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Festival de la Esquila en Villa TehuelchesLa Región de Magallanes, la más austral del territorio chileno, es reconocida en el mundo entero por contar en su currículum con el Parque Nacional Torres del Paine y aparte por poseer la porción más grande de la Isla de Tierra del Fuego. Históricamente tiene aún mayores hitos destacables, entre los que se encuentra el auge del transporte por el Estrecho de Magallanes (previo a la creación del Canal de Panamá) e incluso una inusual fiebre del oro que trajo miles de aventureros en busca del metal dorado, recorriendo las islas más australes del continente y sufriendo los embates más duros del implacable clima patagónico. Pero Magallanes, el día hoy, ofrece aún más atractivos. En enero del 2003, volviendo del Parque Nacional Torres del Paine, que con mi señora había recorrido unos pocos días, aprovechamos de quedarnos en Puerto Natales, para reponernos de la experiencia outdoor del parque. Al entrar en una tienda local, nos encontramos con un afiche anunciando el “XIV Festival de la Esquila en Villa Tehuelches”. Nos miramos y quedó claro que ambos queríamos ir. Daba la casualidad que mientras Isabel Margarita había vivido dos años en la región y yo había hecho alrededor de 5 ó 6 viajes en los últimos años, nunca habíamos visto en persona cómo se esquila una oveja y menos asistir a un festival, que aparte, prometía juegos tradicionales chilenos/patagónicos, como incluso un interesante evento de jineteada. La fecha anunciada indicaba desde el viernes 17 al domingo 19 de enero. Justamente el 19 tomábamos nuestro vuelo de regreso a Santiago, por lo que sonaba razonable programarnos al menos para asistir uno de los tres días, ya que teníamos otros planes con amigos de la zona. Un par de días más tarde, ya en Punta Arenas, acudimos a la oficina de turismo ubicada en plena Plaza Muñoz Gamero (aquella famosa por la estatua de los indios). Nos indicaron con mayor detalle el programa y horarios del evento, acompañado por una clara advertencia: “se llena de gente y cuesta estacionarse, así que lleguen temprano para encontrar espacio para el auto y también para sentarse en una buena ubicación”. Considerando que el programa indicaba el inicio a eso de las 14:00 y queríamos aprovechar el día para recorrer otros sectores de la región, partimos rumbo hacia el Seno Skyring, buscando lograr algunas fotografías y eventualmente llegar hasta el Río Pérez, para luego regresar y cortar camino derecho hacia Villa Tehuelches. Todo parecía perfecto. Resumiendo nuestra mañana, recorrimos el Seno Otway, el Seno Skyring y luego de pasar por Río Verde, un pequeño poblado originado por una estancia a orillas del mar, avanzamos rumbo a Río Pérez. Pero poco después nos encontramos de frente a una enorme y numerosa manada de vacunos, que eran trasladados por el camino, y la cantidad era tal, que se hacía evidente que si llegásemos a lograr pasarlos, nos tomaría media hora por lo menos. Viendo el reloj, decidimos dejar hasta ahí nuestro recorrido y cortar hacia Villa Tehuelches.
Llegamos a Villa Tehuelches más temprano que lo presupuestado, pero más tarde que la anunciado hora de comienzo. Nos costó saber dónde estacionarnos ... no porque estuviera lleno, sino porque no había nadie. Finalmente, con mucho descaro, nos estacionamos en primer lugar, junto a la medialuna local, centro del evento. Nos sentamos en las graderías ... y éramos los únicos. El escenario estaba vacío y aún se terminaban algunas obras menores alrededor. Revisamos una y otra vez el programa asegurando que era la fecha, la hora y el lugar correcto. Al rato, apareció un animador, y al menos una docena de espectadores más. Y se dio comienzo no-oficial al festival, cuando ya llevábamos una hora deliberando si nos quedábamos o no. Luego de un par de anuncios – mientras nosotros esperábamos uno de las anunciadas demostraciones de esquila, precisamente el motivo por el cual estábamos ahí – comenzó el primer evento, que era una exhibición de cueca a cargo de numerosos niños, los campeones nacionales de cueca, venidos de distintos lugares de Chile. Ciertamente fue un punto alto en las horas de espera que llevábamos. Aunque reconozco que me preocupó ver a algunos de estos niños, particularmente niñas, vestidas a la perfección con sus trajes típicos del campo chileno, ciertamente no preparadas para el inclemente clima patagónico (de hecho, mientras estábamos esperando, nos había tocado una corta pero intensa lluvia, sólo minutos antes). Al finalizar la muestra, se despidieron cortésmente y salieron corriendo al bus que los esperaba. Estuvo bueno ... ¿y ahora una demostración de esquila? Mirábamos el reloj y sabiendo que teníamos un compromiso pendiente, queríamos ver al menos una esquila para sentirnos pagados y salir. Una hora después escuchábamos con las canciones de un dúo compuesto por un chileno y un argentino, cantando canciones tradicionales de la zona. Se despiden ... ¿y la esquila? ... viene el animador, y anuncia otro número. Vimos el reloj y lamentamos mucho haber perdido la oportunidad de presenciar finalmente una esquila Por esas cosas de la vida, luego de recorrer en los días siguientes algunos puntos significativos de la zona, sacar muchas fotos, pescar un par de truchas, nos vimos el último día de nuestra estadía con el tiempo libre. El plan original para el día había sido cancelado y nos encontramos con 6 horas libres en nuestras manos. Partimos a buscar el auto que habíamos arrendado unos días antes y nos fuimos derecho a Villa Tehuelches.
Nos encontramos con una visión totalmente diferente al escuálido comienzo del festival el viernes anterior. Ahora, la villa, que normalmente tiene unos mil habitantes, hervía en miles de visitantes. No había dónde estacionarse y los sectores aledaños a la medialuna estaban totalmente cubiertos con locales de venta de una pequeña feria y una impresionante cantidad de campamentos improvisados, donde la gente, agrupados en familias y amigos, se deleitaba con un asado de los más diversos animales comestibles de la zona (vacas, corderos, por lo menos).
Fuimos a la medialuna a ver parte del espectáculo y nos fue literalmente imposible sentarnos. Estaba lleno. El XIV Festival de Esquila estaba en toda su magnitud. Ciertamente un espectáculo de proporciones para una región chilena tan despoblada y olvidada del resto del territorio. Fue un gusto. Un orgullo encontrarnos con semejante afluencia de personas. Un buen rato después, se anuncia una próxima demostración de esquila. Esta, a cargo del “campeón nacional, Víctor Cuevas”, quien ciertamente se veía como una celebridad de primer nivel en este evento. Nos miramos y la sonrisa se nos dibujó. Finalmente podríamos ver la esquila, aunque nos habíamos perdido gran parte de los otros atractivos eventos del festival.
Las ventajas de ser el editor de un portal en Internet, es que mi tarjeta de visita abre muchas puertas. Y gracias a ello, una breve conversación con la gente a cargo de la entrada a la medialuna, permitió que yo pudiese acercarme hasta el escenario, sólo instantes antes de que Víctor Cuevas subiera y sacara una oveja de un corral perfectamente acondicionado detrás del escenario. Subió con ella, sacó su maquina esquiladora, que colgaba del escenario, y comenzó el proceso de sacarle la lana. Pude tomar fotos a menos de metro y medio del epicentro del espectáculo, que miles de personas admiraban desde las graderías. Culminó el proceso con grandes aplausos y aunque yo decliné la cortés invitación a tomar la esquiladora y cortar parte de la lana yo mismo, salí de la medialuna finalmente satisfecho de haber logrado ver un evento que para los estancieros magallánicos es tan rutinario, pero para mí – nacido y criado en la gran ciudad santiaguina, y profundo admirador de la región de Magallanes – era una tremenda novedad. Para mi querida Isabel Margarita, quien había vivido de niña en esta región, culminaba el primer viaje de vuelta a estas tierras, luego de más de dos décadas, y también su primera participación como espectadora de un evento tradicional de la región. Horas después íbamos a 20.000 pies de altura, de regreso a casa, pero con la firme sensación de querer volver cuanto antes. Es que la región de Magallanes tiene algún tipo de embrujo que es mas fuerte aún que los propios recuerdos, y ciertamente tiene mucho, mucho más que ofrecer que el maravilloso Parque Torres del Paine. |
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