Un Viaje a lo Desconocido

Primera Parte

15 de Septiembre de 1997, 6:39 A.M.

Es de madrugada. Viajo junto a mi amigo Pato, rumbo a Botswana, por un camino que corre paralelo al caudaloso río Zambezi, frontera natural entre Zimbabwe y Zambia. Voy en el único medio de transporte que accedió a llevarnos a la frontera a esta hora: un semi-destruido Datsun 120J, con evidentes huellas de épocas remotas a orillas de las maravillosas cataratas Victoria, pero que aún se las ingenia para transitar a 140 kph.

Charlie, que probablemente tenga otro nombre que sólo suena similar y yo asocié con Charlie, es el orgulloso dueño de este taxi, que posee como único marcador un velocímetro, y como único equipamiento interno, los asientos. No hay ventanas, no hay tablero, no hay manillas en las puertas, y la palanca de cambios ha sido ingeniosamente reemplazada por un coligüe de 30 cms. de largo. Charlie, que casi no habla inglés, nació en Livingstone, Zambia, a orillas de las cataratas que separan su país de Zimbabwe. Entre señas, y una fuerte música "étnica" que emana de una radio a pilas amarrada en lo que debiera ser el tablero, me explica que hoy vive al "otro lado del río", en Victoria Falls, Zimbabwe, ya que el turismo ha hecho próspera a esta ciudad. A pesar que discrepo de él luego de estar tres días allá, le sonrío con un gesto que intenta decirle que por favor fije sus ojos en el camino.

Charlie me mira interrogante y sigue mascullando palabras en algo similar al inglés, mientras yo echo a volar mi memoria para recordar como llegué a estar en un Datsun 120J a 140 kph en dirección a Kasane, Botswana...

15 de Agosto de 1997

Al fin conseguí reservas para mi viaje a Turquía y las islas griegas. Ya tengo todo preparado, pero aún me falta quien me acompañe. Llamo a Pato para contarle y sugerirle que me acompañe, y su respuesta es: "¿Y por qué no nos vamos a África mejor?". ¿África? ¿Qué sé yo de África? En 15 días más empiezan mis vacaciones, y no vamos a alcanzar a averiguar suficiente sobre África. Imposible. Nos vamos a Grecia y Turquía.

1 de Septiembre de 1997

Estas últimas dos semanas han sido una locura. Conseguimos mapas en la embajada de Sudáfrica, sacamos visas para Zambia, Zimbabwe y Botswana, nos vacunamos contra la fiebre amarilla y conseguimos "Lariam", el remedio para la temible Malaria. Ya sufrimos de un intenso dolor de cabeza al tomar la primera pastilla de "Lariam" una semana antes de partir, según las indicaciones médicas. Compramos pasajes y hoy estamos volando hacia Cape Town, Sudáfrica, sin tener idea que vamos a hacer durante el mes que dura nuestro pasaje.

La idea original, planeada una semana antes de partir, consistía en recorrer Sudáfrica hacia el este y entrar a Mozambique. Desde ahí volaríamos a la isla de Madagascar, para luego volver y cruzar el continente de vuelta hacia el oeste, atravesando Zimbabwe, Zambia, Botswana y Namibia, para terminar en Cape Town y volver a Chile. En la embajada de Sudáfrica nos advirtieron que nuestro "itinerario" cruzaba zonas de guerra civil y de epidemias, y que suponía recorrer más de 10.000 km. por tierra, sin contar los vuelos intermedios. Por otra parte, en el Servicio de Salud nos enseñaron que había dos tipos de Malaria, y que "Lariam" sólo servía para uno de ellos. Para el otro tipo había otro remedio llamado Cloroquina, que no se podía mezclar con "Lariam". La buena noticia es que el insecto que la transmite sólo se encuentra en Botswana y otros países fuera de nuestro "itinerario". Estas noticias redujeron nuestro viaje a Sudáfrica, Zimbabwe, Zambia y Madagascar. Obtuvimos demás la visa para Botswana, y no tenemos visa para Madagascar, pero ese es un detalle que esperamos resolver más adelante.

7 de Septiembre de 1997

Estamos en George, Sudáfrica. Ya hemos recorrido el llamado "Garden Route", que es un camino que corre paralelo al Océano Indico por el sur del continente africano. Arrendamos un auto en Cape Town, y salvo el terror de manejar con el volante a la derecha, todo ha sido espectacular. Sudáfrica es increíble. Llena de contrastes. Como si se pudiera palpar un permanente debate entre el desarrollo y las tradiciones, entre la apertura y el apartheid, entre la industrialización y los campos labrados, entre los trajes típicos y las zapatillas Nike.

George nos muestra una faceta más de este debate entre fuerzas opuestas. Por un lado, es la culminación gloriosa de nuestro viaje terrestre por Sudáfrica, pero por otro es el derrumbe de nuestra ilusión de viajar a Madagascar. Esta isla incógnita tiene la desdicha de ser uno de los destinos más caros de toda Africa, lo que no se compadece con nuestro pequeño presupuesto. Esto hace que Madagascar sea hoy un sueño de aventuras futuras, y nos deja como premio de consuelo un recorrido por las tierras ancestrales de Shaka Zulu, cerca de Durban, y un pasaje para Victoria Falls en Zimbabwe. El apuro que nos impusimos en Sudáfrica para aprovechar los días en Madagascar, se ha convertido rápidamente en semanas de sobra en Zimbabwe. ¿Zimbabwe? ¿Qué vamos a hacer en Zimbabwe 20 días?

14 de Septiembre de 1997

Sudáfrica ha quedado atrás. El recorrido por Zululand y el parque nacional Hluhluwe-Umfolozi fueron sencillamente excelentes, llenos de detalles que por sí solos dan para toda una historia.

Hace 2 días que llegamos a Victoria Falls, y ya hicimos lo que todo quien lo visita hace en este pequeño pueblo: bajar en rafting por el "Mighty Zambezi", el río que separa Zambia de Zimbabwe. El Zambezi es un caudaloso río que corre ancho y tranquilo hasta dejarse caer más de 100 metros, dando origen a las Cataratas Victoria, una espectacular falla geológica que nos deja atónitos al contemplarla. Después de las cataratas, el río se encajona en un angosto canal rodeado por murallas de 100 metros a cada lado, con no más de 20 metros de ancho, transformándose en furia de aguas blancas y rápidos que oscilan entre grado 4 y 6, en una escala del 1 al 6. El paraíso de kayakistas de río y aficionados a los deportes extremos.

Nicolás Varela, sentado adelante a la izquierda, en plena bajada del Zambezi

Yo no pertenezco a ninguna de esas categorías, pero Pato logró convencerme. Luego de una pequeña clase teórica y los US$ 100 de rigor, emprendimos una aventura espeluznante y adrenalínica, cabalgando las olas y rocas del Zambezi, montando una balsa inflable con un pequeño remo como rienda. Vamos seis en la balsa, más nuestro guía, quien se dedica a gritar que rememos más fuerte a la derecha, a la izquierda, que nos sujetemos firmes, y en el rápido número 18, que recemos... En fin, el Zambezi pertenece ahora a mis victorias personales, de esas que llevan hasta el límite de la osadía -- y por qué no decirlo, pánico -- pero que alegran y llenan de orgullo al ser superadas.

Esta tarde, tomando unas cervezas en "el" bar del pueblo ("el" bar del pueblo, no porque sea el más solicitado o de moda, sino porque es el único) para relajarnos luego de la intensa jornada en el río, escuchamos a alguien hablar de Botswana. Nos acercamos a este personaje, quien nos señala que en Zimbabwe no existe nada que valga la pena ver, y que el mayor número de animales salvajes se concentra en la savana de Botswana, al norte del desierto Kalahari. Lance Spear, nombre del personaje, es un sudafricano de 24 años radicado en Botswana, que desde hace dos años trabaja como guía de safaris "de contacto". No nos queda muy claro qué quiere decir con esto de "contacto", pero la conversación es interesante. Nos propone hacer un grupo y partir mañana en la mañana, para iniciar una aventura de 10 días por la savana. Sin mayores detalles ni preámbulos, y animados por varias cervezas, armamos en el mismo bar un grupo formado por dos holandeses, dos españoles que insisten en que son catalanes y no españoles, un australiano y nosotros dos. Debemos pagarle US$ 600 cada uno, ahí mismo, y juntarnos mañana en Kasane, pueblo ubicado en la frontera entre Botswana y Zimbabwe. Así lo hacemos, y este misterioso personaje desaparece entre la muchedumbre del bar, ante nuestras miradas un poco escépticas y con el inconfesado e inconfesable presentimiento de haber sido estafados en menos de una hora por un sudafricano que logró reunir US$ 4.200, sin mayores esfuerzos.

15 de Septiembre de 1997, 8:03 A.M.

Charlie interrumpe mis divagaciones con señas inconfundibles de que hemos llegado a la frontera y debemos pagarle. Baja nuestras mochilas y nos deja abandonados en la frontera con Botswana. ¿Botswana? ¿Qué sabemos de Botswana? Lo único que sabemos, y que no nos tranquiliza, es que no tenemos protección contra la Malaria durante el tiempo que estemos acá, así es que inmediatamente comenzamos a mirar con sospecha a cualquier insecto que se nos acerque. ¿Y Lance? ¿No debiera estar esperándonos aquí? Nos consuela encontrarnos con Doménec e Irene, los españoles -- catalanes, insisten, cortés pero fuertemente -- que nos acompañarán en esta supuesta aventura, si es que Lance aparece...


Segunda Parte

15 de Septiembre de 1997, 10:17 A.M.

Han pasado dos horas desde que llegamos y no hay rastro de Lance ni del resto del grupo. ¿Nos habrán engañado? ¿Estaremos en el lugar correcto? Como una forma de renegar de la posibilidad latente de haber sido robados, decidimos confirmar que estábamos en el lugar correcto. El oficial de aduanas de Zimbabwe nos sorprende al decirnos que estamos en Kazungula. ¿Kazungula? ¿No se suponía que estábamos en Kasane? El oficial nos explica que Kasane está a un par de kilómetros, así es que decidimos hacer inmigración y empezar a dar nuestros primeros pasos en Botswana.

Luego de un rato caminando con nuestras mochilas al hombro aparece Lance en un Toyota Camry con asientos de cuero. ¿No será un poco lujoso para un safari?, le preguntamos. Lance no responde y nos lleva a gran velocidad -- juro que se siente la diferencia con el Datsun 120J -- a la entrada del Chobe National Park. Nos embarca sin mayores explicaciones en una especie de bote-comedor que navega el río Chobe con otros 10 pasajeros desconocidos cuyas edades superan los 70 años. Asombrados por lo que vemos, optamos por relajarnos y disfrutar del paisaje mientras tomamos cerveza y vino y comemos un delicioso plato de avestruz con ensaladas. "Nice surprise" es la única estúpida frase que atinamos a pronunciar mientras frente a nosotros se pasean Búfalos, Nyalas, Kudus, Impalas y otros animales terrestres, y por el río nadan decenas de Hipopótamos y Cocodrilos. ¿Será esto un safari de "contacto"?

15 de Septiembre de 1997, 6:56 P.M.

Leones

Ya es tarde, y vamos ahora en un Toyota Land Cruiser descapotado hacia un destino absolutamente desconocido. Todo ha sido "nice surprise", como bautizó Domènec a las experiencias vividas. Ha sido un día insólito. En la mañana nos sentíamos estafados, más tarde comimos y tomamos a bordo de un bote mientras veíamos un desfile de animales salvajes alrededor nuestro. Después desembarcamos y nos subimos a este jeep para recorrer la savana entre Leones, Chobe Bucks, Nyalas, Búfalos, y muchas, pero muchas, Impalas. Creemos entender esto del "contacto". Se trata del contacto con la savana, con los animales, con un continente semi-vírgen. Al fin estamos entendiendo. Lo único que no entendemos es que pasó con Lance y los demás del grupo original.

De pronto, el jeep dobla hacia lo que podría denominar como un "potrero" con 6 carpas. Se ven velas sobre unas clásicas mesas de pic-nic, que a diferencia de nuestras experiencias previas al ir de pic-nic, tiene un mantel, copas de vino, platos y cubiertos, y sillas alrededor. ¿Que hacemos aquí?, le preguntamos al chofer del jeep, Herbert, y antes que nos responda vemos a Lance y a los demás sentados en esta mesa. ¿Cómo? ¿Carpas? ¿Qué pasó con el Toyota con asientos de cuero?

16 de Septiembre de 1997

Hoy nos levantamos temprano, luego de nuestra primera noche en carpa en Botswana. Las famosas carpas resultaron ser de lona gruesa, de casi 2 metros de alto, y con dos colchones con sus respectivas sábanas y almohadas adentro. De más está decir que dormimos excelente, y que el desayuno de huevos de avestruz con jamón estuvo increíble.

Camión Mercedes Unimog

Después de este gran desayuno, nos subimos a un enorme camión Mercedes Unimog que nos recuerda al clásico camión de transporte de militares, que en su parte trasera tiene 6 corridas de asientos con un pasillo al medio, y que arrastra un carro con lo que parece ser el campamento desarmado y envuelto prolijamente. Lance maneja, y en la parte de atrás vamos Pato y yo, Domènec e Irene, los holandeses Vivian y Fred; Shane, el australiano; y Shaka y Anton. Estos dos últimos personajes no estaban en nuestros registros, así es que Lance se encarga de explicarnos que son de Botswana, y que nos acompañan para hacer la comida, montar los campamentos, y sugerirnos la ruta a través de la savana. Una terrible sensación de sentirnos exploradores colonialistas ingleses servidos por dos esclavos negros nos embarga, lo que se traduce en la cara de todos. En rigor debiera decir "casi" todos, ya que Lance parece estar acostumbrado y Vivian nos comenta que siempre había soñado con tener sus propios esclavos (?!). Domènec hace un comentario en catalán que no entiendo, pero que traduzco libremente como "rubia tonta".

Los días siguientes tuvieron una estructura similar. Nos levantábamos antes del amanecer para recorrer la zona y hacer "Game Drives", que son circuitos en las cercanías del campamento para ver animales en su propio hábitat, que a esas horas de la mañana vuelven a reunirse con la manada para comer los resultados de la cacería de la tarde anterior y buscar una sombra para protegerse del intenso sol y calor. Tras un par de horas saltando en el Unimog, volvemos al sitio del campamento para tomar un excelente y contundente desayuno preparado por Shaka y Anton, mientras ellos desarman las carpas y suben todo al trailer del camión. Luego recorremos extensos y maravillosos kilómetros a través de la savana, siguiendo huellas de animales o simplemente avanzando en la dirección que una brújula y un mapa nos indican. En estos trayectos nos topamos con Elefantes, Jirafas, Búfalos, miles y miles de Impalas, etc. Para paliar la sed y el calor tenemos un "cooler" repleto de cervezas y bebidas que tomamos sin parar, y sin importar si ya vamos en la tercera cerveza y son sólo las 11 de la mañana. Avanzada la tarde elegimos un lugar para armar el campamento, y mientras Shaka y Anton se dedican a esta loable tarea, el resto partimos a hacer "Game Drives" hasta el atardecer, en que llegamos a comer una espectacular comida y tomar vino hasta el anochecer, en que nos refugiamos en nuestras confortables carpas hasta el siguiente día.

Así recorremos Botswana hacia el sur-oeste, pasando por los parques Chobe, Savuti y Moremi. A diferencia de Sudáfrica, aquí los parques son enormes extensiones de savana casi sin límites, donde los animales corren libremente. No hay caminos, no hay cercos eléctricos, no hay lujosos hoteles ni McDonald’s; sólo arena, un par de árboles, y cientos de animales entre muchas, pero muchas, Impalas.

Algún lugar de Botswana, algún día de Septiembre de 1997, al atardecer.

No sé que día es hoy, porque decidí que no puedo disfrutar de un lugar en que el tiempo y el desarrollo parecen haberse detenido, si al mismo tiempo siento el tic-tac de mi estúpido Swatch. Tampoco sé donde estoy – al menos sé que en Botswana --, y no me importa. Estoy sentado con Pato sobre el techo de zinc de nuestro Unimog, con una cerveza en la mano y varias en el cuerpo, mientras contemplamos en un atónito silencio el sol que se esconde, enorme, casi rojo, en el horizonte. Para completar el cuadro, a menos de 20 metros tenemos decenas de elefantes bañándose en lo que denominaría como un "oasis", que en la savana se reduce a un gran charco de agua. El único ruido en la escena es el que provocan los elefantes al aspirar agua con sus trompas y soplarla dentro de sus bocas, y ocasionalmente el ruido que provoca mi garganta al imitar a los elefantes tragando cerveza.

El sol casi ya se ha ido, y empieza un nuevo espectáculo. Por el horizonte se asoma una Luna del tamaño del Sol, enorme, que sólo se diferencia del astro rey por su brillante blancura. La escena es indescriptible, y nos quedamos en silencio hasta que Lance "sugiere" volver al campamento porque se oyen rugidos de león "a la distancia".

Una vez más volvemos al campamento que nos espera con un guiso de Kudu – una especie de ciervo muy grande – acompañado como es usual de un exquisito vino sudafricano. Pero no es la comida lo que más nos impacta esta noche. Es el eclipse total de Luna que nos deja absolutamente a oscuras e indefensos en la mitad de la savana. Mientras todos corremos a buscar las máquinas fotográficas para captar el fugaz fenómeno, Shaka y Anton deciden inexplicable y silenciosamente subirse al Unimog. ¿Qué hacen arriba del Unimog?

Hiena africana

Dos minutos más tarde el campamento está rodeado de hienas moteadas, que nos muestran su clásica mueca de risa irónica mientras hacen sonidos similares a una carcajada. Nosotros ciertamente no le vemos la gracia, y nos miramos preocupados mientras evaluamos mentalmente si una máquina fotográfica servirá como defensa ante estos feroces animales. Paralizados, escuchamos en murmullos a Lance -- que a estas alturas también se subió al Unimog -- decirnos que usemos nuestras linternas para encandilar a las hienas. Con una sensación de pánico similar a la que sentí en el Zambezi, decido seguir su consejo... para mi sorpresa, la hiena encandilada huye despavorida. El miedo se transforma en una especie de catarsis colectiva, expresada en una risa generalizada de desahogo, mientras encandilamos una y otra vez a las hienas, que luego de un rato deciden alejarse...

No han pasado ni cinco minutos de este episodio cuando un elefante hace su entrada triunfal en nuestro campamento para tomarse un balde con agua que Shane dejó al lado de su carpa. El único problema es que Shane está dentro de su carpa, y al asomarse tímidamente sólo ve una enorme pierna de elefante a 30 cm. de su cara. Su inmediata reacción es arrastrarse fuera de la carpa tratando de no ser visto por el enorme y poco amistoso paquidermo, que apenas siente ruido se gira para alejarse de nosotros, no sin antes pisar y destruir la carpa de Shane. Eso sí que estuvo cerca.

A la mañana siguiente desarmamos el campamento y descubrimos, con espanto, que a 100 metros de nuestras carpas hay un león comiéndose un Kudu, posiblemente cazado la noche anterior. Eso al menos explica los rugidos y la manada de hienas rondando el sector. Y con esta visión hemos al fin -- ahora sí -- entendido esto del "contacto". Lo que interpretamos como un simple contacto con la naturaleza y los animales, hoy lo hemos palpado en carne propia. Nunca pensamos estar tan en "contacto" con la naturaleza indómita y salvaje, pero esto es a lo que vinimos. Y lo estamos viviendo.

Delta del Okavango, Botswana, varios días después

Hoy variamos completamente el paisaje. Estamos navegando pequeños brazos del río Okavango, que nace en Uganda, pasa por Angola y muere en un enorme delta en las áridas, extensas, y calurosas arenas del desierto de Kalahari. Vamos de a dos sentados en troncos ahuecados llamados Mokoros, dirigidos por un nativo que contratamos en una pequeña aldea. Intentamos hablarle acerca de la similitud de su oficio con los gondoleros de Venecia, pero él sólo habla TseTswana, el idioma local. En todo caso creo que da lo mismo, ya que dudo que sepa qué es Venecia. De hecho, Shaka nos cuenta que muy poca gente ha salido de sus aldeas, como tampoco lo han hecho sus padres ni sus abuelos. Simplemente nacen y mueren en su aldea. Es difícil comprender esta realidad tan distinta, particularmente luego de ver que toda su vida la pasan en una choza redonda de no más de 5 metros de diámetro, con suelo de arena y techo de algo similar al coirón. Sorprendentemente, al menos para nuestro limitado pensamiento occidental, se ven sumamente felices.

Hipopótamos

La navegación por el delta nos mantiene alertas, ya que es posible toparse con cocodrilos e hipopótamos, que hemos aprendido que no son de lo más amistosos. Esta sensación de alerta agudiza nuestros sentidos y nos hace ver más, escuchar más, oler más e incluso sentir más que hace algunos días. Así, puedo disfrutar de animales y múltiples pájaros escondidos y casi imperceptibles entre los árboles o el agua, pero también me obliga a acelerar mis reflejos para matar el insecto de la malaria que tengo en el brazo y que se dispone a chuparme la sangre, y de paso dejarme un "malarioso" recuerdo. A diario recordamos con Pato que el Lariam no sirve como defensa en Botswana, y que si nos pica un insecto infectado... mejor ni pensarlo.

Al caer la tarde buscamos un tramo del río que parece no tener cocodrilos ni hipopótamos y decidimos bañarnos, por primera vez en varios días. La arena y el calor de la savana ciertamente se estaban notando en nuestros cuerpos, y ningún maldito cocodrilo nos iba a quitar la felicidad y el placer de bañarnos en las cálidas y transparentes aguas del Okavango.

25 de Septiembre de 1997, Ngamaseri, frontera de Botswana con Namibia

Desde el delta del Okavango nos dirigimos hacia acá, al extremo nor-occidental de Botswana, para cruzar a Namibia y devolvernos a Kasane por el Caprivi Strip, una franja de tierra de no más de 5 kilómetros de ancho que corre paralela entre Zaïre y el norte Botswana hasta la triple frontera con Zimbabwe. Es un trayecto que 120 kilómetros que nos permite ahorrarnos los 1500 km. que significan deshacer lo andado. El plan parece perfecto, salvo un pequeño detalle... los chilenos necesitamos visa para entrar. Como nunca estuvo en nuestros planes visitar Namibia -- en rigor tampoco Botswana, pero eso es otra historia -- no tenemos visa. El oficial de frontera me marca mi pasaporte con un timbre que dice algo así como "Deportado". Ni siquiera he entrado a Namibia y ya fui deportado. Insólito. Le sugiero al oficial arreglar este asunto de "otra manera" y permitirnos entrar, y su respuesta es una cortés pero fuerte "invitación" a conocer el sistema carcelario de Namibia si insisto en mi oferta. El tema está claro: nos volvemos por Botswana y "disfrutamos" nuevamente de más de 1500 km. saltando en el pick-up de un Unimog a través de la savana.

27 de Septiembre de 1997, Pandamatenga, frontera de Botswana con Zimbabwe

Hemos cruzado Botswana non-stop por su parte más árida al norte del Kalahari, los Magkadikgadi Pans, verdaderos pantanos secos que hoy son un finísimo polvo blanco similar al talco. Decidimos entrar por Pandamatenga en vez de Kasane ya que nos permitirá subir hacia el norte por el Hwange National Park en Zimbabwe, y así seguir viendo animales, especialmente cientos de Impalas.

28 de Septiembre de 1997, Victoria Falls, Zimbabwe

Hemos vuelto. Victoria Falls es casi nuestro hogar luego de los increíbles e intensos días en Botswana. Todo parece tan irónicamente desarrollado: autos, gente, calles, casas, bares... es casi como un shock el volver a la "civilización". Nuestro safari de "contacto" por Botswana ha concluido, y nuestro viaje por Africa prácticamente también, ya que el 30 tenemos pasaje para Chile desde Johannesburg, Sudáfrica. Es el inicio de nuestro retorno.


Parte Final

30 de Septiembre de 1997, Santiago de Chile

El avión acaba de poner sus ruedas en territorio chileno. Siento una mezcla indescriptible de sensaciones, que van desde la alegría de volver a mi país y mi gente, hasta una nostalgia que me bloquea la mente y sólo me hace pensar en leones, hipopótamos, jirafas, elefantes, hienas, aldeas, ríos y savana, eclipses y atardeceres. Fue un viaje curioso, diferente, casi podría decir improvisado, donde a cada minuto viví la ansiedad de pensar qué pasaría al minuto siguiente. Un viaje sin planificación, sin mapas, sin investigaciones previas, pero llenos de sorpresas – "nice surprises" – que me hicieron disfrutar y vivir este viaje más que ningún otro de los que he hecho. Fue, en una sola frase, Un Viaje a lo Desconocido.

Fotos: Nicolás Varela P.


Nicolás Varela es reconocido como un entusiasta viajero y ávido aventurero, que ha recorrido varios continentes y casi todo Chile. Este relato forma parte de uno de sus viajes del año 1997.

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