
El invierno parecía condenado a estar muy apagado, por las expresivas sequías que afectaban al país en el momento. Pero las plegarias de muchas personas fueron escuchadas y llegó la lluvia a los valles centrales. Por condiciones térmicas, esas precipitaciones de baja altura se transformaron en blancas partículas repartiéndose por doquier en los valles de mayor altura. Tal fue el caso del Valle del Río Lircay y los valles superiores, todos formando parte de la Reserva Nacional Altos de Lircay, en la Región del Maule, la séptima región de Chile. Por algunos días la capa albina fue engrosándose a medida que caían más copos de nieve. Llegó un día, a fines de julio, en que junto a Derek Kohn y Pablo Negri decidimos aventurarnos por el valle del Río Lircay, marcando como destino final el mirador del Valle del Venado, distante 18 kilómetros de la entrada a la Reserva. La semana previa se basó en un ir y venir de mensajes de correo electrónico entre los involucrados para ultimar detalles. El sábado muy temprano, como a las 4:30AM salimos rumbo a la Reserva, llegando a ésta cerca de las 10:30AM. Un paseo por el sector sirvió para apreciar el nivel de nieve caída. Finalmente a las 12:30PM nos armamos de nuestras mochilas y emprendimos el camino hacia el interior del valle.
Más adelante, en la administración fuimos advertidos de las fuertes condiciones que encontraríamos. Se nos hizo un breve chequeo de equipo para corroborar que estabamos en condiciones de enfrentar la travesía propuesta. Finalmente nos comunicaron que seríamos los primeros en pasar al Valle del Venado desde las nevazones. Era mediodía cuando pasamos por un levemente marcado sendero a la sección de nieve virgen. El espectáculo era impactante. El blanco dominaba por todos lados, pero el verde permanente de algunos coihues y los grises troncos limpios de los robles adornaban cada recodo. Nos detuvimos muchas veces a sacar fotos. Algunas del bosque, otras del imponente cerro El Peina a nuestra derecha, que se empinaba sobre el bosque. Recorrimos el sendero hasta cruzar el Río Lircay. Luego seguimos trepando por la sierra central del valle. La temperatura ambiental se mantenía muy agradable y el caminar sólo se hacía pesado por la profundidad de la nieve, que hacía muchos kilómetros era nueva a medida que íbamos avanzando. Una pausa a almorzar, en medio de un roquerío, junto al valle del Estero Los Troncos, nos permitió contemplar con calma la formación montañosa inmediatamente al norte de nuestra posición. Como grandes vigías las tres puntas se erguían por sobre el bosque que nos tapaba parcialmente la visual. El valle, impactante. La nieve, sobrecogedora. Y como sorpresa adicional, en nuestra travesía por nieve, en que evidentemente éramos los primeros seres humanos en cruzar, las innumerables huellas de liebres, conejos, zorros e incluso pumas profesaban la presencia de un espíritu de naturaleza, muy superior a lo que los seres humanos somos capaces de percibir en nuestro diario vivir.
Cerca de las 5 de la tarde, nos acercamos al pequeño valle transversal del estero Los Troncos, afluente del Lircay. La duda de la distancia que nos quedaba para el Mirador del Valle del Venado, sumada a la falta de otros lugares adecuados para armar campamento nos hizo decidir levantar nuestra carpa a cierta distancia de las aguas, única fuente líquida en varios kilómetros. Preparar el escaso espacio entre las rocas para la carpa fue todo un proceso, ya que hubo que nivelar el suelo, moviendo varias paladas de nieve. Finalmente, la amarilla North Face quedó erguida y pudimos dedicarnos a preparar nuestro alimento reponedor del día, antes de dejarnos caer por el cansancio en nuestros sacos. Una sopa rápidamente estuvo lista, la que fue consumida en pocos instantes. Luego, la cocina se tomó un buen tiempo en calentar adecuadamente la helada agua del estero para producir unos llenadores fideos condimentados. Al llegar el fin de la jornada, teniendo todo el equipo en orden, aproveché los últimos minutos antes de abandonarme a mi lecho, para apreciar, en plena oscuridad de la sensación del lugar. Fue una sensación profunda y poderosa. No había viento, y mis compañeros en silencio parecieron apreciar esa condición, al igual que yo. Ese mismo paisaje, que sólo unos minutos antes había ofrecido un bello y colorido atardecer, ahora invadía con su sensación de quietud
Al día siguiente, mis ojos vieron las primeras luces del amanecer. Un buen desayuno, con base láctea apoyó el proceso de despertar de mis compañeros de aventura. Rato después estabamos preparando el envión final para enfrentar la impactante vista del Mirador del Valle del Venado. No teníamos claro cuánta distancia debíamos recorrer para llegar. La verdad es que el blanco paisaje hacía confundir la escasa percepción del terreno que intentamos asimilar de la lectura de las cartas de la zona. El mapa que habíamos visto en la administración, parecía describir un paisaje y tierra distintos a lo que teníamos ante nuestros ojos. La dirección principal en que se encontraba el mirador estaba claro. ¿Cuánto faltaba era el misterio a solucionar? Salimos con el mínimo de bultos. Algo básico para comer y algo de agua. Por supuesto, la parte vital del equipo: las cámaras de fotos. Iniciamos el ataque cruzando el estero, pensando que en que era la ruta más corta. Nos topamos con mucha dificultad para avanzar, producto de la cantidad de nieve que sobrepasaba el nivel de los arbustos menores y esa combinación se transformaba en una especie de trampa. Poco a poco fuimos tomando altura por la ladera, sin saber con qué nos encontraríamos una vez que llegáramos a la meseta superior que avistamos desde el campamento. La caminata del día anterior no se sentía prácticamente, porque la trepada era vigorosa. Sólo Pablo, quien había sufrido algo de inflamación en uno de los tendones de su rodilla, estaba más cauto en su avanzar. La subida, aún así, la hicimos rápido para poder apreciar el espectáculo de la meseta. Cuando llegamos, el sol pareció bendecirnos, al separar las nubes y hacerse omnipresente. Fue un momento impresionante y nos dedicamos a sacar varias fotos del espectáculo blanco.
Seguimos por la misma meseta avanzando hacia el sureste, en dirección de donde presumíamos estaba el esperado mirador. El sol se quedó y eso hizo que la temperatura subiera drásticamente, lo cual sumado a la caminata comenzó a acalorarnos. Seguimos por el mismo cerro durante un buen rato. Las huellas de animales de tamaño no despreciable se hacían cada vez más abundantes. Es como si hubiesen estado correteando por todo el sector. De hecho, ciertas marcas las interpretamos como la persecución de un zorro a una liebre. Durante un buen rato caminamos por la nieve, que estaba cada vez más con la consistencia de polvo, lo cual dificultaba nuestro andar. A nuestra derecha se erguía imponentemente el cordón montañoso conocido como El Enladrillado. Se veía blanco completo. Sus faldas, más abajo, mostraban los lunares oscuros representados por los troncos desnudos de robles y algunos verdes coihues. Un cuadro maravilloso, que sólo era opacado por el cansancio de caminar por ese talco blanco y la sed que empezaba a hacerse fuertemente presente. Queríamos llegar al mirador, teníamos que llegar. ya estábamos ahí y no podíamos devolvernos. Debía ser en el siguiente cajón ... seguimos. No era ... faltaba otro trecho más.
Decidimos cruzar al otro lado del estero, que apenas serpenteaba por entre el blanco paisaje. Sabíamos que tendríamos agua para beber al alcance de la mano, por lo que optamos por bajar la ladera y dirigirnos hacia el curso de agua. Ese proceso fue fácil y hasta entretenido, ya que la pendiente y calidad de la nieve nos permitieron hacer una mezcla de esquí con carrera a pie. Quizá la sed nos hizo sentir esa satisfacción previa. En el estero, llenamos nuestros estanques y proseguimos la marcha rumbo a, donde ya adivinábamos, estaba el mirador. Se veía tan cerca. Sólo pasando aquel corto vallecito. Pero nos llevó casi 30 min cubrir la distancia. A esas alturas, el tendón de Pablo estaba cobrando su peaje. Las subidas y bajadas habían hecho estragos de la recuperación de la noche anterior y el caminar de Pablo se hizo más dificultoso hasta que se vio en la obligación de parar. La desesperación por llegar y ver ese lugar, con el sol alto como lo teníamos, nos hizo abandonar a Pablo para ir en pos del mirador y tener la tranquilidad de haber llegado. Según Pablo, prefería cambiar el ritmo, en al eventualidad que el mirador estaba donde creíamos que estaba. Finalmente, después de otros varios minutos de caminata, cuando estábamos por darnos por vencidos. Veíamos un llano que terminaba en una rocas, pero nada aseguraba que el mirador estaba detrás. Además Pablo había quedado muy atrás y en vista que teníamos la intención de volver temprano al vehículo, seguir caminando por otro tanto estaba fuera de discusión. Con Derek llegamos al acuerdo de caminar los 50 metros que nos separaban del roquerío y si no era el mirador, nos volveríamos.
La sorpresa fue indescriptible, aumentada por el cansancio y, hasta cierto punto, la desilusión previa. Antes nuestros ojos se abrió un espectáculo único y maravilloso. Desde las rocas se desprendía un acantilado que flanqueaba el valle por donde corre el Río Claro. Frente a nosotros, un cordón montañoso protegiendo al Volcán Descabezado Grande. Para adornar el momento, un cóndor juvenil se paseó frente a nuestro atónitos ojos y emprendió vuelo por el valle hacia el noreste. No existen palabras para describir la sensación de encontrar ese lugar, un verdadero Shangri-La, en plena cordillera central de Chile. El regreso se marcó inicialmente por el nerviosismo impuesto por la hora, ya que nos había tomado mucho más tiempo del planeado cubrir la distancia al mirador del valle. Una vez de vuelta en campamento, armamos rápidamente y con mochilas a cuestas emprendimos la subida al sendero de regreso. Paramos a ingerir algunas calorías para apoyar al cuerpo en el esfuerzo que nos venía por delante. Derek partió en avanzada para preparar una posible situación de rescate a Pablo, en caso que su rodilla colapsara repentinamente. Afortunadamente, nuestro estado físico mostró su capacidad y nos fuimos renovando de energía en los primeros kilómetros del trayecto. Lo que el día anterior nos había tomado casi 6 horas, en esta jornada logramos hacerlo en 2 horas, obviando las oportunidades de fotos y los descansos. En el auto, nos sacamos nuestra embarrada ropa - la nieve había estado derritiéndose en el sector de Alto Vilches - y procedimos a registrar adecuadamente nuestro regreso. Para mí, fue un viaje nuevo y muy especial. Mi primera caminata en nieve virgen y con escenarios tan maravillosos como aquel, no hay manera de sentirme arrepentido. Todo salió bien, incluso la rodilla de Pablo, que pronto se recuperó. Al día siguiente la urbe nos rodeaba en nuestra diaria rutina, pero la poderosa experiencia del fin de semana fueron superiores y mantuvieron el espíritu de aventura muy en alto, mientras entre reuniones y otras labores comenzábamos a maquinar la siguiente aventura ... |
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