
Soy mujer y nací en la Argentina. Pesco, según recuerdo, desde los doce años de edad, época en que habitaba una casa ubicada en la ribera del Lago Nahuel Huapi. Inevitable era entonces el no sucumbir a la tentación del lance de una cuchara intentando probar suerte. Lo hacía junto a mis dos hermanos varones y mis primos. Así surgió. Naturalmente. Y aunque fueron pocas las ocasiones en que cobramos una pieza, nadie nos robó la alegría de compartir el juego, arrojar nuestras piedras al agua, y de dar caza a pequeños alevines y renacuajos. Sucios y hambrientos regresábamos a nuestro hogar a diario. Espacio mágico donde nuestra querida abuela esperaba con el infaltable té de las cinco. Recuerdo vívido a mi primo Germán con una cucharilla de café en la punta de la línea. Y así, tiempo después descubrí el trolling. Y luego, mirando con parsimonia y sana envidia a mosqueros vadeando ríos y lagos, hice lo propio con la mosca. Ya hace algunos años que intento introducirme en este arte. Así es. El de la pesca con mosca. Disciplina que, hoy por hoy, considero la única admisible en pesca.
¿Por qué son tan pocas las chicas que les gusta la pesca, y por qué muchísimas menos las que la practican con mosca? Pareciera que hay que remontarse a la infancia para indagar y encontrar respuesta. Infancia, época en que a nosotras las niñas se nos endilgaban juegos y tareas aparentemente femeninas. Además de censurarnos cuando de querer patear una pelota o trepar a un árbol se trataba. Y cuando así lo hacíamos, se nos tildaba de machonas. Algunas lo creyeron, sustituyendo aquellos juegos equivocadamente llamados varoniles, por muñecas y tacitas de té fabricadas en porcelana. Otras, presumiblemente educadas con mayor libertad, siguieron colgadas de ramas, librando batallas de igual a igual con hermanos varones, o bien corriendo tras una pelota. Quizás dieron sus primeros pasos en pesca, escalada en roca, o en deportes de alto riesgo. O tal vez, sólo tuvieron la oportunidad de acercarse verdaderamente a los hombres para comprenderlos mejor. Cuando se goza con la ventura de la empatía, con la posibilidad de situarse en el lugar del otro relacionándose con deseos y necesidades de éste, se es capaz de amar plenamente. Amar dejando al otro libre. Respetando ese deseo interno, que parece machismo al nuestro y propio. Junto a ello, nacen nuevos temas para compartir. Fuera, y muy lejos, de aquellos que rutinariamente pululan entre las cuatro paredes de un hogar. Me cuesta confesar a mis amigas de mis aventuras de pesca. Cuando lo hago, me miran con asombro. ¿Una mujer tocada? Y así, al no encontrar interés ni diálogo, callo. ¿Qué sentido tiene el hablar a solas? Asimismo, y tal como me reservo, algo similar ocurre con aquellos varones que no desean compartir pesca con sus mujeres. Creo, tal conducta nace de la necesidad de tener algo que sea propio. Único. Sólo de ellos. Un bunker masculino. Versión actual de aquellos antiguos clubes de varones a los que dama alguna podía acceder. Conducta que tal vez sea saludable, y que les permita descontaminarse, dibujando un regreso a casa con nuevas energías. Y asoma otra, que creo, es razón de desconexión entre mujeres y pesca. La existencia de niños pequeños. Aquellos difíciles de portar en una mochila, sin evitar engancharlos en un cast, para luego terminar como señuelos vivos. Me considero absolutamente femenina. Y así también, y sin reparos, puedo señalar que, además de la pesca con mosca, adoro el fútbol -- ¡y los jugadores de fútbol! -- la cerveza, el buen vino, el acampar a orillas de un lago no obstante no se conozca ducha cercana, comer sin culpa, remar y bogar, montar una bicicleta, y trepar por la montaña. Ello no es contrario a señalar que también soy una enamorada del buen vestir, las alhajas, el chismear con mis amigas, y el disfrutar con una película de amor. Difícil tema el de la pesca con mosca femenina. Sin embargo, y por todo lo que cito, se los recomiendo. Chicas... dejen a los más chiquitos con los abuelos, calcen los waders e ingresen al agua solas o acompañadas. Además de disfrutar de un alucinante momento con la naturaleza, tendrán la oportunidad de comprender un poquito más a quien tienen a su lado. Materia que a veces... ¡tanto trabajo cuesta!
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