Voces de la Corriente - Andre Saint-Valle

La Primera Vez

Cuando me ofrecieron escribir esta columna hace unos dos meses, la idea pareció muy atractiva. Creo que Rodrigo, uno de los editores de R&S y quien me la ofreció, siempre se ha entretenido con las historias que cuento. Lo conocí hace unos seis años en un lago en la zona de Futaleufú. Tuvimos un buen día de pesca y todos los pescadores con mosca que estabamos acampando en el lago nos sentamos junto a fogata a comentar. Fue muy agradable. Desde entonces, Rodrigo ha escuchado muchas de las aventuras que he vivido en mis años.

He contado anécdotas respecto a mi infancia en un pueblo en Suiza, cerca de las montañas donde acostumbrábamos a pescar en el lago que estaba a solo veinte minutos a pie. Luego, cuando mi familia se mudó a vivir a Canadá, a British Columbia, durante mis años de adolescencia. Mis años de juventud en Montana, cuando incluso trabajé en el Servicio Forestal. Cuando miro atrás me alegra ver toda el agua que ha pasado por el río. Mis aventuras terminan convergiendo a esta tierra donde me asenté hace casi 20 años. Chile se quedó en mi corazón.

Esta es la primera vez que escribo para una revista, estando en Chile. ¡Cómo han cambiado las cosas en estos años! Resulta que ahora veré mis palabras en papel sólo si se me ocurre imprimir las páginas del computador. Sin importar este medio, me dedicaré a poner en palabras la más clara sensación de vivencia en las aventuras que contaré. No soy nadie para decir que soy una especie de Indiana Jones y que mis aventuras son increíbles. Sólo tengo claro qué ha sido lo valioso del estilo de vida que he llevado en estos años.

Como dije, ésta es la primera vez que escribo para una revista en Chile. Quizás todas las primeras veces, sin importar el ámbito en que estemos concentrados, producen una emoción especial. Existe una ansiedad intrínseca, de angustia por la espera. De especulación, de esperanzas. Todos tenemos y hemos tenido nuestras primeras veces, y siendo los lectores en su mayoría pescadores, seguramente recuerdan con fuertes emociones la primera aventura de pesca.

La mía, estuvo a cargo de mi padre y mi tío, en el lago Pfäffikon en Suiza, muy cerca del pueblo donde nacimos, no muy lejos de Zürich. Yo sólo tenía 8 años. Había visto a mi padre salir varias veces, pero nunca me había permitido acompañarlo. "Debes esperar a ser más grande, todo un hombre joven". A veces esa frase podía significar "esperarás por siempre" o .... ¿cuánto? ¿cuándo?

El día llegó. Mi padre se acercó un día viernes y me dijo, "tu tío Ami viene de visita mañana. Iremos a pescar por el día y quiero que nos acompañes". Quizás se dio cuenta de la expresión de mi cara, porque antes que cualquier grito de emoción saliera por mi boca, agregó "pero sabes que debes comportarte adecuadamente". Mi mamá no dijo nada. Quizás no le importaba o no sabía muy bien qué significaba ese trascendental evento. Para ella, sólo sería un día en compañía de mi hermana menor, Sophie.

No recuerdo si logré dormir esa noche. Me imagino que algo, pero mi mente volaba por dimensiones lejanas, todas cargadas de ese ambiente de naturaleza, observado desde un bote, en la tranquilidad de un lago. Siempre había una impactante pelea con un mítico habitante de esas aguas que terminaba en éxito para mí. Mucho de eso debe haber sido en sueños, pero me queda la sensación de exitación casi incontrolable.

Al día siguiente, la puerta sonó muy temprano. Nadie acostumbraba a venir a esa hora, a esa casa en una loma con vista al lago. Evidentemente se abrió la puerta y la cara siempre sonriente de mi tío Ami me iluminó la expresión. No lo pensé, corrí y lo abracé. El sólo se rió mucho y me levantó en brazos diciendo la habitual "¡pero, qué grande estás!". El proceso de saludo al resto de mi familia se me hizo eterno. Sólo quería que nos fuésemos de inmediato.

No recuerdo qué sucedió en la hora que mi tío se sentó en la mesa y conversó con mis padres. Quizás mi cerebro, en un acto de autodefensa, anuló mis procesos mentales para permitirme soportar esa espera. De pronto, ambos adultos se pararon y empezaron a armar un par de bolsos. Mi mamá les pasó una bolsa con lo que supuse sería nuestro almuerzo.

Nunca sentí que mi papá caminara más lento. Conversaba animadamente con su hermano menor sin notar que su hijo estaba al borde la histeria y trataba de acelerar el paso con el que recorríamos el camino hasta el muelle en el lago. No noté si el día estaba nublado o soleado, ni si algún animal se nos cruzó o si sentimos el canto de un ave. Sólo llegar al bote era lo que me interesaba.

El Lago de mi Primera Aventura de Pesca

Una vez en el muelle, ellos rápidamente sacaron el bote del pasto y los pusieron en posición de abordaje. Vieron mi desesperación, por lo que con una risa me dejaron subir rápido y ellos apuraron el proceso de preparación. Mi papá me pasó una corta caña para bote y colocó un señuelo que el consideraba su favorito: un anzuelo mediano, con unas tiras de género y un pequeño trozo de madera. Al nadar, producía un efecto muy impresionante, al menos para mí que no lo había visto nunca. Mi tío por su lado, sacó un larga y delgada caña. Puso un carrete con algo que parecía un cordel, muy grueso para pescar según mi escaso criterio del momento. Con una mirada sonriente, me dijo que iba a pescar con mosca - "fliege fischen". No entendí. Sólo me concentré en el mango de la caña que tenía en mis manos. Así fue por todo lo que restaba de la mañana. Sólo concentrándome en mi caña, mientras mi papá en los remos nos llevaba por toda la orilla. Mi tío Ami agitaba su caña, haciendo bailar el cordel y la mosca de la punta. Yo seguía mirando donde el hilo entraba en el agua. Nada para ninguno. A ratos, me distraía mirando como mi tío se concentraba en las plantas de la orilla y con un movimiento como de látigo hacía volar la mosca hacia el lugar y luego la dejaba caer con una delicadeza increíble. Luego, volvía a concentrarme en cualquier tensión en el mango de mi caña.

Después de una pausa para almorzar, volvimos a recorrer la orilla, en dirección al lugar de partida. El proceso no cambió y yo seguí estático y esperanzado en mi posición en la popa del bote. En esa segunda pasada, Ami logró sentir la ansiada picada y luego de una breve pelea alzó un linda perca de aletas rojas. Fue fantástico para él, según pude entender por sus alegres comentarios. Ambos adultos estaban satisfechos. Yo estaba envidioso y al borde del colapso, y nadie lo notó. Mi primera salida de pesca terminó en un completo fracaso.

De vuelta a casa, ambos observaron que no estaba precisamente eufórico. Por el contrario, no hablé nada. No recuerdo qué otras cosas sucedieron en el resto del día. Mi sensación era de cansancio, seguramente producto de la histérica noche anterior y por la tensión autoimpuesta en las horas en el bote. Mi padre y mi tío parecían haber disfrutado. Sólo al final del día, cuando yo y mi hermana estabamos en cama, mi padre se me acercó, me puso la mano en la cabeza y me dijo "bienvenido al mundo de la pesca ... donde nunca sabes lo que pasará hasta que estás en el agua".

He olvidado muchas buenas lecciones de mis padres, pero esa jamás. En estas décadas posteriores a mi Primera Aventura de Pesca, siempre se ha reafirmado esa lección. Quizás es el gran atractivo que tiene la pesca para mí. No importa cuánto queramos transformarlo en ciencia ... siempre será un arte, donde "nunca sabes lo que pasará hasta que estás en el agua".

Hasta la próxima.


André Saint-Valle nació en Suiza y después de pasar varios años por Norteamérica, se instaló en Chile como consultor forestal desde los años '70. Ha dedicado gran parte de este siglo a recorrer distintos lugares del mundo, siempre con su caña.
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