hualos y robles, entre varias otras especies. Más al sur, algunos Nothofagus hacen lo propio adornando zonas de actividad volcánica o áreas con la bella presencia de cuerpos de agua color esmeralda. Sin despreciarlos, los álamos (especies introducidas por los europeos) son un verdadero aporte a la visión del paisaje del sur de Chile. La zona de Chillán, a 400 km al sur de Santiago, es otro ejemplo realmente notable, donde las alturas de las montañas se adornan con bosques bellísimos, de varios tonos y colores. Bueno. Eso era lo que les quería contar. Simplemente intentar compartir en pocas líneas mi real fascinación por el paisaje de otoño en el sur de Chile. Me ha tocado otoño en otras latitudes, pero no puedo dejar de pensar en los colores del bosque chileno. Creo que no importa donde me toque estar parado, esas coloridas hojas de mayo y junio seguirán grabadas en mi mente para siempre. Más abajo pueden ver algunas fotos tomadas en época otoñal en diversos lugares. Los colores, como ya he insistido mucho, son algo sobrecogedor y confío en que parte de aquella magia visual se haya plasmado en película. Otro día les cuento de la magia del invierno, pero mientras tanto, no dejen de aprovechar la impresionante magia del otoño.
Fotos: Rodrigo Sandoval |
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